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CAPITULO 45

Después de comer, Anny tomó el mando y organizó a todo el mundo para que ayudaran a preparar el gran pavo de la cena.

Candy habló con Rob por teléfono y éste le prometió que llegaría hacia las tres para el intercambio de regalos. Luego, Anny y ella se metieron en la cocina para pelar manzanas y hacer un par de tartas.

Anny había hecho trampas comprando la masa preparada, pero la había sacado de su envoltorio y la había guardado envuelta en papel transparente en la nevera para que nadie se diera cuenta.

—Hola, guapas —las saludó Anthony con una enorme sonrisa, mientras buscaba algo en la nevera.

—¿Qué te tiene tan contento? —le preguntó su hermana, sin dejar de pelar manzanas.

—La Navidad —respondió Anthony y se echó a reír cuando Anny le sacó la lengua.

—He oído que has conocido a alguien —intervino Candy.

Él se sirvió un plato de sobras, sin molestarse en responder.

Anny estaba a punto de reprenderlo por sus malos modales, cuando sonó el teléfono. Al responder y ver que se trataba de su futura suegra, la joven desapareció en el comedor con el teléfono.

Anthony se volvió entonces hacia Candy, disculpándose con la mirada.

—Se llama Patricia. Pero es demasiado pronto para traerla y someterla al tercer grado de mi familia.

—Te entiendo. —Devolviéndole la sonrisa, Candy volvió a centrarse en las manzanas.

—Tiene un niño —añadió Anthony bruscamente y, apoyándose en la encimera, se cruzó de brazos.

—Oh —exclamó ella, bajando el cuchillo.

—Tiene tres meses. Viven en casa de los padres de Patty y no ha podido venir porque le da el pecho —le contó él en una voz tan baja que le costaba oírlo, sin apartar los ojos de la puerta por si entraba alguien.

—Cuando la traigas a casa, que traiga al niño también. Tu familia los recibirá con los brazos abiertos, ya lo verás.

—No estoy tan seguro. —Anthony parecía muy incómodo.

—Estarán encantados de tener un bebé en casa. Anny y yo nos pelearemos por cuidar de él.

—¿Qué pensarías si tu hijo viniera a casa con una mujer que es madre soltera? ¿Y si el niño fuera de otro hombre?

—Tus padres adoptaron a Albert. No creo que William tenga nada que objetar. —Candy ladeó la cabeza—. A no ser que tu novia esté casada.

—¿Qué? ¡No! Su ex novio la abandonó cuando se quedó embarazada. Somos amigos desde hace unos meses. —Se pasó los dedos por el pelo hasta que casi se le quedó de punta—. Me preocupa que mi padre no lo apruebe.

Ella señaló hacia el pesebre que habían colocado bajo el árbol de Navidad, en la habitación de al lado.

—A José y María les pasó algo parecido.

Anthony la miró como si se hubiera vuelto loca.

Luego, echándose a reír, acabó de prepararse un bocadillo relleno de las sobras de la comida.

—Bien visto, Candy. Lo tendré en cuenta.

Esa misma tarde, la familia se reunió alrededor del árbol para intercambiar regalos. Los Clark eran una familia generosa y había montones de obsequios, algunos serios, otros de broma.

Candy y su padre recibieron también su ración.

Cuando todo el mundo estaba mirando sus cosas y bebiendo ponche de huevo, Anny lanzó un último regalo al regazo de Albert.

—Éste ha llegado para ti esta mañana.

—¿Quién lo envía? —preguntó él, sorprendido.

—No lo sé.

Entonces miró a Candy ilusionado, pero ésta negó con la cabeza.

Ansioso por resolver el misterio, empezó a romper el envoltorio. Abrió la caja blanca que había debajo y apartó varias capas de papel de seda.

Antes de que nadie pudiera ver qué había dentro, lanzó la caja a un lado y se levantó de un salto. Sin decir nada, salió por la puerta trasera y cerró de un portazo.

—¿Qué ha pasado? —la voz de Anthony rompió el silencio.

Aaron, que había presenciado lo sucedido desde el pasillo, entró en el salón.

—Apuesto a que lo ha enviado su ex. Me juego lo que sea.

Candy se dirigió dando traspiés hasta la cocina y siguió a Albert fuera.

—¿Albert? ¡Albert! Espera.

Estaba nevando. Los copos de nieve, grandes y pesados, empezaban a cubrir la hierba y los árboles con un manto blanco y helado. Candy se estremeció.

—¡Albert!

Pero él desapareció en el bosque sin mirar atrás.

Ella aceleró el paso. Si lo perdía de vista tendría que regresar a la casa. No podía arriesgarse a perderse en el bosque sin abrigo. Ni sin mapa.

Empezó a sentir pánico al recordar su pesadilla recurrente en la que se perdía en el bosque, sola.

—¡Albert! ¡Espérame!

Adentrándose entre los árboles, lo vio. Se había detenido junto a un pino, pero le daba la espalda.

—Vuelve a casa —le ordenó él, con la voz tan fría como los copos de nieve.

—No pienso dejarte solo.

Dio varios pasos acercándose. Al oírla, Albert se volvió. Iba vestido con traje y corbata y llevaba unos zapatos italianos que no sobrevivirían a la experiencia.

Candy tropezó cuando uno de sus tacones se enganchó en una raíz, pero evitó la caída agarrándose al tronco de un árbol.

En un instante, él estaba a su lado.

—Vuelve a casa antes de que te hagas daño.

—No.

Con el pelo largo rizándosele sobre los hombros, los brazos cruzados sobre el pecho a causa del frío y la nieve empezando a cubrirle la cabeza y el vestido color ciruela, Candy parecía un ángel. Un ángel como los que uno ve en los cuentos de hadas o en las bolas de nieve de decoración. Los copos la rodeaban, saludándola como si fueran sus amigos.

Albert recordó cuando la había sorprendido en su despacho privado de la biblioteca y un montón de papeles habían volado por los aires a su alrededor.

—Preciosa.

La visión de su belleza lo distrajo momentáneamente y una nube de vapor salió de su boca al hablar.

Candy le ofreció la mano.

—Vuelve conmigo.

—Ella nunca va a dejarme en paz.

—¿Quién?

—Karen.

—Tiene que empezar una nueva vida, pero necesita ayuda.

—¿Ayuda? ¿Quieres que la ayude después de que se arrodillara en el suelo y tratara de bajarme los pantalones?

—¿Qué has dicho?

Albert apretó los dientes y se maldijo en silencio.

—Nada.

—¡No me mientas!

—Fue el último intento de una mujer desesperada.

—¿Te negaste?

—¡Por supuesto! ¿Por quién me tomas? —Sus ojos azules brillaban como hielo azulado.

—¿Te sorprendió?

—No —admitió él, tenso.

Candy apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas.

—¿Por qué?

Albert, que no tenía ningunas ganas de responder a esa pregunta, miró a su alrededor como buscando una vía de escape.

—¿Por qué no te sorprendió? —quiso saber ella, subiendo el tono de voz.

—Porque eso es lo que hace habitualmente.

—¿Lo que hace o lo que hacía?

—¿Qué diferencia hay?

—Si tengo que explicártela es que la cosa está peor de lo que pensaba —respondió Candy, entornando los ojos.

Él no quería responder. Su reticencia estaba escrita en sus ojos, en su cara, en su postura…

Sin amilanarse, ella le sostuvo la mirada.

Los ojos de Albert se clavaron en un punto lejano por encima del hombro de Candy antes de volver a mirarla.

—A veces se presentaba en casa y…

Ella sintió que se le revolvía el estómago y cerró los ojos con fuerza.

—Cuando te pregunté si Karen era tu amante, me contestaste que no.

—Nunca fue mi amante.

Candy abrió los ojos bruscamente.

—¡No me vengas con jueguecitos de palabras! Sobre todo con tus amiguitas.

Él apretó los dientes.

—No te rebajes, Candy.

Ella se echó a reír sin ganas.

—Claro, si te digo la verdad me estoy rebajando. Pero tú puedes mentir tranquilamente sin que pase nada.

—Nunca te he mentido sobre Karen.

—Oh, sí, lo hiciste. No me extraña que te enfadaras tanto cuando la llamé tu amiguita durante el seminario sobre Dante. Tenía razón. —Lo miró dolida—. ¿Estuviste con ella en tu cama? ¿En la cama que compartimos?

Albert bajó la vista.

Candy empezó a retroceder.

—Estoy tan furiosa contigo que no sé qué decir.

—Lo siento.

—No es suficiente. —Siguió alejándose—. ¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con ella?

Él la siguió, alargando la mano para sujetarla, por miedo a que se cayera de espaldas.

—¡No me toques! —exclamó Candy, mientras tropezaba.

Albert la agarró antes de que se cayera.

—Espera un momento, por favor. Dame al menos la oportunidad de explicarme.

Cuando vio que había recuperado el equilibrio, la soltó.

—Cuando te conocí, en setiembre, entre Karen y yo todo había terminado. No la había visto desde el mes de diciembre anterior, cuando fui a visitarla para decirle que teníamos que dejar de vernos definitivamente.

—Me hiciste creer que vuestra historia había acabado en Harvard. ¿Tienes idea del daño que me estás haciendo? ¿Tienes idea de lo idiota que me siento? Se planta en el salón de tus padres como si tuviera todo el derecho del mundo a estar allí, como si yo no fuese nadie. ¡No me extraña! Lleva años acostándose contigo.

Él movió los pies, incómodo.

—Sólo trataba de protegerte.

—Ve con cuidado, Albert. Ten mucho cuidado con lo que dices.

Él se quedó de piedra. Nunca la había oído usar ese tono de voz.

De repente, la posibilidad de perderla le pareció muy real. Era una idea aterradora y empezó a hablar a toda velocidad:

—Sólo nos veíamos una o dos veces al año. Como te he dicho, cuando tú y yo nos conocimos no la veía desde el diciembre anterior. —Se pasó las manos por el pelo—. ¿Esperabas que te hiciera un inventario de cada encuentro sexual que había tenido? Ya te dije que tenía un pasado. —Sosteniéndole la mirada, le tendió la mano con cautela—. ¿Recuerdas la noche en que te hablé de Maia?

—Sí.

—Me dijiste que merecía ser perdonado. Quería creerte, pero pensé que si te decía que de vez en cuando aún me veía con Karen, te perdería. —Se aclaró la garganta—: No quería hacerte daño.

—¿Me estás mintiendo ahora?

—No.

Ella lo miró, escéptica.

—¿La amas?

—Por supuesto que no.

Albert dio un paso hacia ella, pero Candy levantó una mano.

—¿Me estás diciendo que después de concebir una hija juntos y de acostarte con ella durante años no la quieres?

—No —respondió él, apretando los labios.

Vio que los ojos de Candy se llenaban de lágrimas y que ella se esforzaba por contenerlas. Su precioso rostro se contrajo de dolor y tristeza. Se le acercó un poco más y le puso su chaqueta sobre los hombros.

—Pillarás una pulmonía. Tienes que volver a la casa.

Agarrando la chaqueta por las solapas, Candy se la subió hasta la barbilla.

—Ella era la madre de Maia —susurró— y mira cómo la has tratado.

Albert se puso tenso.

«La madre de Maia».

Los dos permanecieron quietos, en silencio. La nieve había dejado de caer.

—¿Cuándo pensabas contármelo?

Él dudó. El corazón le latía desbocado. No sabía lo que iba a responder hasta que hubo pronunciado las palabras.

—No pensaba hacerlo.

Ella se volvió y echó a andar en la dirección donde le parecía que estaba la casa.

—¡Csndy, espera! —Albert la siguió y la agarró del brazo.

—¡Te he dicho que no me toques! —Retiró el brazo, furiosa.

—Me dijiste que no querías que te contara los detalles de cómo era antes de que nos conociéramos. Dijiste que me perdonabas.

—Y lo hice.

—Sabías que me dejaba llevar por la lujuria.

—No pensaba que hasta ese punto.

Él dio un paso atrás, herido.

—Supongo que me merezco tu desprecio —dijo, con un tono de voz tan frío como la temperatura—. Debí haber sido más claro.

—¿El regalo era de Karen?

—Sí.

—¿Qué era?

—Una ecografía —respondió Albert, abatido.

Candy inspiró hondo y el gélido aire invernal silbó al llenarle los pulmones.

—¿Por qué habrá hecho algo así?

—Ella da por hecho que nadie conoce la historia. Cree que la he mantenido en secreto tanto ante mi familia como ante ti. Ha sido su manera de vengarse.

—La utilizaste —dijo Candy, cuyos dientes habían empezado a castañetear—. No me extraña que no pueda pasar página. Le has dado migajas de afecto, como si fuera un perro. ¿Y a mí también me tratarás así?

—No. Nunca. Soy consciente de que la he tratado muy mal, pero eso no le da derecho a atacarte. Tú no tienes ninguna culpa.

—Me ocultaste información.

—Es cierto. ¿Podrás perdonarme?

Candy se frotó las manos en silencio.

—¿Alguna vez le has pedido a Karen que te perdone?

Él negó con la cabeza.

—Jugaste con sus sentimientos. Sé lo que se siente. Y eso me hace sentir compasión por ella.

—Te conocí a ti primero —susurró Albert.

—Eso no es excusa para tratarla con crueldad. —Candy tosió un poco. El aire helado le quemaba la garganta.

Él le apoyó una mano en el hombro.

—Por favor. Regresa a casa. Te estás enfriando.

Cuando se volvió para irse, él la detuvo, agarrándola de la mano.

—Sentí algo por ella, pero no era amor. Culpabilidad, lujuria, afecto, pero nunca fue amor.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Albert le rodeó la cintura con un brazo y la acercó a él.

—Resistiré el impulso de reaccionar inmediatamente a su provocación y me esforzaré al máximo para compensártelo. Tú eres la única persona que me importa. Siento mucho haberte hecho daño.

—Tal vez cambies de opinión.

Albert la abrazó con más fuerza y la miró con firmeza.

—Tú eres la única persona a la que he amado.

Al ver que Candy no respondía, echó a andar con ella de regreso a casa.

—Nunca te seré infiel, te lo juro. Y respecto a lo que Karen trató de hacer ayer… —Le apretó la cintura—. En otro tiempo tal vez me habría sentido tentado, pero eso fue antes de conocerte. Prefiero pasar el resto de mi vida bebiendo de tu amor que vaciando todos los océanos del mundo.

—Tus promesas pierden valor cuando no van acompañadas de honestidad. Te pregunté si era tu amante y te fuiste por las ramas.

Él hizo una mueca.

—Tienes razón, pero no volverá a pasar.

—Algún día te cansarás de mí. Y, cuando lo hagas, volverás a tus viejas costumbres.

Albert se detuvo y la miró de frente.

—Karen y yo tenemos una historia en común, pero nunca hemos sido compatibles. No nos convenimos el uno al otro.

Ella le devolvió la mirada, sin creer en sus palabras.

—Eché a andar en la oscuridad buscando algo mejor, algo real. Y te encontré a ti. No pienso perderte por nada del mundo.

Candy apartó la vista, mirando hacia donde creía que estaba el huerto de manzanos.

—Los hombres se cansan de todo en seguida.

—Sólo si son idiotas.

Albert la estaba mirando con el cejo fruncido y los ojos entornados de preocupación.

—¿Crees que William engañó a Pauna alguna vez? —preguntó él.

—Por supuesto que no.

—¿Por qué no?

—Porque es un buen hombre. Y porque la amaba.

—Yo no pretendo que creas que soy un buen hombre, pero te amo, Candy, y nunca te seré infiel.

Ella guardó silencio unos momentos.

—No creas que estoy tan herida por la vida que sería incapaz de negarte nada.

—Nunca lo he creído —replicó él, muy serio.

—Te lo advierto. Si vuelves a mentirme, será la última vez.

—No te mentiré. Te lo prometo.

Candy abrió los puños y respiró hondo.

—No volveré a dormir contigo en la cama que compartiste con ella.

—Cambiaré toda la habitación antes de que volvamos a Toronto. Venderé el jodido apartamento si eso es lo que quieres.

Candy hizo una mueca.

—No te he pedido que vendas el apartamento.

—Perdóname —susurró Albert—. Dame una oportunidad de demostrarte que puedes confiar en mí.

Ella titubeó.

Él aprovechó su indecisión para abrazarla y Candy aceptó su abrazo a regañadientes. Permanecieron inmóviles bajo el cielo invernal, mientras oscurecía rápidamente.

CONTINUARA