–Deberían haber dejado que me lo contaras –murmuró Adrián con rabia, cuando ella acabó de hablar–. Por lo menos habría intentado darte apoyo, y no te habrías sentido tan sola.

–No he estado tan sola en realidad –respondió Marinette–. Tikki y los otros kwamis me han ayudado mucho. Y creo que estoy preparada, al menos en lo que a los conocimientos se refiere. El maestro Fu hizo un gran trabajo descifrando el libro de hechizos. Sin embargo...

Vaciló un momento, y Adrián entendió enseguida lo que le pasaba por la cabeza.

–Te preocupan las normas y procedimientos, ¿verdad? –adivinó.

–Las he roto todas –musitó ella, desolada–. Te he revelado mi identidad y me he enamorado de ti, y probablemente desobedeceré una vez más cuando te entregue un nuevo prodigio.

–¿Vas a... entregarme un nuevo prodigio? –se sorprendió él.

Ella apretó los dientes, decidida.

–No te he sacado de esa casa para mantenerte aquí encerrado –replicó–. Tienes que ser capaz de salir y moverte por París sin que nadie te reconozca. Pero no puedes volver a ser Cat Noir por el momento.

–Lo entiendo –asintió él–. Pero... Marinette... si te vas a presentar mañana al examen...

–No lo superaré. Dejaré de ser Guardiana. Y dejaré de ser Ladybug. Probablemente sea lo mejor, porque no estaba dispuesta a seguir adelante sin ti.

–Marinette...

–Y estoy cansada y ya no tengo fuerzas, Adrián –prosiguió ella al borde del llanto–. He hecho todo lo que he podido, pero nunca es suficiente. Así que quizá los maestros tengan razón, y lo más sensato sea encomendar la caja a otro Guardián para que elija a unos nuevos Ladybug y Cat Noir. Un Cat Noir que no tenga ninguna relación con Lepidóptero. –Inspiró hondo y añadió–. Una Ladybug que no esté enamorada de su Cat Noir.

–Marinette –repitió Adrián, conmovido. Tragó saliva antes de preguntar–: Pero si renuncias... o si no superas la Prueba... lo olvidarás todo, ¿verdad?

–Sí –susurró ella–. Por eso quería contártelo todo esta noche, porque no me importa lo que digan los maestros, creo que mereces saberlo. Y porque quería pasar al menos un día contigo, siendo... nosotros dos. Antes de olvidarte.

–Oh, no, Marinette –dijo él con la voz rota.

La abrazó con todas sus fuerzas, y cuando ella le echó los brazos al cuello y apoyó su rostro en el de Adrián, descubrió que él también tenía las mejillas húmedas.

–No llores, gatito –susurró con dulzura–. Estoy segura de que volveré a enamorarme de ti. Como cuando nos enfrentamos a Oblivio.

–Milady –musitó él–. Mi princesa. Te quiero con locura.

Ella ahogó un sollozo de emoción. Se besaron tiernamente, y se sintieron tan repletos de amor por el otro que, de pronto, les pareció que ya no existía el mundo fuera de su burbuja.

Marinette dejó escapar un suspiro cuando se acurrucó entre los brazos de Adrián.

–Vale la pena –murmuró–. Romper las normas, desobedecer a los maestros... contártelo todo al fin. Ha valido la pena, aunque solo sea por una noche.

Adrián no encontró palabras para contestarle. Ella lo besó otra vez, y él respondió de buena gana, aunque Marinette se dio cuenta de que sonreía. Se separó de él y le dirigió una mirada de reproche.

–¿Qué te hace tanta gracia?

–Al parecer ya no tienes reparos en besarme, milady –dijo él guiñándole un ojo.

Marinette se ruborizó. Iba a replicar, pensando que él se refería a todas las veces que lo había rechazado como Cat Noir, pero entonces recordó que, apenas unos momentos antes, Adrián había hecho ademán de besarla y ella se había echado atrás.

–Ah... eso –respondió–. Lo siento muchísimo. Me acordé de pronto de lo que pasó en el museo de cera y... en fin, desde entonces la idea de... besar a Adrián Agreste... –admitió con esfuerzo, sonrojándose todavía más– me ha dado un poco de miedo. Por la forma en que reaccionaste, quiero decir.

Adrián se puso serio y la miró, apenado.

–Lo siento muchísimo. Te pedí disculpas entonces y no tengo problema en volver a hacerlo ahora. En ningún momento tuve intención de hacerte sentir mal.

Pero ella negó con la cabeza.

–No es culpa tuya. No debí hacer el tonto de esa manera, yo misma me puse en ridículo.

–Pensabas en serio que era una estatua, ¿verdad? –preguntó él con curiosidad–. ¿Qué intentabas hacer exactamente?

Marinette se cubrió el rostro con las manos, muerta de vergüenza.

–Estaba ensayando para declararme. No lo habría hecho así, claro. Es que me dejé llevar un poco. Si hubiese sabido...

Adrián dejó escapar una alegre carcajada.

–No tiene gracia –gruñó Marinette.

–Quién iba a imaginar que la juiciosa y formal Ladybug también hace el tonto cuando nadie la ve –comentó él con picardía.

Marinette gruñó algo y le dio la espalda. Él la abrazó por detrás e inclinó la cabeza para decirle al oído:

–No te enfades. No imaginas lo encantado que estoy de que seas tú. De que seas así.

Ella vaciló un momento antes de volverse para mirarlo.

–¿Lo dices... en serio? Quiero decir, ya me conoces. Soy torpe y lenta, soy un desastre a la hora de organizarme, tengo reacciones absurdas y siempre llego tarde a los sitios. Los superpoderes lo disimulan un poco, pero es lo que hay. Cuando deje de ser Ladybug... solo seré yo.

–¿Por eso tenías miedo de perder tus poderes? –comprendió él, evocando la batalla contra Sandboy–. Permíteme recordarte, bichito, que has leído mi diario y que por tanto sabes perfectamente que estoy enamorado de ti hasta los huesos. También de la Marinette sin poderes, por cierto –añadió, acariciándole la mejilla con una sonrisa.

Ella se sonrojó, pero sonrió también. Volvieron a besarse, y ella apoyó la cabeza sobre su pecho con un suspiro de felicidad.

–Deberías dormir –aconsejó él–. Seguro que estás muy cansada, y si mañana madrugas...

–Mañana es sábado y no hay clase –le recordó ella–. Mis padres se levantarán muy temprano para atender la panadería, pero no me despertarán, porque saben que los fines de semana suelo dormir hasta tarde. –Bostezó–. Podemos dormir hasta la hora que queramos. Y descansar. Y luego ya pensaremos qué hacer con todo lo demás. Tenemos tiempo hasta la noche.

–Suena maravillosamente –murmuró Adrián–. Pero... ¿y si mi padre...?

–No sabe que estás aquí –le recordó ella–. Ahora estás a salvo. Estamos a salvo en nuestra burbuja –añadió en un susurro.

Adrián suspiró.

–Resulta que mi padre es Lepidóptero, que he renunciado a mi prodigio y que puede que tú pierdas mañana la memoria –resumió–. ¿Está mal que, a pesar de todo, me sienta feliz?

–No –respondió Marinette sonriendo–, porque yo me siento igual. Quiero decir que hay muchos problemas por resolver y aún estoy asustada, pero estar contigo... me ayuda a sentirme mucho mejor. Los problemas... no parecen tan graves si estamos juntos, ¿verdad? O sea, sí que lo son, pero tengo la sensación de que podemos solucionarlos.

–Mmm-hum –murmuró Adrián, besándola en la frente–. Tú y yo contra el mundo entero.

–Como siempre –susurró ella, y volvió a bostezar.

–Te caes de sueño –sonrió Adrián.

–No es verdad –refunfuñó Marinette. Luchó por mantener los ojos abiertos, pero los párpados se le caían–. No quiero dormirme –protestó–. Quiero aprovechar cada segundo que podamos pasar juntos.

–Esto no es un final, sino un principio –le aseguró él, acariciándole el cabello–. Pase lo que pase yo voy a estar contigo. Si me olvidas, escribiré más diarios con todos nuestros recuerdos, para que nunca los pierdas. Y me quedaré a tu lado y volveré a cortejarte hasta que te enamores de mí otra vez.

–¿Lo harías? –murmuró ella, ya con los ojos cerrados.

–Todas las veces que haga falta. Ahora que te he encontrado, ya no voy a dejarte marchar –le prometió en voz baja.

Pero Marinette no respondió. Se había quedado dormida.