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CAPITULO 43
Fue una Navidad muy distinta para todos. La ausencia de Pauna fue dolorosa, sobre todo para su marido y sus hijos. Aaron habría deseado estar ya casado y Anny que el pollo a la Kiev le hubiese quedado la mitad de bueno que a su madre, con mantequilla congelada o sin ella.
Después de cenar, Albert, Robert y William se fueron al porche a fumar puros y beber whisky, mientras el resto de la familia tomaba café en la cocina.
—¿Qué tal por Italia? —le preguntó Aaron a Candy, mientras se servían una segunda taza.
—Genial. Hizo muy buen tiempo y lo pasamos muy bien. ¿Y los planes de boda?
—Avanzando. Aunque cuando Anny propuso alquilar cien palomas y soltarlas tras la ceremonia, tuve que pararle los pies. Me imaginé a algunos de mis parientes disparándoles a los pobres bichos —añadió, guiñándole un ojo.
—¿Cómo están tus padres?
—Bien. Anny le consulta muchas cosas de la boda a mi madre y ella está encantada. ¿Cómo va todo con Albert?
Candy escondió la cara en la nevera, mientras buscaba la crema de leche.
—Bien.
—Excepto cuando su ex se presenta por sorpresa.
Ella se volvió hacia Aaron, que la estaba mirando comprensivo.
—No quiero hablar de ello.
Él jugueteó con la cucharita.
—Albert es distinto cuando está contigo. —Dejó la cucharita en la encimera y se frotó la barbilla—. Parece feliz.
—Y él me hace feliz a mí.
—Un Albert feliz es tan difícil de ver como un hobbit. Estamos encantados de que esté así. Y respecto a la ex, bueno, no creo que fueran muy en serio, la verdad. No tanto como contigo.
—Gracias, Aaron.
Los dos se dieron un rápido abrazo.
Más tarde, Candy y Albert se retiraron a la habitación que habían alquilado en un hotel cercano. Mientras Candy se estaba lavando la cara en el cuarto de baño, le llegaron los acordes de Lying in the Hands of God desde el dormitorio.
Albert apareció tras ella, con sólo unos bóxers de seda azul marino y una sonrisa.
—No es Barry White, pero es nuestra canción. —La miró con deseo y le apartó el pelo del cuello para recorrérselo con los labios—. Te deseo —susurró—. Ahora.
Deslizándole las manos por debajo de la camiseta, le dejó el vientre al descubierto por encima de los pantalones de yoga.
—¿Por qué no te pones una de esas cosas bonitas que te compraste en Toronto? ¿O el corsé azul atado por delante? Sabes que es mi favorito. —Su voz se volvió más grave a medida que su boca iba avanzando hacia su hombro.
—No puedo.
Él sonrió con picardía.
—No quiero decir aquí mismo, mi amor. No estoy seguro de que estés preparada para hacerlo delante de un espejo. Aunque a mí no me importaría.
Cuando empezó a quitarle la camiseta, ella se apartó bruscamente.
—Esta noche, no.
Albert bajó los brazos y la observó en silencio.
Evitando su mirada, Candy volvió a lavarse la cara.
Frunciendo el cejo, él volvió al dormitorio y apagó la música.
Aparte de en la galería de los Uffizi, nunca lo había rechazado. Claro que sólo llevaban juntos un par de semanas, pero aun así…
El profesor Ardley no estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Aunque era evidente que Candy tenía buenas razones. —O por lo menos una razón llamada Karen—. Se dejó caer sobre la cama y se cubrió los ojos con el brazo. Era comprensible que estuviera disgustada por la súbita aparición de su ex y no le extrañaba que no le apeteciera pensar en el sexo en esos momentos. Aparte de que, por lo visto, le había pasado algo desagradable en el restaurante esa misma tarde.
Pero cuando lo rechazaba, Albert la deseaba aún más. El aroma de su pelo, el tacto de su piel satinada, su manera de cerrar los ojos justo antes del clímax. Sentirla moviéndose debajo de su cuerpo, junto con él…
Necesitaba hacerle el amor para asegurarse de que todo estaba bien entre ellos dos.
Sí, hacer el amor con Candy era lo que más le gustaba y necesitaba demostrarle sin palabras que la amaba, que la adoraba, que haría cualquier cosa por ella. Y tenía que saber si ella aún lo deseaba; necesitaba oírla susurrar su nombre.
Pero al parecer Candy no necesitaba lo mismo. Al menos no esa noche.
Albert siguió sumido en sus pensamientos negativos hasta que ella se metió en la cama. Se tumbó de lado, contemplándolo, pero él la ignoró, limitándose a apagar la luz de la mesilla de noche.
En la oscuridad, guardaron silencio mientras una barrera fría e invisible se alzaba entre los dos.
—¿Albert?
—Sí.
—Tengo que decirte una cosa.
Él soltó el aire muy lentamente.
—No hace falta. Lo entiendo, Candice. Buenas noches.
Aunque trató de que su voz sonara relajada, fracasó estrepitosamente. Se volvió, dándole la espalda.
Ella hizo una mueca de dolor. La barrera invisible se había convertido en un muro infranqueable.
«Los hombres tienen el ego más frágil que una cáscara de huevo».
Candy quería hablarle de lo sucedido, pero si se ofendía con tanta facilidad, sería mejor esperar a la mañana siguiente. O a otro día.
Dándose también la vuelta, cerró los ojos con fuerza, deseando olvidarse de aquel horrible día. Aunque tenía ganas de llorar, las reprimió. No le apetecía nada que Albert la descubriera llorando.
«Los chicos son idiotas».
Sorbió por la nariz varias veces y entonces él se volvió y la abrazó por detrás.
—Lo siento —le susurró al oído.
Ella asintió, sorbiendo con más fuerza.
—Por favor, no llores.
—No estoy llorando.
—No quería comportarme como un asno. —Apoyándose en un codo, añadió—: Mírame. —Y le dirigió una sonrisa encantadora para hacerse perdonar—. Me has malacostumbrado durante estas dos semanas, pero sé que no siempre te apetecerá hacer el amor. Te prometo no enfurruñarme… demasiado.
Ella sonrió y le besó el labio inferior.
—¿Quieres contarme por qué has llorado esta tarde en el restaurante? —preguntó Albert, secándole las lágrimas.
Candy negó con la cabeza.
—Por favor…
—Estoy muy cansada.
Él la acarició hasta que notó que se relajaba.
—¿Qué puedo hacer por ti?
—No necesito nada.
—¿Un baño caliente? ¿Un masaje? —Su cara le recordó a Candy la de un niño pequeño que quiere complacer—. Deja que te acaricie. Te sentirás mejor.
—Albert, casi no puedo mantener los ojos abiertos.
—Quería hacer algo por ti.
—Pues abrázame.
—Eso pensaba hacerlo igualmente. —La besó y volvió a abrazarla por detrás.
—Feliz Navidad, Albert.
—Feliz Navidad.
Unas pocas horas antes, una mujer sola subía a un taxi frente al hotel Comfort Inn. Estaba llorando.
El taxista ignoró sus lágrimas educadamente y subió el volumen de la radio para darle un poco de intimidad durante el largo trayecto hasta Harrisburg. Sonó una canción pegadiza, tan pegadiza que pronto los dos estaban tarareándola.
Mientras Karen tarareaba, pensaba en el paquete que le había entregado al recepcionista del turno de noche, Will. Le había dado cinco billetes de veinte dólares a cambio de que lo entregara en una determinada dirección de Selinsgrove a la mañana siguiente.
La mañana de Navidad.
Cuando el joven le había comentado que conocía esa casa (lo que no era raro, teniendo en cuenta el tamaño de la localidad) y que había estudiado con el hermano de Albert, Anthony, ella aprovechó para obtener información sobre la nueva novia de Albert.
Will le contó todo lo que sabía, ya que su familia y la de Robert White se conocían de toda la vida. De hecho —le dijo—, Robert había presumido recientemente de lo bien que le iban a su hija los estudios en la Universidad de Toronto.
En cuanto obtuvo esa valiosa información, Karen decidió marcharse de Selinsgrove inmediatamente. Mientras observaba las nevadas copas de los árboles, se preguntaba cómo podía descubrir si Candice era estudiante de Albert en el momento en que iniciaron su relación.
CONTINUARA
