Aspik dio un respingo, alarmado, y giró su pulsera justo en el momento en que la criatura saltaba sobre él. Cerró los ojos por instinto... pero nada sucedió.
Oyó entonces la voz de Multimouse.
–Muy bien. Al entrar he visto un par de ventanas abiertas. No mucho, pero lo bastante como para poder entrar a través de ellas.
Aspik abrió los ojos y parpadeó, confuso. Ante él estaban Multimouse y todas sus copias, preparando la incursión por primera vez para ellas, aunque para él fuese ya el intento número diecinueve. Respiró hondo, tratando de controlar los latidos alocados de su corazón. Multimouse se dio cuenta de que estaba pálido.
–Adrián, ¿qué ha pasado? –le preguntó con inquietud–. ¿Algo... algo ha ido mal?
Él trató de centrarse.
–Había un... había un... algo –farfulló–. Me ha atacado en la oscuridad. Puede que fuese un villano, o tal vez un sentimonstruo, no lo sé. No lo vi con claridad.
Las Multimouse lanzaron una exclamación ahogada, todas a una.
–¡Oh, no! –dijo la original–. No, no, no, hemos llegado demasiado tarde. No podemos seguir con el plan.
Aspik reaccionó.
–¿Qué? ¡Pero si estábamos a punto de conseguirlo! ¡No podemos rendirnos ahora!
–¿De verdad? –se sorprendió ella–. ¿Cuántas veces hemos fallado?
–Dieciocho, pero no son fallos, son pasos hacia la victoria. Lo habíamos conseguido, Marinette, habías recuperado ya los prodigios y estabais a punto de salir de la mansión cuando esa cosa se abalanzó sobre mí y... ¿qué estás haciendo? –preguntó, perplejo, al ver que todas las Multimouse volvían a fusionarse en una sola.
–Abortamos la misión –dijo ella–. Es demasiado peligroso.
–Pero...
–Volveremos a casa, vendré como Ladybug para ocuparme del villano o lo que sea, y cuando lo haya derrotado podremos volver a intentarlo.
–¿Cómo...? ¿Vas a enfrentarte al villano sin mí? –se indignó él–. ¡Pero somos un equipo!
Ella sacudía la cabeza con obstinación.
–No me puedo arriesgar. Tengo que mantenerte a salvo.
Él empezaba a enfadarse.
–Marinette, soy tu compañero y he peleado a tu lado en mil batallas. Si crees que vas a dejarme atrás... –Se dio cuenta entonces de que ella tenía los ojos húmedos–. ¿Qué... qué te pasa? ¿Qué he dicho?
–No puedo perderte otra vez –susurró Multimouse–. No puedo, Adrián.
Él abrió la boca para decir algo, pero no fue capaz. Apretó los dientes y dio marcha atrás en el tiempo una vez más.
Y de nuevo estaban todas las Multimouse ante él, preparándose para la incursión.
–Muy bien. Al entrar he visto un par de ventanas abiertas. No mucho, pero lo bastante como para poder entrar... ¿Aspik? Aspik, ¿estás bien?
Él inspiró hondo. Había tomado una decisión.
–Estamos a punto de conseguirlo, Multimouse, pero tenéis que ser muy rápidas.
Les repitió las instrucciones, sin hablarles de la criatura que lo había atacado. Cuando una de las Multimouse fusionó su prodigio con Pollen, convirtiéndose así en Multibee para poder inmovilizar a Nathalie, él llamó también a Wayzz para fusionarlo con Sass. Todas las réplicas de la heroína lo contemplaron sin comprender.
–Por precaución –se limitó a aclarar él–. Vamos, corred. Tenemos el tiempo justo.
Las Multimouse asintieron y pusieron en marcha el plan una vez más. Cuando todas ellas hubieron desaparecido en el interior de la mansión, el chico, ahora transformado en Turspik, consultó con inquietud el temporizador de una de sus pulseras. Desprendió el escudo que acababa de materializarse a su espalda y miró a su alrededor, inquieto. Trató de prestar atención a los mensajes que las Multimouse le transmitían a través del comunicador, mientras esperaba en tensión en la oscuridad.
–¡Vamos demasiado lentas! –oyó que le decía una de las réplicas–. ¡No vamos a conseguirlo! ¿Aspik? Aspik, ¿estás ahí?
Él no respondió, porque estaba pendiente del inminente ataque del desconocido. No importaba de todos modos que Multimouse fuese a fracasar, porque aún tendrían que perfeccionar el plan antes de que pudiese funcionar.
Detectó entonces un movimiento en la penumbra.
–¡Protección! –gritó, y el globo mágico lo envolvió por completo.
Las Multimouse gritaban en su oído.
–¡Aspik!
–¿Qué está pasando?
–¿Estás en peligro?
–¡Adrián, responde!
Pero el héroe las ignoró, porque en aquel momento la criatura se precipitó sobre él. Ahogó una exclamación de alarma, pero el ser se estrelló contra el escudo protector que lo cobijaba. Turspik lo observó con atención y reconoció a su guardaespaldas bajo los rasgos simiescos de la criatura. Eso lo tranquilizó un poco. Cuando Gorilator empezó a golpear el escudo mágico con los puños, Turspik incluso sonrió.
De modo que su padre había vuelto a akumatizar a su guardaespaldas para que lo localizara y lo llevara de vuelta a casa. Tenía que agradecer que en esta ocasión no lo hubiese transformado en un simio gigante. Supuso que se debía a que necesitaba ser discreto.
En todo caso, su guardaespaldas nunca le había dado miedo. Ya sabía a qué se enfrentaba. Podía arreglárselas sin problemas, especialmente si contaba con vidas infinitas, como en un videojuego trucado.
Reinició el contador, y el escudo y la criatura desaparecieron de su vista.
–Muy bien –repitió Multimouse–. Al entrar he visto un par de ventanas abiertas. No mucho, pero lo bastante como para poder entrar.
En esta ocasión, Aspik asintió.
–De acuerdo –respondió–. Este es el intento número veinte, así que presta atención.
Volvió a repetirle el plan, una de ellas se convirtió en Multibee y él se fusionó de nuevo con Wayzz sin darle mayores explicaciones.
Y las Multimouse se infiltraron en la casa para tratar de robar los prodigios, mientras él se defendía del ataque de Gorilator. Repitieron la operación varias veces más. Para Multimouse era siempre la primera, pero Aspik aprendía algo nuevo en cada intento. Tomó nota del lugar y el momento exacto en el que Gorilator saltaba sobre él. Al principio se limitó a invocar su poder y a observarlo desde el otro lado de la barrera mágica protectora, hasta que se sintió lo bastante seguro como para tratar de anticiparse a él. Tuvo que volver atrás en el tiempo en varias ocasiones, cuando su lucha contra la criatura parecía perdida, pero cada vez lo hacía mejor. Sin embargo, mientras se concentraba en enfrentarse a Gorilator, descuidaba a Multimouse, de modo que su incursión fracasaba una y otra vez. Aspik se repetía a sí mismo que debía tener paciencia. Cada nuevo intento era más información, más experiencia, más práctica. Llegaría un momento en que lograría coordinarlo todo a la vez, en que se movería por reflejo, a base de repetir lo mismo una y otra vez. Y ese sería el intento definitivo.
–Muy bien –dijo Multimouse por trigesimo séptima vez–. Al entrar he visto un par de ventanas abiertas. No mucho, pero lo bastante como para poder entrar...
Aspik respiró hondo y se sentó a descansar.
–¿Estás bien? –preguntó Multimouse, inquieta–. ¿Cuántas veces hemos probado ya?
–Bastantes, pero no te preocupes, estamos en el buen camino. Solo necesito un momento de respiro. Cinco minutos para reponer fuerzas.
Las Multimouse sonrieron. Treparon por los pies de Aspik, se subieron a su cuerpo y se acomodaron sobre él, sobre sus hombros, manos o rodillas. El chico rió porque le hacían cosquillas.
–Lo estás haciendo muy bien –le dijo una de ellas, la que se había sentado sobre su hombro izquierdo–. Y venceremos. No tengo la menor duda.
–Yo tampoco –respondió él–. No si tú estás conmigo. Eres mi amuleto de la buena suerte, milady.
Le acarició la mejilla con la yema del dedo, con cuidado para no empujarla. Ella sonrió y cerró los ojos para disfrutar de la caricia.
A él le habría encantado tirar la toalla, marcharse de allí y quedarse el resto de la noche junto a Marinette, en el interior de su burbuja.
Pero eran superhéroes, y tenían una misión que cumplir.
Inspiró profundamente y reinició el contador.
–Muy bien. Al entrar he visto un par de ventanas abiertas. No mucho, pero lo bastante como para poder entrar.
Aspik se inclinó hacia ellas.
–De acuerdo, chicas; atendedme, porque puede que esta sea la buena. Creo que ya estamos preparados para realizar la misión con éxito.
Las diminutas heroínas asintieron con decisión.
Siguiendo las instrucciones de Aspik, formaron dos grupos y volvieron a infiltrarse en la mansión. La mitad de ellas, dirigidas por Multibee, inmovilizaron a Nathalie y le arrebataron el prodigio del pavo real. La otra mitad se colaron por la chimenea, llegaron hasta el sillón donde dormía Gabriel Agreste y recuperaron el prodigio de la mariposa.
Y se reunieron todas en el recibidor.
–¡Ya estamos! –anunció Multibee–. ¿Cuánto tiempo nos queda?
En el tejado, Turspik se dio la vuelta y, casi sin mirar, lanzó su escudo contra la sombra que se abalanzaba sobre él. Derribó a Gorilator, gritó "¡Protección!" y una cúpula mágica se materializó en torno al guardaespaldas akumatizado, atrapándolo en su interior.
–Reunifícate, sal de ahí y sube al tejado antes de que te transformes –le dijo a Multimouse–. Tenemos que ser muy precisos.
Quedaban apenas quince segundos. Turspik se preguntó brevemente si valía la pena volver a intentarlo para ganar un poco más de tiempo. Decidió arriesgarse.
Deshizo la cúpula que mantenía atrapado a Gorilator y, cuando el simio corrió de nuevo hacia él, Turspik lo esquivó con rapidez y golpeó con su escudo el móvil que asomaba del bolsillo trasero de lo que quedaba de sus pantalones.
El akuma quedó libre. Sin Ladybug presente para purificarlo, Turspik no se anduvo con miramientos: aplastó la mariposa con su escudo y puso fin a la amenaza.
No se quedó a ver cómo Gorilator volvía a ser el Gorila. Estaba a punto de perder sus poderes, de modo que saltó detrás de una chimenea justo antes de transformarse de nuevo en Adrián.
Multimouse se reunió con él, ya envuelta en un resplandor luminoso. Segundos después volvía a ser Marinette.
–¿Lo has conseguido? –preguntó Adrián, casi sin aliento. Había rebasado la barrera de los cinco minutos y ya no existía la posibilidad de volver atrás.
Marinette asintió sonriendo y le mostró los dos broches que tenía en la mano.
–Lo hemos conseguido –susurró.
Adrián se sintió muy aliviado.
–Tenemos que recargarnos cuanto antes –dijo sin embargo–. Mira.
Le indicó que se asomara con precaución tras la chimenea. Ella descubrió entonces al guardaespaldas de Adrián en el tejado, mirando a su alrededor, muy sorprendido.
–No debe vernos las caras –susurró el chico–. Tenemos que volver a transformarnos.
Marinette se mostró de acuerdo y sacó un puñado de galletas de su bolso. Las repartió entre los cuatro kwamis que los habían transformado, y ellos las aceptaron encantados.
–¿Cómo ha llegado hasta el tejado? –preguntó también en voz baja–. ¿Te ha descubierto?
–Estaba akumatizado. No te preocupes, he destruido el akuma. Y no me ha visto sin la máscara, no sabe que era yo.
Marinette se sentía inquieta de todos modos.
–Pero, si te estaba buscando...
–No recordará nada. Y mi padre estaba dormido.
–Daos prisa –intervino Nooroo–, no tardarán en darse cuenta de lo que ha pasado.
–En cuanto pase el efecto de mi Picadura –añadió Pollen–, Nathalie podrá volver a moverse y correrá a despertar al señor Agreste.
Adrián y Marinette cruzaron una mirada y asintieron, decididos. Los kwamis habían terminado de comer, de modo que ellos pronunciaron las palabras mágicas y volvieron a transformarse en Aspik y Multimouse.
Ella estaba dispuesta a marcharse ya, pero el chico la detuvo.
–Espera. No podemos dejarlo ahí –dijo, señalando al guardaespaldas.
–Pero trabaja para tu padre –replicó Multimouse.
–Aun así... hay que ayudarlo a bajar.
Ella suspiró sin resignación, pero no replicó.
Con la agilidad sobrehumana que los caracterizaba, los superhéroes se plantaron junto al Gorila de un prodigioso salto, lo aferraron cada uno por un brazo y, antes de que el hombretón se diese cuenta de lo que pasaba, lo habían dejado en el suelo.
–¡Es peligroso andar haciendo equilibrios por los tejados, señor! –le soltó Aspik, haciéndole un gesto de despedida con la mano–. ¡Tenga más cuidado!
Los dos se alejaron corriendo de él y lo dejaron de pie en la acera, rascándose la cabeza con desconcierto.
