Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling. No hay ninguna intención de lucro ni de infringir el copyright. La trama es enteramente mía así como los personajes originales q


Buenas noches/días/tardes/madrugadas a todes…

Gracias a mis queridas lectoras, y amigas, por dejarme sus palabritas de aliento. Como siempre digo, y seguiré diciendo, dejar un review es muy importante para quienes hacemos este trabajo en pos del goce de todes.

Y eternas gracias para Mary, por su excelente y amoroso trabajo con este fic!


Los Límites de Hermione Granger

Capítulo 26:

Bajar a desayunar fue una tarea que jamás habría podido lograr sin la ayuda de mi mejor amigo Ron. Me dolía el cuerpo como si una manada de hipogrifos me hubiera pasado por encima.

Y es que, además de haber estado convulsionando y viviendo una aventura en mi propio cerebro junto a Malfoy, había estado teniendo una serie de pesadillas poco claras pero aterradoras. No quería ni pensar en ellas. Me daban escalofríos automáticamente y una sensación vertiginosa en el estómago.

Sin embargo, las pocas imágenes claras que pude retener de las pesadillas, se venían al frente de mis pensamientos cada dos por tres.

Snape ensangrentado, gritando. Snape inerte en el suelo. Una serpiente gigante hablándome y diciendo: "no huelo mentiras, el hombre no está mintiendo". Rayos de luz rojos que golpeaban contra un bulto oscuro en el suelo y más gritos desgarrados.

Volví a estremecerme y mi amigo me miró con rostro preocupado, asistiendo mi cuerpo mientras me sentaba en un banco de la mesa de Gryffindor.

—Harry, de veras deberías ir a la enfermería. Luces terrible —comentó el colorado, haciendo una mueca de real inquietud con su rostro.

—¿Y decirle qué? Sra. Pomfrey, ¿me daría algún líquido que me saque a Voldemort de mi mente? Ya sabe, no puedo dormir bien con él en mis sueños —le dije irónicamente a mi amigo—. No, Ron, sabes que no podemos exponer todo lo que está sucediendo a todo el mundo.

Mi respuesta, si bien idiota, era real. Por ello, Ron dejó de insistir en que hiciera algo con mi malestar actual y se puso a comer, comentando de tanto en tanto alguna cosa, como la ausencia de Hermione, la ausencia de Dumbledore, la ausencia de Snape y la ausencia de la mermelada de frutillas que tanto ama untar en sus tostadas.

Se hizo la hora de comenzar la marcha hacia el tercer piso a tomar nuestra primera clase de la semana. Defensa Contra las Artes Oscuras los lunes solía ser lo peor de lo peor de este año, pero tenía la esperanza de que ahora fuera más fácil de digerir. Después de todo, las relaciones con Snape y Malfoy habían cambiado luego de lo vivido este fin de semana. O eso rogaba. En el estado en el que me encontraba, no tenía ningún deseo de enfrentar al típico profesor huraño de siempre.

Neville, Ron y yo entramos a la oscurecida aula y nos encontramos con Malfoy y … Nott.

Automáticamente, me sentí abrumado y desvié la mirada a otro lado, intentando ocultar mi rostro, el que seguro estaba colorado. Acomodé mis pertenencias en el banco que solía ocupar con Ron, dándole la espalda a los Slytherin, y refunfuñando por mi estúpida vergüenza al mirar a Nott.

La noche anterior no había tenido esta estúpida reacción. De hecho, apenas había notado su presencia en la Sala de los Menesteres porque estaba demasiado enojado debido a que nadie vigilaba a los mortífagos, o, peor, porque estaba convulsionando de dolor.

Pero, ahora, en un escenario más cotidiano, en un día que aparentaba ser común, su presencia resaltaba y sus ojos… sus ojos pesaban sobre mi conciencia, observándome, inquisitivo, curioso.

Recordé un momento de mi despertar del día anterior, recordé a Nott. Pude ver en mi mente una vez más su rostro adormilado. Verlo entreabrir sutilmente sus ojos color verde-agua, enmarcados en esas cejas delineadas refinadamente, pero, aun así, densas, oscuras y voluminosas. Su boca, más bien sus comisuras, se levantaron en lo que parecía una pequeña sonrisa, una mueca de contento y calma. Podía recordarlo perfectamente. No sólo la imagen, sino también la sensación. También recordé sentirme sonreír, con calma y contento.

¿Por qué huí de ese momento? ¿Por qué no me quedé? Después de todo, se sentía bien. Alarmarme tanto fue una idiotez.

—Potter —interrumpió mis divagaciones la voz de Malfoy.

—Oh… Umm, ¿sí? —pregunté, mirando a mi alrededor y notando que todavía nosotros cinco éramos los únicos dentro del aula.

—¿Dónde está Granger? Noté que no bajó a desayunar.

—No lo sabemos. No estaba en la sala común cuando bajamos en la mañana…

—¿Y no fuiste a buscarla? —me interrumpió irritado—. Se ha perdido otro desayuno y viene comiendo poco y nada por días —me dijo en tono recriminatorio.

Entonces, entendí, Malfoy estaba preocupado por ella y su bienestar. Eso era algo bueno, pero le jugaría en contra si intentaba sobreproteger a Hermione.

—Comprendo, Malfoy. Créeme, lo hago. Pero te aconsejo no intentar controlar los hábitos de Hermione, no le gustará nada —susurré lo último, pues ya habían comenzado a entrar otros alumnos de Slytherin y sospecharían si nos escuchaban hablar de manera cordial—. En la tarde… —susurré aún más bajo moviendo apenas mis labios, mirando hacia otro lado—, debemos reunirnos para hablar.

—Sí. Tu mente necesita trabajo, Potter —susurró de vuelta, dándome un hombrazo cuando Crabbe y Goyle pasaban a nuestro lado para fingir que teníamos un momento de esos que nuestra pasada enemistad generaba tan seguido.

Me encimé contra él, como si realmente estuviéramos discutiendo. Con mi cara bien pegada a la suya y mueca de enojo, respondí gruñendo:

—A las cinco, esta tarde, en La Sala.

Asintió secamente, no sin dedicarme una mirada de asco y rechazo.

Podía haber reído a carcajadas, ganas no me faltaban. Pero debía cuidar las apariencias que esta corta, pero perfecta actuación nos había proporcionado. Se nos daba natural tratarnos mal, y, por primera vez en seis años, eso servía de algo.


Llegaba tarde por haberme quedado dormida. Quince minutos tarde. Snape seguramente restaría al menos veinte puntos a Gryffindor por esto.

Maldición.

Me frené frente a la puerta de la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras con el fin de recuperar el aliento luego de mi pequeña corrida. Luego, empujé la puerta, asomando la mitad de mi cuerpo para no interrumpir la clase deliberadamente.

Pero al ver hacia dentro, descubrí que todos mis compañeros, tanto slytherins como gryffindors, estaban de pie alistando sus pertenencias. Algunos, inclusive, se acercaban en mi dirección con sus mochilas al hombro.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Acaso la clase ya había terminado? Estaba segura de que eran sólo quince minutos los que habían pasado desde su comienzo.

—¿Srta. Granger? —llamó la voz de la profesora McGonagall.

¿Me habría equivocado de aula? No… esta si era el aula del profesor Snape.

—¿Sí, profesora? —pregunté confundida, entrando completamente a la sala. El resto de los compañeros se detuvieron a observar la escena.

—Llega tarde. Tendrá que asistir a detención después de clases. En mi despacho —dijo la profesora con voz severa.

—¿Qué…?

Esto es un chiste, ¿verdad? No entiendo…

—Agradezca que no soy el profesor Snape, quien sin dudas le habría quitado puntos a su casa también por su tardanza. Ahora, siga el ejemplo de sus compañeros y aproveche esta hora libre para hacer algo útil —concluyó la mujer, pasando de ella y saliendo velozmente del aula.

Me quedé pasmada, sin entender nada.

¿Yo? ¿Castigada?

¡Inaudito!

—Hermione —me llamó la voz de Ron, sacándome de mi ensimismamiento plagado de desconcierto e ira contenida.

—Ron, Harry —les hablé caminando en su dirección—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no hay clases de Defensa? —Un pequeño ataque de ansiedad estaba por tomar posesión de mi cuerpo.

¿Dónde estaba Snape?

—McGonagall llegó hace tres minutos a decirnos que se cancelaba la clase de hoy, que nos fuéramos a estudiar a otro lado… —comenzó a explicarme Harry, pero le interrumpí ansiosamente.

—¿Dónde está Snape? ¿Qué le pasó? ¿Acaso no le preguntaron a la profes…?

—Sí, pero evadió la pregunta y nos mandó a salir del aula y justo entraste tú —respondió velozmente Ron.

—Merlín… —musité en voz baja, pensando en los peores posibles escenarios.

Voldemort. Tiene que ser el causante de la ausencia de Snape. Lo debe haber matado, o herido en gravedad.

Oh…, por Morgana, que no esté muerto.

—Deberíamos reunirnos en la Sala de los Menesteres, Hermione, aprovechar este rato antes de ir a encantamientos —propuso Harry en un susurro.

El aula estaba casi vacía, excepto por Neville, Theodore, Draco y mis dos amigos. Theodore se aclaró la garganta acercándose un poco a nosotros, y mirando de soslayo a Harry.

—Umm… si quieren, puedo bajar a las mazmorras para ver si Snape se encuentra en sus habitaciones.

—Me parece bien, yo iré a la enfermería, quizás se encuentra ahí —acordó Neville.

Todos asentimos y nos pusimos en marcha. Iba tras Ron, caminando distraída y mordisqueando mi labio nerviosamente, cuando una mano firme detuvo mi salida por la puerta sujetándome de la muñeca.

—Granger, ¿me permites unos minutos? —pidió Draco.

—Umm, claro. Ustedes vayan yendo, chicos —dije en dirección a mis amigos.

Tras escuchar el click de la puerta cerrándose, me arrimé a Draco, y lo abracé por unos segundos, disfrutando de la soledad del aula y de su presencia reconfortante.

Me devolvió el abrazo, pero le sentí algo distante. Dio unas palmaditas en mi espalda y luego se movió para mirarme a los ojos.

—Granger, hoy no has desayunado. Ayer sólo comiste una vez en todo el día —tomó mi mentón y apretó para inclinar mi rostro de un lado al otro—. ¿Y antes de ayer? Creo que ni siquiera comiste nada…

—Draco, yo… —comencé a excusarme.

—Te estás sobre exigiendo. Somos muchos, Hermione, no tienes que hacerlo todo tú sola. Quiero que comas y duermas como corresponde —me exigió en un tono demandante, con su mirada severa y fría.

—¿Disculpa? —espeté repentinamente irritada—. ¿Me estás dando una orden?

—¿Qué te pasa, Granger? ¿Qué no estás escuchando…?

—Perfectamente —le dije fríamente, dando un paso hacia atrás para tomar distancia—. Y no puedes negar que te estas entrometiendo en mi vida. No puedes controlarme, Malfoy. No tienes ningún derecho.

—¡Estás exagerando la situación…!

—¡No! ¡No puedes venir a decirme exagerada luego de retarme como si fuera una niña! ¡Como si fuera de tu posesión!

—¡Esa no es ni ha sido mi intensión! ¡Maldición, Granger! Yo sólo… —levantó sus brazos en el aire, gruñendo frustrado. Tomó su mochila de un tirón y dio un par de zancadas en dirección a la puerta.

—¡¿Te largas en medio de la discusión, Malfoy?! —grité enojada.

—No quería que se transformara en una discusión —respondió sin mirarme a los ojos—. Sólo me preocupaba por ti.

Y con eso, se retiró del aula, dejándome sola, confundida, molesta y…

Mi estómago gruñó en ese preciso instante. El vacío de mis tripas era tan grande que el visceral gorgoteo hizo eco por toda la habitación.

Sola, confundida, molesta y con hambre.

Maldita sea.


Luego de pasar por las cocinas de Hogwarts, donde los elfos muy amablemente me llenaron de comida, me dirigí a las Sala de los Menesteres, para descubrir qué había pasado con Snape antes de mi próxima clase.

Subiendo tranquila las escaleras, con mi estómago repleto, mi cuerpo nuevamente nutrido y la mente menos ofuscada, comprendí que mi reacción había sido exagerada. Que, en verdad, mi conducta descuidada también le afectaba a los demás -en este caso a Draco-, y por ello de la actitud mandona, brusca y algo enojada de él. Por ello él se veía distante y frío, porque también le afecta que, después de varias menciones de su parte sobre mi negligencia conmigo misma, yo siguiese ignorándolo todo.

Yo era un poco como Draco a veces. Bueno, no sólo a veces, era bastante como Draco. Enojona, mandona, irritable. Y, claramente, el no dormir, comer o relajarme un poco, impacta en mi percepción de las cosas.

Draco ya me había dicho antes, la semana pasada, que debía cuidarme. Antes me había enternecido y había sabido valorar su intención. Pero, esta vez, ¿por qué reaccioné tan a la defensiva?

No estaba segura, pero sospechaba que mientras más estrés acumula uno, más vulnerables nos sentimos y, por ende, más reactivos y a la defensiva nos ponemos.

Lamentable, mi conducta había sido lamentable. Por suerte, estaba a tiempo de dejar mi orgullo de lado para pedir disculpas. Y lo haría ni bien encontrase el momento.

Con esa idea fija en la mente, llegué a la Sala de los Menesteres a la cual le solicité "un lugar para esconder un objeto". Al entrar, me encontré con la noticia de que Snape, quien estaba allí mismo, se hallaba muy debilitado a causa de las torturas que Voldemort había ejercido sobre él. Había vuelto al castillo, a duras penas, durante alguna hora de la madrugada -usando su Patronus para dar un breve aviso al Director Dumbledore sobre su estado- y, ahora, descansaba en una cama conjurada dentro de la sala, bajo los cuidados de la Sra. Malfoy.

"Funcionó, se creyó la memoria falsa" había sido todo lo que él le pudo decir a la mujer antes de desplomarse a los pies del armario evanescente; armario que, muy inteligentemente, dicha mujer había vuelto a encoger para que no pudiese ser utilizado como acceso al castillo.

La apariencia del profesor era realmente lamentable. No presentaba heridas superficiales, pero sus extremidades no dejaban de contraerse en espasmos involuntarios. Sus ojos estaban enmarcados por dos grandes aureolas moradas y el resto de su piel tenía una coloración casi translúcida.

Se veía aún más agotado y consumido que Harry, a pesar de estar dormido. Y eso ya era mucho.

Detestaba que él hubiese tenido que pasar por esa situación. Esperaba que no se repitiera, que no tuviese que repetirse nunca más, con él ni con nadie de ser posible.

Antes de retirarnos de la sala para volver a clases, intenté hablar con Draco y, así, resolver nuestra discusión de hacía un rato. Pero, por desgracia, me encontré con su semblante indiferente. Esquivaba mis ojos con clara ausencia de intención de hablar conmigo.

Estaba enojado y ofendido, por lo que decidí darle tiempo para que se le pasara ese humor. Después de todo, él había tenido cierta razón al interpelarme por el descuido que había ejercido conmigo misma estos últimos días.

Lo intentaría luego, cuando hubiesen pasado por lo menos unas horas.

El resto de la mañana ocurrió de manera ordinaria y a la hora del almuerzo me aseguré de asistir y comer lo suficiente. Miré a Draco un par de veces a través de las mesas de Ravenclaw y Hufflepuff que nos separaban en el comedor, con la tentativa de saludarle. Levanté mis cejas, sonriendo con una mueca que demostraba mi arrepentimiento por la discusión. Pero Draco, a pesar de haberme visto hacer esos gestos, siguió ignorándome, pasando su mirada de mí como si yo no fuese más que alguien sin importancia.

Seguía enojado.

Cabeza dura.

Continuaron las clases de la tarde, de nuevo, sin altercados. En un cambio de horarios, cuando nos dirigíamos de un aula a otra para cursar la última clase, nos cruzamos con Nott y Draco en uno de los pasillos. Draco le hizo señas a Harry para que los siguiéramos hasta uno de los balcones ocultos tras un lienzo que reflejaba una horda de centauros en plena cacería en su tejido.

Los seguimos y, cuando estuvimos los cinco apretados en el pequeño balcón, invoqué mi hechizo silenciador para no correr riesgos de ser escuchados.

A pesar de la agradable brisa y el cálido sol que nos proporcionaba este espacio, la situación era incómoda. Harry parecía ignorar a Nott con todo su ser, fingiendo que no estaba presente, y Draco parecía hacer lo mismo conmigo.

Por otro lado, Nott buscaba la mirada de Harry a toda costa, hablándole de manera directa una y otra vez a pesar de no conseguir respuesta, y yo…

Yo hacía lo mismo con Draco.

El pobre de Ron se encontraba tan incómodo que vibraba de las ganas de salir volando de ahí.

Al final, los únicos que realmente dialogaron durante esos cinco minutos fueron Harry y Draco, quienes concluyeron que, al terminar las clases, se reunirían para comenzar el entrenamiento en Oclumancia y revisar lo que vivenciaron la noche anterior dentro de la mente de Harry. Ron debería crear un cronograma logístico de las guardias sobre los mortífagos inconscientes, a lo cual objetó diciendo que él no era bueno para crear cronogramas, que esa era una tarea más adecuada para mí.

—Lo siento, Ron, pero tengo que ir a detención con la profesora McGonagall —me disculpé con una mueca—. Tú empieza con ello, y luego lo revisamos juntos —propuse, y recibí un asentimiento a regañadientes—. Y no te olvides que eres bueno para la estrategia, sólo debes confiar un poco más en tus capacidades —agregué lo último con la intención de subirle el ánimo y su confianza.

—Yo también puedo ayudar, Weasley —propuso Nott con una sonrisa entusiasta.

—¡Seguro! Un ojo slytherin no me vendría mal…

—No, Ron. No creo que debamos confiar en él tan rápidamente —sentenció mi otro amigo, con sus brazos cruzados sobre su pecho en una postura que yo describiría como desafiante.

Había hablado, otra vez, sin siquiera mirar al slytherin. Fingiendo que él no se encontraba ahí presente, conducta que ya me estaba irritando demasiado.

—¡Harry! —lo reprendí—. ¡Nott solo quiere ayudar! Además, Non Potes Decire lo obligará a mantener nuestros secretos…

—No, Hermione. Él no es parte del círculo, al igual que Snape. Sólo están dentro del círculo y eso no nos asegura sus lealtades.

—Pero, Harry…

—¡Bien! ¡Me largo! —gruñó Nott, pasando bruscamente entre nosotros para entrar nuevamente al castillo.

Ron y yo resoplamos abatidos, mientras que Harry sólo miraba hacia el horizonte fingiendo desinterés, para lo cual estaba fracasando terriblemente pues su ceño estaba tan fruncido como sus labios.

Estúpido Harry. Y estúpido Draco. Los dos se estaban comportando igualmente estúpidos.

—Si ese es el problema —comenzó a hablar Draco con un tono de voz algo vergonzoso e inseguro—, creo que se puede resolver repitiendo el ritual y juramento para Theo y el profesor. De paso, también podríamos incluir a otros, como mi madre, por ejemplo —propuso el muchacho, mirándome a los ojos por primera vez en toda la tarde—. ¿Qué opinas, Granger?

Sí, ahora sí me habla. Justo cuando a él le conviene. Serpiente bastarda.

—¿Ahora sí me diriges la palabra, Malfoy? —le pregunté con algo de bronca. Y es que, ¿cómo no sentirme así? ¿Cómo, si los últimos cinco minutos habían sido tan exasperantes?

Sus ojos se agrandaron al reconocer el ácido tono de mis palabras.

—Permiso, me retiro a mi clase, antes de que vuelvan a castigarme por llegar tarde.

Y con eso me retiré del balcón y retomé el camino hacia el aula de Runas Antiguas a paso rápido.

Ya dentro de salón, me acerqué a la mesa donde Nott se encontraba sentado con su rostro libre de emociones y postura desgarbada. Por suerte para las apariencias externas, era el único lugar libre que quedaba, por lo que a nadie le llamó la atención cuando me senté junto a él.

La clase comenzó, y entre tomar notas y escuchar a la profesora Babbling, una conversación se generó, con mi compañero de banco, vía mensajes en papel.

Lamento la conducta de Harry.

Y yo lamento la de Draco. Pero conociéndole de tantos años, sé que se le pasará pronto. Pero te hará la vida imposible mientras su enojo dure.

Sí, todo fue absolutamente incómodo ahí en el balcón.

Theodore resopló, como conteniendo una carcajada. Volvió a tomar la pluma y continuó con nuestra silenciosa conversación.

Absolutamente. Pero no lo culpo, a Potter me refiero. Draco sí es culpable. Culpable de ser un orgulloso testarudo.

Yo no sacaría conclusiones sobre Harry tan rápidamente. Resulta ser que también es un orgulloso testarudo.

Todos los gryffindor lo son.

Quizás sí, quizás no... ¿Quién sabe?

Oí otra carcajada contenida por parte de Nott.

Pasaron unos minutos de clase sin que ninguno de los dos escribiera, hasta que lo sentí removerse incómodo. Parecía nervioso por algo.

Finalmente, resopló y comenzó a escribir furiosamente sobre el pergamino con el que nos comunicábamos. Para cuando me lo extendió, su mirada estaba fija en un punto del pizarrón y su rostro resaltaba, enrojecido.

Creo que hice algo que no estuvo bien. No lo había pensado hasta ahora. Y acabo de darme cuenta de que quizás algo que hice puso incómodo a Potter la otra tarde cuando dormíamos.

No sé qué hacer. Estoy confundido y no sé cómo resolver esto.

Me gustaría saber qué me aconsejarías con respecto a tu amigo, pero no sé si te ha comentado algo y, en caso de que no te haya dicho nada, no me creo capaz de hablarte de eso yo mismo.

¿Auxilio?

Leí y releí, sorprendida. Volteé a verlo a los ojos, pero su rostro, aún enrojecido, se mantenía firme hacia el frente. Inclusive su postura estaba derecha y adelantada sobre la mesa, como buscando la manera de asegurarse de que no pudiera verle a los ojos.

Pobre Theodore. Y pobre Harry. Los dos estaban en un embrollo causado por una suerte de coincidencias.

Lo único rescatable de este momento de incomodidad era que al menos ahora estaba segura de que lo que mi amigo había vivido no era una situación de acoso.

Medité mi respuesta sin llegar a una buena conclusión, pero con una vaga idea en la mente. Luego de muchos minutos, durante los cuales casi no presté atención a las explicaciones de la profesora Babbling, escribí una corta respuesta.

Se hizo la hora de retirarnos, y mientras todos se apresuraban a abandonar el aula, yo me detuve unos segundos junto a Nott.

Apreté su antebrazo con mi mano hasta conseguir que me mirara a los ojos. Le sonreí suavemente intentando transmitirle la mayor calidez posible con mi mirada. Luego le di unas palmaditas en el brazo y le dejé la nota con mi respuesta, prolijamente doblada, dentro de la palma de su mano.

Búscame dentro de una hora en el despacho de la Profesora McGonagall. Para entonces, habrá acabado mi castigo y podremos charlar un poco de todo esto.

Tomé mi mochila para guardar mis útiles. Me puse de pie y le dirigí una última mirada antes de retirarme.

Y ahí estaba nuevamente, todo colorado y cohibido, mordiéndose el labio inferior ansiosamente. Mirándome a los ojos, asintió en respuesta a mi nota final.

Asentí también y luego me giré para marcharme.

El camino hasta el despacho de McGonagall se hizo muy corto a pesar de la distancia. Mi cabeza iba a mil por hora.

Tenía tantos asuntos en los que pensar. Tantas cosa que resolver que se acumulaban una tras otra, apilándose como si fuera una de esas montañas monstruosas de objetos perdidos. Era agobiante. Y, para colmo, acababa de agregar una cosa más a la larga fila de cosas que pensar: la extraña ocurrencia entre Harry Potter y Theodore Nott.

Perfecto. Ahora también seré terapeuta.

Al llegar al despacho de la Jefa de mi Casa, tomé un respiro profundo para calmar mi cerebro. Debía enfrentar mi castigo con dignidad, después de todo, había llegado tarde a una clase y me merecía tal castigo.

Toqué la puerta con tres golpes suaves.

—Adelante.

—Buenas tardes, profesora… ¿pro-profesores..? —me autocorregí finalmente al notar que también el profesor Flitwick se encontraba sentado en el escritorio del centro del despacho. Una vez más en el día, me sentí confundida.

—Buenas tardes, Srta. Granger. Por favor, tome asiento —saludó McGonagall, indicando con su palma la cómoda butaca respaldada junto al pequeño profesor.

—Profesores —comencé a hablar con mi confusión evidente en la voz—, nunca escuché de una detención impartida por dos profesores a la vez.

—¡Oh! ¡Oh...ojojo! ¡Minerva! ¿La castigaste para conseguir esta reunión? —rió el profesor de encantamientos—. ¡Alucinante! —bramó entre carcajadas.

—¡Ah! Basta Filius. Se presentó la oportunidad y no pude ignorarla —dijo chasqueando la lengua contra sus dientes a modo de reprimenda—. Señorita Granger, realmente no pretendía castigarla. La verdad es que, con el profesor Flitwick aquí, tenemos la necesidad de saber que ha estado sucediendo, realmente, estos días. Verá, el director Dumbledore no ha sido… muy claro.

Oh, con que de esto se trata todo, ¿eh? Con que lo que necesitan es información.

—Será, quizás que ¿el director no ha sido del todo sincero? —pregunté retóricamente—. Lo que me genera curiosidad es ¿por qué me eligieron a mí para descubrir lo que ha sucedido? ¿Por qué no otro de mis compañeros?

—Obviamente usted es la opción más sensata, ¿no? —dijo mi profesora favorita con una mueca sardónica.

—Podría decirse que sí —contesté meditativa.

La verdad era que: sí, yo era la opción más adecuada. Al fin y al cabo, yo era la Custodia de la Información de nuestro recién gestado grupo. Pero lo curioso era que mis dos profesores no lo sabían y, sin embargo, su instinto los había llevado por el camino correcto.

—Bien, profesores, si saber es lo que quieren, deberán, antes que nada, cumplir con una condición —les sonreí con entusiasmo, para enseriarme al notar su cruce de miradas apremiadas—. Verán, hemos creado un contrato que involucra un juramento y un ritual que nos permite tener relaciones de plena confianza entre los participantes de las incursiones recientes y futuras.

—Y, si comprendo bien lo que nos está diciendo, no podremos saber nada ni podremos ayudarles ¿hasta que pasemos por los procesos del ritual y juramento?

—Exacto.

Ambos resoplaron abatidos, pero, luego de dos segundos, me miraron fijamente y asintieron al unísono con determinación flameante en sus ojos.

Así fue que, durante mi castigo, aprovechamos, dado el momento, para planear con tranquilidad y detalle como nuestro Ejército de Dumbledore incluiría a algunos de los participantes de La Orden del Fénix.


Espero que hayan disfrutado! Si es así, háganmelo saber. Si no disfrutaron nada, y creen que debería dejar de jugar a ser escritora, también háganmelo saber, pero con amor, por favor.

Ahora, las notas de Mary, mi editora favorita!

—¿Y decirle qué? Sra. Pomfrey, ¿me daría algún líquido que me saque a Voldemort de mi mente? Ya sabe, no puedo dormir bien con él en mis sueños —le dije irónicamente a mi amigo—. No, Ron, sabes que no podemos exponer todo lo que está sucediendo a todo el mundo.

N/E: ESTO ES TAN CANON

Recordé un momento de mi despertar del día anterior, recordé a Nott. Pude ver en mi mente una vez más su rostro adormilado. Verlo entreabrir sutilmente sus ojos color verde-agua, enmarcados en esas cejas delineadas refinadamente, pero, aun así, densas, oscuras y voluminosas. Su boca, más bien sus comisuras, se levantaron en lo que parecía una pequeña sonrisa, una mueca de contento y calma. Podía recordarlo perfectamente. No sólo la imagen, sino también la sensación. También recordé sentirme sonreír, con calma y contento.

N/E: Estoy gritando como loca, mis papás me van a retar jajaa

Me encimé contra él, como si realmente estuviéramos discutiendo. Con mi cara bien pegada a la suya y mueca de enojo, respondí gruñendo:

—A las cinco, esta tarde, en La Sala.

N/E: Esto también te lo dije, pero, DRARRY

—Buenas tardes, Srta. Granger. Por favor, tome asiento —saludó McGonagall, indicando con su palma la cómoda butaca respaldada junto al pequeño profesor.

—Profesores —comencé a hablar con mi confusión evidente en la voz—, nunca escuché de una detención impartida por dos profesores a la vez.

N/E: Tuve el medio deja vu cuando, en el quinto libro, McGonagall llama a Harry a su despacho para, supuestamente, retarlo, y le ofrece una galleta jajajajaj


Sus críticas y opiniones son bienvenidas,

no nos abandonemos,

ya les amo!

Abrazos Cósmicos!