Usaron el baño por turnos para asearse, y Marinette aprovechó para ducharse y cambiarse de ropa. Adrián solo tenía el pijama con el que había escapado de su casa la noche anterior, pero Marinette encontró una solución y rescató del armario el conjunto que el propio Adrián había llevado tiempo atrás en la sesión de fotos para su futura página web. Sabía, por tanto, que la ropa era de su talla.
–No hace falta que te pongas la boina ni los accesorios esta vez –le dijo Marinette con una risita–. Con el jersey, los pantalones y los zapatos bastará.
–Estupendo –respondió él, encantado.
Cuando bajó al salón, ya vestido, Marinette estaba preparando el desayuno.
–Voy a hacer crêpes –anunció–. ¿Te apetecen?
El estómago de Adrián rugió en respuesta, y Marinette se rió.
–Parece que sí –comentó.
Adrián se puso colorado.
–Lo siento, las cenas en mi casa no suelen ser muy abundantes –se excusó, y ella se volvió para mirarlo, apenada.
–¿Es una dieta de modelo o algo parecido? ¡Ahora comprendo por qué eres tan glotón!
–¿Soy glotón? –se preocupó Adrián, enrojeciendo todavía más.
–¡Tú no! –se apresuró a responder ella–. Me refería a Cat Noir... o sea, sí, claro, me refiero a ti, pero quiero decir que lo entiendo perfectamente, si pasas hambre en casa... y probablemente no te dejan tomar dulces tampoco, ¿verdad?
–No es que pase hambre en casa, es que mi dietista no tiene en cuenta el ejercicio extra que hago como Cat Noir –se defendió él.
–Lo siento, no pretendía incomodarte –se disculpó Marinette, entristecida–. No tenía que haber dicho nada, soy una bocazas. Perdóname.
Él sonrió. Se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
–No tienes por qué pedir disculpas. Me parece muy dulce que preocupes por mi salud.
–¿De verdad?
Adrián asintió, aún sonriente, y Marinette sonrió también. Compartieron un suave beso y después ella le dio la espalda para seguir batiendo la masa para los crêpes.
Adrián inclinó la cabeza por encima de su hombro y olisqueó con curiosidad.
–Huele muy bien. ¿Puedo ayudarte?
–¿Has hecho crêpes alguna vez?
–No, pero aprendo rápido –le aseguró él, alargando un dedo hacia la masa para probarla.
Ella le dio un manotazo, y Adrián retiró la mano.
–No quiero gatos en mi cocina –lo riñó Marinette.
–Pero me gustaría ayudarte –protestó él–. De verdad, puedo aprender.
La expresión de ella se suavizó.
–Tal vez otro día –le dijo–. Hoy tenemos muchas cosas que hacer, y no necesito distracciones.
Adrián le dirigió una sonrisa traviesa. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
–Oh, ¿así que soy una distracción?
Marinette se estremeció. Una de las consecuencias de haber descubierto la identidad secreta de su compañero era que en el futuro iba a costarle mucho resistirse a Adrián Agreste flirteando con ella a la manera de Cat Noir. Inspiró hondo, reunió toda su fuerza de voluntad y se volvió hacia él para mirarlo a los ojos.
–Otro día, gatito –reiteró con dulzura–. Te enseñaré a hacer crêpes, y también, si quieres, chouquettes y macarons, aunque esto un poco más complicado.
El rostro de él se iluminó con una sonrisa.
–¡Me encantan las chouquettes! –exclamó, y Marinette sonrió también.
–Lo sé.
De pronto, ambos se dieron cuenta de que estaban haciendo planes para el futuro, y cruzaron una mirada entre tímida y radiante al mismo tiempo. Los dos se habían visualizado haciendo repostería juntos, y aquella idea les parecía maravillosa. Marinette dejó el bol con la masa sobre la encimera y rodeó la cintura de Adrián con los brazos, como si hubiese sido atraída por un imán invisible. El chico la abrazó de buena gana.
–¿No tienes la sensación de que nuestra burbuja se ha hecho de pronto mucho más grande? –murmuró ella–. Como si todo el mundo real hubiese entrado dentro.
Adrián sonrió.
–Aún hay cosas del mundo real que yo no dejaría entrar en la burbuja –opinó–. Pero entiendo lo que quieres decir.
Quiso añadir que, según su propia experiencia, cuando la burbuja se expandía para abarcar el mundo real, o cuando uno tenía la sensación de vivir siempre dentro de la burbuja... se debía a que la persona que la había creado ya no la necesitaba más.
Le acarició el pelo con cariño, y Marinette suspiró, feliz, aún con la mejilla apoyada en su pecho. Pero enseguida se apartó de él con gesto decidido.
–En serio, Adrián, no podemos hacer el vago. Si quieres desayunar, déjame cocinar.
Él alzó las manos con una sonrisa inocente.
–Como tú digas, milady –respondió.
Pero se separó de ella y la dejó en paz.
Mientras Marinette seguía batiendo la masa, Adrián encendió la televisión para ver las noticias. Como ya no tenía su móvil, se sentía muy desconectado de todo.
Se quedó helado cuando vio la imagen de su padre en la pantalla, en el informativo de Nadja Chamak.
–Gabriel Agreste, el famoso diseñador de moda, ha denunciado esta mañana que su hijo Adrián ha sido secuestrado –estaba diciendo la periodista.
–Marinette –logró decir el chico, casi sin voz.
Ella se le acercó con curiosidad y estuvo a punto de dejar caer el bol al suelo.
–¿Qué se supone...? –empezó, pero Adrián la hizo callar con un gesto.
En la pantalla, Gabriel Agreste hablaba a los periodistas con expresión desolada.
–Una supervillana entró ayer en la habitación de mi hijo y se lo llevó por un portal mágico –explicó con la voz rota–. Desde entonces no hemos sabido nada de él. La policía no sabe por dónde empezar a buscarlo. –Alzó la mirada para fijarla en la pantalla–. Ladybug y Cat Noir, por favor, ayudadme a recuperar a mi hijo. Adrián –añadió–, si me estás escuchando, te lo suplico: vuelve a casa.
La cámara enfocó de nuevo a Nadja. Tras ella, la pantalla del plató mostraba ahora una serie de imágenes de Adrián.
–Adrián Agreste, de catorce años, es un conocido modelo juvenil, y es la imagen de la marca de su padre. Es, además, el único hijo de Gabriel Agreste. Su familia ha pedido que, si alguien tiene alguna información sobre su paradero, no dude en comunicarla inmediatamente a la policía...
Adrián no siguió escuchando. Se levantó de un salto y dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta. Marinette dejó el bol sobre la mesa y lo abrazó por la espalda para evitar que se marchara.
–¡Espera! ¿A dónde vas?
–Tengo que volver a casa.
–¿Qué? ¿Ahora?
–Ya lo has oído, mi padre cree que me han secuestrado. Debe de estar pasándolo muy mal. Solo quiero hacerle saber que estoy bien...
–Adrián, tu padre es Lepidóptero –le recordó ella, y él tomó aire, como si aquella idea todavía le resultase difícil de asumir–. No puedes volver a casa.
–Pero ya no tengo el anillo, así que da igual que esté con él en casa, porque...
–Podrías darle información sobre mí, y sobre la caja de los prodigios.
Él se volvió para mirarla, desconcertado.
–¿Qué? ¡No! Yo nunca haría eso, Marinette.
–No puedes saberlo. Lepidóptero ha conseguido obligarnos muchas veces a hacer cosas que no queríamos.
Los hombros de Adrián se hundieron con abatimiento.
–Lo siento mucho, gatito –susurró ella–, pero tienes que considerar la posibilidad de que sea una trampa.
–¿Y si al final... resulta que no es Lepidóptero?
–¿Y si eso es precisamente lo que él quiere que pensemos? –Adrián no respondió, y Marinette añadió–: Ha dicho que una supervillana entró en tu habitación por un portal mágico. Pero allí solo estábamos tú y yo. Si tu padre conoce esos detalles...
–...Es porque, en efecto, había cámaras en la habitación –comprendió él.
Marinette suspiró.
–Me sabe muy mal decirte esto, Adrián... Pero, incluso si tu padre no fuese un supervillano... yo no te recomendaría que volvieses a esa casa.
Él apretó los dientes.
–Pero he de volver –argumentó, angustiado–. No puedo quedarme aquí escondido para siempre. Ya has visto las noticias, todo el mundo cree que me han secuestrado. Y hay carteles con mi cara por toda la ciudad.
Marinette frunció el ceño, pensativa. Empezaba a sospechar que la campaña publicitaria en torno a Adrián no era solo una manera de promocionar la marca de Gabriel Agreste, sino también una forma muy eficaz de tener controlado a su hijo.
Respiró hondo. Aquella situación no podía prolongarse ni un minuto más. Ella también empezaba a estar cansada de esconderse, de tener miedo, de esperar a que sus enemigos atacasen y limitarse a defenderse.
Había llegado la hora de contraatacar.
–Volverás, gatito –le aseguró–. Pero no lo harás solo.
Él se volvió para mirarla, interrogante. Pero se relajó un poco.
–¿Qué quieres decir?
–Sabemos quién es Lepidóptero, sabemos dónde están los prodigios perdidos. No podemos perder más tiempo: tenemos que recuperarlos antes de que él deduzca mi identidad. Y lo haremos hoy mismo.
–¿Hoy? –se sobresaltó Adrián.
Marinette asintió.
–Esta misma noche.
–Pero la Prueba del Guardián... –empezó él; ella le interrumpió, decidida.
–Los guardianes tendrán que esperar.
