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CAPITULO 39

A la mañana siguiente, una limusina fue a buscar a la feliz pareja a la estación de tren de Perugia. El chófer los condujo por una carretera de curvas hasta una finca cercana a Todi, un pueblo medieval.

—¿Es aquí? ¿Es ésta la casa? —preguntó Candy, maravillada, mientras recorrían el sendero privado que llevaba a una mansión situada en lo alto de una colina.

Era una construcción de piedra de tres plantas, rodeada por varios acres de tierra salpicada por cipreses y olivos.

Mientras avanzaban, Albert le señaló un huerto de árboles frutales que, cuando llegara el verano, proporcionaría a los habitantes de la casa higos, melocotones y granadas. A un lado había una piscina llena, casi un estanque sin bordes que parecía fundirse con el horizonte. La piscina estaba rodeada por arbustos de lavanda. Candy casi podía oler su aroma desde el interior del coche. Se dijo que iría a buscar unas ramitas para perfumar las sábanas.

—¿Te gusta? —le preguntó Albert, esperando su aprobación con ansiedad.

—Me encanta. Cuando dijiste que habías alquilado una casa, no pensaba que fuera a ser tan magnífica.

—Espera a ver el interior. Hay una chimenea y un jacuzzi en la terraza.

—No he traído bañador.

—¿Y quién ha dicho que nos vaya a hacer falta bañador?—Albert movió las cejas insinuante y Candy se echó a reír.

Un Mercedes negro los aguardaba aparcado frente a la casa, para que con él pudieran ir a visitar los pueblos cercanos, incluido Asís, un lugar que a Candy le interesaba particularmente.

La encargada de la casa se había ocupado de llenar la cocina de comida y vino, por si llegaban con hambre. Candy puso los ojos en blanco al descubrir varias botellas de zumo de arándanos de importación en la despensa.

«El profesor Albert Ardley, también conocido como el Sobreprotector, ataca de nuevo».

—¿Qué te parece? —le preguntó él, abrazándola por la cintura en el centro de la gran cocina, totalmente equipada.

—Es perfecta.

—Me preocupaba que no te apeteciera venir a Umbría, pero pensé que nos vendrían bien unos días de calma y aislamiento.

Candy alzó una ceja.

—Nuestros días de aislamiento no son especialmente calmados, profesor.

—Eso es porque me vuelves loco de deseo. —Albert la besó apasionadamente—. Quedémonos en casa esta noche. Pqodemos preparar algo juntos, si quieres, y relajarnos ante el fuego.

—Suena bien. —Candy le devolvió el beso.

—Llevaré el equipaje al piso de arriba mientras exploras la casa. El jacuzzi está en la terraza del dormitorio principal. Nos vemos allí dentro de un cuarto de hora.

Ella aceptó la invitación con una sonrisa.

—Ah, y… ¿señorita White?

—¿Sí?

—Nada de ropa durante el resto de la velada.

Con un grito excitado, Candy echó a correr escaleras arriba.

La casa estaba decorada con un gusto exquisito. Las paredes estaban pintadas en varios tonos de blanco y crema, pero lo que más llamaba la atención era el dormitorio principal y su romántica cama con dosel. No pudo resistir la tentación de probarla un momento antes de entrar en el baño con el neceser.

Sacó sus productos de maquillaje, dejó su jabón y su champú en la gran ducha abierta, se recogió el pelo en un moño alto y se quitó la ropa, envolviéndose en una toalla grande de color marfil.

Nunca se había bañado desnuda al aire libre, pero le apetecía mucho probarlo.

Mientras doblaba la ropa, oyó música procedente del dormitorio. Reconoció la canción. Era Don't Know Why, de Nora Jones.

Albert no dejaba nada al azar.

Él mismo se lo confirmó desde el otro lado de la puerta:

—He subido unos antipasti y una botella de vino por si tienes hambre. Te espero fuera.

—Salgo en un minuto —respondió ella.

Se miró en el espejo. Tenía los ojos brillantes de excitación y las mejillas con un saludable tono rosado. Estaba enamorada. Era feliz. Y estaba a punto (o eso creía) de estrenar el jacuzzi con su amado bajo el sol del crepúsculo italiano.

De camino a la terraza, vio la ropa de Albert tirada sobre una silla. La fría brisa del atardecer se colaba por la puerta abierta, despeinándola y aumentando el rojo de sus mejillas. Albert la estaba esperando… desnudo.

Salió a la terraza y esperó hasta que él se dio cuenta de su presencia. Sólo entonces dejó caer la toalla.

Cerca de Burlington, Vermont, Archie Virgil Cornwell estaba envolviendo regalos de Navidad en la mesa de la cocina de sus padres. Había regalos para su familia, para su hermana y para la mujer por la que latía su corazón.

Era una escena curiosa, la de aquel jugador de rugby de noventa kilos rodeado de rollos de papel de regalo y cinta adhesiva, tomando medidas con precisión antes de usar las tijeras. En la mesa había una botella de sirope de arce, una vaca Holstein de peluche y dos figuritas. Estas últimas eran una curiosidad. Las había encontrado en una tienda de cómics antiguos de Toronto. Se suponía que una de ellas representaba a Dante, vestido de cruzado con la cruz de san Jorge en la cota de malla. La otra era una anacrónica Beatriz vestida de princesa medieval, con una larga melena rubia y los ojos verdes.

Por desgracia, la empresa de juguetes se había olvidado de hacer una figurita de Virgilio. (Al parecer, Virgilio no cumplía los requisitos necesarios para convertirse en una figura de acción).

Archie no estaba de acuerdo. Él estaba más que preparado para un poco de acción. Por eso decidió escribir a la empresa de juguetes y alertarlos de su lamentable descuido.

Tras envolver cada regalo cuidadosamente, los colocó en una caja de cartón y los cubrió con papel protector de burbujas. Le escribió a Candy cuatro palabras en una postal, tratando desesperadamente de sonar desenfadado, para disimular sus sentimientos cada vez más intensos; cerró la caja con cinta adhesiva ancha y la dirigió a la señorita Candice White.

Tras un rato muy agradable en el jacuzzi, Albert preparó una cena típica de Umbría. Bruschetta con pomodoro y basilico, tagliatelle con aceite de oliva y trufas de la propia finca, pan y varios quesos artesanos de la región. Comieron hasta hartarse, riendo y bebiendo un vino blanco muy bueno de Orvieto a la luz de las velas. Después de cenar, Albert hizo un nido con mantas y almohadones en el suelo, frente a la chimenea.

Conectó el iPhone al sistema de sonido para seguir disfrutando de su lista de reproducción «Amando a Candy». Sentados en el suelo, Albert la rodeó con sus brazos y siguieron bebiendo hasta acabarse el vino, mientras a su alrededor sonaba música medieval. Estaban desnudos, envueltos en mantas, sin sentir ninguna vergüenza.

—La música es preciosa. ¿Qué es? —Candy cerró los ojos, concentrándose en las voces femeninas que cantaban a cappella.

—Gaudete, de The Mediaeval Baebes. Es una canción navideña.

—Qué buen nombre para un grupo musical.

—Son muy buenas. Las vi en directo la última vez que actuaron en Toronto.

—¿Ah, sí?

Él sonrió.

—¿Está celosa, señorita White?

—¿Debería estarlo?

—No. Tengo las manos llenas. Literalmente.

Con las voces celestiales de fondo, los amantes dejaron de hablar y empezaron a besarse. Pronto les sobraron las mantas, a medida que sus cuerpos se acaloraban frente al fuego.

A la luz de las llamas anaranjadas, Candy empujó a Albert hasta que quedó tumbado y se sentó a horcajadas sobre él, que sonrió cediéndole el control, encantado con la confianza que ella estaba adquiriendo.

—Estar encima no es tan terrorífico, ¿no?

—No, sobre todo ahora que ya me siento más cómoda contigo. Creo que el polvo contra la pared me liberó de todas las inhibiciones.

Albert se preguntó de qué otras inhibiciones podría librarla gracias a otras posturas y otros escenarios… como, por ejemplo, la ducha. O el santo grial del sexo doméstico: la mesa de la cocina.

La voz de Candy lo sacó de sus pensamientos.

—Quiero darte placer.

—Ya lo haces. No te imaginas cuánto.

Ella echó un brazo hacia atrás y le acarició la ingle.

—Con la boca quiero decir. Me siento mal por no haberte devuelto el favor. Eres tan generoso conmigo…

El cuerpo de Albert reaccionó ante sus palabras susurradas y su mano insegura.

—Candice, aquí no hay quid pro quo. Hago lo que hago porque me apetece hacerlo. —Esbozó una media sonrisa—. Pero ya que te ofreces tan amablemente…

—Sé que los hombres lo prefieren.

Él negó con la cabeza.

—No es verdad. El sexo compartido siempre es mejor. Al lado de un orgasmo de dos, todo lo demás palidece. Podría decirse que es un aperitivo o, como dirían los franceses, un amuse bouche—bromeó, guiñándole un ojo y apretándole la cadera.

—¿En esta postura te va bien? ¿O prefieres…?

—Es perfecto —la interrumpió él, con los ojos brillantes.

—Supongo que prefieres esto a que me ponga de rodillas. —Candy observó su reacción con el rabillo del ojo.

—Exacto. Aunque yo estoy encantado de arrodillarme ante mi princesa para darle placer. Como ya te he demostrado.

Ella se echó a reír, pero de pronto la sonrisa se le borró de la cara.

—Tengo que decirte una cosa.

Él la miró expectante.

—A veces, me vienen arcadas.

Albert frunció el cejo.

—Es normal, no serías humana si no fuera así.

Candy evitó mirarlo a los ojos.

—Las mías son especialmente fuertes.

Él le agarró la mano.

—Ya verás como no tendrás ningún problema, cariño. Te lo prometo —añadió, apretándole los dedos.

Ella descendió un poco por su cuerpo y Albert enredó los dedos en su pelo.

Candy se quedó quieta.

Durante unos segundos, Albert no fue consciente de ello y siguió jugando con su sedosa melena. Finalmente, se dio cuenta de que no se movía.

—¿Qué pasa?

—Por favor, no me sujetes la cabeza.

—No pensaba hacerlo —replicó él, preocupado.

Ella permaneció inmóvil. ¿A qué estaba esperando? Albert le alzó la barbilla para mirarle los ojos.

—¿Cariño?

—Es que… noquierovomitarteencima.

—¿Cómo? No te he entendido.

Candy bajó la cabeza.

—No sería la primera vez que vomito.

Albert la miró incrédulo.

—No lo entiendo. ¿Después?

—No…

La miró entornando los ojos.

—¿Vomitaste porque ese hijo de puta te agarró la cabeza?

Candy se encogió, pero asintió débilmente con la cabeza.

Albert maldijo furioso. Se sentó y se frotó la cara con las manos. En el pasado, no siempre había sido delicado con sus conquistas, pero se enorgullecía de haber observado unas mínimas reglas de educación. Cuando estaba colocado menos.

Pero a pesar de haber participado en bacanales que habrían rivalizado con las decadentes fiestas romanas, nunca —¡nunca!— le había aguantado la cabeza a una mujer contra su voluntad hasta hacerla vomitar.

¿Quién hacía algo así? Ni siquiera los cocainómanos ni los traficantes con los que había ido de fiesta hacían algo así y no es que fueran tipos con demasiados remilgos. Sólo alguien increíblemente retorcido, un cabrón misógino, podía excitarse humillando a una mujer de esa manera.

¿Cómo podía nadie hacerle algo así a una criatura tan dulce como Candy, con sus ojos amables y su preciosa alma? Una criatura tímida que se avergonzaba de vomitar.

El hijo del senador tenía suerte de estar en arresto domiciliario en la casa de sus padres, en Georgetown, sino Albert se habría plantado en su puerta para seguir con su altercado. Y esa vez habría habido algo más que cuatro puñetazos.

Sacudiendo la cabeza para librarse de esos fieros pensamientos, se levantó, ayudó a Candy a hacerlo también y la cubrió con una manta.

—Vamos arriba.

—¿Por qué?

—Porque no puedo quedarme aquí después de lo que me has contado.

Ella se ruborizó, avergonzada, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Eh! —Albert la besó en la frente—. No es culpa tuya. ¿Lo entiendes? Tú no has hecho nada malo.

Candy trató de sonreír, pero estaba claro que no se lo creía.

Él la guió al piso de arriba y la llevó hasta el baño del dormitorio.

—¿Qué haces?

—Algo agradable, espero —respondió, acariciándole la mejilla con el pulgar.

Luego abrió el agua de la ducha y comprobó la temperatura hasta que quedó satisfecho. A continuación colocó el chorro en la modalidad lluvia tropical y ajustó la intensidad. Tras ayudar a Candy a quitarse la manta, le sostuvo la puerta de la ducha abierta para que entrara antes que él.

Ella lo miró confusa.

—Quiero demostrarte que te quiero. Sin necesidad de llevarte a la cama.

—Llévame a la cama —le rogó ella sin embargo—. Así no habré estropeado del todo la velada.

—La velada no se ha estropeado en absoluto —le rebatió él con firmeza—, pero te juro que nadie va a volver a hacerte daño.

Le acarició el cabello con ambas manos, metiendo los dedos entre sus mechones.

—Me encuentras sucia.

—En absoluto. —Cogiéndole una mano, se la puso sobre el tatuaje—. Eres lo más parecido a un ángel que voy a tocar en toda mi vida. —La miró sin pestañear—. Pero creo que los dos tenemos un pasado que limpiar.

Echándole el pelo a un lado, le besó el cuello. Luego se puso una generosa cantidad de champú de rosas en la mano y le enjabonó el pelo, frotándole el cuero cabelludo lentamente. Era muy cuidadoso, como si con cada movimiento y cada acto quisiera demostrarle que su amor por ella iba mucho más allá del mero deseo.

Cuando Candy se empezó a relajar, se acordó de uno de los pocos recuerdos felices que tenía de su madre. Era pequeña y ella le lavaba el pelo en la bañera. Las dos se reían. Recordó la sonrisa de su madre.

Pero que Albert le lavara el pelo era mucho más agradable. Era una experiencia muy íntima, cargada de simbolismo. Estaba desnuda ante él, que la limpiaba hasta hacer que desapareciera la vergüenza.

Él también estaba desnudo, pero se esforzaba en no apabullarla, procurando que su discreta erección no la rozara. Aquello no tenía nada que ver con el sexo. Se trataba de que se sintiera amada.

—Lamento haberme dejado arrastrar por las emociones—murmuró Candy.

—Es muy difícil separar el sexo de los sentimientos. No debes esconderlos cuando estés conmigo. —Le rodeó la cintura con los brazos y la estrechó contra su cuerpo—. Yo también tengo sentimientos muy intensos sobre nosotros. Estos últimos días han sido los más felices de mi vida. —Le apoyó la barbilla en el hombro—. Recuerdo que a los diecisiete años eras tímida, pero no me pareció que estuvieras tan herida.

—Debí librarme de él la primera vez que me trató con crueldad—admitió Candy con voz temblorosa—. Pero no lo hice. No me defendí y las cosas cada vez fueron a peor.

—No fue culpa tuya.

Ella se encogió de hombros.

—Permanecí a su lado. Me aferré a los momentos en que se mostraba encantador y considerado, esperando que los malos momentos pasaran. Sé que lo que te he contado te ha descompuesto, pero te aseguro que nadie se siente tan asqueado conmigo como yo misma.

Albert gruñó.

—Candy —dijo, obligándola a mirarlo a los ojos—, no me das ningún asco. No me importa lo que hicieras. Nadie se merece que lo traten así. ¿Lo entiendes? —preguntó, con un brillo peligroso en la mirada.

Ella ocultó la cara entre las manos.

—Quería hacer algo por ti, pero ni siquiera he sido capaz de eso.

Él la agarró de las muñecas y se las apartó de la cara.

—Escúchame. Nos amamos y, ya sólo por eso, todo lo que sucede entre nosotros, incluido el sexo, es un regalo. No un derecho, ni un privilegio, ni una transacción. Es un regalo. Ahora estás conmigo. Sácalo de tu vida.

—Sigo oyendo sus palabras en mi mente —confesó ella, secándose una lágrima.

Albert negó con la cabeza y movió un poco a Candy para que volviera a quedar bajo el chorro del agua. El agua caliente se deslizó sobre los dos.

—¿Recuerdas lo que dije en la conferencia sobre La primavera de Botticelli?

Ella asintió.

—Algunas personas consideran que el cuadro es una representación del despertar sexual. Que parte del mismo es una alegoría de un matrimonio de conveniencia. Al principio, Flora es virgen y está asustada. Luego, ya embarazada, se la ve serena.

—Pensaba que Céfiro la había violado.

Albert apretó los dientes.

—Así es. Pero luego se enamoró y se casó con ella, transformándola en la diosa de las flores.

—No es una gran alegoría del matrimonio.

—Estoy de acuerdo. —Tragó saliva ruidosamente—. Lo que trato de decirte es que, aunque hayas tenido algunas experiencias traumáticas, nada impide que puedas tener una vida sexual plena a partir de ahora. Quiero que sepas que conmigo estás a salvo. No quiero que hagas nada que no te apetezca y eso incluye el sexo oral.

Le rodeó la cintura con un brazo y contempló el agua que se deslizaba entre sus cuerpos hasta estrellarse contra el suelo.

—Sólo llevamos una semana acostándonos. Tenemos toda la vida por delante para amarnos de todas las maneras que queramos.

Guardó silencio mientras le enjabonaba cariñosamente la nuca y los hombros con una esponja. Luego se la pasó cuidadosamente por cada vértebra, deteniéndose para besarla cada vez que aclaraba el jabón.

Le enjabonó también la parte baja de la espalda, prestando especial atención a los hoyuelos que marcaban la frontera con el culo. Sin dudarlo, le pasó la esponja por las nalgas y le masajeó la parte de atrás de los muslos. Incluso le lavó los pies, poniendo la mano de ella sobre su hombro para que no resbalara.

Candy nunca se había sentido tan cuidada y protegida.

Luego, Albert le dio la vuelta y le lavó la parte delantera del cuello y los hombros. Dejando la esponja a un lado, le enjabonó y acarició los pechos con las manos, antes de besárselos. A continuación la acarició entre las piernas, no de un modo sexual, sino respetuoso, para quitar el jabón que se le había acumulado allí. También de esa zona se despidió con un beso.

Cuando se dio por satisfecho, la tomó entre sus brazos y le dio un beso sencillo y casto, como el de un adolescente tímido.

—Tú me estás enseñando a amar y supongo que yo también te estoy enseñando a hacerlo, a mi manera —dijo y se apartó un poco para mirarla a los ojos—. No somos perfectos, pero eso no tiene por qué impedirnos ser felices, ¿no crees?

—Sí, tienes razón —murmuró Candy, con los ojos llenos de lágrimas.

Albert la estrechó contra su pecho y ella escondió la cara en su hombro, mientras el agua caía sobre los dos.

Emocionalmente exhausta, Candy durmió hasta el mediodía del día siguiente. Albert había sido amable y considerado y había renunciado a lo que ella siempre había pensado que era la necesidad sexual básica de todo hombre: el sexo oral. A cambio, le había ofrecido lo que podía considerarse una limpieza de la vergüenza. Su amor y su aceptación habían logrado su objetivo.

Al abrir los ojos, Candy se sintió más ligera, más fuerte, más feliz.

Guardarse el secreto de la humillación a la que él la había sometido era una carga muy pesada. Una vez liberada del peso de la culpabilidad, se sentía una persona nueva.

Le parecía una blasfemia comparar su experiencia con la de Cristiano, el protagonista de El progreso del peregrino, pero encontraba bastantes similitudes entre sus experiencias. La verdad nos hace libres, pero el amor vence al miedo.

En sus veintitrés años de vida, Candy no se había dado cuenta de lo omnipresente que era la gracia. Era curioso pensar que Albert, que se consideraba un gran pecador, podía ser el conducto de ella. Todo formaba parte de la comedia divina. El sentido del humor de Dios afianzaba el funcionamiento del universo. Los pecadores jugaban un papel en la redención de otros pecadores.

La fe, la esperanza y la caridad triunfaban sobre la incredulidad, la desesperación y el odio, mientras Él observaba y sonreía.

CONTINUARA