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CAPITULO 44
La mañana de Navidad, muy temprano, Albert —ataviado con unos bóxers y las gafas— se debatía entre despertar a Candy o dejarla dormir un poco más. Podría haberse ido a la zona de estar de la suite, donde había estado jugando a ser Papá Noel, pero prefería estar con ella, aunque fuera a oscuras.
La conversación que había mantenido con William el día anterior lo atormentaba. Cuando su padre adoptivo le había preguntado por Karen, él le había contado una versión resumida, haciendo hincapié en que ella era su pasado y Candy su futuro.
William, que era un hombre comprensivo, insistió en que Karen fuera a terapia como condición para seguir teniendo acceso a su fondo de inversiones, pues era evidente que necesitaba ayuda.
Cuando Albert le dio la razón, William cambió de tema, preguntándole si estaba enamorado de Candy. Cuando él respondió sin dudar, su padre sacó a colación una palabra empezada con erre: «responsabilidad».
—Estoy actuando con responsabilidad.
—Candy está estudiando. ¿Y si se queda embarazada?
La expresión de Albert se endureció.
—Eso no va a pasar.
—Eso mismo pensaba yo —replicó William sonriendo—. Y entonces nació Anthony.
—Ya he demostrado más de una vez que soy responsable de mis actos —insistió Albert en tono glacial.
William se echó hacia atrás en la silla y lo miró.
—Candy se parece a Paulina en algunas cosas. Una de ellas es su voluntad de sacrificarse por aquellos a los que ama.
—No permitiré que sacrifique sus sueños por mí, si es eso lo que te preocupa.
Su padre volvió la vista hacia la foto de su esposa, que lo miraba desde la mesa del despacho, una mujer sonriente, de ojos amables.
—¿Cómo ha reaccionado Candy al ver a esa joven?
—Todavía no lo hemos hablado.
—Si abandonas a Candy, tendrás un problema con tus hermanos y conmigo, ¿lo sabes?
Albert frunció el cejo y respondió solemne:
—No la abandonaré nunca. No podría vivir sin ella.
—¿Y por qué no se lo dices a ella?
—Porque sólo llevamos dos semanas juntos.
William alzó las cejas, sorprendido, pero prefirió no preguntarle sobre la ambigüedad de la expresión «estar juntos».
—Ya conoces mi opinión al respecto. Deberías casarte con ella. Si no, cualquiera que os vea pensará que lo que tenéis no es más que una aventura sexual, cuando tus intenciones son mucho más serias.
Él se ofendió.
—Candice no es mi amante.
—Pero no quieres comprometerte con ella.
—Estoy comprometido con ella. No hay nadie más en mi vida.
—Pero Karen aparece de pronto y monta una escena delante de Candy y de tu familia.
—¡No puedo evitarlo!
—¿Ah, no? —William frunció los labios—. Me parece que Karen es una mujer inteligente y si estuviera convencida de que no iba a conseguir nada, te dejaría en paz.
Albert frunció el cejo, pero no se lo discutió.
—¿Por qué no te comprometes con Candy? Estoy seguro de que está angustiada por el futuro. El matrimonio es un sacramento creado en buena medida para proteger a las mujeres de la explotación sexual. Si le niegas esa protección, ella no deja de ser algo muy parecido a tu amante, la llames como la llames. Viendo lo que le ha pasado a Karen, tiene que estar preocupada.
—Las situaciones de ellas dos no tienen nada que ver.
—Pero ¿cómo puede saberlo Candy? —William tamborileó con los dedos sobre la mesa—. El matrimonio es más que un trozo de papel. Es un misterio. De hecho, hay un texto judío que sugiere que se establece en el cielo, entre dos almas gemelas. ¿No quieres estar con ella para siempre?
—Lo que yo quiera no es importante. No voy a presionarla para que tome una decisión que le va a cambiar la vida en pleno curso académico —respondió Albert, frotándose los ojos—. Es demasiado pronto.
—Espero que no esperes hasta que sea demasiado tarde —replicó William, mirando a Pauna con tristeza.
Con esas palabras resonando en sus oídos, Albert contemplaba dormir a su alma gemela durante la mañana de Navidad.
Como si hubiera oído sus pensamientos, Candy se desperezó, presa de una extraña angustia. Al volverse hacia Albert, rozó la seda de los bóxers.
En la oscuridad de la habitación, él parecía una gárgola: una figura gris, inmóvil, que la observaba en silencio tras las gafas.
Tardó unos instantes en preguntarle:
—¿Qué estás haciendo?
—Nada. Vuélvete a dormir.
Ella frunció el cejo, preocupada.
—Pero estás sentado a oscuras, medio desnudo.
Él trató de sonreír.
—Estoy esperando a que te despiertes.
—¿Por qué?
—Para abrir los regalos. Pero aún es temprano. Duérmete.
Candy se acercó a él y le buscó la mano. Tras besársela, se la llevó al corazón.
Albert sonrió y dejó la mano quieta, sintiendo sus latidos.
—Perdóname por lo de anoche —dijo, recuperando la solemnidad—. No quiero que pienses que sólo me interesa el sexo. No es verdad.
—Ya lo sé.
Él le acarició las cejas con los dedos.
—Te deseo, eso es innegable. Me cuesta mucho no tocarte, no poder estar lo más cerca posible de ti. —Su mano descendió hasta su mejilla y se quedó allí—. Pero te quiero y quiero que estés conmigo porque te apetezca, no porque te sientas obligada.
Candy apoyó la cara en su mano.
—No me siento obligada. Ha habido un montón de veces en que podrías haberme presionado, como la noche que pasamos en tu cuarto, cuando me quité el top. Pero no lo hiciste. Fuiste muy paciente. Y la primera vez estuviste maravilloso. Tengo mucha suerte de que seas mi amante. —Le dirigió una sonrisa soñolienta—. ¿Por qué no te acuestas? Creo que a los dos nos vendría bien descansar.
Albert se deslizó bajo las sábanas y se acurrucó cerca de su amada. Cuando la respiración de ella se hizo más profunda, indicándole que se había dormido, le susurró promesas en italiano.
Cuando Candy se volvió a despertar, él le llevó el desayuno a la cama. Y luego no paró hasta que se levantó y lo acompañó a la sala. Estaba tan nervioso que casi daba saltos.
(De un modo muy digno, propio de un profesor universitario, por descontado, a pesar de que no se había puesto la camisa).
Albert había cogido «prestado» del recibidor del hotel un pequeño árbol de Navidad y lo había colocado en el centro de la sala.
Debajo había varios paquetes envueltos en papel brillante de diversos colores. Dos grandes calcetines con sus nombres bordados colgaban de los dos extremos del sofá.
—Feliz Navidad —le deseó Albert, besándole la frente.
Se sentía muy orgulloso de sí mismo y no podía ocultarlo.
—Es mi primer calcetín. Nunca había tenido uno —dijo Candy.
Él la acompañó hasta el sofá. Cuando estuvo sentada, le colocó el calcetín en el regazo. Estaba lleno de caramelos y de braguitas con motivos navideños. Y en la punta había un lápiz de memoria que contenía las imágenes de un tango contra la pared en el Royal Ontario Museum.
—¿Por qué no te habían regalado nunca un calcetín navideño?
Ella se encogió de hombros.
—Sharon solía olvidarse de que era Navidad y a mi padre nunca se le ocurrió.
Albert negó con la cabeza. Él tampoco había tenido calcetines antes de ir a vivir con los Clark.
Candy señaló un par de paquetes envueltos con papel rojo y verde.
—¿Por qué no abres primero tus regalos?
Con una sonrisa radiante, Albert se sentó junto al arbolito, con las piernas cruzadas. Eligió una caja pequeña y rompió el papel con entusiasmo.
Ella se echó a reír al ver al correcto profesor vestido sólo con ropa interior y gafas, atacando sus regalos como si fuera un niño de cuatro años.
Al abrir la caja, se quedó muy sorprendido al encontrar un par de gemelos de plata sobre un fondo de seda de color crema. Pero no eran unos gemelos cualquiera. Llevaban grabado el escudo de la ciudad de Florencia. Albert los miró boquiabierto.
—¿Te gustan?
—Me encantan, Candy. Pero ¿cómo…?
—Mientras estabas en una de las reuniones, me acerqué al Ponte Vecchio a comprarlos. Pensé que quedarían bien con tus camisas.—Mirando al suelo, añadió—: Me temo que me gasté parte del dinero de la beca. En realidad, te los has regalado tú mismo.
Poniéndose de rodillas, él avanzó hasta ella y la besó agradecido.
—Ese dinero es tuyo. Te lo has ganado. Y los gemelos son perfectos. Muchas gracias.
Candy sonrió al verlo allí arrodillado.
—Tienes otro regalo.
Sonriendo, Albert abrió el segundo paquete. Dentro del papel de seda, encontró una reproducción de veinte por veinticinco centímetros del cuadro de Marc Chagall, Amantes a la luz de la luna.
En la tarjeta que acompañaba la lámina, Candy había escrito unas líneas declarándole su amor y dando gracias por haberlo encontrado. También añadió otro obsequio, aún más valioso.
Me gustaría posar para ti.
Con todo mi amor,
Tu Candy.
Albert se había quedado sin palabras. La miró sin creérselo.
—Creo que ha llegado el momento de que cuelgues fotos nuestras en tu dormitorio. Me apetece hacer eso por ti. Si te parece bien.
Él se sentó a su lado en el sofá y la besó apasionadamente.
—Gracias. El cuadro es precioso, pero tú eres mucho más preciosa que cualquier obra de arte. —Sonrió antes de añadir—: Creo que podemos inspirarnos en Chagall para la sesión fotográfica, pero tendremos que practicar antes las posturas.
Moviendo insinuante las cejas, se inclinó hacia ella y le mordió el labio inferior.
—Tú eres el regalo más grande —murmuró.
Al notar que Candy sonreía bajo su boca, alargó un brazo para hacerse con uno de los regalos que había colocado bajo el arbolito.
Le dirigió una mirada ilusionada mientras ella lo abría. Era un CD que Albert le había grabado, llamado «Loving Candy».
—Es la lista que escuchábamos en Florencia.
—Gracias. Tenía pensado pedírtela. Esas canciones me traerán recuerdos muy felices.
Dentro de la funda, encontró varios vales para tratamientos de belleza en el Hotel Windsor Arms, de Toronto, algunos de los cuales tenían nombres tan exóticos como «Ducha Vichy» o «Tratamiento de vendas frías de algas marinas».
Candy le dio las gracias y leyó los nombres de los tratamientos en voz alta hasta llegar al último:
He hablado con un cirujano plástico de Toronto, que ha prometido visitarte en cuanto regresemos. Por la información que le di, está convencido de que podrá hacer desaparecer la cicatriz por completo. No tendrás que preocuparte por ella nunca más,
Albert.
Al ver que Candy se ponía tensa, Albert le arrebató la nota de los dedos, disculpándose con una sonrisa.
—No debí incluir esto en la caja. Lo siento.
Pero ella le agarró la mano.
—Gracias. Pensaba que iba a tener que esperar más. Es el mejor regalo que podías hacerme.
Albert soltó el aire, relajándose, y le besó la coronilla.
—Te lo mereces —le dijo, con los ojos brillantes.
Sonriendo, Candy miró por encima del hombro de él y vio que había otra caja junto al árbol.
—Hay otro regalo. ¿Es para mí?
Albert asintió.
—¿Puedo abrirlo?
—Preferiría que esperaras.
Ella frunció el cejo.
—¿Por qué? ¿Quieres que lo llevemos a casa de William? ¿Prefieres que lo abra delante de tu familia?
—¡No, por Dios!
Pasándose los dedos por el pelo, sonrió irónicamente.
—Perdona, es que es… bueno… bastante personal. ¿Puedes esperar hasta esta noche para abrirlo? ¿Por favor?
Candy miró el regalo con curiosidad.
—A juzgar por el tamaño de la caja, no es un gatito.
—No, no lo es, aunque si quieres una mascota, te la compraré—contestó él, mirando hacia la caja que el día anterior ella había dejado junto a la puerta—. ¿Qué había en el regalo de Archie?
Candy se encogió de hombros, quitándole importancia.
—Una botella de sirope de arce, que ya le di a mi padre, y un par de juguetes.
—¿Juguetes? ¿Qué clase de juguetes?
Candy lo miró escandalizada.
—Juguetes infantiles, ¿qué van a ser?
—¿No te regaló ya un conejito de peluche hace unos meses? Creo que ese chico tiene una fijación con los conejitos.
«Follaángeles».
—Dijo la sartén al cazo. Albert, tú tienes una fijación con los zapatos de tacón. ¿Cómo te atreves a criticarlo?
—Nunca he negado mi aprecio estético por el calzado femenino. Al fin y al cabo, hay zapatos que son auténticas obras de arte—añadió dignamente—. Sobre todo cuando los lleva una mujer como tú.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Me ha regalado una vaca Holstein de peluche y unas figuritas de Dante y Beatriz.
Él la miró perplejo.
—¿Figuritas? —Sonrió con ironía—. ¿Quieres decir como soldaditos de plomo?
—Figuritas, soldaditos… ¿qué más da?
—¿Son anatómicamente completos?
—Albert, ¿no estás siendo un poco infantil?
Él le acarició la mejilla.
—Sólo me preguntaba en qué clase de acción podrían participar Dante y Beatriz. En privado, por supuesto.
—Dante debe de estar revolviéndose en su tumba.
—Podemos recrear eso enterrando la figura de Dante en el patio de atrás. Pero me gustaría quedarme con Beatriz.
Candy se echó a reír.
—Eres incorregible. Gracias por los regalos. Y gracias por llevarme a Italia. Ése fue el mejor regalo de todos.
—De nada. —Sujetándole la cara entre las manos, la miró a los ojos antes de unir sus labios.
Lo que empezó como un suave beso con la boca cerrada, pronto se convirtió en un beso arrebatado, enfebrecido, con manos que agarraban y tiraban el uno del otro. Candy se puso de puntillas, frotándose contra su pecho desnudo y Albert gruñó, frustrado, y dio un paso atrás. Quitándose las gafas, se frotó los ojos.
—Me encantaría seguir con lo que estamos haciendo, pero William quiere que vayamos a la iglesia.
—Bien.
Volvió a ponerse las gafas.
—¿Una chica católica como tú no preferiría ir a una misa católica?
—Dios es el mismo para todos. No es la primera vez que acompaño a tu familia a la iglesia. —Candy lo miró con atención—. ¿No quieres que vaya?
—No me siento muy cómodo en las iglesias.
—¿Por qué no?
—Hace años que no voy. Siempre siento que me juzgan.
—Todos somos pecadores —dijo ella, solemne—. Si sólo fueran a la iglesia los que no pecan, los templos estarían siempre vacíos. Y no creo que los feligreses de la congregación de William te juzguen. Los episcopalianos son muy acogedores.
Tras darle un rápido beso en la mejilla, Candy volvió al dormitorio para arreglarse. Albert la siguió y se tumbó en la cama, observándola rebuscar entre la ropa colgada en el armario.
—¿Por qué sigues creyendo en Dios? ¿No estás enfadada con Él por todas las cosas malas que te han pasado?
Ella interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia él.
Albert parecía muy infeliz.
—A todo el mundo le pasan cosas malas. ¿Por qué iba a ser yo distinta a los demás?
—Porque eres buena.
Ella se miró las manos.
—El universo no se basa en la magia. No hay unas reglas para las personas buenas y otras para las personas malas. Todo el mundo sufre en un momento u otro. Lo importante es lo que haces con tu dolor, ¿no crees?
Él la miró impasible.
—Tal vez el mundo sería un lugar mucho peor si Dios no existiera—insistió ella.
Albert maldijo en voz baja, pero no discutió.
Candy se sentó a su lado en la cama.
—¿Has leído Los hermanos Karamazov?
—Es uno de mis libros favoritos.
—Entonces recordarás la conversación entre Aliosha, el cura, y su hermano Iván.
Él sonrió, divertido por el rumbo de los pensamientos de ella.
—Supongo que yo soy el rebelde librepensador y tú el muchacho religioso.
Candy no le hizo caso.
—Iván le da a Aliosha una lista de razones por las que o Dios no existe o, si existe, es un monstruo. Es una discusión muy apasionada. He pensado en ella bastantes veces.
»Recuerda que Iván acaba la discusión diciendo que rechaza la creación de Dios, este mundo. Y, sin embargo, hay algo en este mundo que encuentra sorprendentemente hermoso: las pequeñas hojas que brotan de los árboles en primavera. Le encantan, a pesar de que odia el mundo al que llegan.
»Esas pequeñas hojas no representan la fe ni la salvación. Son lo que queda de su esperanza. Mantienen a raya su desesperación demostrándole que, a pesar de la maldad que ha presenciado, en el mundo queda al menos una cosa pura y hermosa.
Cambiando de postura para mirarlo mejor, Candy le sujetó la cara entre las manos.
—Albert, ¿has encontrado tus hojitas?
La pregunta lo pilló por sorpresa. Tanto, que no pudo hacer nada más que quedarse quieto, mirando a la preciosa rubia que tenía delante. En momentos como ése, recordaba qué lo había llevado a pensar que era un ángel. Candy albergaba mucha más compasión de lo que era normal encontrar en un ser humano. Al menos, según su experiencia.
—No lo sé. Nunca me lo he planteado.
—La mía era Pauna. Y tú —admitió, con una tímida sonrisa—. Y, antes, aquellos voluntarios del Ejército de Salvación que fueron amables conmigo cuando mi madre no lo fue. Me dieron una razón para seguir creyendo.
—Pero ¿cómo se puede justificar el sufrimiento de los inocentes? ¿De los niños? —La voz de Albert era apenas un susurro—. ¿De los bebés?
—No sé por qué mueren los bebés. Ojalá no sucediera—respondió Candy muy seria—. Pero ¿qué me dices de nosotros, Albert? ¿Por qué permitimos que la gente trate mal a sus propios hijos? ¿Por qué no defendemos a los débiles y a los enfermos? ¿Por qué dejamos que los soldados saquen de sus casas a nuestros vecinos, les cosan una estrella en la ropa y los metan en trenes? No es Dios quien es malo. Somos nosotros.
»Todo el mundo quiere saber de dónde viene el mal y por qué puede campar a sus anchas por el mundo. ¿Por qué nadie se pregunta de dónde viene el bien? Los seres humanos tienen una gran capacidad para ser crueles. ¿Por qué existe la bondad en el mundo? ¿Por qué existen personas como William y Pauna?
Porque existe Dios, que no ha permitido que la Tierra se corrompa del todo. Si buscas, siempre encuentras pequeñas hojas. Y cuando aprendes a reconocerlas, notas su presencia a tu alrededor.
Albert cerró los ojos, disfrutando de su contacto al mismo tiempo que de sus palabras. En el fondo de su corazón sabía que acababa de escuchar una verdad muy profunda.
Por mucho que lo intentara, nunca había podido dejar de creer del todo. Ni siquiera en sus días más negros, la luz había desaparecido por completo. Había tenido la guía de Pauna y, providencialmente, al morir ella, Candy había reaparecido en su vida y había seguido mostrándole el camino.
Tras darle un casto beso, ella fue a ducharse. Mientras la miraba alejarse, Albert se maravillaba de su brillantez. Era mucho más inteligente que él, ya que su intelecto poseía una originalidad creativa que él nunca tendría. Y a pesar de todo lo que le había pasado en la vida, no había perdido la fe, la esperanza ni la caridad.
«No es mi igual; es mucho mejor que yo.
»Es mi hojita».
Una hora más tarde, Candy y Albert se dirigieron en coche hasta la Iglesia Episcopal de Todos los Santos. Él llevaba un traje negro con camisa blanca, con los gemelos nuevos en los puños. Ella se había puesto un vestido color ciruela con falda por debajo de las rodillas y las botas negras que se había comprado en Florencia.
«Un mar de incomodidad». Con esas palabras habría descrito Albert el ambiente general, mientras se sentaba junto a Candy al final del banco de la familia.
De todos modos, agradeció la liturgia, el orden y el modo de usar las Escrituras y la música en el servicio religioso. Durante la ceremonia, se distrajo varias veces pensando en su vida y en los distintos pasos que lo habían llevado hasta la hermosa mujer que le daba la mano.
La Navidad era la celebración del nacimiento, de un nacimiento en concreto. A su alrededor vio muchos niños y bebés. En la parte delantera de la iglesia habían colocado un pesebre. También había niños en las imágenes, en las vidrieras, y vio asimismo a una radiante mujer embarazada sentada al otro lado del pasillo.
Por un instante, Albert lamentó haberse esterilizado. No por él, no por no ser capaz de tener un hijo, sino por no poder dárselo a Candy. Se imaginó tumbado en la cama, junto a ella embarazada, apoyando la mano en su vientre para notar las patadas del hijo de los dos. Se imaginó sosteniendo a ese niño en brazos, sorprendido por la gran cantidad de pelo rubio que tenía.
Esas imágenes lo pillaron por sorpresa. Suponían un cambio muy brusco en su carácter y sus prioridades y alejaban la culpabilidad y el egoísmo que lo habían acompañado durante tantos años.
Eran un giro hacia la permanencia y el compromiso con una mujer con la que quería crear una familia, con la que quería tener un hijo.
Su amor por Candy lo había cambiado de muchas maneras. No se había dado cuenta de lo profundos que eran esos cambios hasta que se sorprendió mirando a la desconocida embarazada con una mezcla de melancolía y envidia.
Ésos eran los pensamientos que ocupaban su mente mientras le daba la mano a Candy. Y cuando llegó el momento de la eucaristía, Albert fue el único miembro de su familia que no se levantó para participar.
A pesar de que algo en la atmósfera de la iglesia le resultaba reconfortante, durante la homilía se sintió juzgado, como casi siempre. Las palabras del pastor solían recordarle que había malgastado buena parte de su vida, un tiempo que nunca volvería.
No había podido decirle a Pauna las cosas que le habría gustado decirle antes de que muriera. No había tratado a Karen y a Candy con el respeto que se merecían. En realidad, no había tratado con respeto a ninguna de las mujeres con las que se había involucrado.
Al recordar a Karen, apartó la mirada de su hermosa Candy y agachó la cabeza, rezando casi sin darse cuenta; pidiendo perdón y orientación. Sentía que estaba en la cuerda floja, suspendido entre la necesidad de responsabilizarse de las indiscreciones cometidas en su etapa anterior y la de borrar a Karen de su vida.
Rezó pidiendo que ésta encontrara a alguien a quien amar, alguien que la ayudara a olvidar el pasado.
Estaba tan concentrado en sus oraciones, que no se dio cuenta de que su familia había vuelto a sentarse en el banco, ni de que Candy lo estaba agarrando del brazo. Tampoco se dio cuenta del momento en que su padre rompía a llorar en silencio, ni de cuando Anny lo consoló, rodeándolo con el brazo y apoyando su rubia cabeza en su hombro.
«El Reino de los Cielos es como una familia —pensó Candy, al ver a Anny abrazar a su padre—. Donde el amor y el perdón sustituyen a las lágrimas y el sufrimiento».
CONTINUARA
