Cuenta regresiva

Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Invitaciones

—Blaise, otra vez lo estás haciendo —Se cubrió la boca, fingiendo un bostezo, para disimular sus palabras, y codeó a su compañero con el brazo que tenía sobre la mesa, pluma en mano. El chico emitió un débil quejido.

—Lo siento.

A Draco le picaba la nariz por el aroma dulzón que impregnaba el aire, hasta que tomó una profunda respiración y se relajó en el asiento de al lado.

—¿El Matalobos te ayudará a controlar...eso también?

Blaise se inclinaba hacia adelante, el codo apoyado en la mesa, el rostro recargado en la palma. Casualmente, también se cubría la boca con las puntas de los dedos, para contestarle.

—No exactamente —Draco arqueó una ceja—. Se pasará solo, es como- natural, entre los catorce y quince. Y luego voy a estar así, a veces, cerca de la luna llena, creo. Para ti, siempre olerá muy fuerte, no debe gustarte, ese es el punto, pero para otras personas, en especial otro lobo…

Draco frunció la nariz, sin pensar.

—Es un aroma insoportable, Blaise.

No entendió por qué le dio risa. Cuando estaba por preguntarle, otra voz lo distrajo, y giró la cabeza para buscarlo.

Potter andaba por la biblioteca, un sábado por la mañana. Era un evento histórico dentro del colegio de magia y hechicería de Hogwarts. Por supuesto que tenía sus motivos; acompañaba a Nott, hacían levitar una tanda de libros detrás de ambos, y por la manera en que murmuraban, era más que obvio que planeaban algo, la verdadera pregunta era un qué.

A Draco se le olvidaba que se suponía que estaba completando su tarea de Aritmancia, una compleja tabla de símbolos y números a los que no podía hallar relación entre sí, cuando lo que le interesaban era unos bonitos ojos verdes y una voz suave que se perdían entre los estantes.

—Deberías invitarlo.

Parpadeó para enfocarse en el asiento contrario al suyo, del otro lado de la mesa. Hermione tenía los ojos puestos en el libro de Encantamientos entre sus manos, pero se dirigía a él; no tenía dudas al respecto, porque al fijarse en su amiga, esta enseñó una débil sonrisa.

Hermione cerró el libro, lo dejó sobre la mesa y flexionó los brazos, apoyándose en esta e inclinándose más hacia adelante.

—Deberías invitarlo —Repitió, divertida, como si pensase que él no la había oído a la primera. Draco parpadeaba, de nuevo—. A Potter, Draco. Deberías invitar a Potter al Baile de Yule.

Boqueó de una manera poco digna y arrugó el entrecejo.

—¿Qué? —No le gustó el tono agudo con que le salió la pregunta. Era obvio que Hermione intentaba ser buena amiga y no reírse, pero no le estaba dejando la tarea fácil.

—Bueno, tú- ya sabes, siempre has sido un poco diferente alrededor de Potter. Si quisieras invitarlo, sólo debes hacerlo; los Campeones abren el baile, seguro le gusta la atención extra —Bromeó, ensanchando su sonrisa—. Y yo creo que tú podrías gustarle también.

La respiración se le atascó. Empezó a sacudir la cabeza, pero las palabras se demoraron unos instantes más en hacer acto de presencia.

—Hers, estás un poco confundida, es- yo sólo-

—Hueles a nervios —Blaise se reclinó en el respaldar del asiento, conteniendo la risa—. ¿Potter te pone nervioso? ¿O saber que sabemos de Potter?

Draco le dirigió tal mirada asesina que alguien más se habría amedrentado. Incluso Hermione vaciló un poco, preocupada de haber dicho algo incorrecto, hasta que vio que el chico de Durmstrang se echaba a reír.

—Tendrás que hacerlo mejor que eso para frenarme, princesa —Le palmeó una mejilla con suavidad y procedió a cruzarse de brazos, desviando la mirada en la dirección tomada por los Slytherin. Ladeó la cabeza—. No tiene nada de malo, supongo. Potter no está mal. Si te gusta, te gusta. Yo te apoyo en lo que sea.

—A mí no-

—Piénsalo —Su amiga habló en voz baja, cuidadosa—, piensa que puedes bailar con él. Estoy segura de que, al menos, lo encontrarías divertido.

Draco no replicó más. Simuló dedicarse a terminar su tarea, dando ojeadas furtivas hacia un lado cuando Potter hacía una pregunta a su compañero.

En una oportunidad, se percató de que Nott hacía ademán de sacar la varita, para levitar un libro en la parte más alta del estante, al que no llegaban por sí mismos, y Harry chasqueaba la lengua, con aparente irritación, y extendía los brazos. El libro llegaba hasta él, aunque no lo vio usar ningún encantamiento. Potter continuó su camino con el ejemplar en una mano, tan tranquilo como si acabase de sacarlo de su maletín.

No creía que se hubiese dado cuenta del tipo de cosas de las que era capaz.

Draco, en cambio, no se dio cuenta de que sonreía al verlo.

0—

Los Gryffindor eran valientes. Se trataba de una verdad irrefutable.

Por lo general, uno pensaba que los Gryffindor también debían ser impulsivos. Esa sí era refutable. Uno podía ser valiente y usar la cabeza, elegir en qué batallas ser un héroe. Uno podía lanzarse a la acción, con un plan esbozado en mente, y no improvisar. Todo era cuestión de cómo fuese ese Gryffindor.

Y luego estaba Draco.

Él tenía ligeros inconvenientes con los conceptos de valor e impulsividad, y esconderse bajo la capa de invisibilidad mientras iba por el pasillo, era una de las mejores formas de demostrarlo.

En cierto punto del trayecto, Potter suspiró, abrió la puerta de un aula abandonada y pasó. La dejó abierta, así que él pudo llegar al umbral y pararse en la entrada, antes de que el Slytherin se hubiese dado la vuelta, cruzado de brazos.

—¿Ahora qué, Malfoy?

Él no admitiría que encontraba fascinante que Harry fuese la única persona capaz de descubrirlo cuando estaba bajo la capa.

Valor. Impulsividad.

De tener cualquiera de ellos, lo habría preguntado directamente. Nada de rodeos, nada de cambios de tema. No rehuiría de su mirada, no le daría vueltas a lo que Hermione le dijo, sólo para comprobar, por enésima vez ese mismo día, que el corazón se le saltaba varios latidos frente a la perspectiva.

Bailar con él.

Bailar con Harry.

Salir con Harry.

El sólo hecho de estar cerca, de imaginarse que sujetaba una de sus manos, ya le daba una absurda sensación de que todo estaba bien.

Dio un paso dentro del aula, para cerrar a medias la puerta, y se sacó la capa. Él, claro, no lucía para nada sorprendido.

—¿Por qué me sigues, otra vez?

Draco se balanceó sobre los pies, se mordió el labio, e intentó darle forma a las palabras dentro de su cabeza. Esperaba sonar mejor de lo que creía.

—Te quería preguntar —Hizo una pausa. Una parte de su mente gritaba "¡pregunta, pregunta, pregunta!", con una voz sospechosamente similar a la de Hermione, y otra decía lo mala, terrible, horrible idea que era; esa sonaba más a Neville cuando estaba ansioso—, bueno, el Baile de Yule, ¿tú...vas a ir?

Harry arqueó las cejas.

—Eso es obvio.

Sí, obvio. Se preguntó si sería muy extraño volver a echarse la capa encima y salir de ahí. Consideró que sí y decidió no intentar; de cualquier modo, sus pies estaban clavados en ese lugar exacto. No habría sido capaz de huir, ni aunque lo quisiera.

—¿Y ya tienes con quién?

Parpadeó. Tenía la impresión de que no era lo que se esperaba.

Cuando cambió su peso de un pie al otro, la respuesta fue poco más que una exhalación.

—Sí, uhm, voy- voy con Pansy —Se rascó la parte de atrás del cuello, apartando la mirada por un instante. Draco dejó caer los hombros y apretó la capa de invisibilidad entre sus manos; la voz nerviosa del Neville imaginario exclamaba "¡esto no va bien, nada bien! ¡Huye mientras puedas! ¡Corre, corre mientras puedas!" y la sabionda inexistente de Hermione se había quedado en un pasmado silencio—. ¿Y tú?

Le llevó unos segundos más de lo justo percatarse de que le estaba preguntando si tenía a alguien con quién ir.

Pues venía a invitarte, pero ya ves, alguien se me adelantó, y no quiero ir con nadie más, así que deja que me vaya con mi dignidad semi-intacta a hacerle pucheros a mis amigos, ¿bien?

¿Qué tan patético sonaba eso?

Asintió, varias veces, sin verlo.

—Sí, yo- sí —Un paso atrás, otro. Uno, luego el siguiente. Sí, estaba bien; así era cómo se huía sin entrar en pánico. Nada de pánico. No había pánico. Él no tenía pánico—. Sólo- sólo lo preguntaba porque tengo un amigo que me estaba diciendo que quería invitarte y-

—¿A mí? —Harry abrió los ojos, los bonitos ojos verdes, de sobremanera, y se apuntó a sí mismo— ¿un amigo tuyo quería invitarme a ? —Y al caer en cuenta de un detalle, arrugó el ceño— ¿un chico?

Draco volvió a asentir. Al ir hacia atrás sin fijarse en el camino, su espalda chocó con la pared junto a la puerta, en lugar de salir directo al pasillo, y tuvo ganas de lloriquear.

—Es- es que tienes los ojos más bonitos del mundo, es decir, mi amigo cree que los tienes, ajá. Y no eres desagradable como algunos piensan, y cuando sonríes- —Gesticuló con las manos, frente a un aturdido Harry Potter, y decidió que era suficiente. Había alarmas imaginarias de emergencia encendidas dentro de su cabeza y el impulso de huir se hacía más fuerte ya que las piernas le respondían.

Tanteó la pared detrás de él, moviéndose hacia un lado, para acercarse más a la puerta. No dejaba de mirarlo. Sentía que si intentaba apartar la vista, sería demasiado obvio y Harry lo sabría todo.

—Bueno, le diré que ya tienes con quién ir. No es gran cosa. Puede que se ponga un poco triste, pobre- yo- sí, le diré, ¡hasta luego, Potter! —Trastabilló al darse la vuelta y correr fuera de ahí. Por poco no chocó de frente con el otro extremo del marco y no dejó de avanzar hasta haber doblado en una esquina.

Harry se quedó en el aula un momento más, aturdido, y cuando salió, miró a los lados, buscándolo. Para entonces, Draco ya se había metido dentro de un pasaje oculto tras una estatua, y estaba hecho un ovillo en el espacio oscuro y frío, bajo la capa, aunque no era necesario, porque se había convertido en un desastre andante.

Temblaba un poco, el rostro le ardía, tenía una sensación de inquietud asfixiante que no le dejaba tranquilizarse y respirar con normalidad. El corazón le tronaba en los oídos.

Se palmeó las mejillas y se repitió una retahíla de "estúpido, estúpido, estúpido", en voz alta, hasta que aceptó que la mente se le quedó en blanco al sólo pensar en invitarlo.

Un amigo. ¿Cómo se le había ocurrido que "un amigo" serviría? Y después lo de los ojos, y el "no tan desagradable", ¿y qué se suponía que era lo que iba a decir de su sonrisa?

Merlín. Quería hacer un agujero en la piedra de Hogwarts, hundirse en él y quedarse ahí hasta la próxima guerra.

Cuando saliese del pasadizo, iría a las mazmorras, en lugar de la torre. Se sentaría en un banquillo del laboratorio de su padrino, apoyaría la cabeza en un trozo de la mesa que estaba desprovisto de pociones y artículos para crearlas, y soltaría tal suspiro dramático que Snape lo miraría con las cejas arqueadas.

—¿Te dijeron que no? —Draco emitió un vago sonido afirmativo y el profesor continuó con su tarea de mezclar en un caldero un líquido verde y brillante—. Sí, tienes la misma cara de Lucius cuando tu madre le decía que no. Al menos, la que ponía cuando le decía "no" cinco veces el mismo día. ¿Te dijeron "no" cinco veces hoy?

—Sólo una.

—Entonces te va mejor que a él, no veo de qué te quejas.

—Fue vergonzoso.

—Es un efecto del "no", lo superarás.

Snape no servía para consolar ni animar. Pero era su padrino, así que tenía todo el derecho a permanecer ahí, viéndolo trabajar, con un puchero que habría ablandado a cualquiera menos a ese profesor amargado.

De vuelta en la torre, ocupó uno de los sillones frente a la chimenea, dejó que Leonis se subiese a su lado, lo rodeó con los brazos, e intentó no desear demasiado fuerte un agujero para esconderse, porque Regulus le decía que, de hacer algo así, la magia podía concedérselo. Y no quería imaginarse la nueva dosis de vergüenza de caer en un hueco frente a todos.

0—

—¿Sabes? En Durmstrang, usamos algo a lo que los búlgaros le decían "kitka". No sé cuál es la traducción literal, pero lo usan para llamar a unas cosas como ramilletes, flores pequeñas, mágicas, que se atan a la muñeca; se abren para la persona que invitas a salir cuando te dice que sí y se cierran una vez que la fiesta ha terminado —Blaise hablaba con la mirada puesta en el libro frente a él, pasaba la página cada pocos segundos, tras un amplio vistazo que lo ayudaba a capturar la imagen completa dentro de su cabeza. En ese instante, se detuvo y se agachó para rebuscar en su maletín, hasta que sacó una caja que puso frente a él—. Casualmente, aquí está uno, mira.

Draco lo observó con cautela, pero el chico siguió leyendo, así que se encogió de hombros y abrió la caja. Era justo como le había dicho; un brazalete de flores diminutas, capullos cerrados, con líneas brillantes que debían darle tonos preciosos en cuanto los pétalos abriesen.

—Es muy bonita —Opinó, recibiendo un vago sonido afirmativo en señal de acuerdo—, ¿se la dan los chicos a las chicas cuando salen normalmente o...?

—No, no. El que invita, la da, lo demás no importa. A veces ves un chico llevándolo cuando sale con una chica, a veces ella lo lleva, a veces son dos chicos o dos chicas; es sólo un presente, como- —Se detuvo otra vez, para gesticular, buscando la palabra adecuada—, digamos que es una forma de decir que quieres que esté a gusto contigo.

Draco sonrió y volvió a ver el ramillete.

—Puedes ponértelo. Si quieres.

Miró hacia un lado, sin devolver el brazalete de flores a la caja. Blaise había apoyado el codo en la mesa y recargaba la barbilla en la palma.

—¿Me acabas de invitar al baile sin invitarme?

—Me parece que...sí —Se rio—. Mira, es más sencillo así, si lo piensas. Los dos abrimos el baile y la verdad es que no soy muy sociable —Blaise se encogió de hombros—. Pienso que me sentiría incómodo con alguien con quien no pudiese mantener una conversación interesante. Y como a ti te dijeron que no —Por supuesto que no podía faltar el recordatorio; ya le estaba pareciendo demasiado dulce de su parte—, tendré que aguantarte, por el bien de todos, y tratarte como la princesa que eres.

Draco le dio un golpe en el brazo, que estuvo a punto de esquivar, e hizo ademán de atinarle otro con el ramillete, pero luego se lo pensó mejor, porque era muy lindo para dañarlo con ese idiota.

Resopló y dio un vistazo alrededor. Hermione y Neville estaban frente a una estantería a varios metros; la primera lo ayudaba con una elección de unos libros para entender Pociones. Ron debía estar jugando ajedrez en la Torre aún, con Dean y Seamus, que prácticamente contaban como una sola mente y persona.

—¿Sabes qué? —Se colocó el ramillete con cuidado y notó que se ajustaba al tamaño de su muñeca, por cuenta propia—. Yo tampoco tengo ganas de invitar a alguien con quien estaré incómodo.

—Te prometo comportarme, princesa —Blaise le sujetó el hombro y le dio un ligero apretón, con una expresión solemne que le advirtió que no le gustaría lo que se avecinaba:—, sólo no caigas perdidamente enamorado de mí, porque somos amigos y tendré que rechazarte diciéndote que no te veo de ese modo…

Mientras Draco le explicaba que se enamoraría más rápido de un escarbato de cola explosiva que de él, las flores del ramillete se abrieron despacio, frente a su invitación aceptada.

0—

—Ginny.

Draco parpadeó al escucharlo. Se inclinó más en el sillón que compartían, para murmurar, con todo el aire confidente que era capaz de reunir.

—¿Me estás diciendo que invitaste a Ginny al Baile?

Neville se encogió de hombros.

—Yo diría, más bien, que ella me invitó a mí —Puntualizó, con suavidad, encogiéndose bajo la mirada medio furiosa, medio confundida, que Ron le dirigía—. Venía entrando a la Sala Común, me saludó, me preguntó si iba al baile y si tenía con quién, y luego si no quería ir con ella, porque quería entrar pero los de tercero no van solos...y le dije que sí.

—Eso suena a que te invitó ella —Aceptó Hermione, riendo.

Draco lo sopesó por unos instantes, se dijo que era una buena noticia que Ginny no se le hubiese acercado a preguntar si iban al baile juntos, y le dio una palmada en la espalda a Neville, diciéndole que estaba orgulloso de que hubiese hablado con una chica, además de Hermione, sin tartamudear. Su amigo aún protestaba por lo bajo, dándole un empujón sin fuerza que lo enviaba contra el reposabrazos de su lado del mueble, cuando se le ocurrió ver a la única chica del grupo.

—¿Tú con quién vas, Hers?

Ella enrojeció ante la simple cuestión y empezó a colocarse mechones desordenados del cabello detrás de las orejas, una y otra vez, en vano, porque cuando lo hacía, pronto volvían adelante.

—Yo- —Echó un vistazo hacia Ron, que también se acababa de inclinar hacia adelante, con el entrecejo arrugado—, dicen que alguien- alguien me va a invitar. Krum. Sí, hemos pasado algo de tiempo en la biblioteca y no es tan malo, tosco, no malo. Diría que es agradable. Yo sólo...supongo que si me invita, le diré que sí.

Ron tenía una expresión peor que cuando escuchó que su compañero iría con su hermanita. Hermione todavía intentaba, sin éxito, acomodarse el cabello.

¿Se podía ser más obvio?

Draco intercambió una rápida mirada con Neville, que sonrió a medias y se encogió de hombros. Bien, alguien tenía que darles un pequeño empujón. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

—¿Por qué no van juntos?

Ambos parpadearon hacia él, enderezándose a la vez. Hermione, ruborizada, Ron boqueando. Se rio por dentro, haciendo un esfuerzo por no reflejarlo en el exterior.

—Yo voy con Blas, Nev con Gin. Iremos entre amigos, ya saben, será divertido si estamos todos en el mismo grupo —Opinó, con gestos vagos de por medio, que tenían la única finalidad de distraer—. Compartiremos una mesa.

Hermione y Ron se observaron por un momento, en algún punto entre la vacilación y la vergüenza. Ella sonrió un poco, primero. Luego él se encogió de hombros y balbuceó algo, las orejas tiñéndose de rojo y confundiéndose con su cabello.

—Decidido —Draco entrechocó las palmas, sobresaltándolos. Cuando volvieron a fijarse en él, sonrió—. Vamos todos juntos, bailaremos entre nosotros. Ron, deberías darle un kitka —Sacudió el brazo en que llevaba su brazalete. Aparentemente, no se retiraba hasta el fin del día de la salida, de acuerdo a la tradición que Blaise le explicó; por suerte, era imposible dañarlo, ni el agua, ni el sol lo afectaban, y no perdía el color ni la forma de los pétalos abiertos—; son bonitas, ¿ves?

Diez minutos más tarde, Hermione hablaba con Ginny en una de las esquinas de la Sala Común, y Ron se cambiaba de asiento, metiéndose en el espacio reducido que quedaba entre Neville y él, para preguntar de dónde sacaba una de esas cosas lindas de flores, según sus palabras.

—Yo te la conseguiré —Prometió, palmeándole el brazo. Ron asentía un par de veces, todavía aturdido por el modo en que terminaron.

0—

—...hey.

Draco intentó sonreírle cuando abrió los ojos. Blaise se retorció con un quejido, en el suelo. Sangre por aquí y por allá, marcas de garras, una mordida en su brazo, una cadena destrozada que aún sostenía su muñeca.

Se cubrió los ojos con el antebrazo y sorbió por la nariz, aclarándose la garganta antes de hablar.

—¿Qué haces aquí, princesa? Esta no es mi mejor imagen, no deberías- —Cuando Draco lo cubrió con una capa, se destapó a medias y lo observó por debajo de su brazo—. Es peligroso, Draco.

—Tu madre dijo que estaba bien si era yo. Ya es de día, tonto —Le acomodó la capa para que lo cubriese, desde las heridas a la extensión de piel expuesta, y le ofreció ambas manos al ponerse de pie—. Anda, yo no muerdo y tú sí.

Blaise soltó una risa temblorosa, estrangulada, y se levantó. Amanecía cuando los dos se escabulleron desde la Casa de los Gritos a Hogwarts.

Faltaban menos de tres semanas para el baile.

Tres semanas que se irían demasiado rápido para su gusto.