Cuenta regresiva
Sumario: Desde que era muy joven, Draco sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el Señor Tenebroso fuese a buscarlo.
Género: Aventura/Romance, fantasía, friendship.
Claves: Drarry eventual. AU. Perteneciente a la Serie ¡Cambio de Casa! (Draco!Elegido/Harry!Slytherin)
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
¿Qué significa estar bien?
Recordaba haber estado en el pasillo, de camino desde el comedor a las mazmorras, con Pansy y Theo. Debía ser el final de la hora de almuerzo. Dumbledore lo llamó con ese tono suave que tenía, pidió que lo acompañase.
Después su mente era un borrón, hasta que abría los ojos y tomaba una brusca inhalación, en medio del helado Lago Negro. Neville Longbottom, con el rubio cabello pegado a la cara por el agua, jalándolo e instándolo a nadar detrás de una niña.
Voces, movimiento. Los recibían en la orilla, los ayudaban a salir, les ponían toallas alrededor, aplicaban encantamientos de secado y calor. Alguien hacía preguntas. El mundo daba vueltas.
¿Qué pasaba?
Le resultaba difícil orientarse. No le salían las palabras. Incluso después de estar seco, sentía frío.
Luego lo oyó.
Blaise amenazaba claramente con lanzar una maldición a quien se metiese en su camino, o le pusiese una mano encima al niño dorado. Llevaba a Draco sobre la espalda, pero tuvo que dejarlo en el borde del lago, porque las rodillas le fallaron. Líneas rojizas de cortes se le dibujaban en las piernas. No era quien se encontraba peor.
Draco tenía la respiración acelerada, superficial, mientras se sostenía de sus antebrazos, mascullando. Desde la distancia, sólo distinguía la mancha roja que se extendía sobre su torso, una igual en un lado del rostro, las palmas sucias. Si hubiese estado más cerca, habría notado que empalidecía a gran velocidad, los ojos desenfocándose. También que intentaba preguntar por Neville y por él, con la voz ahogada y entrecortada, y Blaise pretendía insultarlo, interrumpido por un débil quebranto, por no preocuparse más por el montón de sangre que perdía.
El caos se desató entre las gradas. Estudiantes se asomaban, jadeaban, retenidos por los directores extranjeros. Dumbledore corría hacia los chicos, acompañado por tres profesores. Snape se agachaba junto a su ahijado, varita en mano, hablando entre dientes.
Hubo un shock colectivo cuando el director gritó para que los más curiosos se mantuviesen alejados. Nadie, por lo que sabía, lo había oído hacerlo antes. A través del sonorus, su voz hizo temblar a más de uno. El efecto fue inmediato y el área se vio despejada.
Se llevaron al niño-que-vivió deprisa. Blaise seguía a los profesores, sin dejar de hablar y gesticular. Sus manos también estaban cubiertas de barro y sangre.
Notó que Neville, todavía envuelto en su toalla, corría para alcanzarlos en el trayecto hacia el castillo. Miró alrededor, encontró la mirada angustiada de Pansy, retenida en las gradas junto al resto, y le hizo un gesto vago para asegurar que estaba en perfecto estado, pese al aturdimiento. Luego corrió detrás de ellos también.
Captó fragmentos de la explicación sobre lo ocurrido, de la prueba, de cómo lidiaron con aquello.
Se suponía que irían a buscar su "tesoro valioso" en el fondo del Lago (la hermana menor de Fleur, Longbottom, él), las sirenas los detendrían en caso de tomar a más de uno, luego saldrían. Su cadena no se soltaba, Fleur fue retenida. Blaise y Draco tuvieron que ocuparse de los tres.
Su amarre parecía hechizado para ser más fuerte que los demás. Cuando lo soltaron, atrapó a Draco y lo jaló hacia un grupo de sirenas. Blaise estaba demasiado lejos para evitarlo en ese instante. Una lo atravesó con el tridente.
Luego comenzó el verdadero desastre. Le dio otra vez, dejándolo sin aliento y sin fuerzas. Una segunda sirena hirió a la primera, las criaturas discutían, pelearon entre ellas. Actuaban de forma irracional, frenética.
Blaise llegó a maldecir a una, cuando intentó detenerlo. A cambio, se ganó los rasguños de garras inhumanas y cortes del tridente en las piernas, al nadar hacia Draco para recogerlo. Los dos dejaban un rastro de sangre detrás de sí, al atravesar el caos que eran las sirenas unas contra otras.
Aseguraba que llegaron sólo porque Draco balbuceaba sobre un encantamiento que el director le había dicho que serviría en el agua para ir más rápido.
Los dos estaban tan agotados que la profesora A tuvo que sostener a su hijo, a mitad del trayecto, porque no aguantaría estar de pie para llegar al final del camino o de su relato. Vio que Neville le ponía su toalla sobre los hombros, frotaba sus brazos para hacerlo entrar en calor, y se ofrecía a ayudarlo también; el otro negaba.
Madam Pomfrey no dejó que pasaran a la enfermería. El director y Snape, seguido por ese perro negro que tenía un gruñido atorado en la garganta desde que Draco salió del agua, fueron los únicos que ingresaron. La puerta se cerró con un ruido sordo detrás de ellos.
Blaise se sentó en el marco de una de las ventanas, dejando que la profesora le aplicara encantamientos de secado y de calor. Ya había detenido el sangrado en sus piernas, y por alguna razón, la bruja parecía preferir revisarlo ella misma.
No podía sacarse de la cabeza la imagen de Draco desangrándose, tendido en la tierra lodosa, batallando en cada inhalación. Un peso frío se le asentó en el estómago, conforme transcurrieron los minutos, sin obtener una simple señal de lo que pasaba más allá de las puertas de la enfermería.
Tras un rato, los otros chicos dejaron de hablar, la subdirectora avisó que iría a ver al resto de los estudiantes, la profesora A caminaba de ida y vuelta por el mismo espacio del corredor. Harry continuaba recargado en la pared opuesta a la entrada, aferrado a la toalla que lo rodeaba, porque necesitaba sostenerse de algo.
Fue Snape quien la abrió. Los recorrió con esa mirada fría que nadie más podía dar, asintió y se hizo a un lado.
Harry ni siquiera se fijó en si ellos se movían o no, sólo echó a correr hacia adelante, colándose a la enfermería al pasarle por debajo del brazo al maestro. Ignoró la reprimenda de Pomfrey, le pasó por un lado al director, evitó pisar la cola de Leonis. Prácticamente se abalanzó contra la cama, donde Draco estaba sentado, con uno de los pijamas blancos que proporcionaba la medimaga.
Le sujetó el rostro, lo obligó a girar la cabeza, levantarla, bajarla. Enredó los dedos en el perfecto cabello rubio, buscó rastros de sangre. Le tocó el cuello, le sostuvo los hombros, palpó sus brazos. Movimientos frenéticos, ligeros temblores, la forma en que lo veía era una súplica silenciosa de dime que estás bien, tienes que estar bien.
Draco lo detuvo extendiendo el brazo, con un débil quejido, para sujetarle la barbilla. Por el agarre, no le quedó de otra que observarlo, las manos todavía cerradas sobre su otra muñeca. No le dio importancia a quienes los rodeaban, no podía; el niño-que-vivió desvió su mano, los dedos le quitaban un mechón rebelde de la cara.
—Estás bien —Sonrió un poco, con tal expresión de alivio que Harry consideró recordarle que fue atravesado por un tridente, dos veces, y no tenía que lucir así.
No debería verse como un pequeño ángel, rodeado del blanco del conjunto, las mantas, la enfermería. Y en definitiva, no debería causar que su corazón se saltase un latido y la serpiente que vivía en él se desenroscase, siseando, fuera de control.
Le trazó la línea de la mandíbula con las yemas, despacio. Harry seguía inmóvil, con los labios entreabiertos, intentando respirar sin sentir que el aire le era insuficiente.
Lo oyó carraspear. Parecía que pretendía burlarse de sí mismo, tomarlo a broma, cuando mencionó:
—Estaba aterrado.
Fue la gota que colmó el vaso. Draco estaba ahí, sentado, los vendajes visibles por debajo del cuello del pijama, su cicatriz de media luna plateada en el pómulo, brillante por el ángulo de la luz. Ojos grises, demasiado tranquilos para la situación, la piel recién limpiada, la sonrisa cansada que dibujaban sus labios.
Harry volvió a sujetarle el rostro, se inclinó y lo besó.
Fue un beso rápido, inexperto, mayormente un roce. Se apartó en un instante, cubriéndose la boca con el dorso, incrédulo. Los labios le cosquilleaban, sus emociones enloquecieron y decidieron armar una revuelta en su pecho, la serpiente se estiraba, siseando, retorciéndose, complacida. Luego Draco agarraba su mano, se la apartaba del rostro y se alzaba lo justo para darle un beso más, igual de corto, porque no tenían idea de cómo funcionaría de otra manera.
Lo observó, en silencio, al reacomodarse sobre la camilla. Expectante. A Harry le llevó un momento caer en cuenta de que esperaba por ver su reacción.
Le sonrió. Draco se rio por lo bajo, girando el rostro para disimular el tenue rosa que le cubrió la piel pálida.
Antes de que pudiese decirle algo, Leonis ladró y se subió de un salto a la camilla, metiéndose entre ambos. Movía la cola con excesivo entusiasmo. Bastó para hacerlo regresar al mundo real, donde había personas en esa enfermería, donde lo vieron obedecer un impulso y el rostro comenzaba a arderle.
Se dio la vuelta, lento, encogiéndose. Neville estaba boquiabierto, Blaise se limitó a ignorarlo para caminar hacia el niño dorado, sentándose en el borde de la camilla que no era ocupado por el enorme can. La profesora A retenía la risa tras su mano, Snape se apretaba el puente de la nariz, con la misma expresión de horror que cuando le hacían la pregunta incorrecta en clases de Pociones. Dumbledore sólo observaba, tranquilo, las manos unidas por delante del cuerpo; notó que todavía tenía rastros de sangre y barro en los dedos, de cuando sostuvo al Gryffindor en el lago.
—Yo...vuelvo después.
El instinto de autopreservación Slytherin lo sacó de ahí, aun más rápido de lo que había entrado. Sólo atinó a despedirse de Draco, con un gesto, desde la entrada.
No sería hasta un par de horas más tarde, de vuelta en su Sala Común y tras haber puesto fin a la reunión de los Caballeros de Walpurgis, donde discutieron el tema, que un trozo de pergamino aparecería frente a él, descendiendo de la nada. Lo atrapó, sin darle oportunidad a que tocase el suelo.
La letra era la de siempre.
"Lo del Lago no fue un accidente.
¿Puedes ayudarme a demostrarlo?"
Recordaría a Draco desangrándose y buscaría una pluma para escribir su veloz respuesta. Sin titubeos.
Todavía le hormigueaban los labios con la memoria del contacto breve. Su serpiente interior le decía, una y otra vez, que era lo correcto.
Mientras Harry Potter era involucrado en el tablero de ajedrez de fuerzas que estaban por encima de todos ellos, ajeno a lo que en verdad se maquinaba, Draco Malfoy, recostado en la enfermería, sonreía al techo y fingía ignorar las burlas de su amigo de Durmstrang.
—¡Te lo juro! Fue como- como "oh, Merlín, lo está haciendo, ¡lo está besando!" y luego Snape hizo algo como un "iugh" —Su expresión se contrajo al fruncir la nariz con desagrado, en lo que supuso que podía ser considerado una buena imitación de su padrino—. Y pensé "bueno, a Draco lo van a castigar, pero seguro pensará que vale la pena".
Sonrió más, ligeramente ruborizado.
—Lo valió —Aceptó. Blaise rodaba los ojos. Cuando iba a contestar, otra voz lo distrajo, así que ambos miraron en dirección a Neville que le hacía una pregunta a la medimaga. Tocó el hombro del chico, regresando su atención a él—. Realmente lo vale, ¿sabes? Tenías razón en todo eso de que es mejor actuar cuando quieres hacerlo. Serías un buen Gryffindor.
Repitió gesto aquel de arrugar la nariz.
—Oh, no, yo iría a Ravenclaw. O a Slytherin —Agregó, como una idea de último minuto, por la que luego se encogió de hombros. Le sonreía al estirarse para echarle el cabello hacia atrás, con ese cuidado que no hacía más que desentonar en contraste con su apariencia—. Dejaré que tú seas el león que se mete en problemas. Sólo evita que sean más como este, princesa. Por favor.
Draco simuló un pesado y resignado suspiro.
—Lo intentaré.
Cuando Pomfrey avisó que la hora de visita estaba por terminar, Neville se acercó para darle un abrazo y preguntar, en voz baja, si de verdad se encontraba bien. Le prometió que sí. Después los vio partir; Blaise iba a acompañarlo a la Sala Común.
Había alguien junto a la puerta cuando sus amigos se fueron. Alguien que capturó su atención, porque era la última persona que se habría imaginado que entraría, pidiéndole a Pomfrey unos momentos, y llevando una canasta de mimbre.
Fleur Delacour se paró a un lado de su cama, erguida, altiva, perfecta dentro de su ropa azul claro y con el cabello recogido. Le dejó la canasta en la orilla.
—Dugces de mi paígs —Indicó, interrumpida por su fuerte acento—, aglivian eg dolog. Y hay una cregma para egvitar cicagtrigces.
Le agradeció en un susurro. Continuaba aturdido cuando le sostuvo el rostro para besarle ambas mejillas, agradeció por salvar a su hermanita, y se despidió, deseándole pronta recuperación e incluso suerte en la Tercera Prueba.
Decidió que Fleur no era tan mala como se veía. En cuanto distinguió la gran cantidad de chocolate en la canasta, cambió esa conclusión a: para nada mala.
Por la mañana, Ron y Hermione se unirían al grupo que lo visitaría, después de poder moverse con libertad al fin, y bromearían sobre cómo recibió besos y dulces por sus heroicos actos, los puntos extra que les dieron por "asombrosos valores morales" y los asustados estudiantes que quedaron atrás cuando Dumbledore gritó frente a todos, pero por ese momento, no podía saberlo.
Pomfrey le avisó que estaría en el cuarto al fondo de la enfermería, para que la llamase si necesitaba algo, o si le dolían las heridas cerrándose, en particular. Draco flotaba en una nube de felicidad de la que nadie habría logrado sacarlo, aun si contar las manchas en el techo era su único entretenimiento; no creía tener que llamarla para nada.
Leonis volvió después de un rato, empujando la puerta con la cabeza. Estaba seguro de que había ido abajo, con Snape, mientras él estaba distraído con la visita de los chicos. Llevaba el mapa en la boca, sostenido por un costado, de manera que no pudiese humedecerlo ni afectase su funcionamiento. Aunque Serpensortia resistiría el agua, había decidido dejarlo en su cuarto
Al alcanzar la camilla, lo depositó sobre su regazo. Draco tuvo que limpiarse el chocolate de las manos para sujetarlo.
—¿Algo te preocupa? —Esperó el asentimiento del can para desplegar el pergamino, cuidando que el cuarto al fondo, el de Pomfrey, continuase cerrado.
Dio un rápido vistazo a las viñetas del mapa. Neville estaba en la Sala Común de Gryffindor, con Hermione y Ron, contándoles los detalles de lo sucedido, imaginó. Harry se encontraba en las mazmorras; Theo, su compañero de cuarto, debía estar a unos pasos de él. Blaise se había ido, después de acompañar al Gryffindor, a los dormitorios de los profesores; supuso que descansaba en una de las camas del cuarto de la profesora A.
Leonis lloriqueó, estirándose para tocar un lado del mapa con el hocico. Acababa de fruncir el ceño, dispuesto a hacerle una pregunta, cuando leyó el nombre de una viñeta alejada del resto.
Albus Dumbledore. El director estaba en una de las salas ocultas, una que conocía demasiado bien.
Suspiró y bajó el mapa.
—0—
Lo saludó nada más percibir que se acercaba; ni siquiera tuvo que darse la vuelta o buscar su reflejo en la parte más alta del espejo de Oesed.
—Draco —El anciano cabeceó. Oírlo hizo que se detuviese a unos pasos de distancia, vacilante.
Cuando Dumbledore giró la cabeza y lo observó, tenía una expresión tranquila, un poco cansada. Tomó una decisión. Dobló el pergamino, permitió que adoptase su forma de brazalete, y caminó hacia el profesor, que conjuró una segunda silla, junto a la suya, para que también se sentase.
Los dos quedaron frente al espejo, en diferentes ángulos. Draco intentó sonreír a la imagen de sus padres. Narcissa le colocaba una mano en el hombro, se inclinaba para hablarle al oído. Años atrás, habría jurado que sentía su aliento rozarle; por entonces, todavía era un niño que creía que se harían reales, si los deseaba con la suficiente fuerza.
Había aprendido un par de cosas.
Dumbledore apretaba un medallón redondo entre sus manos, un relicario plateado y de detalles blancos. Cuando notó que lo observaba, le mostró una sombra de sonrisa y rozó, con el pulgar, la imagen pintada de una joven. Ariana. También le había contado esa historia.
—¿Esa época del año? —Inquirió, con una suavidad que sólo podía atribuírsele en contadas oportunidades. El director asintió, formando una línea recta con los labios.
Uno creería que el pasar del tiempo causaría que lo olvidase, que no le diese importancia. Draco era, probablemente, la única persona viva que sabía que era todo lo contrario. Dumbledore rememoraba, año tras año, el día de la muerte de su hermana, de su madre, los entierros, la última pelea con su hermano. Incluso el día en que les quedó claro que, para su pesar, la pequeña Ariana no sería como ellos. Le sobraban fechas en las que sentarse frente a un espejo encantado a lamentar pérdidas o pensar en lo que no iba a cambiar.
Eran fechas importantes en una vida larga, llena de sucesos extraordinarios. Sumergirse en memorias lo hacía lucir más viejo, más frágil. Daba la impresión de que darle un apretón en el brazo, lo desintegraría por arte de magia, así que él se limitaba a permanecer quieto, a un lado, en silencio.
El año anterior no había estado presente, pero le dejó caramelos de Honeydukes en el escritorio de la oficina, por la mañana siguiente. Antes de eso, en segundo y primero, pidió a los elfos unos dulces para que le dejasen en el cuarto por la noche. Los meses anteriores a Hogwarts, no fue muy distinto de esa vez; ambos sentados, tranquilos, en esa sala escondida.
Funcionaba en ambos sentidos. Por las noches de Halloween, sin haber ingresado como estudiante regular al colegio, Dumbledore lo dejaba armar banquetes más pequeños en el piso oculto, a los que asistía cuando el del Gran Comedor llegaba a su fin. Siempre le llevaba un montón de grageas de sabores y lo distraía haciendo caras exageradas cuando las probaba.
No había pensado en esos recuerdos, en particular, los últimos meses. Ahora que lo hacía, el pecho se le comprimía un poco.
Alguien así no lo traicionaría, ¿cierto? Debía tener una explicación.
Quería creer que tendría una explicación. Dumbledore siempre las tenía.
Acababa de abrir la boca, cuando él se le adelantó. Hablaba suave, las palabras se arrastraban, como si no estuviese dispuesto a poner el suficiente empeño en cada una.
—Severus me dijo que la varita se te cayó dentro del lago, cuando Blaise te sacaba, a pesar de nuestra previsión —Draco asintió, despacio, pero emitió un leve sonido frustrado. No era de la varita perdida de lo que quería hablar; su padrino le había dicho que podía tener una nueva para el fin de semana, si no localizaban la otra. El director extrajo la pieza de madera de una de sus mangas—. Aquí. Es una buena varita, no vale la pena abandonarla así.
Le agradeció en un murmullo cuando la recuperó. De nuevo, se adelantó a lo que fuese que pudiese decirle.
—Sé que tienes muchas preguntas —Aclaró, en voz baja—; yo no tengo todas las respuestas. No las he tenido nunca, Draco. No tengo ningún derecho a hacer esto, soy viejo, estoy cansado, pero me gustaría pedirte dos favores, si no es mucha molestia.
—¿Por qué tiene que hacerlo tan dramático? —Bromeó, con un ligero quebranto en la voz, cuando él no hizo más que mirarlo por encima de las gafas de media luna. Carraspeó—. ¿Qué necesita?
Como respuesta, levantó el brazo. La cadena del relicario lo hizo pender de su mano, girar en el aire. La muchacha de la pintura lo saludaba con una sonrisa dulce.
—La pintura de Ari no es una pintura común, hay algo- algo importante que le he dado esta noche y ella guardará para el momento oportuno, ¿me explico? —El niño-que-vivió volvió a asentir. Dumbledore se puso de pie, despacio, y fue hacia el espejo, para colgar el relicario de uno de sus costados—. Cuando muera —Draco dio un brinco al escucharlo—, el Ministerio encontrará este salón y espero se lleven el espejo lejos, muy lejos, a donde nadie pueda encontrarlo. Pero no se llevarán a Ari también. He sido específico en mi testamento, respecto a que te la dejen a ti.
El chico estaba boquiabierto, incrédulo.
—Albus, ¿no está hablando de...? —Se aclaró la garganta. Memorias de viejas conversaciones llenaban su cabeza. Un Draco de cuatro años preguntaba al anciano mago si viviría otro siglo, para acompañarlo y ver las increíbles cosas que lograba por el mundo, y él le prometía que sí—. ¿Sucede algo? ¿Está...?
No podía decirlo en voz alta. La voz no le salía.
No habría sabido describir la mirada que el director le dio. Sólo se le ocurrió que alguien no debería lucir tan calmado si hablaba de su muerte.
—He decidido legarte el tesoro que Ari protege, esperando que tú sepas cuidar de ella mejor de lo que yo lo hice alguna vez —Pasaba las yemas de los dedos por el borde del espejo al decirlo, sin verlo—. Y a mi amigo fénix.
—¿Fawkes? —La voz le sonó más aguda, sin que lo pretendiese. Se levantó de un salto, acercándose, sin dejar de gesticular—. No puede- los fénix responden al llamado de un Dumbledore que los necesite, me lo dijo, me contó la historia. No es para mí. Es- es su compañero, es como su familiar, es...
—Espero que a él también sepas cuidarlo mejor que yo —Lo interrumpió, sin alterarse—. Los fénix son nobles criaturas. Sus cantos calman los corazones, pueden llevar grandes cargas y su llanto tiene propiedades curativas. Te será fiel, velará por ti cuando yo me haya ido.
Cuando el director se agachó frente a él, Draco no se sentía como un Gryffindor de catorce años, como el niño-que-vivió, como un Campeón del Torneo de los Tres Magos, que todavía tenía el torso y pecho vendados por un ataque de las sirenas.
Era sólo un niño sin padres, escuchando a uno de sus mentores hablar de su muerte, cuando una parte dentro de él, muy en el fondo, todavía lo consideraba inmortal. Invencible.
Un monumento imaginario se hacía añicos frente a sus ojos. Lo que quedaba, en cambio, era ese mago anciano que apenas se mantenía en pie, cuya aura vibraba con magia que en otro tiempo fue peligrosa, pero ya no veía usos relevantes. La mirada suave que le daba tras las gafas le hacía preguntarse si su padre lo habría visto así, de seguir con vida.
La culpabilidad se lo tragó. No pudo dejar de decirse lo estúpido que era por dudar de alguien que ayudó a criarlo, que podía verlo de ese modo, que le abría las puertas a su vida y pensaba dejarle dos de sus tesoros más valiosos.
—Gracias —Atinó a musitar, con un hilo de voz.
—Haberte enseñado ha sido una de las mejores cosas que he hecho con mi vida, Draco Malfoy. Perdóname por romper mi promesa de vivir cien años más.
Draco ahogó un sollozo cuando se dio cuenta de que él también la recordaba.
Por la mañana, cuando estuviese bromeando con sus amigos, correría una noticia por el castillo. Albus Dumbledore había abandonado Hogwarts, en algún punto de la madrugada, sin avisar a nadie. No existía explicación aparente del por qué.
Draco acudiría a la sala oculta, solo, la noche siguiente. Recogería el medallón de Ari por un rato, para hablarle mientras estaba sentado en el suelo, frente al espejo; este le devolvería un reflejo nuevo, una figura de un anciano mago de expresión afable, por detrás de las imágenes de sus padres asesinados.
En otra parte del castillo, un fénix se lamentaba, sin que hubiese alguien para oírlo.
