Lakewood parte ll
Candy había florecido en Lakewood, junto con el resto de las rosas de Anthony Brown.
Era inevitable no ver lo mucho que disfrutaba de Chicago y sus alrededores, de lo bien que la pasaba conversando con el personal de la mansión de Lakewood, después del segundo día se había presentado una mucama llamada Dorothy de la que Candy parecía muy amiga.
Ambas unas muchachas que reían mientras tarareaban rimas infantiles y jugaban con los hijos de los sirvientes, apenas y Dorothy se hacia tiempo para ello, a su rubia amiga Candy le gustaba meterse en la cocina y ayudar al personal que le decía que no se molestara en ello, pues a pesar de la ostentosa vida de sociedad de los Ardlay, la vida era simple y calmada a lado del patriarca Ardlay y su pupila.
Terry pudo apreciar lo apacible de las noches en vela, porque a pesar de su insomnio había algo que lo incitaba en el aire fresco cuando abría las puertas de cristal de su habitación de par en par mientras se sentaba en una silla con un libro de poesía que había tomado prestado de la biblioteca de los Ardlay.
Miraba abrumado hacia las copas de los arboles, las ramas meciéndose rebeldes contra el viento soplando algunas veces tranquilo, otras rebelde e ingobernable.
Se sumía en las sombras como alguien sin rostro en la oscuridad, con el cabello colgándole en la cara, pues aun hay cosas que le atemorizan mas que ser ridiculizado por aquel extraño, o ser lastimado.
Es curioso como ha estado solo prácticamente toda su vida, y después de conocer a Candy ya no cree poder soportarlo. A veces cuando sus ojos están hundidos con la mirada de la desesperanza piensa en lo mucho que esta echando a perder su vida.
No la suya, por supuesto.
La suya el la ha echado a perder desde que tiene memoria. Siempre ha sido un sin sentido de arrebatos que solo lo llevan a un montón de emociones que no quiere tener y que no puede controlar.
Lo desquicia tener todos esos sentimientos que parecen embargarle de manera doble que a la persona normal.
Es por eso que el es un caso perdido, siempre lo fue, vive con temor de
los pequeños momentos de felicidad que le son brindados, porque sabe que solo son pasajeros y en el momento en que quiera aferrarse a ellos se habrán ido en un abrir y cerrar de ojos.
No puede disfrutar la vida de la misma manera que lo hacen otras personas, ya no…
Pero, Candy, ella todavía es buena para la vida y la vida es buena para ella, solo le han bastado unas vacaciones en el sol para ponerse como una mariposa a revolotear en los jardines, ha reconocido esa misma mirada vivaz que encontró en ella las primeras ocasiones de conocerle.
Noches como esta, es inútil dejar de pensar. Acostarse solo en la cama envuelto en frazadas no hace absolutamente nada para mantener el cuerpo caliente.
Es curioso, de una manera triste, porque se fue de Inglaterra porque estaba cansado de no hacer y no hablar y no pensar, pero eso no era nada, nada, en comparación con tratar de no pensar en él por completo.
Como autómata se baja de la cama y se pone sus zapatos para ir de nuevo a la biblioteca, es media noche ya y probablemente todo estén dormidos plácidamente.
Ignora la bata de noche que Albert le ha prestado en caso de que tenga que salir a deambular en la madrugada por los pasillos, y solo sale con la ropa de dormir que usualmente usa, apenas un pantalón claro y una camisa de franela que han visto mejores días, de un pijama que le ha durado algunos años ya, sin mencionar que ahora le queda algo corta, a pesar de sus dieciocho años cumplidos las extremidades de Terry se han seguido alargando, probablemente llegue a ser tan alto como el duque pero es algo que carece de importancia para el muchacho.
Trata de no hacer mucho ruido por los pasillos, afortunadamente iluminados y cálidos, lo opuesto a los castillos que conoce, esos americanos…
Siempre persiguiendo la comodidad, le gusta eso, todo es nuevo con ellos, nuevo y fresco.
No hay mucho espacio para los recuerdos o para el montón de reliquias pasadas por generaciones.
Solo pintura fresca y bollos calientes, el polvo es invisible porque no existe.
Cuando Terry al fin llega a la biblioteca descubre la chimenea prendida y algunas lamparas iluminando el escritorio caoba donde otra persona al igual que el, se le ha adelantado.
— Te tomo algo de tiempo. — Escucha a alguien decir a sus espaldas.
El heredero Ardlay le mira de una manera que le desconcierta, Terry aun ve algo del Albert del zoo en el, su amigo, pero sabe que no ha conocido ni a la mitad de la persona que es,
No quiere implicar que sea una mala persona, puede ver lo gentil que es con Candy, la manera diferente en el trato que le da a comparación de los demás y lo sabe.
— Lo siento, no quería asustarte, a veces cuando no puedo dormir también vengo aquí.— explica el joven heredero con tono amable, mostrando un libro con el titulo de Historia de dos ciudades de Charles Dickens.
Terry asiente mirando hacia la puerta, pensando que tal vez debió tratar de dormir de una vez por todas para evitar este encuentro.
— Candy tiene el sueño muy pesado, lo se porque una vez cuando era niña y tuvo esa accidente en el arroyo se quedo a dormir bastante tiempo,— Menciona Albert, aun con el mismo tono amistoso en su voz.
— Si, ella duerme mucho.— Acepta el joven ingles optando por tomar asiento en uno de los sofás mas cercanos al escritorio, no es como que pueda dormir de todas maneras.
Ha decidido que después de todo no quiere ser descortés con William Albert Ardlay, no le puede evitar en toda su estancia en Lakewood y si quiere hablar de Candy el ya tiene bastantes historias para contar.
— Tiene algunos problemas para madrugar,— comenta pensativo, el muchacho mientras se remueve en el sofá — Pero Candy tiene algo que mucha gente carece, una vez que despierta no hay nadie que le siga el paso con ese animo, ella tiene mucha vida.
Albert achica un poco los ojos y asiente sin decir nada, en vez de eso se levanta de su asiento y va hacia el pequeño bar para servirse algo de beber sin ofrecer nada a su huésped.
El lo sabe.
Albert lo sabe, lo ha sabido desde que tuvo noticias de ellos, Albert Ardlay no es ingenuo, es el mayor en la familia y aunque nadie sepa muchas cosas de el, Albert Ardlay lleva una vida discreta.
Sus pasiones son tan privadas que seria muy difícil enterarse de algo.
Lo puede ver en Candy, en su rostro, su cuerpo, ya no es una niña.
Y Terry Grandchester ha sido el responsable.
No han llevado la mejor de las vidas juntos, es casi un hombre y esta arrastrando a su pupila con el. Por mucho tiempo ha tratado de tomar una postura neutral pero todo esto se le ha ido de las manos, y no quiere ver el final, no es esta la vida que el desea para Candy, la única persona con la que se a encariñado en estos últimos años mas de la cuenta. Candy es como su familia.
Puede ver que Terry tampoco esta bien, hay algo diferente en el desde que lo ha vuelto a ver. Y en otra ocasión se detendría para conversar sobre ello, pero esta vez es diferente.
Y debe hacer aun lado su rol de amigo pues Candy es mas importante en este momento.
— ¿Terry?
—- ¿Si?
La mirada afable en el rostro del rubio no le dice mucho, a pesar de parecer tener algo muy importante por decir, es tan noche que ninguno debería de estar conversando ya, es gracioso como no han cruzado palabras en todo el día, justo ahora.
—- Candy me ha comentado que ha estado mirando algunos cursos de enfermería, pero también se que últimamente han estado viajando por todo el pais con la obra de teatro.
Terry asintio. Por alguna razón sabia de que iba todo y como terminaría, lo ha sabido desde que han cruzado la verja de las rosas, desde que ha visto a su Candy danzar de felicidad al encuentro con su tutor… alguna vez simplemente conocido como Albert.
— Me gustaría que Candy tuviera una buena educación, ¿sabes? Ella aun es muy joven, ambos lo son…. No quisiera que perdiera la oportunidad que pocos chicos en su situación tienen.
Terry le mira y sonríe con dificultad.
— Yo le he dicho a Candy que tiene todo mi apoyo si eso es lo que quiere hacer.— menciona el castaño pareciendo muy de acuerdo incluso para la grata sorpresa de William Ardlay. — También si quiere quedarse aquí…
— Agradezco que tomes esa postura, siempre supe que eras un joven muy razonable…
Terry asiente sin expresión alguna, —- Lo he pensado mucho estos días, no estoy en posición de ofrecerle algo que sea bueno para ella. Creo que lo mas correcto seria que después de estas breves vacaciones ella se quedara con su familia adoptiva… Claro, si es que ustedes aun están de acuerdo.— menciono por ultimo el muchacho mientras le miraba como si supiera cada uno de sus pensamientos.
Y Albert estaba de acuerdo.
Terry Grandchester le había evitado muchos disgustos esa noche, incluso actos que iban en contra de sus propios principios, cosas que solo hubiese sido capaz de intentar en el nombre de Candy.
Muy propias de su tía Elroy y no quería convertirse en la matriarca.
Para Terry tanto la ira, la culpa y el horror se han extinguido y ahora está cansado, estas semanas estresantes lo están alcanzando ahora que finalmente está sentado quieto. Quiere irse a casa, acurrucarse debajo de una manta y llenarse de silencio.
¿Pero, para que?
¿Podra acostumbrase a la soledad nuevamente?
Albert parece complacido con la decisión, no puede ocultarlo, lo puede ver en sus ojos, que le corten la cabeza si no quiere soltar una sonora risa amarga, los ojos del patriarca cargados con insistencia por algo que ni siquiera ha tenido que intentar se tornan tranquilos, la tensión se ha cortado con una tijera invisible al momento que han mencionado el futuro de Candy.
—¿Quieres algo de beber? — Le pregunta el rubio con animo renovado que trata de ocultar, de repente William Albert Ardlay desea ser el mejor anfitrión que un huésped pudiera tener, un viejo amigo, y oh si, donde estarían sus modales si no le ofrece un trago a Terry Grandchester a mitad de la noche?
— No es necesario,— contesta el muchacho mirando el liquido ambarino que descansa sobre un vaso de whisky, por mas que le atraiga el licor, la bebida no hace mas que producirle malos recuerdos, y es el colmo porque en vez de refugiarse en ella para olvidar, desde ese día todo lo que puede hacer es tratar de mantenerse alerta. — Justo en este momento lo único que necesito es volver a la cama, gracias.
Albert asiente apenado. Mira su libro y su copa y después al muchacho mientras sale por la puerta de la biblioteca sin hacer mucho ruido como en un principio.
Se ha quedado con ganas de conversar con el mas joven, pues la que podría haber sido uno conversación hostil, se torno en un breve acuerdo del que no tuvo que ofertar nada, y si, ha ignorado los ojos tristes del muchacho al mencionar a Candy.
Su Candy.
Pero es lo mejor que puede hacer.
El dia en que visitan el hogar del Pony, Candy esta de lo mas alegre, y ni hablar de la enorme caja con juguetes que ha echado en el maletero del automóvil, no hace falta decir que se ve preciosa con su vestido nuevo de cuadros rojos, las diadema de flores que adornan su cabello y sus botines con ligero tacón.
Estos días en Lakewood han traído una alegría genuina en un su sonrisa, su tono animado en cada conversación y su propio aspecto, claramente Lakewood es bueno para Candy.
Los ojos de Albert brillan al mirar a su gentil pupila cuando la contempla entregar los presentes a los niños,
— Hermana Maria, señorita Pony.— las llama la rubia atolondrada.— También he traído unos obsequios para ustedes.— Dice la muchacha sacando dos cajitas envueltas en papel cafe.
Sus madres, como ella las llama, la abrazan y abren sus regalos algo avergonzadas.
Y no solo es Albert quien le observa, un pensativo Terry a su lado, también lo hace y es difícil. Es muy difícil mirar a Candy sabiendo que estas son las ultimas veces en que estará en su presencia.
Pero es lo mejor.
Su decision es definitiva, y tanto como le gustaría ignorar lo que es correcto, esta vez no puede.
El solo ver lo mucho que ella disfruta en compañía de esas personas, de los lugares, de sus propios recuerdos.
No quiere quitarle eso a Candy.
Quien en ese instante voltea a mirarlo, y deja todo votado para ir hacia el, cambia la sonrisa ancha por una mas discreta y le toma de la mano, invitándole a que los acompañe.
— Mira, Terry, te presento a Tommy.—- Dice la rubia con un niño de unos seis años que lo mira con curiosidad.
El niño, al igual que Terry, parece incomodo, pero mas que eso, parece asustado y triste, el joven ingles lo nota porque es la misma expresión que el ha llevado consigo desde que tenia la edad del infante, hay muchas maneras de ser huérfano después de todo.
Terry trata de interactuar con el niño sintiéndose algo torpe, pero Candy es tan animada y vivaz que llama la atención de un montón de chiquillos que de inmediato se les unen.
El muchacho le regala unos naipes a Tommy, quien aprieta los labios, suprimiendo una sonrisa tímida, después de ello, otros niños interesados en las cartas se acercan preguntándole al joven si los puede enseñar a jugar.
Terry parpadea dos veces y después asiente sin mas, en ese momento tiene a cinco niños sentados en circulo alrededor de el, incluyendo al mismo Tommy.
El hogar de Pony es justo como se lo había imaginado, repleto de niños risueños o tristes, todos con un mismo deseo.
Dos mujeres mayores al cuidado de ellos, dentro de una casa acogedora que si bien tienen sus carencias, tanto la señorita Pony como la hermana Maria se aseguran de que nunca falte nada.
Terry mira por la ventana, donde puede admirar la tan famosa colina de Pony de la que Candy le había hablado con nostalgia durante sus días en el San Pablo.
El imponente Padre árbol, y la sombra en abundancia que provee.
Afuera también se encuentra Candy tomada de las manos con algunos niños, todos escuchan divertidos el sonido de la gaita que Albert ha llevado al hogar, observa como el rubio les toca una melodía escocesa y de lo entretenidos que están todos, aplaudiéndole a ratos y meciendo sus cuerpos al son de la melodía.
— Hijo, ¿porque no sales un momento con el resto?— Le llama una voz a sus espaldas, es la señorita Pony, una mujer mayor con mirada amable y cuerpo regordete que carga una charola con vasos y limonada.—- Estamos muy contentas de que nos hayan visitado.
Sorprendido, Terry asiente, y obedece, como si de su propia madre se tratara.
Un ligero pensamiento cruza por su mente, lo agradable que seria tener una madre como la señorita Pony, que aun no teniendo mucho, al menos se preocuparía por el.
Apenas a unos pasos del resto pero sus zapatos pisando ya el pasto, se da cuenta que todo este tiempo solo ha buscado alguien que lo ame, que pueda suplir el vacío que le dejo su madre, alguien que lo quiera sin necesidad de estar ahi por un estupido titulo nobiliario o la cuantiosa herencia que le alcanzaría para 10 vidas y veinte familias.
Candy hizo lo mejor que pudo, pero como el resto de los chicos del hogar de pony, es casi una niña, y no quiere quitarle la alegría que ha vuelto a su rostro.
Con los últimos rayos de sol cayendo sobre su cara, Terry siente que las sombras lo están mirando. Riéndose de lo patético que es, escondiéndose aquí, y no haciendo frente a ese mundo extraño, grande y aterrorizante. Señalándole con dedos retorcidos y puntiagudos, burlándose del patético intento de encontrar algún consuelo en este lugar considerado por Candy como su pequeño pedazo de cielo. Ahora solo trae más dolor y oleadas de soledad que lo inundan y amenazan con ahogar a Terry. Su garganta se hincha dolorosamente, haciendo imposible tragar.
Sabía que Candy añoraba volver a Lakewood, al hogar de Pony, a Chicago, pero por algún motivo también esta esa sensación de traición . Y le hace enojar, enojar con Candy porque esta teniendo la audacia de dejarlo atrás después de hacer que Terry creyera en un futuro mejor, enojado consigo mismo por dejarse creer y por ser tan débil y, finalmente, enojado con el mundo mismo por hacer su vida tan miserable como es.
A donde quiera que Candy vaya, ella seguirá avanzando con su vida y es algo que envidia en ella y le molesta el hecho de como se ha vuelto tan dependiente de su compañía. Pero antes de que Terry conociera a Candy, había podido vivir perfectamente.
Solo que no logra recordarlo con precision.
Terry no necesita a nadie. No es débil, puede pelear sus propias batallas. Tal vez no hoy, pero algún día cuando haya superado todos sus miedos y complejos, cuando pueda mirar atrás sin sentirse tan afectado, cuando eso suceda, tal vez se puedan volver a encontrar. Luego, cuando demuestre su valía, volverán a enfrentarse al mundo juntos pero más fuertes que nunca.
Por ahora, es solo un muchacho tan roto por dentro que sera una verdadera hazaña tratar de pegar todos esos pequeños pedazos, y quien sabe, algunas veces Terry Grandchester siente que llego a la tierra estrellado.
Tal vez cuando logre juntar todas las piezas sera la mejor version de si mismo.
Los días habían pasado en un parpadeo y Candy vivía su ultima noche en Lakewood.
El viento estaba murmurando entre las hojas, un perro callejero ladrando a lo lejos. De alguna manera no se sentía triste de dejar Lakewood porque le daba la impresión que podría quedarse ahi por años sin que los años realmente pasaran, era difícil de explicar, el olor de las rosas de Anthony le provocaban una nostalgia inmensurable que trataba de disfrazar con una sonrisa.
Los recuerdos en Lakewood le producían una melancolía por mas dulce, las promesas de Albert, sus consejos, su compañía, era claro que no la quería lejos, al igual que Candy, Lakewood le hacia despertar muchos recuerdos, nadie la entendía mejor que el.
El estigma de su origen nunca le había importado.
Candy solo quería amor, unos padres…
La vida le había dado un hermano.
Una sensación extraña la invade, son las siete treinta de la noche y aun tiene que bajar para la cena, su ultima reunion los tres juntos, mañana muy temprano Terry y ella partirán de nuevo en un tren rumbo a Nueva York, para que Terry siga cumpliendo sus sueños.
Pero…
¿Que sueños tiene Candice White?
¿De verdad puede irse y echar en saco roto todas las propuestas de Albert como volver a entrar al colegio y hacer algo con ella misma.
Esta siendo una egoísta de nuevo.
Claro que puede irse, y eso es lo que hará, el problema es que ya no esta segura de querer seguir haciendolo, es mas que nunca cuando el anillo en su dedo anular se vuelve mas visible, como si le quemara.
Candy se decide por guardarlo esa noche en su valija, siempre lo lleva puesto pero solo sera una noche.
Se dice a si misma.
En la cena, Albert se ve de lo mas elegante y Terry con un modesto saco y pantalones a juego no se podría ver mas guapo.
Pero hay mucho silencio. La relación entre los tres es tan diferente a la ocasión del Zoo de Londres donde los tres se llevaban de maravilla, o al menos Albert y Terry.
La cocinera misma trae a ellos la sopa especial, nuevamente nadie habla.
Candy toma asiento frente a Terry, Albert por su parte esta a la cabecera.
Candy se siente atrapada, mirándose reflejada dentro de las pupilas de Terry, casi no le ha dirigido la palabra en toda su estadía en Lakewood y tiene miedo a preguntar. No sabe cuánto tiempo se miran el uno al otro, no lo ha notado pero el muchacho ha prestado atención a la desnudes de los dedos femeninos…
Por otro lado, tampoco es que Candy sea un idealista o una romántica desesperada. No está buscando una pareja perfecta, ni un alma gemela, ni nada, realmente, pero uno no puede pasar por la vida sin que sucedan cosas, sin que la gente aparezca de repente y parezca ser todo lo que siempre quisiste. Y luego ni siquiera se acerca a eso.
Candy se termina todo el alimento y pide mas, algo no muy propio de una señorita, pero sus acompañantes no son muy juiciosos, trata de ignorar esa sensación de incomodidad, cuando esta con ambos y se disculpa para retirarse cuando es evidente que ninguno de los tres quiere entablar una conversación.
Se siente apenada con Albert, mañana cuando se marche con Terry le retara por no ser mas atento, aunque probablemente no lo haga pues seguramente como siempre, solo piensa en el teatro.
Solo se va a la cama cuando ya se ha cambiado a su bata de algodón, se mete entre las sabanas frescas y crujientes, tienen un reconfortante olor a lavanda debido a que la misma Dorothy se ha asegurado de dejar en un ramillete muy cerca de las almohadas.
Se dispone a dormir, el colchón apenas se hunde con su peso y sabe que sera una noche larga para pensar.
En sus sueños, es Candy quien saca a Terry del borde y lo ama a la perfección y le enseña a amar de nuevo. En sus sueños, él es perfecto y ayuda a Terry a ser el mismo, y ninguna de las cicatrices de Terry, tanto físicas como emocionales, puede estropear los hermosos cielos azules de su amor.
Pero es un pensamiento estupido, el amor no es así, la vida no es así, apenas tiene dieciséis años pero la rubia vive con rapidez.
Conoce el abandono y es por eso que se queda.
Cuando Candy despierta, al principio no está muy segura de por qué su corazón está martilleando en su pecho. Le lleva un segundo orientarse, sacudiéndose el sueño con los ojos muy abiertos mientras los sonidos de un carruaje alistándose afuera la hacen mirar curiosa por la ventana.
Estan listos para partir.
Es Terry, dejándola…
Candy no entiende lo que ve, aun no es hora de partir y tal pareciera como si se quisiera marchar sin ella…
Cerca de la puerta hay una carta en el piso y Candy tiene un mal presentimiento, la letra en el sobre es de Terry, y es una sencilla nota de despedida.
Candy frunce el entrecejo y la lee dos veces, hasta que se da cuenta que solo esta perdiendo el tiempo, descalza, sale de su habitación y corre hacia las escaleras, tal vez le puede alcanzar y preguntarle de que se trata todo esto, pero cuando llega ya es demasiado tarde, el carruaje es solo un punto en la distancia y Candy se queda sin aliento, sus ojos están vidriosos y si, no sabe que sentir.
Al final no han podido derribar la distancia invisible que los separo, al final la distancia gano.
Gracias a todas por leer y por su paciencia.
Me he releido sus reviews y en este fic no habra cambio de galan porque no se trata de ningun "galan", creo que se trata mas de Terry, pero tampoco lo vean como un galan, es solo un muchacho con algunos problemillas.
No recomiendo buscar galanes aquí porque no los encotraran
El angst va a seguir a todo lo que da, perdon.
Esto se termina en en el 45, que ni he escrito…
Que maS?
Ya se que nunca las felicite pero feliz año nuevo!
Chicas, perdonen si no comento nada de sus reviews, creanme que los lei, y todavia los sigo leyendo aunque ya lo haya hecho.
Es solo que me paso algo muy feo en estos dias, me asaltaron y mmm, no me siento muy bien, fue algo violento, todas las que viven en paises de latinoamerica cuidense mucho, la cosa esta muy fea.
Agradeceria si me comentan sobre el fic y no sobre esto, no entro en detalles porque no me quiero acordar, es algo que no olvidare en mucho tiempo.
Por favor comenten que les parecio el capitulo, un review de ustedes pone una sonrisa en mi cara.
