Raivis se quedó mirando fijamente la fotografía que Sealand le entregó.

Dios mío, era como verse a uno mismo en el álbum de fotos familiar. Solo que en esa fotografía estaba posando junto a la estatua de la libertad de Riga, en un cartel que promocionaba el turismo en el país. Era él y a la vez no era él. Raivis solo se había vestido tan bien para ir a bodas y otros eventos familiares, y estaba seguro de que nunca había tenido ese aire tímido.

— ¿Te suena de algo?

Raivis sacudió la cabeza.

— En absoluto.

Sealand observó la fotografía por encima de su hombro y sonrió.

— No había forma de que sonrieras de forma que no parecieras un palurdo. Tuve que ponerme detrás del fotógrafo a decirte tonterías para conseguir esa sonrisa.

— O sea, que tú y Letonia erais buenos amigos...

— Aún lo seguimos siendo—respondió Sealand con una sonrisa—. Lo que pasa es que tú aún no lo recuerdas. Pero para eso estoy aquí. Te ayudaré a recordar que lo nuestro no se ha podido perder.

— Pero es que yo no recuerdo absolutamente nada, nada de nada.

— Bueno, pues si lo has olvidado volveremos a hacernos amigos, no pasa nada. Tengo mucha paciencia. Vale, vale, tengo otra, esta seguro que te trae recuerdos. Volvamos un poco atrás, hasta 1953.

Era increíble, se dijo Raivis. En esa época Letonia parecía exactamente igual de joven que décadas después, como si no creciera, como si su reloj no funcionara y permaneciera inmutable a través del tiempo. Era curioso y de alguna forma inquietante.

No, había algo diferente en la fotografía que Sealand le mostró. Aparecía junto con otros individuos, entre ellos aquellos dos tipos que se parecían tanto a sus propios hermanos, Lituania y Estonia, y ninguno de ellos parecía feliz. Letonia parecía tan asustado, tan frágil, incluso enfermo.

— ¿De dónde es esto?—preguntó, curioso.

— De un congreso del Partido. La Unión Soviética, ¿recuerdas?

— Ah, sí, lo he estudiado en el instituto. No fue una buena época.

— En absoluto.

Raivis observó una a una las caras que aparecían en esa vieja fotografía. Aparte de Lituania y Estonia, idénticos a sus hermanos, no creía reconocer a nadie. Pero hubo una cara, la del muchacho en el centro, que le llamó la atención. Era posiblemente la única persona que estaba sonriendo.

— ¿Es este Rusia?—lo señaló con el dedo.

— Sí. De ése sí que te acuerdas, ¿no?—respondió Sealand.

— No. Es que os he oído hablar de él y...¿es verdad que era un cerdo?

Sealand se cruzó de brazos con el ceño fruncido.

— Más que eso. Él os tuvo a ti, Lituania y Estonia esclavizados durante mucho tiempo. Vosotros os terminasteis librando de su control y ¿sabes lo que hizo? Esperó el momento propicio y luego os lanzó la turba que supuestamente os eliminó y que nos persiguió a todos los demás.

— ¿Cómo sabéis que fue él?

— Porque investigamos qué había pasado, cómo pudieron haberos hecho lo que os hicieron, y China encontró gracias a su red tecnológica que alguien había mandado a uno de los miembros del grupo vuestra ubicación. Rastreó el mensaje y llegó hasta Rusia. Rusia tiene sus recursos, y tenía motivos. Os librasteis de él y él no os lo perdonó.

— Vaya...

— Os odiaba a muerte por el desplante que le hicisteis. Erais sus esclavos, y no hay nada que un gigante como él odie más que se le rebelen los esclavos. Como dicen en las novelas de detectives, él tenía el móvil y la oportunidad. Tampoco es que hubiera salido a dar explicaciones. Desapareció en cuanto ocurrió todo. ¿No es sospechoso?

— Supongo que sí...

— Papá y mamá, América, Polonia, China, Alemania...Todos hicieron un pacto después de que os encontraran. Si alguna vez lo encontraban, ajustarían cuentas. Es por su culpa que no podamos volver a casa, que tuviéramos que cambiar nuestro aspecto, que la gente nos perdiera el respeto, que a vosotros os pasara lo que os pasó—Sealand cruzó los brazos detrás de su cabeza y miró al cielo—. Yo también querría encontrarme con él y hacérselo pagar. Nadie le hace daño a mi mejor amigo. Pero, claro, los otros tienen mucha más experiencia en tácticas militares. Seguro que alguno ya lo ha encontrado y se lo ha cargado sin decirle nada a nadie.

Raivis se quedó mirando la fotografía durante largo rato. Rusia...lo fascinaba. Tenía cara como de niño, una sonrisa incluso más infantil. Parecía no ver que todo el mundo a su alrededor estaba muy delgado, demacrado y nada contento de estar allí. Raivis había dado en clase de Historia el negro episodio de la dominación soviética de su país y el de los vecinos, pero mirando aquella cara comprendió lo terrible que debía de haber sido. Él parecía tan feliz en medio de tantas caras miserables...

— ¿Qué? ¿Te viene algo?—le preguntó Sealand.

— ...Él sí que me suena de algo.

— ¡Bien! ¡Es un avance! ¡Vamos por buen camino! Vale, eso me lo apunto: tenemos que regresar a esa época, la época en la que eras infeliz, la época de sufrimiento.

— O-Oye, ¿es eso necesario?

— Sí, ya lo sé, a nadie le gusta recordar los malos tiempos, pero tienes que hacerlo. La verdad tiene que salir a flote. Hemos estado muy preocupados durante veinte años, y necesitamos respuestas. ¡Vengaaa!

— Bueno, bueno, de acuerdo. Pero antes dime una cosa, ¿vale?

— Lo que quieras.

— ¿Qué ha sido de vosotros, los países? Es decir...¿Todos son como tú? ¿Estáis infiltrados entre los humanos?

— Sep. Damos el pego, ¿verdad? Yo ahora no me llamo Sealand, sino Peter. Peter Oxenstierna. Papá ahora es Berwald, mamá, Tina, y Ladonia, Patrik. Todo el mundo se puso un nombre humano, se cambió el look y se fue por ahí, a hacerse pasar por una persona normal. Los amigos del antiguo gobierno de papá nos hicieron documentación falsa y destruyeron todo rastro sobre nuestro paradero. Ahora son papá y mamá los que se ocupan personalmente de que nadie sepa que somos nosotros. Cada cierto tiempo vamos cambiando de ciudad. Es un rollo porque no puedo hacer amigos y nos tenemos que ir justo cuando ya me he acostumbrado a un cierto lugar, pero ¡qué le vamos a hacer! Los hay que lo tienen peor, supongo. Polonia...Polonia creo que está en un sanatorio mental. Dicen que se volvió loco después de lo que os pasó. He oído decir a mamá que China ya ha tenido que fingir su muerte tres veces. Y Italia puede que tenga problemas, porque tiene un taller de pintura tan bueno en Florencia que cualquier día lo van a pillar.

— Vaya...O sea que...podría ser cualquiera.

— Sí. ¿A que mola?

— Pero si os descubrieran...no sería tan malo, ¿no?

Sealand se volvió hacia él con una sonrisita.

— Sí que lo sería. A Rusia le salió el tiro por la culata. Ayudó a eliminaros y el movimiento anti-naciones se hizo demasiado grande. Ahora somos unos raritos para la gente. Nos odian. Desean que de verdad estemos muertos todos. Así que...será mejor seguir así.

Ambos se quedaron en silencio, un silencio tenso, un tanto deprimente, en opinión de Raivis.

— Hmmm...¡Ya sé lo que vamos a hacer!—Sealand se puso en pie de un salto—. ¡Te voy a llevar a tu casa y luego a Rusia!

— ¿Cómo dices?

— ¡A tu casa! ¡A Riga! ¡Aquí no sientes gran cosa porque estás en casa de Lituania, pero allí estarás en tu salsa y seguro que la energía fluye mejor! ¡Y en Rusia, ya verás, seguro que recuerdas lo mal que lo pasaste allí!

— ¡Pero yo no puedo irme de viaje!

— ¿Por qué no?

— ¡El instituto!

— ¡Bah! ¿A quién le importa eso? He ido a ocho diferentes y todos son un rollo, no sirven para nada. Tú nunca necesitaste ir al colegio para ser una buena nación.

— ¿Y qué le diré a mi familia? ¡No puedo largarme sin más!

— ¡Ya se nos ocurrirá algo!

— En serio, no estoy muy seguro de que esto...

Sin embargo, Raivis se detuvo antes de terminar la frase. Ciertamente era una locura, pero quizás fuera cierto. Quizás, enfrentándose a los restos de su supuesta vida pasada...Estar en territorio letón, estar en su casa, frecuentar los sitios que frecuentaba, los objetos...Lo había visto en las películas. Eso solía funcionar. Si quería recordar, enfrentarse a todo aquello directamente, parecía la mejor opción. Quizás la única.

— ...Vale, de acuerdo. Veré qué puedo inventarme...

Sealand sonrió.

— Así me gusta—le dijo—. Ya te vas portando como el Letonia que conozco.


— Pero ¿a Anna qué le gusta? ¡La tía tiene de todo!—se quejó Atei, dando vueltas sobre sí mismo con los brazos abiertos.

— ¿Tú lees los mensajes cuando te escriben, macho?—lo miró Gintaras con el ceño fruncido—. ¡Que a ella le gustan las cosas vintage! ¡Yo qué sé, cualquier cosa que tenga una pinta mínimamente decente servirá!

— Bueno, para cosas vintage está la radio de los 90 de mi padre, tiene que ser algo que le pueda servir de algo—comentó Eduard sin apartar los ojos de los lomos de los libros que había en una estantería.

— Eh, ¿qué os parece esto?—Ausra sacó de un montón de perchas un vestido amarillo que mostró a sus amigos.

— ¡Pffft! ¡Eso no se lo pondría ni mi abuela!—dijo Gintaras—. Tiene que ser...yo qué sé, algo mono, como...como un juego de té, ya que ella está bebiéndolo a todas horas o...

— ¿Y esto?—Atei les mostró una Barbie, aún en su caja, que tenía un aspecto tan raro que no parecía ni la Barbie.

— Casi, casi. No sé. No me termina de convencer.

Eduard frunció los labios y siguió mirando entre los libros.

Encontró uno que estaba escrito en un idioma que reconoció. Eso era estonio. Sin embargo, fue todo lo que supo, pues solo cuando hojeó sus páginas se dio cuenta de que aquello era un libro de partituras.

Comprar en tiendas de segunda mano, y más aún en las vintage, como aquella, era toda una experiencia. Tener en las manos objetos que había poseído una persona, impregnados de sus recuerdos; del trato que habían recibido se podía saber tanto de una persona...Y si se ponía a pensar que era bastante probable que muchos de aquellos objetos a la venta habían pertenecido a gente que ya había muerto, la experiencia resultaba tan interesante como...Eduard no sabía describirlo. ¿Triste?

De igual forma, no supo describir la sensación que recorrió su cuerpo cuando descubrió anotaciones en aquel libro, en las partituras.

«Aquellas tardes en Kadriorg», decía uno en la cabecera de la nocturna número 9 de Chopin.

Vaya, sí que eran apuntes personales...Eso sí que era triste, que algo que contenía tantos recuerdos estuviera ahora a la venta, para que cualquiera se lo llevara a casa, sin saber apreciar lo que significó una vez. Se preguntó quién sería su anterior dueño y qué vivió en Kadriorg. Parecía que fue una bonita época de su vida. ¿Habría terminado ya? ¿Seguiría vivo, viva?

...Un momento...

¿Cómo había sido capaz de saber lo que ponía ahí? No había estudiado el estonio en su vida.

— ¿Has visto algo bueno, Ed?—Ausra se inclinó sobre él, y lo sacó de su ensimismamiento.

— Sí, pero para mí—contestó Eduard, girándose con el libro en la mano.

— ¿Qué es?

— Partituras.

— No sabía que supieras tocar algún instrumento.

— Bueno...Está en mi lista de 'cosas que hacer antes de morir': aprender a tocar uno.


Y Toris pensaba que el día estaba siendo tremendamente aburrido. Vika tenía que irse a casa de su padre, en Kaunas, y sus hermanos estarían fuera todo el día. Quedadas con los amigos. Él también habría querido quedar con los suyos, pero los que no estaban siendo jorobados por los trabajos de la universidad tenían cosas que hacer. La diversión de estar solos durante el fin de semana se había esfumado tan pronto..., ahora sus padres volvían a estar en casa y eso limitaba lo que podía hacer. Hasta que Eduard y Raivis no volvieran...

En más de una ocasión su amigo Kury le había preguntado si su mundo giraba en torno a sus hermanos pequeños. No era cierto, claro, pero...Pero las cosas no eran igual de divertidas si ellos no estaban.

Siempre se habían llevado bien. Es decir, habían tenido sus peleas, pero como todos los hermanos. Se querían de verdad. Les gustaba dormir en la misma habitación, aunque eso les quitara intimidad. Habían hecho la promesa de no ser como esos hermanos que se dejaban de hablar y se hacían maldades cuando había una chica o una herencia de por medio. Él, siendo el mayor, se habría roto la espalda por Eduard y Raivis. Uno de esos días se harían un tatuaje los tres para tenerlo grabado en la piel para el resto de sus vidas e irían a Nueva York, los tres juntos, porque nunca se sabía...nunca se sabía...

Sí, parecía que iba a ser un día aburrido, hasta que al salir de la facultad se encontró con que alguien lo había estado esperando.

— Hola.

Era la chica de la terraza, aquella rubia de pelo larguísimo, que nada más verlo se levantó del banco de piedra y lo miró con una sonrisa. De no haber sido porque el otro día se había dirigido a él, pensando que era otra persona, habría dicho que le estaba hablando a otra persona. Y esos enormes ojos esmeralda en él.

— ...Hola—respondió Toris, deteniéndose.

— Te he dado unos días para que le dieras al coco—le dijo ella—. ¿Ya te acuerdas de quién soy?

— Pues...Lo siento, pero no. Estoy más que seguro de que no la conozco, señorita.

Ella sonrió.

— ¿Y si te recuerdo quién era antes, te ayudará?—preguntó.

Toris comenzó a pensar en antiguos amigos o compañeros del colegio que pudieran haber transicionado a mujer. La gente podía cambiar tanto con los años...

— ¿Te acuerdas de tu viejo amigo Polonia?

Toris se quedó en silencio. Después, soltó una risita un tanto nerviosa.

— ¿Es alguna especie de nombre en clave? Polonia, Estados Unidos, Francia...

— No. Polonia. Polska, en realidad. Ese era mi nombre antes. Esa era mi identidad. Antes de que vinieran esos cabrones y me robaran mi vida. Pero no me puedo quejar. A ti te hicieron algo mucho peor, Lituania.

— ¿C-Cómo me ha llamado?

— Tú antes te llamabas Lituania. Lietuva. Liet, entre nosotros. Al menos todo ese viaje espectral te devolvió a tu casa...

La sonrisa comenzó a desvanecerse de la cara de Toris.

— Perdón, pero no sé de qué me está hablando...

— Sabes perfectamente de qué estoy hablando. En algún lugar, ahí dentro, está mi amigo, y quiero recuperarlo.

— ...Lo siento, me tengo que...

Toris hizo amago de marcharse, pero Polonia le cortó el paso.

— Tú también crees que estoy majara, ¿verdad?

— Pues...

— No pasa nada—sonrió Polonia enseñando los dientes—. Puedes decírmelo. Ya me he acostumbrado. Mira...¿cómo dices que te llamas ahora?

— Toris...

— Eso, Toris. Mira, Toris, todo esto puede parecer una locura, pero tienes que confiar en mí. No quiero hacerte daño. Solo quiero que sepas la verdad sobre quién eres y que nos ayudes a saber qué pasó. Es un poco largo de contar ahora, pero...

— De verdad, lo siento, pero me tengo que ir. En serio. Me están esperando. Lo siento.

Toris se zafó de Polonia y se alejó a toda prisa, casi corriendo. Temía que lo siguiera, pero Polonia se quedó ahí, mirándolo.

Apretó sus labios pintados. Quizás había estado demasiado impaciente. Pero se disculpó a sí mismo diciéndose que después de veinte años sin su amigo ahora volvía a verlo y aquello era algo que habría puesto nervioso al más templado. Al menos le sirvió para corroborar que era él. Muchas cosas eran distintas en él, pero seguía siendo el mismo de siempre. Se veía que el carácter sobrevivía a la reencarnación o algo así. Y él seguía apreciándolo igual que antes.

Lo siguió, pensando que ni la muerte podía cambiar ciertas cosas. Por fortuna.