Cuenta regresiva
Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Malas noticias
Draco fantaseaba con ojos verdes y una ligera sonrisa, y se preguntaba por qué no sólo podían dejar que pasase unas vacaciones tranquilas dentro del castillo, para variar. Leonis caminaba pegado a una de sus piernas, como un fiel guardián que exigía ser rascado detrás de las orejas cada poco tiempo.
Neville era el único que podía acompañarlos, pese a las protestas de Blaise y las preguntas, vía lechuza, de Hermione y Ron. En un principio, ni siquiera él iba a ir, según lo que entendió de la última reunión en que escuchó a los adultos hablar sobre la visita. Draco tuvo que recordarles que era su casa, al fin y el cabo; quien tenía derecho a entrar allí, no era otro que Neville.
Aunque su leve temblor le hacía regresar a una realidad donde, lamentablemente, Potter siempre volvía a casa por las festividades, ellos tenían una revisión que hacer, y se preguntaba si su amigo tendría un colapso nervioso o algo semejante. Esperaba que no.
—Uno a cada lado —Ya que Dumbledore era el único que podía atravesar las barreras antiaparición del colegio, los dos adolescentes tuvieron que sostenerse de sus brazos y seguir las instrucciones que les daban. Leonis ladró cuando le pidió que se quedase ahí, justo en la oficina del director, hasta que hubiesen regresado.
Se Aparecerían junto a la puerta de la casa de los Longbottom, allí donde una defensa más fuerte impedía incluso el paso del viejo director mediante magia. Debían cruzar esa puerta caminando. Snape sí iría con ellos, al igual que la profesora A.
—Todo sigue igual que ese día —Aclaró la bruja, con suavidad, más dirigida a Neville que a él, por una vez—. Recuerden que las búsquedas no han arrojado nada, pero tengan los ojos abiertos. Tú conoces mejor a tu abuela. Sabrás reconocer si hay algo que no sea suyo o pueda servirnos, ¿cierto? —Neville asintió de inmediato.
Draco todavía tenía dudas acerca de por qué, de acuerdo a esa línea de razonamiento, él tenía que ir. Apenas conocía a la señora Longbottom y nunca había entrado a la casa de Neville. Intentaba convencerse de que sólo haría de apoyo moral, o que intentaban utilizar su obvia conexión a todo lo relacionado a Voldemort, igual que harían con un rastreador.
Aunque la última vez que intentó hacerlo así, con el diario de Riddle, fue engañado por el falso y no resultó bien. No se los comentó.
Inclinó la cabeza, para asomarse por uno de los lados de la amplia túnica del director, y asintió a su compañero. Neville, que lo veía a su vez, lo imitó y se enderezó para tomar una respiración profunda. Estaba pálido, pero mientras no se desmayase, lo consideraría un éxito.
El tirón de la Aparición se los llevó. Fueron arrojados en el pórtico de una casa mediana, dos pisos, ancho reducido; no había nada en el pequeño patio cercado, en los tres escalones que dirigían a la puerta principal, o la fachada blanca y azul, que pudiese darles una pista de que un grupo de magos oscuros ingresó sin consentimiento meses atrás.
Tenía un mal presentimiento. Fue una vibración, leve, apenas perceptible, en alguna parte de su pecho, y un hormigueo en la cicatriz del pómulo, por el que se zafó del agarre de Dumbledore y dio un paso lejos. Se esfumó enseguida y notó que el director y su amigo lo observaban.
—¿Te pasa algo, Draco? —Él quería lloriquear, protestar, decirle que no tenía que hablarle con tanto cuidado, cuando estaban allí por un problema con su único familiar, y tendría que ser al revés. Draco debía ser el pilar, no su compañero.
Arrugó el entrecejo, se restregó la cara y se enderezó, dispuesto a sacudirse la incomodidad de encima por la fuerza, para estar centrado en lo que en realidad importaba.
—¿Vamos? —Los dos asintieron. Fueron los muchachos quienes entraron primero, porque las defensas se abrían para darle la bienvenida a Neville sin ninguna oposición; la profesora A y Snape les pisaban los talones, varita en mano, mientras daban vistazos alrededor.
No les dieron libertad de movimiento hasta estar seguros, por hechizos de localización y algunos exámenes, de que no había nadie más allí. Entonces avanzaron hasta el umbral de la sala, donde distinguieron los únicos vestigios de la revisión anterior, en compañía de los Aurores; unos cofres azules, de símbolos brillantes en los costados, apostados sobre una mesa. Los tres formaban una hilera y tenían las tapas levantadas. Se encontraban vacíos.
—Los tenía en su despacho —Le oyó decir a Neville, con un hilo de voz. Tenía los ojos puestos en los cofres—, ya sabes, una pequeña oficina...arriba, a un lado de la biblioteca. La mandó a construir para mi papá, pero...
Calló. Draco tanteó el aire, hasta dar con su brazo, y le sujetó la muñeca. Permanecieron en silencio unos segundos, luego Neville se aclaraba la garganta, y le hacía una seña para pedir que lo siguiese.
Desde la base de las escaleras, notó que la profesora A le explicaba a su padrino lo que fuese que descubrieron acerca de los dichosos cofres, y el director observaba de reojo la dirección tomada por ambos. El presentimiento estuvo de vuelta, breve, rápido. Desapareció de inmediato y Draco se concentró en su amigo.
—Ni siquiera tocaron los cuadros —Decía Neville, distraído—. Todo ocurrió abajo, en la cocina. Aún debe ser un desastre, a mi abuela nunca le gustó el desastre. Espero poder limpiar antes de que la traigan de vuelta.
—Podemos pedir unos elfos de Hogwarts —Murmuró, sólo por hablar, para no dejarlo así. Los ojos que lo observaron eran tan opacos que podría haber considerado incluso llevarle a Trevor, aunque odiase al sapo, si podía animarlo—, o le diremos a la profesora A, pediremos permiso. No conozco hechizos de limpieza, pero si buscamos un libro donde aparezcan, podemos...
Neville meneó la cabeza, una pequeña sonrisa momentánea dibujándose en su rostro. Draco lo rodeó con un brazo.
—¿Sabes que eres más feo de lo normal cuando te pones así?
Sintió la vibración de su risa, aunque el sonido jamás llegó a él.
—¿Ah, sí? —Lo miró directo a los ojos, las cejas un poco arqueadas—. Pues tú eres feo todo el tiempo, Draco.
El aludido emitió un sonido ahogado, de indignación pura, porque era mejor que echarse a reír a carcajadas. Lo estrechó más cuando pararon bajo el umbral que daba a su cuarto.
—Blas tiene razón. Mi influencia te hace mal.
—Tengo la esperanza de influenciarte un poco a ti también y equilibrarlo —Neville avanzó primero, soltándose con cuidado, y él bufó al seguirlo.
—Mientras no pretendas que me consiga un sapo o hable a-a-así.
Draco se tiró en la cama, sin reparos, y dio un vistazo al cuarto en general. Neville le replicó con voz débil, más interesado en volver a revisar su escritorio y recoger algo que decía que era para que Trevor estuviese más cómodo.
La habitación no era amplia, pero tenía ese ambiente cómodo, cálido, que le faltaba a los cuartos de Hogwarts algunos meses al año. Paredes con afiches sobre el tapiz verde y de rayas, libros de cuentos infantiles en los estantes, fotografías sobre la mesa de noche.
El techo contaba con pegatinas mágicas de estrellas, que imitaban el cielo nocturno más reciente durante el día, y Draco se preguntó si su habitación en la Mansión se habría visto así, o mejor, si sus padres aún viviesen. Severus nunca intentó decorar. Regulus era minimalista desde que escapó de casa de los Black con su hermano.
Tomó una almohada, para acomodarse mejor y dedicarse a observar el falso cielo estrellado, cuando percibió una textura sólida, dura, que vibraba con magia, entre las mantas. Rodó sobre el colchón para verla y distinguió, metida dentro de la funda y aplastada por magia, otro cofre. Idéntico a los de abajo.
—Nev —Deprisa, se arrastró fuera de la cama, el cofre encogido en una mano, y se acercó al otro chico. Neville estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, en la puerta del armario, porque necesitaba llevarse más ropa—, mira esto. ¿Tú dormías con esto bajo la cabeza o a tu abuela se le olvidó decirte que lo guardó aquí?
El mal presentimiento regresó. Más fuerte, más inestable. Un poco paralizante, como un manto frío arrojado sobre el cuerpo de pronto.
Neville tomaba la caja de su mano, negaba y estaba por explicarle algo. Por reflejo, sus dedos buscaban la varita en el bolsillo delantero de su pantalón. Al notar el gesto, su compañero callaba y le dirigía una mirada inquisitiva.
Detrás.
Estaba detrás.
Draco vio justo a tiempo, en el reflejo del espejo, la varita que era alzada. Tomó una decisión rápida y optó por jalar la cadena del reloj de bolsillo, siempre enganchado a su cinturón, para extenderlo.
La mano que apuntaba se quedó inmóvil, el destello todavía sin formarse en la punta. Neville, con la boca abierta en una pregunta no llevada a cabo, reaccionó cuando agarró su brazo y lo jaló.
Los metió a los dos bajo el escritorio, agachados, apretados, y lo mandó a esconder el cofre dentro de su ropa, cuando la cadena del reloj se tensaba, advirtiendo que el minuto robado del tiempo acababa. Neville quería hacer preguntas, y él tuvo que guardar el reloj con una mano y cubrirle la boca con la otra.
Negó a las dudas en sus ojos, no pronunciadas. Él se enserió y permaneció callado, ambos tensos bajo el escritorio, cuando escucharon unos pasos reanudarse.
La tela extraña de la túnica ocupó su campo de visión durante unos segundos, un murmullo frágil, voz quebrantada, y uno más fuerte. Pero se trataba de una sola persona. Sus pasos siguieron sonando cuando se dio la vuelta, mientras se alejaba, y hasta que unos metros en el pasillo lo separaban de su posición.
—Guárdalo —Indicó a Neville, un peso frío instalado en su estómago, los dedos todavía cerrados en torno al reloj redondo—. No le contaremos de esto a nadie.
—¿Por qué? —A pesar de que preguntaba, resguardaba mejor el cofre encogido en su suéter, Draco sabía que no se iba a oponer. Era simple curiosidad.
—Confía en mí.
Neville apretó los labios y asintió. No titubeó cuando le dijo que salieran, ni al recoger más ropa y una supuesta cama para Trevor (¿los sapos dormían en camas? Eso era nuevo) que decía que le gustaba más que la del colegio.
Cuando les aseguró que no había nada fuera de lugar con respecto a ese día, los profesores ya concluían que seguían sin nuevos rastros o detalles, así que se reorganizaron para volver. Los dos adolescentes se sujetaron de Dumbledore y Draco se volvió a sacudir sus malos presentimientos.
—0—
—¿...Dumbledore? —Fue Blaise quien preguntó, arrugando el entrecejo— ¿seguros?
Estaban en la Casa de los Gritos, porque era terreno neutral y seguro. Los profesores que permanecían en Hogwarts pensarían que deambulaban por ahí, igual que los pocos estudiantes que se quedaban por las vacaciones tras las actividades del Torneo.
Además, allí no necesitaban barreras de ningún tipo.
Neville y él intercambiaron miradas. Asintieron a la vez.
—A menos que alguien se haya puesto su cara y su ropa, y después lo haya regresado —Aseguró, encogiéndose de hombros—. Era él, Blas. Y no lo vieron- Nev no lo vio, pero...
Se quedó en silencio, los ojos fijos en el suelo del espacio que los separaba. Recordaba el sueño donde se quedaba solo.
Donde él lo dejaba solo.
—¿Pero?
Levantó la cabeza, vio a uno, luego al otro.
—Parecía que iba a atacarnos. Te lo juro —Insistió, más rápido, para no darles tiempo de empezar a hacer preguntas—, no sé por qué, no sé si supo lo que hice o- no sé, no sé nada. Pero se veía como si fuese a atacar. Se los juro. Sentí que iba a darnos por la espalda.
Volvieron a sumirse en el silencio por largo rato. Lo único que interrumpía la solemnidad del momento, era el golpeteo de la cola de Leonis a su lado, metiendo la cabeza bajo su brazo para llamarle la atención, y lamiendo su mano. Intentó sonreírle; no se dio cuenta de que sólo consiguió una mueca.
—No veo por qué un reconocido mago, director de un colegio de magia, que además ha sido tu mentor por años, querría atacarlos por la espalda en una casa con rastros de Mortífagos —Blaise se inclinó hacia adelante, ladeando la cabeza para quedar dentro de su campo de visión—. Pero si tú dices que iba a hacerlo, te creo.
—Fue bastante terrorífico, en verdad- como nos metiste bajo la mesa, quiero decir —Neville frunció el ceño—. No lo hubieses dicho de no ir en serio.
Draco suspiró, un peso invisible removido de sus hombros. Agradeció por dentro; tenían otros asuntos que tratar, no debía atrasarlos más.
—Ahora tenemos que saber el por qué. Nev, ¿lo tienes? —Su compañero asintió. Se apresuró a sacar el cofre encogido de su bolsillo y se lo tendió.
Draco lo dejó en el suelo, en medio de los cuatro (contando a Leonis), y tocó un costado con la varita. No utilizó ningún hechizo. Al contacto, el cofre empezó a crecer, hasta adquirir el mismo tamaño que los que estaban en la sala de los Longbottom.
Cuando extendió el brazo, un hormigueo en las puntas de los dedos le advirtió de la magia de seguridad que lo envolvía. Frunció el ceño y pensó un instante.
—Nev —¿En quién más iba a confiar la anciana? Apuntó el cofre—, inténtalo tú.
No tuvo que hacer nada. Cuando fue su mano la que se aproximó, la tapa cedió y se abrió sola, revelando su contenido para tres miradas curiosas y un animago.
Una copa.
Una copa pequeña, dorada. Neville la rozó, y al ver que no provocaba una reacción desfavorable, la sacó. Al girarla entre los dedos, reconoció el grabado en un lado.
No era una copa común. Era la reliquia de Helga Hufflepuff.
—Suelta —Su reacción fue inmediata, instintiva. Le dio un manotazo en la muñeca, la copa tintineó al golpear el piso—. Es un Horrocrux —Y volvió a pasar la mirada de uno al otro, sólo que se detuvo en Leonis esa vez—. Es el Horrocrux sacado de Gringotts.
—¿Mi abuela tenía dos horrocruxes? —Neville se echó hacia atrás, el rostro contraído con la misma emoción ácida que le impregnó la voz— ¿por qué?
—Esa —También fue su compañero el que saltó cuando la forma animal le cedió lugar a Regulus, sentado junto a ellos— es una buena pregunta, Neville. Hola, por cierto. Un placer hablar contigo. Si pudieses dejar de cantar en la ducha de noche, mis orejas te estarían agradecidas.
Neville boqueó, lo señaló, luego a Draco, de nuevo a él. Se demoró unos segundos en soltar el grito que ya se esperaban.
—0—
Draco caminaba detrás de los chicos. Leonis iba a su lado, levantaba la cabeza cada pocos pasos para fijarse en él.
—Está claro que el cofre tiene una barrera que sólo un Longbottom consigue abrir. Han tenido que llevar los demás con los Inefables y les han tomado semanas; lo que fuese que tu abuela hizo en ellos, es magia increíblemente poderosa y avanzada —Había explicado Regulus, después de la respectiva historia de por qué su perro no era un perro, y por qué el mago que fingía ser un perro era buscado para ser retenido y metido a Azkaban.
—Es magia negra —A Draco le había angustiado la manera en que Neville escupió el término, enrojeciendo, los ojos puestos en el Horrocrux de vuelta a la caja, como si fuese el mismo Voldemort.
—La magia es sólo magia —Fue su respuesta—. Y esta nos será útil.
Lo esconderé, lo enterraré en los alrededores de Hogsmeade, allí donde el dominio de Dumbledore sobre el castillo ya no llega.
Fingiremos no saber nada. Ustedes no lo vieron, yo no lo vi. Seguimos buscando el Horrocrux robado, ¿entendido?
—¿Qué hay de Dumbledore? —Fue Blaise quien preguntó lo que rondaba en la mente de los tres. Regulus, para su pesar, le dio la respuesta que se imaginaba.
—Ni siquiera los tres juntos, con Severus, Ariadna y yo, podríamos hacer algo en su contra, si es lo que parece.
Sólo queda esperar, buscar, disimular.
Las mentiras se descubren solas.
Draco temía cuánto tiempo tardaría aquella en salir a la luz, y las consecuencias que podría traerles antes de que ocurriese. Leonis había sido claro; cuidarse las espaldas, siempre avisar si iban a encontrarse con el director, por la razón que fuese. Evitar quedarse a solas con él. No levantar sospechas. Jamás hablar del tema dentro del castillo.
Él se lo comunicaría a Snape y la profesora A. Lo único que podían hacer era aguardar.
Por delante de él, Blaise intentaba resumirle a Neville la explicación sobre la participación de su madre en la guerra, anterior a la huida. Se veía como si esperase una reacción negativa en cualquier momento, pero Neville no dejaba de asentir, tranquilo, silencioso. Comprensivo de un modo que no creía que alguien más pudiese serlo con dos hijos de espías.
Cuando estaban por cruzar la entrada al castillo, después de regresar por el Sauce, la historia había llegado a su fin, en el momento actual, y Neville se detuvo para mirarlo por encima del hombro.
—Entiendo que no pudieras contarme —Susurró—, no eran tus secretos para decírmelo. Gracias por confiar en mí...a los dos —Agregó, un poco más cohibido al ver de reojo a Blaise, que se encogió de hombros.
—Yo no agradecería, si fuese tú —Con un ánimo renovado, Draco le pasó un brazo sobre los hombros y lo arrastró dentro, seguidos por Blaise y el can—. Te acabamos de meter en algo que es más grande que nosotros, Nev, y ya no te vas a zafar. Seguramente moriremos todos un día.
—Seguramente —Blaise le siguió la corriente, en tono demasiado calmado para lo que admitía.
Cuando pareció que iba a soltarle una de esas réplicas ingeniosas, que estaba feliz de poder decir que aprendía de él, notó que cerraba la boca y se tensaba. Al girar la cabeza para ver en la misma dirección que él, se topó con Dumbledore, de pie en el recibidor del castillo.
Pensó en la varita apuntándolos a través del espejo y tragó en seco. No había visto su rostro, pero sí el brazo bajo la túnica y la pieza de madera.
Sólo existía una varita como esa en el mundo mágico. Él le había contado su historia, años atrás, junto a cientos más.
El director los saludó con un cabeceo, y aunque tenía una explicación en la punta de la lengua, para encubrir su ausencia dentro del edificio a mitad de tarde, no fue necesario, ya que él no preguntó.
—Draco, necesito hablar contigo un momento. Es importante —Agregó, con más suavidad de la usual, al ver que vacilaba, todavía sujetando a Neville. Lo soltó despacio y asintió a ambos, para indicarle que estaba bien.
—¿Leonis puede venir? —Inquirió, nada más dar un paso hacia el mago. Dumbledore asintió enseguida.
—Leonis siempre ha podido venir, Draco.
Sus ojos eran tan tranquilos tras las gafas de media luna, que lo hacían dudar.
El hombre que lo llevaba a comer galletas con los elfos, a medianoche, porque tenía un mal sueño, le hablaba de cómo solía gustarle oír a su hermana tocar la flauta, y cómo su hermano menor le rompió la nariz y nunca quiso repararla, para no olvidar el por qué, no podía haber intentado atacarlo por la espalda.
No podía, ¿verdad?
No quería creer que pudiese.
Cuando se alejó lo suficiente de sus compañeros, el director le puso una mano en el hombro y lo guio hacia su oficina, Leonis a un lado en cada paso.
Quería lloriquear. Quería decirle "Albus, ¿qué es lo que vi en ese espejo?"
"Albus, ¿por qué me hizo entrar al Torneo?"
"Albus, ¿me está intentando decir algo?"
Al entrar, se rehusó a tomar un caramelo de limón, y por una vez, Dumbledore fue directo, conciso. No despegó la mirada de la suya, no lo adornó con palabras bonitas. Ni siquiera le dio tiempo de sentarse.
Fue como si lo hubiese golpeado. A pesar de que no era con él, se sintió igual que si lo hubiese sido.
—...creí que era apropiado decírtelo antes, para que lo prepares y puedas ayudarlo en este momento, que va a estar tan...
No se quedó a escucharlo. Draco saltó los escalones para bajar por el pasadizo de la estatua más deprisa, atravesó la mitad del castillo corriendo. Podría haber ido tan rápido como lo habría hecho en una escoba, que incluso dejó a Leonis atrás por unos metros al principio.
Neville estaba en la Sala Común de Gryffindor, instalado en un sillón, frente a la chimenea. La conversación que mantenía con Blaise fue silenciada nada más verlo. Algo en su rostro debió advertirles, porque ambos se pusieron de pie de inmediato y comenzaron a hacer preguntas.
Se acercó con zancadas largas, todavía jadeante, y lo envolvió con los brazos. Si hubiese sido otro, se habría quejado de lo fuerte que lo estrechó.
Tenía que hacerlo.
Necesitaba hacerlo. Era la única manera en que sentía que no dejaría a Neville derrumbarse cuando entendiese.
La voz se le quebró al decirlo.
—Lo siento, Nev. Lo siento mucho, lo siento, lo siento…
Augusta Longbottom había sido hallada muerta esa misma tarde.
