Parte III: Gilgamesh
Tablilla VIII
Capítulo 28
Nieve en Verano
Los brazos de Gilgamesh tiritaban, sus sentidos se encontraban completamente perdidos. La rabia era todo lo que podía calar a sus sienes.
Lloró con el cuerpo de Enkidu entre sus brazos: le pareció hermoso a pesar de sus ojos abiertos, inanimados, que lo observaban sin realmente hacerlo y eso laceraba su mente. Lloró en silencio, sin muecas, con la vista perdida en el balcón.
—Maldita sea Enkidu—repitió un sinfín de veces, forzando sus puños alrededor de sus brazos—, despierta, vuelve aquí, no rompas tus promesas, maldito. Dijiste que jamás me abandonarías. Tengo muchas cosas que decirte. ¡Vuelve!
Enkidu no despertaba, su pecho no se alzaba, su sonrisa se desvaneció.
Llevó la cabeza de Enkidu a su pecho, consciente de lo penoso de la escena.
No puede ser…
"Shamash… ¿Por qué?"
Se quedó muchísimo tiempo con Enkidu entre sus brazos hasta que finalmente una estaca helada atravesó su consciencia. Su lamento se detuvo y respiró ofuscado.
—Tonto—dijo a Enkidu, dejando su cuerpo ensangrentado sobre la cama.
Su cabellera se deslizó entre sus dedos y aquello le causó un escalofrío desagradable. Se levantó del lugar y respiró hondo: tendría que ir a buscar a alguien. Un médico, una sirvienta, Siduri, alguien que le ayudara a aterrizar. Giró sobre sus propios pasos una otra vez hasta que sus ojos se esclarecieron. Nadie debía saber que lloró.
"No pasaba nada. Seguramente los dioses se apiadarían de esta situación y Enkidu regresará"
Enkidu era la persona más pura de todo el mundo. No debía pagar con algo así de descarnado. No era justo. Aruru regresaría con su alma, Shamash entregaría su bondad.
Salió de la habitación con sus vestimentas manchadas en rojo, sin antes echarle una última ojeada a Enkidu y sonreírle.
Con seguridad, se dirigió a los guardianes que siempre vigilaban la entrada al hall y pidió a uno de ellos que llamara a Siduri, un médico y algunas sirvientas.
El médico llegó y Gilgamesh se cruzó de brazos después de indicarle con una mano que se adentrara a la habitación. Las sirvientas iban con agua y compresas, como siempre.
Regresó al dormitorio y una frialdad de muerte lo invadió. Ver a Enkidu inanimado no le causaba nada, como si algo hubiese muerto dentro de él también.
"Te amo" le dijo.
"Qué estupidez"
Se llevó una mano a la frente y distensionó los músculos de su cabeza. Cerró los ojos y notó que le dolían.
Siduri llegó al poco rato y, con su instinto, supo que las cosas andaban muy mal. Se detuvo a secas al ver a Gilgamesh con esa expresión tan extraña y nueva en él. Sus ojos conectaron unos segundos y Siduri supo qué había pasado. Ella permaneció a una distancia prudente, sin saber cómo reaccionar, sin que la pena le invadiera también.
Un pequeño caos se formó sobre la cama maltrecha, donde varios médicos intentaron animar a Enkidu, con movimientos, compresas frías, con masajes, pero obviamente nada daba resultados.
Siduri se apoyó en un cimiento al ver la cama destruida y la sangre fresca en el suelo y la ropa de Gilgamesh. De pronto, sintió el picoso toque de las lágrimas en su nariz y una de ellas se desplomó.
Luego de al menos un cuarto de hora de intentos sin resultados, el médico se aproximó con lentitud a Gilgamesh, como esperando a que le hablara. Aquello lo irritó y le habló en un bramido:
—¿Qué?
—Majestad, está muerto.
Resopló hartado. Qué necio más grande.
—Idiota, no me digas lo obvio…
El hombre lo miró directamente a los ojos, como nunca los vasallos lo hacían, con una sinceridad mortal. Por alguna razón, Gilgamesh no reaccionó ante ello. Asintió y miró hacia otro lado.
—Fuera de aquí todos—dijo, con un tono mucho más suave de lo esperado.
—Señor, debemos hacer algo con su cuerpo, no podemos dejarlo ahí. Pronto sus extremidades endurecerán y no podremos llevarlo cómodamente…
—Cállate—masculló, rodando los ojos—. ¡Lárguense de aquí!
—Debo insistir, por favor, déjenos llevarnos el cuerpo. Debemos disponerlo en…
Agarró al hombre por un brazo y lo lanzó lejos.
El médico, pálido, se levantó del lugar como un animalillo asustado, abandonando la instancia con prisa al igual que las sirvientas, dejando a solas a Gilgamesh con Siduri, con la congoja creciendo en su pecho.
—Gilgamesh—dijo Siduri con el temblor de su voz—, ¿En qué puedo ayudarte?
Gilgamesh bufó y negó, divertido.
—¿Tú crees que alguien puede ayudarme? No seas tonta y lárgate.
—Puedo ayudarte, necesitas a alguien para sostenerte. Yo puedo ser ese alguien.
—No te necesito. No pasa nada.
Siduri pudo constatar que la nariz de Gilgamesh estaba roja. Agachó la vista, consciente de que había llorado. Se quedó mucho tiempo estática, sin realmente saber qué hacer.
Gilgamesh no le gritó, tampoco la echó. Apretó sus labios, temiendo volver a sucumbir con Siduri presente. Cuando supo que estaba aguantando lo inhumano, alzó la mano e hizo un esfuerzo para que su voz no temblara.
—Vete. No quiero verte.
—Gilg…
—Vete.
La respiración de Gilgamesh era intensa: respiraba hondo para calmarse. Siduri captó enseguida que necesitaría un tiempo a solas y simplemente se limitó a dar media vuelta y salir del hall.
Gilgamesh se quedó solo. El silencio se hizo de nuevo y el líquido tibio volvió a caer por sus mejillas. El cabello le molestaba sobre los ojos, las manos estaban heladas, sentía el cuello apretado. Caminó hasta la cama y posó la mirada sobre el pecho de Enkidu.
Todo este tiempo Enkidu dijo que moriría y él no dijo ninguna vez lo que él quiso oír de sus labios, que era el único amigo que jamás tendría, que su reino y su alma le pertenecían. Se mantuvo arisco, como un necio, como un estúpido sin corazón.
Quizás eso era.
Cerró sus ojos.
Ereshkigal ¿Por qué?
Se sentó en el suelo y fijó la mirada en esa mano caída por el borde del lecho, tan blanca manchada en rojo, tan perfecta. La cabellera estaba revuelta por todos lados. Aún había mechones en el suelo, aún estaban las vasijas quebradas, aún estaban las cortinas rotas. Aún todo seguía como antes, pero a la vez, todo cambió.
Qué desastre.
Se sorprendió al oír un gemido saliendo de su garganta. Sentía como las cejas se le curvaban y el labio inferior le tiritaba. El calor se agolpaba en sus mejillas y no le dejaba respirar. No lograba ver nada, todo estaba borroso.
Estuvo en esa posición por al menos dos horas, con la mente revuelta, ido, con la mente vacía de todo lo lógico y embargado por la sensación de vacío nueva para él. Sus piernas se adormecieron, su pena se fue calmando acorde el amanecer despertaba aletargado en el horizonte y se levantó del suelo.
Fue por el cuenco abandonado a un costado de la cama y lo tomó. La sangre recorría la superficie con pequeños lagrimeos carmesíes. Se encaminó al baño y la llenó de agua fresca: le daría un baño, quitaría toda esa sangre que aún quedaba en su cuerpo.
Suspiró al sentir el líquido helado calar sus dedos. Se acercó a su lado y le quitó las ropas hechas jirones hasta desnudarlo por completo. Su cuerpo no pesaba nada, era suave de manejar, parecía una pluma. Alzó una mano para cerrar sus ojos y aprovechó de acariciar fugazmente su mejilla. Sonrió con frialdad y luego de suspirar, comenzó con el aseo. Recorrió su pecho sucio, sus brazos, su abdomen, entre sus piernas, sus pantorrillas, limpió sus dedos y su cuello, su espalda perfecta. Lavó su cabello y le deslizó con un peine su aceite de argán para perfumarlo con aquel aroma característico de él. La insensibilidad que fue capaz de manifestar era algo increíble, cualquiera pensaría que no tenía alma, que nunca le importó Enkidu, que no conocía lo que era tener compasión o desesperación, el dolor de perder alguien amado, pero era todo lo contrario. Se hallaba roto, tan roto que su mente entró en estado de negación. Pugnó a esconder el tumulto de sensaciones que tuvo cuando Enkidu dijo sus últimas palabras y ahora estaba simplemente roto, muy roto, completamente roto.
Una vez terminado el baño, lo vistió con una túnica blanca sencilla, parecida a las que usaba en sus primeros días en Uruk, con la cual tapó su hermosa desnudez. Sacó un pañuelo largo y suave de las vestimentas de Enkidu, se encaminó a su lado y miró su rostro en calma, como si se hubiese dormido en la profunda convicción de la sanación. Con tristeza, tomó la tela y la colocó sobre su rostro.
Luego, lo cargó en sus brazos. Caminó con él por la habitación y salió de ella al recibidor. El caos era el mismo que había en la habitación. Suspiró ahogado y colocó el cuerpo de Enkidu sobre una silla. Limpió su nariz y fue hacia la entrada de su habitación, para pedir que llamaran a Siduri nuevamente.
Siduri se presentó tan rápido como pudo. Cuando ella llegó, Gilgamesh estaba de brazos cruzados mirando la muralla, como si no pasara nada. Miró a Siduri unos momentos y alzó la voz, hablando con su usual tono altanero:
—Ve a llamar a los sepultureros, que preparen el féretro de oro y que todas las flores de Uruk lleguen al palacio. Apúrate.
Siduri tenía ojeras. Aún vestía su pijama, estaba sin maquillar y tenía el cabello suelto. Parecía una chica común y corriente.
—¿No oíste?
—Gilgamesh, lo lamento.
—Los lamentos no sirven de nada ante una situación así. Las cosas siguen su camino y así debe ser. Limítate a hacer tu trabajo y haz lo que te digo.
Gilgamesh aún tenía el rostro enrojecido. Él sabía que Siduri se percató de ello, pero no le importó. Sabía que en ella podía confiar.
—Haré lo que me pides. Estaré contigo, para cuando me necesites.
—No digas mentiras—contrarió Gilgamesh con rudeza.
Siduri repasó sus palabras y agachó la cabeza.
—Ve.
—Enseguida Gilgamesh.
Siduri salió de la instancia y ella se puso a llorar.
Se sorprendió a si mismo por la claridad de sus pensamientos, ya que sabía cómo seguir los pasos venideros, como organizar a todos para lo que ocurriría.
La verdad es que él no lo asumía. Era un mal sueño, una pesadilla sin más. Hace días había entregado su cuerpo a él y estaba lleno de vida, rebosante de alegría.
"Te amo"
"¿Por qué dijiste algo tan estúpido, Enkidu?" pensó, torciendo la boca casi en un acto de desagrado "debiste ahorrarte tus palabritas ridículas".
Tomó a Enkidu entre sus brazos y se encaminó al balcón. No pudo evitar estrecharlo, sin sentir su calor. Se sentó en un hermoso pero destruido arcón y se balanceó con el cuerpo de Enkidu entre sus brazos. Extraña sería la razón por la que el rigor mortis no llegaba a él, pero no se lo planteó en ningún momento. No le importaba, ya que pensaba que pronto despertaría.
"Enkidu eres realmente un tonto por ceder ante la muerte de manera tan indigna. Debiste alzar tus armas y disponer de Ishtar y todos los dioses, incluida Aruru. Podríamos haber embarcado la mejor aventura y coronarnos como los dioses absolutos, pero no, aquí te encuentras, con los labios semi abiertos, las cejas relajadas y tus ojos cerrados"
"Te amo" dejó salir antes de morir. Como si planeara hacerle daño de esa manera.
—Maldita sea—dijo sobre su cabeza.
Fue cuando fue consciente de su alrededor.
Una sustancia suave, como el algodón, caía danzante del cielo, cubriendo todo de blanco. Sabía de ello; en las tierras más lejanas del norte, donde los dioses abandonaron su dicha caía todos los días, matando y usurpando de agua y plantas sus suelos. Alzó la mano y un copo cayó sobre ella.
—Nieve… —susurró, cuando el frío mojó sus dedos— Nieve. Esto es lo más estúpido que has hecho. Un día me las pagarás caro por ser un cobarde.
El amanecer aclaró lento y blanco. Los cielos estaban cubiertos y se sentía frío en el ambiente. Gilgamesh continuaba insípido, con una seriedad mortal impuesta en sus facciones. Escuchó que la puerta fue abierta con cierto recelo y habló:
—¿Qué quieres?
—El féretro está preparado—dijo Siduri.
—¿Dónde está?
—En el salón del trono.
Gilgamesh asintió y se puso de pie con el cuerpo de Enkidu entre sus brazos.
Con una seriedad inquebrantable, caminó hacia la salida, donde Siduri se apartó y le siguió la marcha. Gilgamesh suspiró y caminó por el palacio. Muchos habían despertado temprano aquella mañana producto de la conmoción ya que la noticia se esparció como una plaga mortífera. Miraban a Gilgamesh pasar frente a sus ojos, totalmente sorprendidos, como si no comprendieran que el dolor le había roto por dentro.
Al centro de la sala del trono, un montón de mujeres colocaban flores por todos los costados del ataúd y cuando Gilgamesh llegó, bajaron la vista.
Alzó con cuidado el cuerpo de Enkidu y lo depositó sobre una cama de flores preparada dentro del féretro. El aroma era suave y dulce, penetraba los sentidos y refrescaba el lugar.
Chasqueó la lengua en señal de irritación y apartó a una mujer que le estorbaba. Las plantas aledañas al trono, cuyo techo era inexistente, se llenaban de nieve y el frío se apropió de la instancia. A pesar de tener el rostro sucio y las ropas manchadas en sangre, se sentó en su estrado y observó como las mujeres traían flores y más flores, revistiendo incluso las ciento de escalinatas que descendían del trono hasta la ciudad. Sus pétalos llegaban cubiertos de hielo.
Entre sobresaltos de sueño y ratos muertos, la lúgubre mañana pasó como si se tratase de un par de segundos al medio día. Gilgamesh no se movió de su trono, permaneció con el semblante serio, mirando las flores y jugando con parte de su flequillo.
Apoyó una mano en su sien y suspiró, esperando que algo sucediera: que Ereshkigal se presentara para poder pelear por el alma de Enkidu, que Ishtar llegara con sus alaridos agudos para rebanar su cuello, que Shamash derramara su gloria sobre Uruk, que Aruru regresara con Enkidu de su mano, que Enlil perdonara las acciones de Gilgamesh, que su madre Ninsun los protegiera como hace tiempo atrás prometió, que cualquier dios hiciera alguna acción.
Nieve. Aquello era nieve.
Transcurría un tiempo distinto en su consciencia, como si su vida hubiese sido una mentira y la realidad cayó cercenante sobre su cuello, cortando el lazo con el sentido de la existencia.
Y ahí, de nuevo no pudo aguantar.
Lloró, lloró en silencio porque nadie debía saber que sería capaz de hacerlo. Apretó los labios, contuvo sus emociones, pero el pecho le dolía, qué sensación más desagradable. Mordió las paredes internas de su boca y se rindió. Mantuvo su semblante para que nadie sospechara nada. Vio que Nidasag llegó por un costado y con cierta expresión estúpida, se detuvo en seco, retrocediendo lento, como si él no se hubiese dado cuenta de su presencia. Él sabía que Nidasag se fijó en sus lágrimas.
Suspiró pesadamente y se acomodó.
Nada pasaba.
—Maldita sea Enkidu—susurró por enésima vez— has arruinado todo. Mira lo que has ocasionado, ¿Por qué me abandonaste?
"Prometiste ser mi amigo para siempre. Prometiste que serías mío todas las noches de mi vida. Me prometiste, una mañana en que me molesté por tu actitud, que cruzaríamos el Éufrates y conoceríamos las tierras lejanas. Prometiste que me mostrarías tu sagrada cuna. Prometiste que terminarías tu horrible pintura frente a la sala del consejo de sabios. Prometiste muchas cosas y tus labios no cesaron de hacerlo, pero ahora te marchas al olvido y me dejas aquí, abandonado y comportándome como un idiota, llorando como los débiles, sin saber qué hacer de ahora en más. Me has mentido y eso me deshonra completamente."
Tragó para calmarse y cerró los ojos.
Se durmió.
Simplemente soñó que estaba de pie en un desierto. Nada ocurría, nada rompía la tranquilidad. Estaba estático, como si sus pies estuviesen pegados a la arena y así el sol se alzaba por su cabeza. En el horizonte se veía una tormenta de arena. El cielo era azul claro, no había nubes.
Su sueño desesperanzador terminó cuando despertó de golpe al sentir algo parecido a una explosión en sus oídos.
El salón del trono estaba casi a oscuras, de no ser por las antorchas que iluminaban con pesar las murallas y los estandartes. Tragó y pestañeó un par de veces para reconocer cada pensamiento que se agolpaba en su mente y que le dejaban al tanto de lo que estaba ocurriendo.
Suspiró apenas recordó que Enkidu había muerto.
Ya era muy tarde, la noche se aproximaba con la gélida sensación del invierno sobre sus estrellas.
Le dolía la cabeza, se sentía pésimo. De vez en cuando el olor a sangre le invadía y arrugaba la nariz en señal de descontento.
Decidió levantarse de su trono y descendió hasta el féretro. El rostro de Enkidu seguía oculto tras la sábana con el que fue cubierto. Con algo de incomodidad, la retiró y vio su expresión apaciguada por el frío de la muerte. Con un dedo tembloroso, acarició su mejilla.
—Enkidu—susurró, sabiendo que él no le escuchaba—…
No sentía nada por él, menos ahora después de su traición.
"No siento nada, no siento nada"
"Te amo" le dijo Enkidu.
"No tengo que decir nada tan ridículo como eso"
En la mente de Gilgamesh un sonido metálico separó sus pensamientos y regresó a la realidad. Volvió a colocar la sábana sobre su rostro y decidió subir a su habitación, con una repugnante sensación de vacío, consciente de que mentía incluso cuando ya nada más ocurriría, como un muerto en vida.
Y dejó de nevar aquella noche inusualmente blanca.
Cuando llegó a la instancia, el desorden, la sangre y el caos fue reemplazado por nuevos muebles, nuevas sábanas y perfumados cojines. Dejó caer sus brazos lado a lado y bostezó. Caminó hacia su cama y se tendió.
Qué terrible es la muerte.
No quería morir nunca, jamás debía ocurrirle lo que le ocurrió a Enkidu. Él no iría con Ereshkigal, sería una deshonra y vergüenza inmensurables. Respiró con violencia y se volteó.
No había nadie.
Indeciso de seguir o no, colocó una mano sobre la almohada y la tela parecía suave y limpia. No existían los manchones de sangre, el olor a óxido y a tierra húmeda, los molestos cabellos verdes sueltos.
—Te odio—susurró a la nada, completamente convencido de ello.
"Sí. Si querías oír algo de mis labios, Enkidu, es que te odio. Aborrezco cómo llegaste a mi vida, cómo comenzaste a seguirme, a ganarte mi amistad y yo como un imbécil caí ante ti. Me avergüenzo de aceptarte a mi lado, de compartir mis noches contigo, de…"
Y de nuevo lloró.
A pesar de considerarse perfecto, muchas veces se odiaba por completo.
