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CAPITULO 52

Aunque sólo duró un instante, Candy vio el brillo del miedo en los ojos de Albert. Nada podía aterrorizarla más que verlo a él asustado.

Tras ayudarla a quitarse el abrigo, Albert la acompañó al salón y la hizo sentarse en la butaca roja, frente al fuego. Tras encender la chimenea de gas, salió de la habitación. Candy se echó hacia atrás, cubriéndose la cara con las manos.

—Bébete esto —le dijo Albert, dándole un golpecito en los dedos con un vaso.

—¿Qué es?

—Laphroaig. Whisky escocés.

—Ya sabes que no me gusta.

—Un trago te ayudará.

Levantando el vaso, berbió un sorbo, que le quemó la boca y la garganta. Tosiendo, le devolvió el vaso. Albert se acabó el whisky y se sentó en el sofá.

—¿Qué es el Código de Conducta sobre Asuntos Académicos?

—Es la normativa que rige cualquier tipo de infracción académica: copiar, plagiar, cometer fraude…

—¿Por qué me iba a denunciar nadie por plagio?

Albert se frotó la cara.

—No tengo ni idea.

—¿Estás seguro?

—¡Por supuesto! ¿Crees que te ocultaría algo así?

—Sólo sé que me has estado ocultando algo. Como aquella noche que te encontré trabajando…

—Estaba preparando una solicitud de empleo —la interrumpió—. Greg Matthews me llamó la noche que fuimos a cenar al Auberge. Me invitó a presentar mi solicitud para una plaza de catedrático, pero me dijo que necesitaban mi currículum actualizado. Me llevó más tiempo del que pensaba.

—¿Por qué me lo ocultaste?

—No quería que te hicieras ilusiones antes de hora. No es tan fácil conseguir esa plaza. Hay otros profesores que aspiran a ella y tienen un currículum mucho mejor que el mío. Pero tenía que intentarlo. Por ti.

—Ojalá me lo hubieras contado. Me imaginé todo tipo de cosas.

Albert la miró fijamente.

—Pensaba que confiabas en mí.

—Claro que confío en ti. Es de las mujeres que te rodean de las que no me fío.

—Tienes razón —admitió él, removiéndose incómodo en el sofá—. Tenía que habértelo contado. Pero no quería que te llevaras una decepción si no consigo la plaza.

—Es imposible que me decepciones, Albert, a no ser que me ocultes cosas.

Haciendo una mueca, él salió del salón, para regresar al cabo de un momento con otro dedo de whisky.

—Tengo una reunión con Jeremy esta semana. Podría preguntarle de qué va todo esto.

Ella negó con la cabeza.

—No, debes mantenerte al margen.

—¿No tienes ninguna idea?

—No he hecho nada más que ir a clase y hacer los trabajos que me han mandado. A no ser que Eliza tenga algo que ver. O la profesora Dolor… quiero decir la profesora Singer. ¿Crees que ella…?

Albert reflexionó unos instantes antes de responder.

—No lo creo. El año pasado tuvo que presentarse ante el comité judicial por una denuncia que interpuso Archie Cornwell. No creo que tenga ningún interés en volver. Además, ella no te da ninguna clase. No tendría sentido.

—No. —La cara de Candy se contrajo en una mueca horrorizada—. ¿Crees que la profesora Picton ha podido denunciarme por mi trabajo?

—No, nunca haría algo así sin hablar antes contigo. Y además me habría avisado, aunque sólo fuera por cortesía.

—¿Qué tipo de sanción tienen las infracciones académicas?

—Depende de la gravedad del caso. Podrían amonestarte o ponerte un cero en algún trabajo. En circunstancias extremas, podrían expulsarte de la universidad.

Candy inspiró profundamente, temblorosa. Si la expulsaban no acabaría los cursos. Y eso implicaría que no podría ir a Harvard.

Albert la miró con los ojos entornados.

—¿Crees que Archie haría una cosa así?

—No, Archie quiere ayudarme, no hacerme daño.

—Follaángeles —murmuró Albert.

—¿Y Eliza?

Él se echó hacia atrás en el sofá.

—Es posible.

Ella lo miró con desconfianza.

—¿Qué me estás ocultando?

—Nada. Los dos sabemos que es problemática y cizañera.

—¿Qué pasa con Eliza, Albert? Cuéntamelo.

Levantándose, él empezó a recorrer el salón de un lado a otro.

—No quiero hablar de ello.

Candy cogió la carta de la universidad y se dirigió hacia la puerta.

—Espera, ¿adónde vas? —Corrió tras ella.

—Te advertí que no volvieras a mentirme. Supongo que debí ser más específica y aclararte que las evasivas tampoco servían.

Sacó el abrigo del armario del recibidor y se lo puso apresuradamente.

—No te vayas.

Ella lo miró furiosa.

—Pues cuéntame qué pasa con Eliza.

Cubriéndose los ojos con los puños, Albert se rindió.

—De acuerdo.

La ayudó a quitarse el abrigo una vez más antes de volver al salón. Esa vez, Candy se negó a sentarse y se quedó de pie frente a la chimenea, con los brazos cruzados ante el pecho.

—¿Eliza te está chantajeando? ¿Por eso aprobaste su proyecto de tesis?

—No exactamente.

—Suéltalo de una vez, Albert.

Volviéndose hacia los ventanales, miró la ciudad.

—Eliza Leagan me ha acusado de acoso sexual.

CONTINUARA