Cuenta regresiva

Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.

Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.

Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


Sirenas

—...reunión número cincuenta y siete de los Caballeros de Walpurgis. A febrero del año 1995, este respetado comité hace un llamado al señor Harry James Potter, aquí presente, tras una sucesión de faltas a la organización anteriormente dicha, que le han generado una cantidad considerable de multas a pagar en dulces de Honeydukes para los afectados y una citación para el día de hoy, con los miembros envueltos en esta incómoda y desagradable situación. Presidida por Pansy Parkinson, tomando el liderazgo de los Caballeros de Walpurgis de forma temporal, bajo el efecto de la negligencia de nuestro líder y el cargo de alta traición del que se le acusa, con Theodore Nott como testigo, escribano y jurado imparcial, a falta de presupuesto. Ahora se abre la sesión —Pansy realmente sostenía un pergamino entre las manos. Si tenía el discurso preparado o se lo inventaba sobre la marcha, era otra cuestión; apostaba más por lo segundo, o porque se supiese de memoria lo colocado, ya que no apartaba los ojos de Harry, en la silla en medio del cuarto—. Los puntos a tratar serán los siguientes: uno, reciente abandono de las actividades regulares llevadas a cabo con la señorita Parkinson y el señor Nott, por el acusado Harry James Potter. Dos, el exceso de tiempo pasado al lado del enemigo, alias los Gryffindor, y del niño-que-vivió en particular, por parte del acusado. Tres, el cómo hay pruebas existentes de que estos dos hechos, simultáneos y paralelos, se relacionan, para dar lugar a la conclusión de que el tiempo que ha dejado de estar con la señorita Parkinson y el señor Nott, se ha convertido en el mismo que ocupa rondando al señor Malfoy, alias niño dorado. ¿Algo que hacer antes de comenzar a enumerar la lista de sus faltas y presentar informes de los cargos, señor Potter?

—Sí, tengo algo que decir —Harry se enderezó en el asiento y procedió a aclararse la garganta, de forma ruidosa. Su mejor amiga estaba de pie a unos pasos, tras un estrado transfigurado, a partir de su escritorio, y Theo más hacia la izquierda. La puerta del dormitorio de varones de cuarto se encontraba cerrada, para brindarle a la sesión mayor privacidad—. ¿Me estoy perdiendo la cena por esto?

Mala elección de palabras. El rostro de Pansy empezó a enrojecer, a medida que apretaba el papel que tenía en las manos. Harry respiró profundo y se repitió que no era su culpa ser una mimada, sino de sus padres, que la criaron como tal; se trataba de un mantra que tenía que utilizar más de lo que le habría gustado admitir esos días, desde que comenzó aquel alboroto sin sentido.

Primero, el haber hechizado su bufanda de uniforme para portar los colores de Gryffindor durante el primer partido del equipo de los leones, por la apuesta que perdió. No habría ido tan mal, ni su amiga le habría dado ese nivel de importancia, si Harry no hubiese sonreído como un tonto, porque el niño-que-vivió lo saludó desde el aire, al pasarle por un lado a las gradas y localizarlo. Parecía entusiasmado. Según el narrador del juego, Malfoy no había atrapado la snitch así de rápido en los cuatro años que llevaba jugando para los Gryffindor.

Luego estaba el haber estudiado juntos un par de veces, porque Draco se dio cuenta de que sus problemas en Pociones eran un tema mucho más serio que el de una simple apuesta, y le ofreció un poco de ayuda. Dicha ayuda se convertía en conversaciones sobre otras materias, Harry siguiéndolo cuando buscaba libros a la biblioteca, Draco intentado explicarle conceptos complicados de la magia que el director le enseñó a él, y ambos en una mesa apartada después, hablando de lo que fuese, excepto para lo que se encontraron allí.

Charlas en los pasillos, pequeños gestos desde mesas diferentes en el comedor. Una mañana, Harry le había preguntado cómo iba con el enigma del huevo y olvidaron que estaban a mitad de una clase de Encantamientos. En otra, Draco dejó caer los libros a su lado, y sólo cuestionó si el puesto estaba ocupado, luego de haberse sentado, con una sonrisa petulante.

Se había tambaleado sobre la escoba cuando lo distinguió en las gradas, a mitad de un entrenamiento del equipo de Slytherin. Los chicos hicieron ademán de apartarlo, hasta que Draco les recordó que su partido era contra Hufflepuff, no Gryffindor, por lo que no hacía diferencia que él estuviese viendo. A cambio, Harry hizo más tantos que nunca, girando la cabeza cada poco tiempo hacia los asientos, donde él lo felicitaba con diversión después de cada uno. Si alguien le preguntaba, diría que la atención de Draco Malfoy era una buena recompensa al jugar mejor.

Bien, puede que hubiese cancelado algunos planes con sus amigos, como el sábado en que salió de las Tres Escobas antes de tiempo, porque vio a Malfoy frente a las vitrinas de Honeydukes, y corrió para ofrecerse a comprarle algunos dulces. Entonces Draco se rio, negó y le dijo que él se conseguía lo que quisiera, pero si le apetecía, podía compararle unos a Harry, más bien. De ambas formas, le pareció un buen trato, porque charlaron entre los estantes de golosinas e intercambiaron varias, usando la excusa del "prueba esta", para extenderlas hacia el otro y dárselas en la boca, o compartirlas.

Todo era perfecto, hasta que llegaba Zabini o Longbottom. O Weasley. O Granger. Alguien, quien fuese, tenía que llegar, porque no bastaba con que el perro negro caminase pegado a sus talones; el niño dorado de Dumbledore simplemente no podía quedarse solo más de unos minutos.

—Mira —Harry exhaló, se puso a jugar con sus manos, sin darse cuenta. Quería evitar la mirada fija de la chica, pero sabía que verla a los ojos era el único modo de lograr que comprendiese—. Sé que no he pasado mucho tiempo con ustedes estos días y les he pedido bastante, como a ti, que vayas con las chicas de Ravenclaw y las chantajees, o a Nott, que se acercara a ese Prefecto de Hufflepuff tan...perfecto —Escupió la palabra; Diggory había repartido unas insignias de apoyo entre los estudiantes de Hogwarts, instando a la unión entre Casas, con su voz suave y palabras bonitas para adornar el concepto. Harry todavía no quería pensar en por qué el repentino interés en ayudar a Draco—. Pero...¿recuerdas- recuerdas ese día, en mi casa, por vacaciones, que me dijiste que me apoyarías y...todo eso, si...?

Dejó las palabras en el aire, a propósito. Notó que el rostro de su mejor amiga se suavizaba, poco a poco, hasta que soltó un débil "oh". Bajó el pergamino y se sentó a su lado, en la orilla de la cama.

—¿Me estás diciendo que...? En serio, en serio, no como- —Gesticuló con las manos, intranquila—. Tú entiendes. No es como un capricho, no es como gustar, es...importante.

Harry asintió.

—La cosa que tienes con Malfoy es importante. Vaya —Volvió a exhalar, luego le pidió a Theo que se aproximase con un gesto—. Oye, ven, ven. Creí- creí que era sólo como gustar o algo, no...vaya.

—Vaya —Repitió Nott, sentándose junto a ella. También dejó el papel y la pluma de lado, al inclinarse hacia adelante—. ¿Y qué piensas hacer con tu...—Arrugó el entrecejo— cosa con Malfoy?

La serpiente dentro de él siseaba con gusto, dando una respuesta que Harry aún no decía en voz alta. Carraspeó.

—Todavía no estoy seguro.

Vaya —Continuó Pansy, llevándose una mano al cabello, para ponerse un mechón detrás de la oreja. No lo veía—. Pensándolo bien, era bastante obvio cuando me estabas preguntando qué escribirle.

—Y cuando bailaron en el Yule —Añadió Theo, un poco ido.

—Y con lo de la bufanda.

—Honeydukes.

—La biblioteca.

—Los duelos falsos en el club.

—Sentarse juntos en clases.

—La cara de idiota —Ambos se observaron y asintieron.

—Definitivamente la cara de idiota.

—Así que sí era grave...—Nott se restregó el rostro con las manos—. Es como...ya sabes.

—Sí, sí, como- —Pansy parpadeó y se fijó en él, por fin—. ¿Vas a salir con Malfoy?

La serpiente en él se retorció. La culpó de la sacudida en su estómago, porque era más sencillo que sobreanalizar.

—Tal vez —Contestó, encogiéndose de hombros.

—Vaya —Soltaron los dos, a la vez. Pansy se rio entre dientes—. Bueno, no es tan mal partido para un Slytherin. Digo, es famoso, lo cuida un profesor, aprendió magia de Dumbledore, también juega Quidditch...al menos no es como, no sé, ¡Michael Corner!

—Tendríamos que ponerte bajo legeremancia para ver qué está mal contigo, si te gustase Corner —Theo asintió, dándole la razón a la chica.

Se pasaron un largo rato divagando entre cómo tratar con la cosa y cómo se lo pedía salir —en caso de que decidiese que quería salir con él— a alguien que no era dejado solo más de lo justo.

Cuando Pansy dijo que era suficiente, porque se les haría tarde para la cena, avisó que los esperaría en el comedor y salió. Theo se metió al baño, con su ropa sobre el antebrazo, para una rápida ducha. Al quedarse solo, Harry se tiró de espaldas sobre la cama, suspirando.

Probablemente tendría que haberles dicho antes que le gustaba, en serio le gustaba. Los Caballeros de Walpurgis, por iniciativa de la propia Pansy, tenían un pacto con cláusulas de excepciones, hechos que podían dejarse pasar cuando el cerebro estaba contaminado por un enamoramiento, algo que fuera más allá de simple atracción. En otras palabras, una forma de disculparse por los descuidos, sin hacerlo en realidad.

No se le ocurrió que él llegaría a aplicarla antes que su amiga, o que Theo. Pero Draco era Draco; no sabía bien qué hacer consigo mismo cuando esos ojos grises lo veían y sonreía de lado.

Estaba perdido. La serpiente en su pecho parecía sisear en acuerdo, enroscada en bobinas y más tranquila, una vez dicha toda la verdad.

Cuando estaba por ponerse de pie y apresurar a Theo, golpeando la puerta del baño, un pedazo de pergamino apareció a su lado. Lento, descendió hasta el colchón y se quedó ahí, posado, doblado, listo para ser abierto.

Reconoció el emisario por la letra, por si el método de envío no le daba una pista más que suficiente.

Una línea que le provocó un mal presentimiento.

"Si Dumbledore te manda a llamar mañana, no vayas"

0—

Cuando la Segunda Prueba estaba por comenzar, Draco era el único de los tres Campeones que no estaba en la línea de partida. En su lugar, se encontraba a un lado de las gradas y las escaleras que llevaban al palco del Ministro, los profesores y organizadores.

Dumbledore, frente a él, se agachaba sólo un poco, para verlo a los ojos.

—Si tienes que usar algo de magia bajo el agua, es mejor que lleves la varita así, ¿de acuerdo? —El adolescente asentía. Le había pedido que buscase una cuerda hechizada, y antes de iniciar, le explicó que debía atarla a su varita, para mantenerla colgada del cuello, donde no flotaría lejos ni le presentaría dificultades al sacarla del bolsillo por la ropa húmeda—. Recuerda que los hechizos reaccionan de forma diferente por el líquido, Draco...

—Ya lo sé —Intentó sonreírle. No estaba seguro de si lo logró—, me dijo que el reducto era la mejor opción. Creará un disparo a donde apunte, una corriente fuerte de agua. Y un expulso si necesito impulso y velocidad.

—Sí, yo dije eso, sí- yo lo dije, lo dije...—El director asintió, dando un rápido vistazo alrededor. Los estudiantes estaban en los asientos entre el público, esperaban su llamado—. ¿Tienes las algas?

Draco se las enseñó.

—Cómelas ahora, te dolerá menos cuando suceda la transformación si estás bajo el agua —Le sujetó el hombro y esperó su asentimiento para soltarlo, pidiéndole que se moviese hacia su lugar con un gesto.

El niño-que-vivió se acercó a los otros dos Campeones, quitándose la chaqueta que tenía encima del bañador, en el trayecto, para dejarla a un lado del lago. Daba pequeños saltos, ansioso, intentando distraerse del horrendo sabor de las algas que mascaba.

—¿A dónde está Longbottom? —Escuchó que preguntaba Blaise. Él se encogió de hombros.

—Lo estaba buscando cuando pregunté por Harry en las gradas —Mencionó, frunciendo el ceño—. Quería apostar con él otra vez, a que ganaba, para que fuésemos a Honeydukes el otro fin de semana. Pero no encontré a ninguno de los dos.

Antes de que pudiese contestar, la voz del director llenó el patio, a través de un potente sonorus. El aire comenzaba a faltarle cuando oyó el cañón que avisaba que podían empezar.

Saltó hacia el agua desde el pequeño muelle de madera e inhaló profundo, en cuanto tuvo la oportunidad. El cuello, allí donde crecieron las branquias, le picaba. Al menos, no hubo dolor.

Blaise soltó una carcajada distorsionada, a través de la burbuja que le envolvía la cabeza, al darle un empujón sin fuerza y adelantarse a él. Lo saludó desde adelante, burlón. Fleur se desviaba en otra dirección, que también debía llevar hacia el fondo.

Draco sujetó la varita que le pendía del cuello, destrabó la cuerda hechizada para extenderla más y apuntó hacia atrás. Un expulso lo hizo rebasar a su amigo, que ahogó un grito. Blaise podía tener más práctica nadando —Severus nunca le permitió meterse al Lago Negro—, pero él no tenía que batallar por sacarse la varita del bolsillo.

Pronto estuvo deslizándose entre algas, con la nariz arrugada por la textura viscosa que sentía contra las extremidades. Blaise lo pasó por un momento, él repitió el expulso para superarlo.

—¡Eso debería ser trampa, princesa!

—¡Se llama usar la cabeza! —Draco se rio del sonido de su propia voz, burbujeante y áspera.

Detuvieron su improvisada carrera cuando divisaron los cuerpos flotantes, cerca de la comunidad de sirenas de construcciones torcidas. Estaban atados al fondo del Lago Negro. Inconscientes, supuso.

Podría jurar que el corazón se le detuvo un instante al identificarlos.

Agitó brazos y piernas al aproximarse a Neville. Le palpó el rostro, lo llamó en voz baja. Estaba helado.

Maldijo en voz baja, lo rodeó con un brazo y apuntó a las cadenas que lo sostenían. Cedieron frente al reducto que lanzó. Cuando pudo soltarlo, repitió el procedimiento con las que sostenían a Harry.

Pero esa vez no funcionó.

—Blaise —Llamó, con la voz estrangulada.

—Ya vi. Espera —El chico nadó más hacia abajo, para sujetar las cadenas con una mano, mientras intentaba romperlas con el hechizo de la varita, en la otra. Nada.

Escucharon un fuerte grito agudo, que llenó el agua de ondas. Draco se alzó un poco, sin soltar a su compañero.

—Creo que las sirenas retuvieron a Fleur —Masculló, regresando al fondo. Blaise sacudía las cadenas, conteniendo un gruñido, que causaba que burbujas de diferentes tamaños escapasen de su boca entreabierta.

—No —Respondió, al instante, como si le leyese el pensamiento. Draco observaba a la niña atrapada por el tercer soporte.

—Debe tener como diez, once, Blaise...

—Y nosotros catorce, y Fleur diecisiete. ¿Y qué?

—¡Blaise!

Su amigo bufó.

—A ver, déjamelo a mí. Los subiré a los dos y vendré a ayudarte con Potter —Draco le pasó a Neville, lo vio arrojar otro hechizo a las cadenas de la niña, que sí tuvo resultados, y nadar hacia ella, para sostenerla con el brazo libre. Se dirigió hacia la superficie de inmediato, aunque no para salir, sólo permitiendo que flotasen hacia arriba, enviándolos con débiles empujones.

Draco volvió al fondo y sujetó las cadenas del Slytherin. Ni la fuerza, ni la magia, funcionaban. Los encantamientos rebotaban contra una barrera, desaparecían. El punto de soporte era demasiado fuerte, nuevo, para nada afectado por el agua.

Ralentizó sus movimientos cuando tuvo la sensación de que era observado. Despacio, miró alrededor.

Siluetas surgían de entre las algas que rodeaban el lugar de los amarres. Difusas, oscuras, confundiéndose con las plantas. Sin los tridentes, no habría reconocido a las sirenas que habitaban allí.

Intentó no prestarles atención. Blaise estaba de regreso, los dos intentaron deshacer el escudo en torno a la cadena, en vano.

—Ve hacia arriba —Indicó el Gryffindor, jadeando. El efecto de las algas comenzaba a menguar—. Sujétalo y jala. Voy a- voy a intentar soltarlo desde aquí.

Blaise vaciló un instante, después echó a nadar. Inclinado sobre las cadenas, probando hechizos que el agua modificaba, cada segundo más falto de aire, jamás las vio acercarse tanto.

Cuando la cadena se soltó sola, sonrió y le hizo una seña a su amigo para que empujase a Harry hacia arriba, con los otros, que se alejaron a nado al reaccionar. Movió brazos y piernas para seguirlos, hasta que un agarre en uno de sus tobillos lo frenó.

Apenas pudo echar un vistazo por encima del hombro, a la cadena que había vuelto a cernirse en su pie. Cuando lo sacudió, el metal le dio un brusco tirón que lo envió de regreso al fondo del lago. Gritó, pero la única persona que podía escucharlo estaba soltando al estudiante inconsciente, a metros de ahí.

Golpeó el fondo fangoso, sin hacer ruido, sin dolor. Entre las algas que se alzaban, casi no distinguía la superficie del agua.

Algo se inclinó sobre él. Quizás una sirena. Quizás no del todo.

Draco ni siquiera pudo salirse del trayecto del tridente, atrapado como estaba por la cadena. Hubo un dolor agudo en su torso, que le arrancó la respiración y entumeció sus músculos, una línea ardiente conformada por tres puntos demasiado cercanos. Luego el agua comenzaba a teñirse de rojo.

El tridente volvía a alzarse en su dirección.