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CAPITULO 42
Albert estuvo encantado de poder interrumpir las compras navideñas. Cuando William y él llegaron al restaurante, se acercaron a la barra a reunirse con los White.
Candy se levantó y Albert la abrazó con fuerza.
—¿Qué ha pasado? ¿Has llorado?
—Sólo es la melancolía de la Navidad. —Candy vio que varios clientes los estaban mirando.
—¿Qué melancolía?
—Luego te lo cuento —respondió ella, tirando de él hacia la puerta.
Mientras William hablaba con Robert, Albert le apartó a Candy el pelo de la cara para susurrarle algo al oído y William vio que llevaba los pendientes de Pauna. Evidentemente, había subestimado el grado de compromiso de su hijo en su nueva relación. Sabía que su esposa estaría encantada de que Albert le hubiera regalado los pendientes a Candy. Pauna la quería como a una hija y siempre la consideró una más de la familia. Tal vez algún día Albert la convirtiera en miembro oficial.
Tras despedirse educadamente de Rob, Albert cogió el regalo de Archie. En su favor hay que decir que llevó la caja hasta el coche en silencio, resistiendo la tentación de hacer comentarios sarcásticos.
Mientras, junto con William, Candy y él se acercaban a la puerta, la agente Roberts entró en el local, vestida de uniforme.
—Hola, Jamie —la saludó Albert con una sonrisa algo tensa.
—Hola,Albert. ¿Has venido a casa a pasar la Navidad?
—Así es.
Jamie saludó también a Candy y a William, observando que Candy iba agarrada del brazo de Albert.
—Tienes buen aspecto. Se te ve feliz.
—Gracias. Lo soy. —Esa vez, la sonrisa que él le dirigió fue mucho más sincera.
Jamie asintió.
—Me alegro por ti. Feliz Navidad.
Los tres le dieron las gracias y salieron del restaurante. Albert pensó que pedir perdón aligeraba muchas cargas.
Al entrar en casa de los Clark, Albert se puso de acuerdo con William para disfrutar juntos de un whisky escocés y un buen puro en el porche.
Candy aún estaba un poco alterada por el altercado con Natalie, pero se sentía tan aliviada por estar al fin en casa, que trató de olvidarlo. Mientras William y Albert colgaban sus abrigos, desapareció en el salón.
—Cariño, ¿te guardo el abrigo? —le preguntó Albert, pero al ver que no respondía, la siguió al salón.
Su siguiente pregunta se le quedó atascada en la garganta. Su querida Candice estaba inmóvil como una estatua, con la vista clavada en una mujer sentada en el sofá, junto a Anny y a Aaron. Instintivamente, Albert agarró a Candy por la cintura y la acercó a él.
La mujer se levantó del sofá con elegancia y se dirigió hacia ellos, como si flotara. Sus movimientos eran propios de una bailarina o de una princesa y un sutil aire aristocrático la rodeaba como si se tratara de una nube de perfume.
Era casi tan alta como Albert. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y liso, y unos grandes ojos azules, fríos como el hielo. Su piel era perfecta y tenía el cuerpo escuálido de una modelo profesional, excepto por los pechos, que eran generosos y perfectos. Llevaba unas botas altas de tacón de terciopelo negro, una falda tubo negra y un jersey de cachemira azul claro, que le dejaba un hombro, blanco como el alabastro, al descubierto.
Era preciosa. Y altiva. Al ver que Albert protegía a Candy con el brazo, arqueó la espalda como un gato furioso.
—¡Albert, querido, te he echado tanto de menos! —exclamó, con una voz clara y rica, con una pizca de acento británico.
Lo abrazó con fuerza.
Candy se apartó de ellos. No le apetecía formar parte de un abrazo de grupo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Mil emociones cruzaron los ojos de él mientras la mujer le daba un beso en la mejilla con sus labios pintados de rosa.
Lo hizo lentamente, rezumando sensualidad. Para empeorar las cosas, se recreó luego limpiándole el pintalabios de la mejilla y riendo como si eso fuera una broma entre ellos.
Albert buscó a Candy con la mirada y ella lo miró decepcionada.
Antes de que Albert pudiera decir nada, William carraspeó y entró en el salón. Rechazando la mano que éste le ofrecía, la mujer le dio un abrazo.
—William, es un placer saludarte, como siempre. Sentí mucho lo de Pauna.
Tras aceptar el abrazo con amabilidad, el hombre se dirigió a Candy y la ayudó a quitarse el abrigo. Tras colgarlo, llamó a Aaron y a Anny, privando así a Anny del público que a ella tanto le gustaba tener.
—No sabía que tuvieras dos hermanas —dijo ésta, dirigiéndole a Candy una sonrisa glacial.
Era mucho más alta que ella, sobre todo ese día, en que Candy se había puesto zapatos planos con vaqueros y una rebeca negra. Al lado de Karen, se sentía pequeña y sin estilo.
—Sólo tengo una hermana y lo sabes perfectamente —la cortó Albert—. ¿Para qué has venido?
Recuperándose de la sorpresa, Candy le ofreció la mano a Karen antes de que Albert montara una escena.
—Soy Candy. Hablamos por teléfono.
La mujer hizo un gran esfuerzo de contención, pero a Candy no se le escapó el rencor que se reflejó en su mirada.
—¿Ah, sí? —preguntó, riendo afectadamente—. ¿No pretenderás que me acuerde de todas las mujeres que han respondido al teléfono de Albert a lo largo de los años? A menos que seas una de las chicas a las que interrumpí mientras estaban en medio de un ménage. ¿Recuerdas esa noche, Albert?
Candy retiró la mano como si hubiera recibido una bofetada.
—Estoy esperando que respondas a mi pregunta. —La voz de él era fría como el hielo—. ¿Qué haces aquí?
Candy trató de marcharse. Las imágenes que Karen había inoculado en su cerebro le resultaban repulsivas y no estaba segura de querer oír su respuesta. Pero Albert la agarró del brazo y le suplicó con los ojos que no lo abandonara.
—He venido a verte, por supuesto. No respondías a mis llamadas y Carson me dijo que pasarías la Navidad con tu familia—contestó Karen, irritada.
—¿Vas camino de Minnesota?
—Sabes de sobra que mis padres no me dirigen la palabra. He venido para hablar contigo. —Con una mirada venenosa en dirección a Candy, añadió—: A solas.
Consciente de que desde la cocina se oía todo lo que decían, Albert se acercó a ella y le dijo en voz baja:
—Te recuerdo que eres una invitada en esta casa. No toleraré que le faltes el respeto a nadie, especialmente a Candy. ¿Queda claro?
—No me tratabas como a una invitada cuando metías la polla en mi boca —murmuró Karen, fulminándolo con la mirada.
Candy
ahogó un grito y sintió náuseas. Si el encuentro se hubiera producido unas semanas atrás, sólo habría sido incómodo. Pero ahora, después de haber compartido cama con Albert, era muy doloroso.
Karen lo conocía íntimamente. Sabía cómo era en la cama. Los sonidos que hacía, cómo olía, la expresión de su cara justo antes del orgasmo.
Era más alta que ella, más sofisticada y mucho más guapa. Y era evidente que, a diferencia de Candy, no tenía reparos en practicar sexo oral. Para agravar las cosas, Karen había creado una nueva vida con Albert, algo que éste no podría volver a hacer con nadie más.
Soltándose de la mano de él, Candy dio la espalda a los antiguos amantes. Sabía que era preferible que Albert y ella mantuvieran un frente unido. Y también sabía que sería mucho más inteligente defender su territorio que dejarle el campo libre a su rival. Pero acababa de sufrir una agresión moral en el restaurante y no le quedaban fuerzas para un nuevo asalto.
Emocionalmente exhausta, se dirigió a la escalera arrastrando los pies, sin despedirse ni mirar atrás.
Al ver que se iba, a Albert se le cayó el alma a los pies. Quería ir tras ella, pero no pensaba dejar a Karen a solas con su padre y su hermana. Excusándose un momento, se dirigió a la cocina y le pidió a Anny que se asegurara de que Candy estaba bien.
Al llegar al piso de arriba, la joven se encontró a Candy saliendo del baño.
—¿Estás bien?
—No, voy a acostarme un rato.
Cuando Anny abrió la puerta del dormitorio de Albert, ella negó con la cabeza y se metió en la habitación de invitados. Su amiga la observó mientras se quitaba los zapatos y los dejaba al lado de la cama.
—¿Quieres que te traiga algo? ¿Una aspirina?
—No, gracias, sólo necesito descansar.
—¿Quién es esa mujer? ¿Y qué hace aquí?
—Eso tendrás que preguntárselo a tu hermano.
Anny agarró el pomo de la puerta con fuerza.
—Lo haré. Pero el hecho de que no sepa quién es me dice algo. No puede haber sido muy importante en su vida si nunca nos la presentó. —Desde el pasillo, añadió—: Tenlo en cuenta.
Candy se tumbó en la cama y rezó para dormirse pronto.
Cuando Albert entró en la cocina, tres horas más tarde, encontró a Aaron y a Anny discutiendo sobre la manera correcta de preparar el famoso pollo a la Kiev de Pauna.
—Te digo que hay que congelar la mantequilla antes. Tu madre lo hacía así. —Aaron parecía exasperado.
—¿Cómo lo sabes? —Anny señaló la receta—. Aquí no dice nada de congelarla.
—Pauna siempre congelaba la mantequilla —terció Albert, frunciendo el cejo—. Debía de suponer que todo el mundo haría lo mismo. ¿Dónde está Candy?
Su hermana se volvió hacia él, blandiendo un gran batidor.
—¿Dónde estabas?
—Fuera —respondió él, apretando los dientes—. ¿Dónde está?
—Arriba. A menos que haya decidido volver a casa de su padre.
—¿Por qué iba a hacer eso?
Anny le dio la espalda y siguió batiendo huevos.
—Oh, pues no sé. ¿Tal vez porque has estado por ahí con una de tus ex novias durante tres horas? Espero que Candy te patee el culo como te mereces.
—Cariño… —Aaron trató de calmarla, poniéndole una mano en el hombro.
—Ni cariño ni nada. —Anny le apartó la mano, enfadada—. Albert, tienes suerte de que Anthony no esté aquí, porque si no ya te habría sacado de casa para darte una paliza.
Aaron frunció el cejo.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿No podría sacarlo yo si quisiera?
Ella puso los ojos en blanco.
—No, por supuesto que no. Además, ahora mismo necesito que congeles la jodida mantequilla.
Murmurando entre dientes, Albert salió de la cocina. Subió la escalera despacio, tratando desesperadamente de encontrar una excusa que no fuera un insulto a la inteligencia.
(Aunque eso iba a ser imposible, a pesar de su pico de oro).
Permaneció unos instantes ante la puerta de su habitación, respirando hondo antes de entrar. Pero la cama estaba vacía.
Sorprendido, registró la habitación. No había ni rastro de Candy.
De vuelta en el pasillo, se preguntó si se habría refugiado en la habitación de Anthony, pero no estaba allí. Tras mirar en el cuarto de baño, probó en la habitación de invitados.
Candy estaba tumbada en el centro de la cama, profundamente dormida. Se planteó dejarla dormir, pero luego rechazó la idea. Tenían que hablar, a solas, y en esos momentos su familia estaba ocupada.
En silencio, se quitó los zapatos y se metió en la cama con ella, abrazándola por detrás. Su piel estaba muy suave, pero fría. La estrechó contra su cuerpo para darle calor.
—¿Albert? —Candy parpadeó, adormilada—. ¿Qué hora es?
—Las seis y media.
—¿Por qué no me ha despertado nadie? —preguntó, frotándose los ojos.
—Me estaban esperando.
—¿Esperando para qué?
—Esperando a que volviera. Y cuando he llegado a casa, William me ha pedido que entrase en su despacho para hablar conmigo.
—¿Dónde estabas?
Él apartó la vista, culpable.
—¿Estabas con ella?
—Le han quitado el carnet por conducir bajo los efectos del alcohol. La he llevado a su hotel.
—¿Por qué has tardado tanto en volver?
Albert la miró con expresión torturada.
—Hemos estado hablando.
—¿Hablando? ¿En el hotel?
—Está preocupada por el giro que ha dado su vida. Que se haya presentado aquí de esta manera demuestra lo desesperada que está.
Candy se llevó las rodillas al pecho, haciéndose un ovillo.
—No, no, no —dijo él, tirándole de los brazos para evitar que adoptara esa postura defensiva—. Ya se ha ido y no volverá. Le he dicho que estoy enamorado de ti. Puede usar mi dinero y mis abogados, pero ahí se acaba la cosa.
—Nunca se conformará con eso. Te quiere a ti. Le da igual que estés conmigo.
Albert volvió a rodearla con los brazos.
—No me importa lo que ella quiera. Estoy enamorado de ti. Tú eres mi futuro.
—Pero Karen es preciosa. Y sexy.
—Es malvada. Y mezquina. No he visto nada bonito en ella esta tarde.
—Concebisteis una hija juntos.
Albert se encogió.
—No voluntariamente.
—Odio tener que compartirte.
Él frunció el cejo.
—No vas a tener que compartirme.
—Tengo que compartirte con tu pasado. Con Karen, con la profesora Singer, con Eliza Leagan… y con un montón de mujeres con las que voy a cruzarme por las calles de Toronto.
Albert apretó los dientes.
—Trataré de protegerte de ese tipo de encuentros incómodos en el futuro.
—Son muy dolorosos.
—Lo siento —susurró él—. Si pudiera cambiar mi pasado, lo haría. Pero no puedo, Candice, por mucho que lo intente.
—Ella te dio lo que yo no puedo darte.
Albert se inclinó hacia ella y apoyó una mano cerca de su cadera.
—Si tuvieras sed y alguien te ofreciera agua de mar, ¿te la beberías?
—Claro que no.
—¿Por qué no?
Ella se estremeció.
—Porque está salada y sucia.
—Si te dieran a elegir entre agua de mar o agua Perrier, ¿qué elegirías?
—El agua Perrier, por supuesto. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con ella.
Él entornó los ojos.
—¿Ah, no?
Se colocó entonces sobre ella, hasta que sus pechos y caderas quedaron en contacto.
—¿No entiendes la comparación? Tú eres mi agua Perrier. —Se dejó caer un poco más sobre ella—. Hacer el amor contigo es lo único que sacia mi sed. ¿Por qué iba a cambiarlo por toda el agua del mar? —Albert le presionó las caderas con las suyas—. Ella no puede ofrecerme nada que me interese. —Bajó la cara hasta que sus narices se rozaron—. Y tú eres preciosa. Cada parte de tu cuerpo es una obra de arte, desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Eres la Venus y la Beatriz de Botticelli. ¿Tienes idea de lo mucho que te adoro? Te adueñaste de mi corazón la primera vez que te vi, a los diecisiete años.
El cuerpo de Candy se iba relajando bajo el influjo de su contacto y de sus palabras.
—¿Cómo han quedado las cosas entre vosotros?
—Le he dicho que estoy muy disgustado por lo que ha hecho y que no quiero que vuelva a hacerlo nunca más. Se lo ha tomado todo lo bien que cabía esperar.
Alguien llamó a la puerta, interrumpiéndolo.
—¡Adelante!
Albert se echó a un lado justo cuando Anny abría la puerta.
—La cena está en la mesa y Rob y Anthony han llegado ya. ¿Bajáis o tengo que enviar a Anthony a buscaros? —preguntó, mirándolos a los dos.
—No hará falta —respondió Candy—. ¿Ha traído a su novia?
—No. Pasará la Navidad con sus padres. Le dije que la invitara, pero me dio mil excusas. —Anny parecía molesta—. ¿Crees que se avergüenza de nosotros?
—Lo más probable es que se avergüence de ella —contestó Albert—. Quizá sea una stripper.
—Los profesores que viven en una torre de marfil no deberían tirar la primera piedra —replicó Anny y, fulminando a su hermano con la mirada, salió de la habitación.
Candy lo miró sorprendida.
—¿A qué ha venido eso?
La expresión de él se ensombreció.
—Mi querida hermana no está muy contenta con Karen… ni conmigo.
CONTINUARA
Porque carajos no manda a freir esparragos a Karen? No se porque se siente culpable, ella tomo sus decisiones y como tal tiene que afrontar las consecuencias.. es una Bruja, y esta Candy tiene que estar enfrentando con las zorras del pasado de Albert.. que flojera!
