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CAPITULO 47
El profesor Giuseppe Pacciani no era un hombre virtuoso, pero era listo. No creyó a Eliza Leagan cuando ésta le dijo que estaría encantada de verse con él para algo más que palabras. Y para asegurarse de que el encuentro acababa produciéndose de manera satisfactoria, se guardó el nombre de la fidanzata canadiense del profesor Ardley, prometiendo revelárselo cuando se vieran en Madrid, en febrero.
Eliza, que no quería acostarse con él ni tener que esperar tanto para obtener la información, no le respondió. Cambiando de táctica, buscó otra manera de lograr su objetivo.
Era evidente que estaba celosa y que los celos eran la razón que la impulsaba a buscar el nombre de la mujer que había triunfado donde ella había fracasado (inexplicablemente), logrando el interés del profesor. Hacía tiempo que sospechaba de una rubia de ojos verdes grandes y mirada inocente, concretamente desde que el profesor Ardley había discutido a gritos con ella en mitad de un seminario, por culpa de una amante llamada Karen.
Aunque también sentía una gran curiosidad por saber si los rumores que lo vinculaban con la profesora Singer y sus secretos no tan secretos eran ciertos. Cuando él le había dado dos besos a la profesora al acabar la conferencia, muchas lenguas se habían puesto en movimiento, la de Eliza entre ellas.
Tal vez Giuseppe se equivocaba. Tal vez lo que Albert Ardley tenía no era una fidanzata, sino una amante.
Tratando de resolver ese misterio tan jugoso, Eliza se puso en contacto con un antiguo amor de Florencia que escribía en el periódico La Nazione, pidiéndole cualquier tipo de información sobre la vida personal del profesor. Mientras esperaba la respuesta, se centraría en una fuente de información más cercana. En Lobby todos los secretos dejaban de serlo tarde o temprano.
La prolongada ausencia del profesor Ardley se remontaba a la noche en que ella había tratado de seducirlo. Por tanto, razonó, la relación con su prometida debió de empezar en esa época. Antes de entonces, él no había tenido tantos miramientos sobre con quién se enrollaba.
Tal vez ya había tenido encuentros esporádicos con su novia antes de esa fatídica noche. Era muy posible que la relación no fuera tan monógama como Eliza creía y que el profesor la alternara con otras relaciones. Aunque suponía que si una de éstas fuera oficial, le habrían llegado más rumores.
(Al fin y al cabo, Toronto no dejaba de ser una ciudad pequeña en muchos aspectos).
El camino que seguir estaba claro. Era muy probable que el profesor Ardley y su novia hubieran ido alguna noche a Lobby durante el semestre anterior, ya que el local era el lugar favorito de él. Sólo tenía que encontrar a alguien que trabajara allí e interrogarlo hasta obtener la información que necesitaba.
Un sábado por la noche, a última hora, Eliza se dedicó a acosar al personal de Lobby, en busca del eslabón más débil. Sentada en el bar, ignoró por completo a la alta y morrna americana que tenía al lado, sin saber que ésta acababa de llegar de Harrisburg con el mismo objetivo que ella.
Eliza hizo una mueca de disgusto cuando la mujer sacó su iPhone del bolso y empezó a hablar a gritos con un maître llamado Antonio.
A medida que avanzaba la noche, fue descartando candidatos. Ethan tenía novia formal, más de un barman era gay y casi todas las camareras eran mujeres. Sólo le quedaba Lucas.
Éste era un informático un poco friki (dicho sin ánimo de ofender) que ayudaba a Ethan con la seguridad del club. Tenía acceso a las grabaciones de las cámaras de seguridad y estuvo encantado de quedar con ella a una hora en que el club estaba cerrado para revisar los CD desde setiembre de 2009.
Ésa fue la razón de que Eliza se encontrara un domingo por la mañana en el servicio de mujeres, con Lucas embistiendo entre sus piernas, en vez de estar en la iglesia.
Albert y Candy regresaron a Toronto el 1 de enero, bastante más tarde de lo planeado. Pasaron por el apartamento de Candy para dejar algunas cosas y coger algo de ropa. O eso al menos era lo que pensaba Albert mientras el taxi los esperaba a la puerta del edificio y él aguardaba en el frío y poco acogedor apartamento a que ella preparara su bolsa.
Pero no lo hizo.
—Ésta es mi casa, Albert. Llevo tres semanas fuera. Tengo que poner lavadoras y empezar a trabajar en la tesis. Las clases empiezan el lunes.
La expresión de él se ensombreció rápidamente.
—Sí, soy muy consciente de cuándo empiezan las clases —replicó secamente—, pero este apartamento está helado. No tienes nada de comer y no quiero dormir sin ti. Ven a casa conmigo y vuelve mañana por la mañana.
—No quiero ir a casa contigo.
—Te dije que haría cambiar los muebles del dormitorio y lo he hecho. No sólo la cama, todos los muebles son nuevos. —Haciendo una mueca, añadió—: Incluso he hecho pintar las paredes.
—No estoy preparada. —Y dándole la espalda, empezó a deshacer la maleta.
Al ver que no pensaba cambiar de opinión, él se marchó del apartamento dando un portazo.
Candy suspiró.
Sabía que Albert lo intentaba, pero los secretos que había descubierto recientemente habían erosionado mucho su autoestima. Una autoestima que había empezado a recuperar en Italia.
Candy era consciente de que la culpa de que tuviera tanto miedo a perderlo era del divorcio de sus padres y de la traición de Neall. Pero una cosa era saberlo y otra que dejara de afectarla. Por mucho que lo intentara, era incapaz de creer que Albert no se cansaría de ella con el tiempo.
Estaba a punto de cerrar la puerta con llave, cuando él regresó, maleta en mano.
—¿Qué quieres? —preguntó ella.
—Darte calor.
Y dejando la maleta en el suelo, se encerró en el baño. Minutos más tarde, volvió a salir, con la camisa desabrochada y fuera de los pantalones, refunfuñando algo sobre que había arreglado el jodido calefactor.
—¿Por qué has vuelto?
—Ya sabes que me cuesta dormir sin ti. De hecho, estoy tentado de vender el maldito piso y todos los muebles y comprar uno nuevo.
Negando con la cabeza, se quitó la ropa sin ceremonias.
Mientras Candy usaba el baño, él se entretuvo mirando algunas de las cosas que ella había dejado en la mesita auxiliar: el álbum con las reproducciones de Botticelli que le había regalado por su cumpleaños, una vela grande, una caja de cerillas y las fotos que él le había hecho.
Mientras las miraba, se excitó. Ella le había dicho que quería posar para él. Deseaba que la fotografiara. Un mes atrás, eso le habría parecido imposible. Se había mostrado tan tímida, tan nerviosa…
Recordó su expresión cuando la había llevado a su casa después de aquella horrible discusión en la universidad. Pensar en sus ojos verdes, grandes y aterrorizados, y en cómo había temblado bajo sus manos, hizo disminuir su erección. No se la merecía. Y lo sabía. Era sólo la baja autoestima de Candy la que le impedía darse a ella cuenta de la verdad.
Siguió mirando las fotos hasta llegar a una de Candy de perfil.
Albert le apoyaba una mano en el hombro, mientras le retiraba el pelo del cuello con la otra para darle un suave beso.
Ella no sabía que él tenía una copia ampliada de esa foto guardada en el armario del dormitorio. No se había atrevido a colgarla antes por miedo a su reacción. Cuando volviera a casa, sería lo primero que haría.
Esa idea alimentó de nuevo su deseo. Encendió la vela y apagó la luz. Un resplandor romántico se extendió por la habitación justo cuando Candy salía del baño.
Albert se sentó en la cama, completamente desnudo. Ella, en cambio, llevaba en la mano un pijama de franela con patitos de goma estampados.
—¿Qué haces? —le preguntó él, sin disimular su disgusto.
—Me preparo para dormir.
—Ven aquí. —La atrapó con la mirada.
Candy se acercó a él lentamente.
Arrebatándole el pijama de las manos, lo lanzó a la otra punta de la habitación.
—No necesitas pijama. No necesitas ponerte nada.
Ella se desnudó lentamente, dejando la ropa sobre una silla plegable. Cuando se acercó a la cama, Albert la detuvo poniéndole una mano sobre la cabeza, casi como si la estuviera bendiciendo.
Entonces empezó a acariciarla desde el pelo, pasando por las cejas y los pómulos, encendiendo su deseo con la intensidad de su mirada.
Había algo del antiguo profesor Ardley tras aquellos ojos, algo primario y sexual. Cuando Candy cerró los suyos un instante, las manos de Albert, que ya le habían bajado hasta el cuello, le sujetaron la cara.
—Abre los ojos.
Al obedecer, se asustó un poco al ver el hambre en su mirada. Era un león acosando a su presa, ansioso por alimentarse. Sabía que no quería asustarla, pero se sintió indefensa ante su propio deseo de él.
—¿Has echado de menos tocarme así? —le preguntó Albert, con un ardiente susurro.
Candy respondió que sí con la voz ronca de excitación. El pecho de él se hinchó de orgullo.
Recorrió el camino desde su cara hasta sus rodillas lentamente, pero Albert parecía disfrutar de cada centímetro, deteniéndose en varios puntos. Su tacto era ligero, pero lleno de ardor. A pesar del frío de la habitación, Candy sentía calor por donde pasaban sus manos. Pero en cuanto se acordó de lo fría que estaba la habitación, se estremeció.
Albert se interrumpió inmediatamente y se echó a un lado para que se metiera en la cama, del lado de la pared. Presionó su pecho contra la espalda de ella y los cubrió a los dos con el edredón lila.
—He echado mucho de menos hacerte el amor. Era como si me faltara algo esencial.
—Yo también te he echado de menos.
Albert sonrió aliviado.
—Me alegro mucho de oírte decir eso. Ha sido una tortura pasar una semana sin poderte tocar así.
—Ha sido una tortura pasar una semana sin que me tocaras así.
El deseo que oyó en su voz le encendió la sangre, y la abrazó con más fuerza.
—Los abrazos y los mimos también forman parte de hacer el amor.
—Nunca me habría imaginado que fuera usted un mimoso, profesor Ardley.
Él le mordisqueó el cuello, succionándolo muy ligeramente.
—Me he convertido en un montón de cosas desde que me aceptaste como tu amante. —Acercando la cara a su pelo, aspiró su aroma a rosas—. A veces me pregunto si te das cuenta de lo mucho que me has hecho cambiar. Es casi milagroso.
—Yo no hago milagros. Pero te quiero.
—Y yo te quiero a ti.
Entonces, Albert permaneció inmóvil unos instantes, lo que sorprendió a Candy, que había esperado que empezara a hacerle el amor inmediatamente.
—Al final no me contaste lo que pasó en el restaurante Kinfolks la víspera de Navidad —dijo él, tratando de sonar despreocupado. No quería que pensara que se lo estaba reprochando.
Con la esperanza de acabar pronto la conversación y poder pasar a otras actividades más placenteras, Candy le contó el altercado con Natalie, obviando la parte en que ésta se había burlado de sus habilidades sexuales delante de todo el mundo. Albert la tumbó de espaldas para verle la cara.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Ya no podías hacer nada.
—Te quiero, ¡maldita sea! ¿Por qué no me lo contaste?
—Cuando entramos en casa, Karen te estaba esperando.
Él frunció el cejo, pero se calmó.
—De acuerdo. Así que amenazaste a tu antigua compañera de habitación con llevar el tema a la prensa.
—Sí.
—¿Crees que te tomó en serio?
—Quiere salir de Selinsgrove más que nada en el mundo. Quiere ser la novia oficial de Neall y acudir a actos políticos cogida de su brazo. No hará nada que ponga en peligro sus posibilidades de conseguirlo.
—¿No ha logrado todo eso todavía?
—No. Llevan su relación en secreto por deseo de Neall. Por eso tardé tanto en darme cuenta de que se la estaba tirando.
Albert se estremeció. Candy no solía hablar así. Cuando lo hacía, era que estaba más disgustada de lo que parecía.
—Mírame —le dijo él, apoyando los brazos a cada lado de sus hombros.
Ella lo miró a los ojos y Albert le devolvió una mirada preocupada.
—Siento que Neall te hiciera daño. Y siento no haberle pegado más fuerte cuando tuve la ocasión. Pero no puedo decir que sienta que se liara con tu compañera. De no haberlo hecho, ahora no estarías conmigo.
La besó, acariciándole el cuello hasta que ella suspiró, satisfecha, en su boca.
—Eres mi hojita. Mi preciosa y triste hojita y yo quiero verte fuerte y feliz. Siento mucho las lágrimas que has derramado por mi culpa. Espero que algún día puedas perdonarme.
Candy lo abrazó con fuerza y ocultó la cara en su hombro. Luego lo exploró con sus manos hasta que sus cuerpos se fundieron en uno solo. El silencio del diminuto estudio se llenó con el sonido de los apagados jadeos de ambos y con los gemidos de Candy, que iban aumentando de intensidad.
Era un lenguaje sutil, el lenguaje de los amantes. Los suspiros se respondían con más suspiros o con gruñidos. La excitación de uno crecía y se alimentaba de la excitación del otro hasta que los gruñidos se convertían en gritos y, más adelante, otra vez en suspiros. El cuerpo de Albert la cubría por completo, llenándola de las sensaciones de su peso, su sudor y su piel desnuda.
Ése era el gozo que todo el mundo perseguía: sagrado y pagano a la vez. La unión de dos seres en un solo ser: una unión perfecta, sin costuras. Un retrato de amor y satisfacción profunda. Un breve vistazo de la visión beatífica.
Antes de salir de su interior, Albert le dio un último beso en la mejilla.
—¿Lo harás?
—¿El qué?
—Perdonarme por lo de Karen. Por no habértelo contado todo y por tratarla tan mal.
—No puedo perdonarte en su nombre. Eso sólo puede hacerlo ella.—Candy se mordió el labio inferior—. Ahora más que nunca tienes que asegurarte de que reciba ayuda para que pueda seguir adelante con su vida. Se lo debes.
Él quería decir algo, pero la fuerza de su bondad se lo impidió.
CONTINUARA
