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CAPITULO 40
Albert se despertó en mitad de la noche. Era su última noche en Umbría. Adormilado, tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba solo. Alargando el brazo, comprobó que las sábanas estaban frías.
Bajó los pies al suelo, estremeciéndose al notar la piedra helada. Tras ponerse unos bóxers, bajó la escalera, rascándose la cabeza.
La luz de la cocina estaba encendida, pero Candy no estaba allí.
Junto a un vaso medio vacío de zumo de arándanos, había restos de pan y de queso. Parecía como si un ratón hubiese decidido darse un festín nocturno, pero hubiera salido huyendo al verse descubierto.
Al entrar en el salón, vio la cabeza de Candy apoyada en el brazo de una butaca, al lado de la chimenea. Dormida parecía más joven y muy relajada. Aunque estaba pálida, sus labios y sus mejillas tenían un saludable tono rosado.
Albert sintió el impulso de componerle un poema a su boca y se dijo que un día lo haría. De hecho, toda ella le recordaba al poema de Frederick Leighton Flaming June.
Llevaba un elegante camisón de color marfil y uno de los tirantes se le había caído, dejando su precioso hombro totalmente al descubierto. Su piel pálida, delicada y suave lo llamaba. Sin poder resistirse, se puso en cuclillas a su lado y le besó el hombro, mientras le acariciaba el pelo.
Candy abrió los ojos y se desperezó. Parpadeó un par de veces antes de reconocerlo y sonreír.
Su sonrisa, dulce y serena, encendió el corazón de Albert como si fuera una hoguera. La respiración se le aceleró. Nunca había sentido nada parecido por otra mujer. La intensidad de los sentimientos que Candy le despertaba no dejaba de sorprenderlo.
—Hola —susurró, apartándole el pelo de la cara—. ¿Estás bien?
—Por supuesto.
—Al no encontrarte en la cama me he preocupado.
—He bajado a picar algo.
—¿Aún tienes hambre? —preguntó Albert, frunciendo el cejo y apoyándole la mano suavemente en la cabeza.
—No de comida.
—No te lo había visto puesto —dijo él, resiguiendo el escote del camisón con un dedo y rozándole la parte superior de los pechos.
—Lo compré para la primera noche que pasamos juntos.
—Es precioso. ¿Por qué no te lo habías puesto hasta ahora?
—Porque me he estado poniendo todas las cosas que me compraste en Florencia. ¿Cómo las llamó el dependiente? ¿Bustiers? Tu gusto en cuanto a lencería femenina es extremadamente pasado de moda, profesor Ardley. Si me descuido, acabarás regalándome corsés.
Él se echó a reír y la besó.
—No entiendo cómo es que aún no te he comprado uno. Tienes razón. Me gusta verte con prendas que dejan lugar a la imaginación. Así es mucho más agradable «desenvolverte». Aunque admito que me gustas con cualquier cosa que te pongas. O que no te pongas.
Alargando la mano, Candy lo agarró por la nuca y lo acercó para besarlo apasionadamente. Recorriéndole la mandíbula con los labios, le susurró al oído:
—Ven a la cama.
Cogiéndolo de la mano, lo guió hacia el dormitorio. Al pasar por delante de la mesa de la cocina, intercambiaron una mirada cómplice y, tras hacer que Albert se sentara en el borde de la cama, Candy se quedó de pie ante él.
Lentamente, se bajó los tirantes del camisón, que cayó al suelo, dejándola desnuda.
En la penumbra de la habitación, él contempló sus tentadoras curvas con avidez.
—Eres un argumento que demuestra la existencia de Dios—murmuró.
—¿Qué?
—Tu rostro, tus pechos, tu preciosa espalda… Santo Tomás de Aquino te habría añadido como sexta vía para demostrar la existencia de Dios si hubiera tenido el privilegio de conocerte. Es evidente que alguien te ha diseñado, no se ha limitado a crearte.
Bajando la vista, Candy se ruborizó.
Albert sonrió.
—¿Aún te ruborizas, a estas alturas?
Como respuesta, ella dio un paso adelante y, cogiéndole una mano, se cubrió un pecho con ella.
Él se lo apretó suavemente.
—Túmbate a mi lado y te abrazaré.
—No quiero que me abraces. Quiero que me hagas el amor.
Albert se quitó los bóxers rápidamente y se hizo a un lado para dejarle sitio. Volviendo a acariciarle el pecho, la besó dulcemente, enredando la lengua con la suya.
—Te respiro —susurró—. Eres mi aire. Lo eres todo.
Le acarició los pezones con los dedos y le besó el cuello con besos ligeros como plumas, mientras ella lo animaba con atrevidas caricias.
Candy lo empujó hasta que Albert quedó tumbado de espaldas y entonces se sentó a horcajadas sobre sus caderas. Él le besó los pechos y se metió un pezón en la boca, mientras con una mano comprobaba si estaba preparada para recibirlo.
Soltándole el pecho, negó con la cabeza.
—No estás lista.
—Pero te deseo.
—Yo también te deseo. Pero antes quiero encender tu cuerpo.
El deseo sexual de Candy encontró una barrera en el compromiso que Albert había asumido consigo mismo. Se había jurado asegurarse de que todos sus encuentros resultaran igual de placenteros para ambos. No le importaba hacer esperar a su cuerpo para asegurarse de que el de Candy estaba loco de deseo antes de recibirlo en su interior.
Cuando finalmente la penetró, ella lo miró fijamente. Él tenía los ojos muy abiertos y estaban tan cerca que sus narices casi se tocaban. Candy se movía sobre su cuerpo con una lentitud desesperante.
Ella cerró los ojos un instante para disfrutar de las sensaciones, pero en seguida volvió a abrirlos. Su conexión era tan intensa…
Los azules ojos de Albert, cargados de emoción, no se apartaban de los enormes ojos verdes de ella. Cada movimiento, cada deseo, se reflejaba en la mirada de los amantes.
—Te quiero.
Albert le acarició la nariz con la suya, mientras ella incrementaba el ritmo gradualmente.
—Yo también te quie… —Las palabras de Candy quedaron interrumpidas por un gemido.
Aumentó la velocidad de sus movimientos y capturó la boca de Albert. Sus lenguas se enredaron mientras se exploraban, una exploración que se interrumpía de vez en cuando con gemidos y alguna que otra confesión.
Él le acarició la cintura y las costillas y, agarrándole el culo, la levantó ligeramente para poder llegar más adentro.
Candy se había vuelto adicta a aquello, a él. Adoraba su manera de mirarla en los momentos más íntimos y cómo el resto del mundo se desvanecía a su alrededor. Le gustaba sentirlo moviéndose en su interior cuando le hacía el amor, porque siempre la hacía sentir hermosa. Los orgasmos eran casi un regalo adicional, porque lo más valioso era lo que sentía cuando estaban unidos.
Hacer el amor, igual que la música, o el respirar, o el latido del corazón, eran cosas que se basaban en un ritmo primordial y Albert había aprendido a leer el cuerpo de Candy; a conocer su ritmo, como el guante que encaja a la perfección en la mano de una dama. Era un conocimiento primario pero muy personal, el tipo de conocimiento al que se referían los traductores de la Biblia del rey Jacobo cuando decían que Adán había conocido a su esposa. El conocimiento misterioso y sagrado que un amante tiene de su amada, conocimiento que quedaba pervertido y difamado en encuentros sexuales menos sagrados. Un conocimiento propio de un matrimonio auténtico, no sólo de nombre.
Candy hizo buen uso de sus nuevos conocimientos, deleitando a Albert con su cuerpo una y otra vez. Cuando estaba dentro de ella, para él todo era cálido, excitante, tropical… perfecto.
Estaba cerca, muy cerca. Al mirarla a los ojos, vio que ella le estaba devolviendo la mirada. Cada vez que Candy se movía, Albert hacía el mismo movimiento. La cadencia conjunta de ambos les proporcionaban un gran placer a los dos.
Mientras se miraban, un gemido brotó de la garganta de Candy, que de repente, echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre. Fue algo glorioso de ver y oír. Por fin había gritado su nombre.
Albert no tardó en seguirla. Su cuerpo se tensó con un gruñido y luego se relajó. Las venas de su frente y cuello empezaron a deshincharse.
Una vez más, su encuentro había sido tierno y alegre.
Candy no quería apartarse. No quería sentir cómo abandonaba su cuerpo. Por eso se dejó caer sobre él, mirándolo fijamente.
—¿Siempre será así?
Albert le besó la punta de la nariz.
—No lo sé. Pero si tomamos a Pauna y a William como ejemplo, con el tiempo las cosas mejorarán. Yo veré nuestras vivencias compartidas reflejadas en tus ojos y tú verás la felicidad reflejada en los míos. La experiencia hará que nuestros encuentros sean cada vez más profundos y mejores.
Sonriendo, Candy asintió, pero al cabo de unos instantes, su expresión se ensombreció.
—¿Qué pasa?
—Estoy preocupada. No sé qué pasará el año que viene.
—¿Por qué?
—¿Y si no me aceptan para el programa de doctorado en Toronto?
Albert frunció el cejo.
—No sabía que hubieras presentado una solicitud.
—No quiero separarme de ti.
—Yo tampoco quiero separarme de ti, Candy, pero no creo que la Universidad de Toronto sea la más adecuada para ti. Yo no podré supervisar tu tesis y dudo que Katherine quiera comprometerse durante más de un año.
El rostro de ella se ensombreció aún más.
Albert le acarició la mejilla con un dedo.
—Pensaba que querías ir a Harvard.
—Pero es que está tan lejos.
—A pocas horas de vuelo. —La miró pensativo—. Podemos vernos los fines de semana y los festivos. Pediré un año sabático. Podría mudarme a Harvard contigo durante el primer año.
—Pasaré allí por lo menos seis años. Si no más.
Estaba a punto de llorar y al ver que le brillaban los ojos, a Albert se le encogió el corazón.
—Haremos que funcione —le aseguró, con la voz ronca—. Ahora mismo hemos de disfrutar del tiempo que nos queda juntos. Deja que sea yo quien me preocupe del futuro. Me aseguraré de que no nos separen.
Ella abrió la boca para protestar, pero Albert se lo impidió besándola.
—La ventaja de salir con un hombre más mayor y establecido es que te permite centrarte en tu carrera. Ya encontraré la manera de conseguir que mi trabajo se ajuste al tuyo.
—Pero no es justo.
—Lo que sería injusto sería esperar que tú renunciaras a tu sueño de ser profesora universitaria. O permitir que te inscribieras en una universidad por debajo de tus capacidades. No dejaré que sacrifiques tus sueños por mí. —Sonrió—. Ahora bésame para que vea que confías en mí.
—Confío en ti.
Albert la abrazó, suspirando cuando ella apoyó la cabeza sobre su pecho.
CONTINUARA
