Se sentaron a desayunar y Adrián alabó los crêpes de Marinette, pero ella notó que estaba mucho más apagado desde que había visto a Gabriel Agreste en la televisión. Siempre era así, reflexionó, abatida. Adrián realmente deseaba tener la oportunidad de llevar una vida normal, pero cada vez que conseguía un pedacito de libertad, o que sentía un pequeño instante de alegría... su padre se las arreglaba para arrebatárselo, casi como si lo hiciese a propósito, como si no soportase la idea de que su hijo pudiese ser feliz. Como si Adrián fuese un sol deseoso de compartir su luz y calor con el resto del mundo, y su padre una negra nube de tormenta que se empeñase en oscurecerlo, o incluso una luna caprichosa que insistiese en eclipsarlo una y otra vez.
Marinette suspiró y cubrió la mano de Adrián con la suya. Él se sobresaltó ligeramente porque había estado perdido en sus pensamientos.
–¿Estás bien? –le preguntó.
Él trató de sonreír.
–Sí, sí, no es nada. Solo estaba distraído.
Marinette abrió la boca para responder, pero en aquel momento sonó su teléfono. Era una videollamada de Alya. Cruzó una mirada con Adrián y, antes de responder, colocó el móvil de manera que la cámara no pudiera grabarlo a él.
–¡Hola, Alya! –saludó con una sonrisa forzada.
–¡Marinette! –exclamó su amiga–. ¿Has visto las noticias? ¡Una supervillana ha secuestrado a Adrián!
Marinette trató de fingir alarma.
–¿A... Adrián? –balbuceó–. Pero... pero... ¿cómo ha pasado?
–Hummm... no estás histérica –observó Alya–. ¿Por qué no estás histérica? ¿Ya lo sabías? Oh, espera... ¿y si al final resulta que Adrián y tú sí que os habéis fugado juntos?
–¿Qué? –se sobresaltó Marinette–. ¿Qué estás diciendo? ¡Eso es absurdo! Ya te dije ayer que había pillado un virus y...
–Pues yo te veo muy bien, chica.
–Sí, es que... estoy mucho mejor después de haber dormido, jejeje.
Marinette se habría dado de bofetadas a sí misma por lo mal que estaba gestionando aquella conversación. Pero no se le daba bien mentir. En realidad, el hecho de que nadie hubiese descubierto todavía su identidad secreta era un misterio para ella.
–¡Genial! Entonces puedes venir con nosotros a buscar a Adrián.
–¿A... buscar a Adrián? –se sobresaltó ella.
–No ha habido ninguna alerta akuma, y Ladybug y Cat Noir todavía no han aparecido. La persona que secuestró a Adrián es muy escurridiza, al parecer. Nino no quiere quedarse de brazos cruzados, y hemos decidido investigar. Y los demás quieren ayudar también, así que hemos quedado todos en el parque. Tú te apuntas, ¿verdad?
–Yo... esto... el caso es que tengo que ayudar a mis padres en la panadería y...
Se interrumpió al ver que el propio Adrián asentía enérgicamente con la cabeza y le hacía gestos para que aceptara. Ella no tenía modo de decirle que no quería dejarlo solo sin que Alya la viese, así que se quedó parada un momento, sin saber qué hacer.
–¿Marinette? –la llamó Alya.
–Sí, sí, perdona, estaba... –Echó un vistazo a Adrián, que seguía insistiendo en que respondiera afirmativamente–. Justo me estaba diciendo mi padre que sí que puedo quedar, que todos deberíamos... ayudar a buscar a Adrián.
–¡No lo pongas en duda! Pero ¿qué te pasa, chica? ¡Imaginaba que precisamente tú habrías salido corriendo disparada a buscarlo, aunque tuvieses cuarenta de fiebre y necesitases usar el cuarto de baño cada cinco minutos!
Marinette se puso muy colorada. Echó un vistazo a Adrián, que estaba intentando contener la risa.
–Es que... ¡estoy en shock! –improvisó–. Es una noticia tan terrible que todavía no la he asimilado...
–De acuerdo, entonces nos vemos en el parque en media hora, ¿vale?
Marinette le prometió que allí estaría y se despidió de ella. Cuando cortó la comunicación, se volvió hacia Adrián, muy preocupada.
–¿Por qué me has pedido que le dijera que sí? –le preguntó–. ¡No puedo marcharme por ahí a... buscarte... y dejarte solo en mi casa! ¿Qué pasará si te encuentran mis padres?
Él colocó las manos sobre sus hombros para tranquilizarla.
–Alya tiene razón –le dijo–. En otras circunstancias estarías muy preocupada y te unirías a nuestros amigos para buscarme. O al menos, me gustaría pensar que lo harías –añadió a media voz.
–¡Por supuesto que lo haría! –saltó ella–. Bueno, no, en realidad no lo haría –admitió–. Pondría una excusa estúpida para poder ir a salvarte como Ladybug –concluyó con suavidad.
Él le sonrió con ternura y tomó su rostro con las manos para mirarla a los ojos.
–Sé que me salvarías –le dijo–, igual que hiciste anoche. Pero es importante mantener el secreto. Alya ya sospecha que estamos juntos; no le des razones para pensar que tiene razón.
–Me gustaría poder contárselo a Alya –murmuró Marinette–. Sé que ella no diría nada...
–Lo sé, pero piensa que no es solo de Alya de quien tenemos que preocuparnos. Y tampoco estoy hablando solo por mí. Si mi padre sospecha que soy Cat Noir, quizá llegue a la conclusión de que le di mi anillo a alguien ayer en el colegio. Seguirá la pista de todos mis amigos. Sospechará que alguna de las chicas de mi entorno es Ladybug.
–Oh –murmuró Marinette, comprendiendo.
–Y no andará muy desencaminado –prosiguió Adrián–. Él ya conoce las identidades de todos los demás héroes, ¿verdad? Chloé, Max, Alix, Luka, Kagami... todos los héroes que elegiste son chicos y chicas de nuestra pandilla.
–Yo no elegí a Chloé –puntualizó Marinette–. Bueno, al menos, no la primera vez. –Suspiró, preocupada–. Los guardianes tenían razón. No debería haber elegido a personas tan cercanas a mí.
–Todos lo son, ¿verdad? También Rena Rouge, Carapace... ¡oh! ¡Son Alya y Nino! –comprendió Adrián–. ¿Cómo no me di cuenta antes? Pero ellos dos... ¿conocen sus identidades? Porque me ha parecido que flirtean bastante cuando están transformados...
–Sí, es una larga historia –suspiró ella–. Bueno, ahora que Lepidóptero lo sabe, supongo que no hay ninguna razón para que lo sepas tú también. Alya y Nino son Rena y Carapace, y Kim es King Monkey. O al menos lo eran, hasta que Lepidóptero los descubrió. La única que aún conserva su identidad en secreto es Alix, y eso es porque no es Bunnyx todavía.
–También tú –replicó Adrián–. No sabe que eres Ladybug. O Multimouse.
–Pero tienes razón, acabará por llegar hasta mí tarde o temprano –murmuró Marinette, alicaída–. Somos todos de la misma clase o el mismo grupo de amigos. Pronto se dará cuenta de que París es demasiado grande como para que se trate de una casualidad.
–Por eso debes ir a buscarme con todos los demás –insistió Adrián–. Si faltas, resultará sospechoso.
–Pero ¿cómo va a saber...?
–Alya ha dicho que van a ir todos. ¿Crees que Lila no estará allí también?
Marinette guardó silencio, sorprendida.
–¿De verdad piensas... que es una aliada de Lepidóptero? –preguntó por fin–. Voluntaria, quiero decir.
–Espía para mi padre –respondió él con amargura–. No creo que sepa quién es en realidad, pero si le pregunta por mis amigos, probablemente no tenga problema en contarle todo lo que él quiera.
–Le dijo que Kagami y tú estabais saliendo juntos –recordó ella, y Adrián asintió.
–Si mi padre piensa de verdad que soy Cat Noir, y que me he escapado porque sospecho de él –concluyó–, lo mejor es que actúes como si tú no supieses nada, como si te hubieses creído su versión. Por otro lado, si fueses Ladybug y pensaras de verdad que he sido secuestrado, estarías buscándome como Ladybug, no como Marinette.
–Entiendo –murmuró ella, pensativa. Alzó la cabeza de repente–. Pero tu padre tiene razón. Si su hijo ha sido secuestrado, Ladybug y Cat Noir deberían estar buscándolo.
–Pero tú y yo sabemos que no me han secuestrado –argumentó él, sin comprender lo que insinuaba Marinette.
–Él no sabe que nosotros lo sabemos. Así que Ladybug y Cat Noir deberían seguirle el juego para hacerle dudar un poco más.
–Pero, si yo no puedo ser Cat Noir, y tú debes ir al parque como Marinette, ¿cómo vas a hacer que Ladybug y Cat Noir entren en acción?
–Yo no voy a hacerlo; vas a ser tú.
–¿Yo? ¡Oh! –exclamó de pronto, al comprenderlo. Le dirigió una mirada radiante–. ¿Eso significa lo que creo que significa, milady?
Ella asintió, sonriendo.
No tenían mucho tiempo, de modo que subieron de nuevo a la habitación de Marinette y ella cerró bien la trampilla con el candado antes de volver a sacar la caja con los prodigios. Tikki, que los había dejado a solas para que disfrutasen del desayuno sin interferencias, salió volando de su escondite.
–¡Marinette! ¿Qué ha pasado? ¿Cuál es el plan? –preguntó.
Adrián la puso al día mientras Marinette desactivaba el sistema de seguridad para recuperar la caja.
–Me parece un buen plan, Marinette –opinó el kwami–, pero ¿cuánto tiempo más vais a seguir jugando al gato y al ratón?
–Necesitamos ganar tiempo y alejar las sospechas de nosotros –respondió ella–. Tenemos que conseguir que no akumatice a nadie antes de esta noche. Si quiere que el mundo crea su versión, fingiremos que nosotros también la creemos.
Se volvió hacia Adrián y le tendió la joya de la cola de zorro.
–¿Estás preparado?
–Esperaba algo más solemne –opinó él, mientras se colgaba el prodigio al cuello–. Una preciosa cajita de madera tallada, y el discurso habitual: "Adrián Agreste, este es el prodigio del zorro, que concede el poder de la Ilusión. Úsalo para el bien común, blablabla."
–Ya hicimos eso una vez –le recordó ella–. Y por cierto, aún tenemos que hablar tú y yo de por qué me dejaste entregarte un prodigio a pesar de que ya tenías uno.
–¿No es evidente? Para proteger el secreto de mi identidad, milady –respondió él guiñándole un ojo.
Pero, a pesar de su tono desenfadado, Marinette detectó cierta tensión contenida en su voz. Sabía que la lucha contra Desperada había sido muy dura para Adrián; nunca comprendería del todo lo que había supuesto para él tratar de salvarla casi veinticinco mil veces... sin conseguirlo.
Como Cat Noir, sin embargo, la había salvado en más ocasiones de las que podía contar. Así que ella sabía que Adrián Agreste no era una nulidad como superhéroe, después de todo. Pero, si su fracaso como Aspik se debía al hecho de que no llevaba el prodigio del gato... tal vez se sintiera inseguro con respecto a lo que estaban a punto de hacer.
Alzó la mano para acariciarle la mejilla con afecto.
–Todo saldrá bien –le aseguró–. Somos un gran equipo. Nos las arreglaremos bien, con prodigios o sin ellos. Con poderes o sin ellos –añadió–, como cuando nos enfrentamos a Oblivio.
El semblante de él se iluminó al evocarlo.
–Oh, sí –respondió–. Y con un poco de suerte, puede que también esta vez haya premio al final –añadió, guiñándole un ojo con picardía–. Uno que pueda recordar, a ser posible.
Marinette sonrió.
–Puedes tenerlo ahora mismo. Para darte ánimos y como amuleto de buena suerte –dijo, poniéndose de puntillas para besarlo en los labios.
Tikki esperó casi medio minuto antes de interrumpir:
–¡Ejem! No me gustaría ser indiscreta, pero si no os dais prisa, Marinette va a llegar tarde otra vez.
Los dos se separaron, un tanto avergonzados. Entonces Adrián se volvió hacia Trixx, que esperaba en silencio a su lado. Marinette lo instruyó acerca del uso del prodigio, Adrián pronunció las palabras mágicas y el kwami se fusionó con la joya en una espiral de chispas mágicas que envolvieron al chico por completo.
Cundo finalizó la transformación, Adrián observó encantado su nuevo traje blanco y naranja, su cola de zorro y la larga flauta que se había materializado entre sus manos.
–¡Genial! –exclamó–. Siempre quise aprender a tocar otro instrumento.
–Date prisa, gatito –lo urgió Marinette–, tenemos trabajo que hacer.
–Ya no soy un gato, soy un cánido –le informó él, muy digno–. Puedes llamarme... hum... Míster Fox.
Marinette se le quedó mirando.
–¿En serio?
–¿Qué? Es un buen nombre. ¿Y qué me dices de mi traje? –Dio una vuelta sobre sí mismo para que ella pudiese admirarlo desde todos los ángulos–. Echo de menos mis garras, sin embargo –añadió, contemplando sus manos enguantadas con cierta melancolía–. Habría podido dar muy buenos "zorrapazos" con ellas.
–¡Cat...! Quiero decir, Ad... ¡o sea, Míster Fox! –lo riñó Marinette–. No hay tiempo para bromas. Tenemos mucho trabajo que hacer.
Míster Fox suspiró.
–Algunas cosas nunca cambian –comentó; pero, por la forma en que sonreía, se notaba que estaba encantado de que fuera así.
Marinette lo miró con cariño. Parecía claro que el chico se sentía mucho mejor ahora que contaba con una nueva máscara para proteger su identidad y con superpoderes para poder ser útil de alguna manera.
–Ten cuidado –le advirtió–. Nadie debe verte, o podrían deducir que lo que van a presenciar es una ilusión.
–Lo sé –asintió él–. Puedes contar conmigo, bichito. No te defraudaré esta vez.
Marinette iba a replicar que él nunca la había defraudado, pero entonces comprendió que, de nuevo, estaba evocando lo ocurrido durante la batalla contra Desperada.
–Sé que no lo harás. Somos un gran equipo, ¿recuerdas? Tú y yo contra el mundo entero.
Él pareció sentirse un poco mejor. Compartieron un último beso de despedida y, acto seguido, Míster Fox desapareció por la trampilla que conducía a la terraza. Marinette se quedó mirándolo, embelesada, hasta que la sobresaltó el aviso de su propio teléfono. Era Alya.
–¡Marinette! ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¡Ya estamos todos aquí y solo faltas tú!
–¡Estoy saliendo, estoy saliendo! –exclamó ella–. ¡Llego en cinco minutos!
Cortó la comunicación, volvió a guardar la caja de los prodigios y salió disparada de la habitación.
NOTA: Esta semana he estado muy ocupada y no he podido actualizar, por eso hoy he subido un capítulo un poco más largo en compensación :D. Tardaré un poco en recuperar el ritmo de antes, pero espero poder seguir publicando capítulos como mínimo cada dos días, hasta que esté un poco más libre. ¡Aún quedan muchas cosas por contar! Entramos ya en el desenlace, pero es un poco largo de desarrollar.
