Marinette abrió lentamente los ojos. El sol de la mañana se colaba por las ventanas y jugueteaba con el cabello rubio de Adrián, que dormía profundamente a su lado, arrancándole reflejos dorados. Marinette sonrió, pensando que se trataba de un sueño. Entonces recordó de golpe todo lo que había pasado el día anterior y se despejó del todo.
Estuvo a punto de lanzar una exclamación de sorpresa, pero Adrián dormía tan plácidamente que ella se relajó casi al instante. Sonrió de nuevo, volvió a apoyar la cabeza en la almohada y se quedó contemplándolo, disfrutando del momento. Todavía le parecía extraño y maravilloso que el chico perfecto del que se había enamorado perdidamente... hubiese resultado ser también su mejor amigo, su compañero de aventuras, la persona en quien más confiaba. "¿Cómo puedo ser tan afortunada?", se preguntó. Se le encogió el corazón al pensar que quizá lo olvidaría por completo unas horas más tarde. Le parecía impensable. Lo amaba tantísimo que no podía concebir la idea de que su universo siguiera existiendo sin él, sin el recuerdo de todo lo que habían pasado juntos.
De modo que siguió mirándolo, tratando de grabar sus rasgos a fuego en su memoria, para que ni toda la magia de los prodigios fuese capaz de borrarlos jamás.
Se dio cuenta de que tenía el pelo un poco revuelto, aunque no tan salvaje como cuando estaba transformado en Cat Noir. Le pareció curioso, como si se hubiese quedado atrapado entre ambas identidades. Alargó la mano hacia él, sin saber muy bien qué era lo que pretendía hacer: si revolverle más el cabello para que volviese a ser Cat Noir, o peinárselo con los dedos hasta dejarlo tan pulcro como solía llevarlo Adrián.
Acabó acariciándole la mejilla con suavidad, aún maravillada de que él estuviese a su lado, de que fuese real.
Adrián abrió los ojos y la miró, medio dormido. Sus iris también parecían una combinación de ambas personalidades; quizá fuera porque estaba de espaldas a la luz, pero ahora eran de un verde un poco más oscuro, más similares a los de Cat Noir, aunque sin las pupilas verticales propias de su disfraz felino. Con todo, a Marinette le pareció hermoso; y, cuando él le sonrió, se quedó sin aliento.
–Buenos días –murmuró.
Marinette sonrió también.
–Buenos días. Lo siento, no quería despertarte.
Adrián cerró los ojos un momento para disfrutar de la caricia.
–No pasa nada –dijo–. Me gusta que me despiertes tú.
Marinette se ruborizó un poco.
–¿Has dormido bien? –le preguntó.
–Demasiado bien, teniendo en cuenta todas las cosas que tengo en la cabeza –respondió él, frunciendo un poco el ceño.
Marinette asintió, pensativa.
–Sé a qué te refieres. A mí me pasa igual.
Se miraron a los ojos un momento y volvieron a sonreír.
–Me gusta verte con el pelo suelto –comentó él.
Ella se colocó un mechón detrás de la oreja, un poco cohibida, sin saber qué decir.
–Y llevas ropa de calle todavía –añadió Adrián, sonriendo ampliamente.
–Sí, es verdad. Anoche estaba tan cansada que ni siquiera pensé en cambiarme. ¿Por qué te ríes? –preguntó desconcertada.
–Porque me estoy acordando del día en que escapamos de mis fans para ir al cine –respondió él–, y tú ibas en pijama y yo llevaba ropa de calle. Y ahora es al contrario.
–Bueno, tú llevas pijama para dormir y ropa de calle para salir, y es lo correcto. Soy yo la que parece hacer las cosas al revés –se lamentó Marinette, mortificada.
Adrián sonrió y le acarició la mejilla con cariño.
–Me encanta que seas así –le confesó–. Siempre sorprendente.
Marinette se ruborizó de nuevo. Adrián se movió un poco para colocarse bocarriba y la invitó a acomodarse entre sus brazos. Ella lo hizo de buena gana, apoyando la cabeza en su hombro con un suspiro de satisfacción.
–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó sin embargo–. Me encantaría estar así todo el día contigo, pero... tenemos muchas cosas en qué pensar.
Lo cierto era que, aunque se sentía mucho más descansada e incluso moderadamente optimista, aún no sabía por dónde empezar a afrontar todo lo que tenía por delante.
–Me he escapado de casa –dijo entonces Adrián inesperadamente, como si acabara de darse cuenta.
Marinette alzó la cabeza para mirarlo.
–¿Crees que... tu padre te estará buscando? ¿Te habrá llamado?
–Me dejé el móvil en mi habitación, así que no le habrá servido de nada. –Frunció el ceño–. Si de verdad es Lepidóptero...
Ella entendió lo que quería decir. Alargó la mano hacia su teléfono, que había mantenido encendido toda la noche, y echó un vistazo a las notificaciones.
–Nada –informó–. No ha habido ninguna alerta akuma.
–Hum –murmuró Adrián, pensativo.
–No sé qué hacer ahora –confesó Marinette–. Ayer me pareció buena idea sacarte de casa, pero tendrás que ir a alguna parte, y si te quedas aquí mis padres acabarán por darse cuenta y se lo dirán al tuyo. Además, esta noche tengo que presentarme a la Prueba del Guardián, y si no la supero lo olvidaré todo, y no podré ayudarte contra Lepidóptero, o sea, contra tu padre... porque aunque dejes de ser Cat Noir, él sigue siendo tu padre, y querrá recuperarte.
Adrián no respondió. Una sombra de preocupación había nublado su expresión, y Marinette lamentó que hubiesen acabado los buenos momentos. Pero no podían quedarse haciendo el vago todo el día.
–¿Piensas que Nathalie podría ser Mayura? –le preguntó.
–No estoy seguro, pero creo que sí –respondió el chico–. Ella sabe lo de mi padre, y me pareció que colabora con él de buena gana Además... –añadió, dándose cuenta en ese instante–, ha estado enferma últimamente, y Mayura...
–Mayura también –completó Marinette al evocar su último encuentro–. Pero... ¿por qué lo hacen? –preguntó tras una pausa–. ¿Para qué quieren los prodigios?
–Nathalie lo hace por amor, creo –le contó Adrián–. Hace tiempo que he notado que siente algo por mi padre, pero él... en fin, él no puede olvidar a mi madre. –Se volvió para mirarla, preocupado–. Y creo que por eso quiere los prodigios. Es posible que quiera recuperarla.
Marinette le devolvió la mirada, sorprendida.
–Pero... pero tu madre... –empezó.
No se atrevió a preguntar más. Aunque Adrián había mencionado el tema en varias ocasiones, ella nunca había llegado a saber qué le había sucedido a la señora Agreste. Había desaparecido, se había marchado... o quizá había caído enferma y no lo había superado. Marinette estaba al tanto de que los Agreste habían pasado por un período de luto un par de años atrás, pero no tenía claro si la madre de Adrián había fallecido o, simplemente, la habían dado por muerta al no tener noticias de ella. Nunca había querido indagar al respecto, porque sabía que era un asunto muy doloroso para él.
Pero, si era cierto que Gabriel Agreste era Lepidóptero... empezaba a comprender por qué Adrián podía llegar a ser tan vulnerable a su influencia. Y empezaba a sospechar que quizá la semilla de Cat Blanc no había tenido tanto que ver con su relación, después de todo.
–Has hecho bien en renunciar al anillo –dijo–. No deberías enfrentarte a él.
Adrián suspiró y giró la cabeza para contemplar el techo, pensativo.
–No sé qué decirte. Sabiendo lo que sé ahora, tengo aún más ganas de luchar contra él y derrotarlo.
–Pero es... tu padre.
–Sí, lo sé, pero de alguna manera tengo la esperanza de que si... si le arrebatamos el prodigio de la mariposa... si recuperamos el del pavo real, también..., si ya no tiene la posibilidad de seguir aterrorizando a París..., puede que vuelva a ser el de antes.
–¿Tú crees? –preguntó ella, dudosa–. Él no es una víctima que haya que desakumatizar. El prodigio de la mariposa no es malvado. No ejerce una mala influencia sobre sus portadores. Si se utiliza para fines malvados, en fin... se debe a que la persona que lo posee lo ha querido así. –Adrián no dijo nada, y Marinette continuó, inquieta–: Además... nada volverá a ser como antes porque él tendría que... responder ante las autoridades.
–Lo sé –murmuró Adrián con voz apagada–. Lo sé, olvida lo que he dicho. Era una tontería.
La voz de Cat Blanc resonó de nuevo en la memoria de Marinette: "Mi deseo sería arreglarlo todo... para que podamos estar juntos otra vez". Sacudió la cabeza y una garra helada le oprimió el corazón. La imagen que Bunnyx emergiendo de su madriguera para decirle que el futuro estaba en peligro no se le iba de la cabeza.
Respiró hondo, tratando de calmarse.
–El anillo está bien donde está –declaró con firmeza–. Si estamos juntos, nos queremos y sabemos nuestras identidades, y aún así parece que no hemos provocado el fin del mundo... la clave tiene que estar en el anillo. En que ya no seas Cat Noir.
Adrián frunció el ceño, pensativo.
–Pero Bunnyx... –empezó, y se calló, reflexionando sobre alguna cuestión importante–. Pero no puede ser –exclamó al fin, incorporándose con brusquedad.
Marinette alzó la cabeza hacia él, extrañada.
–¿Qué es lo que no puede ser?
–Bunnyx está protegiendo el curso de los acontecimientos, ¿verdad? Las cosas tienen que suceder de una manera determinada para que todo lleve hasta el futuro del que ella procede, ¿correcto?
–Correcto –asintió Marinette, sin comprender a dónde quería ir a parar.
–Pero en su futuro –prosiguió Adrián, cada vez más excitado–, en el futuro del que vinieron ella y Timetagger... nosotros seguimos siendo Ladybug y Cat Noir.
Marinette calló, sorprendida ante aquella revelación.
–No sé si estaremos juntos –añadió él–, pero seremos tú y yo. Bunnyx dijo que destruiré su prodigio, y seré yo y no otro Cat Noir. Y en cuanto a ti... –Tomó aire–. ¿Recuerdas lo que dijo de ti? Que serás una gran heroína, la líder de los héroes de París. –La miró, sonriéndole con profundo afecto–. No vas a perder la memoria, Marinette. Seguirás siendo Ladybug.
Ella se quedó sin habla y le devolvió la mirada con los ojos muy abiertos.
–No voy a... perder... la memoria –balbuceó.
–No, bichito –respondió él.
Marinette se lanzó a sus brazos, emocionada, y él la estrechó de buena gana. Sin embargo, ella aún no se atrevía a creerse del todo que de verdad existiera un rayo de esperanza.
–Pero en el futuro... seguiremos luchando contra Lepidóptero... –objetó.
–Será otro Lepidóptero, lo dijo Timetagger –le recordó Adrián–. Y eso significa... que mi padre ya no tendrá el prodigio de la mariposa. Que lo venceremos. Y que después ya no tendremos que luchar contra él.
Marinette iba a decir que probablemente también significaba que no recuperarían el prodigio de la mariposa, o que sí que lo harían, pero lo perderían de nuevo a manos de otro villano. Pero Adrián estaba radiante, y ella comprendió que para él era importante saber que podría seguir siendo Cat Noir, que su lady estaría a su lado, y que no tendría que seguir enfrentándose a su propio padre. ¿Qué más daba si había otro Lepidóptero? Para Adrián, lo que contaba era que no sería Gabriel Agreste.
–Eso significa que vamos a vencerlo –dijo ella, y él asintió, sonriendo.
–Tú y yo contra el mundo entero –le recordó.
Se inclinó para besarla, y ella respondió de buena gana. Compartieron un beso dulce y tierno, repleto de esperanza por primera vez en mucho tiempo.
En ese momento alguien golpeó la trampilla, sobresaltándolos.
–Marinette, ¿estás despierta? –preguntó la señora Cheng desde fuera–. Me ha parecido oír tu voz.
–¡Sí, mamá! –exclamó ella.
Su madre intentó abrir la trampilla, pero el candado se lo impidió. Los dos la oyeron refunfuñar desde la escalera.
–Vaya, ha vuelto a atascarse...
–¡Ya voy, mamá! –gritó Marinette–. Escóndete –le dijo a Adrián en un susurro, echándole la manta por encima de la cabeza.
Pero sonreía, y había una nueva luz en su mirada que hizo que a él se le acelerara el corazón.
Se ocultó como Marinette le había dicho, mientras ella bajaba a toda prisa por las escaleras, retiraba el candado de la trampilla y la abría de un tirón.
–¡Buf, sí que es verdad que se atasca! –disimuló–. Pero no te preocupes, mamá, desde dentro se puede abrir sin problemas.
–No sé... –murmuró ella, no muy convencida; la miró de arriba abajo–. Tienes mucho mejor aspecto, Marinette. ¿Ya no te duele el estómago?
–No, ya estoy mucho mejor –respondió ella–. Necesitaba descansar.
–Bueno, desayuna ligero, por si acaso. Y tómate una infusión de jengibre, te sentará bien. –Marinette asintió–. Bajo a la panadería, ¿vale? Si necesitas cualquier cosa, llámame. Ah, por cierto –añadió antes de marcharse–, anoche llamó Alya preguntando por ti...
–Sí, había apagado el teléfono porque quería dormir, pero ya hablé con ella luego y le expliqué que estaba enferma.
Sabine sonrió.
–Me alegro de que te encuentres mejor. Descansa el resto del día si lo necesitas.
Se despidió de Marinette y volvió a cerrar la trampilla. Ella esperó hasta que oyó el sonido de la puerta del piso al cerrarse. Entonces volvió a colocar el candado, subió las escaleras hasta su cama y gateó hasta donde la esperaba a Adrián, que había salido ya de su escondite bajo la manta.
–¿Qué hacemos ahora? –le preguntó el chico.
Marinette se quedó mirándolo. Él la contemplaba expectante y lleno de fe en ella, como solía hacer cuando aguardaba a que Ladybug concibiera uno de sus excéntricos planes. Ahora sí tenía el pelo completamente revuelto, y le recordó más que nunca a Cat Noir. Pero eso solo hizo que aumentara el amor que sentía hacia él.
Le sonrió.
–¿Ahora? –repitió–. Ahora ha llegado el momento de que el superdúo se ponga por fin en acción.
Él le devolvió la sonrisa.
–No esperaba menos de ti, milady.
NOTA: ¡Sorpresa! Esperaba publicar este capítulo mañana, pero lo tenía muy avanzado y me pareció apropiado subirlo precisamente hoy ;). ¡Feliz San Valentín! Espero que hayáis disfrutado de este pedacito de amor, luz y esperanza. ¡El día lo merece!
NOTA 2: El mundo de la Bunnyx adulta en la serie tiene más pinta de ser un futuro en el que ellos dos TODAVÍA no están juntos porque TODAVÍA no han descubierto sus identidades, pero si tengo que retorcer el canon para que no tengan que pasar años sufriendo absurdamente por esta razón, juro por todos los prodigios que lo haré.
