Rodearon la mansión Agreste para escapar por el otro lado. Sin embargo, la voz de Gabriel los detuvo:

–¡Adrián! –oyeron que gritaba.

El chico se detuvo de golpe, indeciso. Multimouse tiró de él.

–¡No le escuches!

Pero Aspik dio media vuelta y echó a correr de regreso a la mansión. Multimouse lo siguió, preocupada.

Aspik se detuvo junto al muro y se asomó tras una esquina para ver lo que estaba sucediendo en la entrada de la casa. Gabriel y Nathalie habían salido al exterior, alarmados ante la pérdida de sus prodigios, y miraban a su alrededor en busca de los héroes que habían asaltado la mansión. Gabriel parecía fuera de sí.

–Adrián, ¿dónde estás? –insistió–. ¡Por favor, hijo, vuelve a casa!

Aspik inspiró hondo.

–No vayas –susurró Multimouse–. Por favor, no vayas.

–Sass, escamas dentro –susurró él, y volvió a convertirse en Adrián.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó ella, inquieta, cuando lo vio quitarse ambos brazaletes para devolvérselos.

–Mi padre ya no es Lepidóptero –explicó Adrián–. Ya no es un peligro, así que creo que quizá... debería volver... porque seguro que está muy preocupado.

–Adrián, no... –murmuró Multimouse.

El chico sonrió y colocó una mano sobre su hombro.

–No te preocupes, es mi padre. No me hará daño. Ni puede arrebatarme ningún prodigio, porque ahora soy solo yo, Adrián. Así que... –inspiró hondo–, te llamaré luego, ¿vale? Para ver cómo te ha ido con los Guardianes, y... –las palabras murieron en sus labios al contemplar el gesto desconsolado de Multimouse.

–No me dejes sola –susurró ella–. Te necesito ahora más que nunca.

–Intentaré... intentaré... –balbuceó él, pero no terminó la frase. Ambos sabían que, si regresaba a casa, su padre no volvería a dejarlo salir.

–¡Adrián! –volvió a gritar Gabriel–. ¡Sé que estás ahí, en alguna parte! ¡Te lo ruego, vuelve a casa!

El chico tragó saliva.

–Volveré a tu lado, te lo prometo –le dijo a Multimouse–. Encontraré una manera.

La besó con suavidad, le dio la espalda y avanzó hasta salir de detrás de la esquina.

–No sé si deberíamos dejarlo marchar –opinó Sass, preocupado.

–No vamos a perderlo de vista –le prometió Multimouse.

Un poco más allá, Adrián avanzaba hacia la entrada de la mansión, donde Nathalie trataba de convencer a Gabriel de que regresara al interior. Ninguno de ellos lo vio acercarse hasta que él se detuvo a unos metros de distancia, se aclaró la garganta y dijo a media voz:

–Padre.

Ambos se volvieron hacia él y lo miraron como si estuviesen contemplando un fantasma.

–Padre, soy... soy yo, Adrián –murmuró el chico.

Gabriel no dijo nada. Dio unos pasos hasta situarse frente a su hijo y lo observó con semblante inexpresivo. Adrián se estremeció sin saber por qué.

Había esperado que su padre lo abrazara, o se mostrara aliviado por recuperarlo, o al menos le preguntase dónde había estado. Pero Gabriel Agreste se quedó simplemente mirándolo como si fuese una mancha en la solapa de su mejor chaqueta. Después alargó la mano y lo agarró por la muñeca.

–¿Padre? –preguntó Adrián, inseguro.

Gabriel no se molestó en responderle ni en mirarlo a la cara. Alzó la mano de Adrián para examinarla con atención y, al no hallar lo que estaba buscando, la soltó para aferrarlo por la otra muñeca.

–¿Qué...? –empezó el chico, sin comprender.

Pero Gabriel dejó caer su mano, con rabia, y lo miró por primera vez a la cara para gritarle:

–¿Dónde está? ¿Qué has hecho con el anillo?

Adrián dio un respingo, sobresaltado, y retrocedió un par de pasos.

–Yo... yo... –balbuceó–. No sé de qué...

–¡No me mientas! –vociferó Gabriel–. ¿Dónde está el anillo? ¿Y mi broche? ¿Qué habéis hecho con mi broche, pequeño desgraciado?

Adrián trató de apartarse de él, pero tropezó y cayó de espaldas. Gabriel avanzó hacia él, con los puños apretados y el rostro congestionado en una expresión de rabia, y el chico, aún en el suelo, retrocedió como pudo.

–Padre, por favor... –suplicó.

–Señor Agreste... –trató de intervenir Nathalie. Pero Gabriel se la sacudió de encima sin prestarle atención.

–¿Qué has hecho con los prodigios? –bramó–. ¡Responde!

Adrián, aterrorizado, fue incapaz de decir nada. Oyó la voz de Marinette llamándolo, pero cuando su padre alzó la mano para golpearlo solo pudo cerrar los ojos y levantar un brazo para protegerse.

El golpe, sin embargo, no llegó. Adrián abrió los ojos y vio, sorprendido, que su guardaespaldas había aparecido de la nada para protegerlo. Había interpuesto su enorme corpachón entre el chico y su padre, y ahora retenía a Gabriel Agreste entre sus poderosos brazos.

–¡Suéltame! –aullaba mientras se debatía, furioso–. ¡Suéltame, pedazo de alcornoque! ¡Simio estúpido! ¡Te ordeno que me sueltes!

Adrián aún se sentía como si estuviese viviendo una pesadilla. Sintió que Marinette –Marinette, no Multimouse– se arrodillaba a su lado y lo abrazaba con fuerza.

–¡Adrián! Adrián, ¿estás bien?

–¡Vosotros dos... pequeños bastardos! –seguía gritando Gabriel–. ¡Me lo habéis arrebatado todo! ¡Sé que habéis sido vosotros... y os lo haré pagar!

Marinette se levantó para encararse con él.

–No sé de qué está hablando, señor Agreste –le dijo con frialdad–, pero ha de saber que esto no le va a salir gratis.

–Marinette... –empezó Adrián.

–¿Osas amenazarme, niña? –bramó Gabriel.

Marinette no se molestó en responder. Ayudó a Adrián a levantarse y se volvió por última vez hacia ellos. Gabriel seguía forcejeando, tratando de liberarse del Gorila, pero Nathalie desvió la mirada y no dijo nada. De modo que Marinette dio la mano a Adrián y los dos se alejaron de allí sin mirar atrás.

–¡Adrián! –gritaba tras ellos Gabriel Agreste–. ¡Vuelve! ¡Vuelve, hijo!

El chico se estremeció, pero no se detuvo. Oprimió con fuerza la mano de Marinette, y ella le devolvió el apretón, tratando de infundirle ánimos.

Solo cuando estuvieron lejos de la mansión Agreste y sus habitantes, cuando ellos ya no podían verlos, Marinette se detuvo y abrazó a Adrián con todas sus fuerzas.

–Por favor –susurró–, por favor, no vuelvas allí nunca más...

Adrián tragó saliva.

–¿Y a dónde voy a ir? –musitó–. Son mi familia. Es... es mi padre.

–Puedes venir conmigo –respondió Marinette–. A mi lado siempre encontrarás un hogar –le prometió con una dulce sonrisa.

Y Adrián se la devolvió y la abrazó, emocionado.


NOTA: Sé que el final de este fanfic se está retrasando mucho, y de verdad que lo siento, porque soy la primera interesada en terminarlo, pero estos días tan raros tengo mil cosas que hacer a todas horas. Intentaré seguir publicando capítulos, aunque sean cortos, y así, pasito a pasito, en algún momento llegaremos al final, espero.

NOTA 2: Odio profundamente a Gabriel y perdí toda mi fe en Nathalie después de Cat Blanc. Pero cruzo mucho los dedos para que el Gorila esté hecho de otra pasta.