Aspik y Multimouse aterrizaron en la terraza de Marinette y pronunciaron las palabras mágicas para deshacer la transformación.
Adrián y Marinette cruzaron una mirada repleta de emoción contenida. Entonces ella le mostró los prodigios de la mariposa y el pavo real, y ambos los contemplaron durante un instante antes de volverse hacia los kwamis que flotaban en torno a ellos. Eran seis ya: Sass, Mullo, Pollen, Wayzz, Nooroo y Duusu. Marinette tragó saliva al comprender que, por primera vez en más de doscientos años, la caja de los prodigios volvería a estar completa.
Pero no podía bajar la guardia. Todavía no.
–Seguidme –indicó a Adrián y a los kwamis.
Entraron en la habitación, y Marinette se apresuró a sacar el enorme huevo rojo de su escondite. Tras unas palabras de agradecimiento a los kwamis, fue colocando todos los prodigios en sus respectivos compartimentos.
–Pues ya está –dijo Adrián, aliviado–. Ya hemos cumplido nuestra misión.
–Aún no –replicó ella–. Todavía queda algo importante que hacer.
Sacó los pendientes de su compartimento, y Tikki se materializó a su lado en cuanto se los puso.
–¡Marinette! –exclamó el kwami–. ¿Qué ha pasado? ¿Estáis todos bien?
–Hemos recuperado los prodigios, Tikki –respondió ella con una sonrisa–. Te lo contaré más tarde, ahora debemos marcharnos.
–¿Marcharos? –repitió Adrián–. ¿Adónde...? ¡Ah, ya! ¡Tu cita con los Guardianes!
Marinette inspiró hondo y echó un vistazo al reloj. Eran las nueve y media de la noche.
–Aún faltan más de dos horas –contestó–. Pero hay otra cosa que debo hacer antes de reunirme con los Guardianes. Puntos fuera –dijo, y se transformó en Ladybug.
Adrián la contempló, maravillado. Era la primera vez que la veía transformarse y, aunque sabía que Ladybug y Marinette eran la misma persona, la certeza de comprobarlo con sus propios ojos lo dejó sin aliento.
Al mismo tiempo, evocó los tiempos en los que llevaba la máscara de Cat Noir. Solo habían pasado un par de días desde que había renunciado a su prodigio, pero tenía la sensación de que había sido una eternidad. Y echó de menos a Plagg.
–Marinette –se atrevió a decir–. Ahora que mi padre ya no tiene su prodigio... ¿podrías... por favor... devolverme el mío?
Ladybug se volvió para mirarlo con una expresión tan tierna que a él se le aceleró el corazón.
–Todavía no, gatito –le dijo con dulzura–. Esto que tengo que hacer yo sola.
–¿Por qué? –preguntó Adrián, intrigado–. Si no tiene que ver con los Guardianes... –Ella desvió la mirada, incómoda, y él lo comprendió–. Pero sí tiene que ver con mi padre, ¿verdad? No te basta con quitarle su prodigio...
–París tiene que saberlo, Adrián –se justificó ella–. La justicia tiene que actuar.
Él respiró hondo.
–Lo sé. Lo entiendo, sé que... sé que no es un akumatizado, que todas las cosas que hizo... que tiene que responder por ello, pero... –Vaciló un momento antes de continuar–, ¿por qué yo no puedo acompañarte como Cat Noir? Él ya no puede akumatizar a nadie. –Ladybug no respondió, y él insistió–: Es mi padre, Marinette.
Ella se volvió para mirarlo, muy seria.
–Y por eso aún tiene poder para hacerte daño.
–Pero...
–Adrián –cortó Ladybug–. Déjame mantenerte a salvo, por favor.
Él dio un paso atrás.
–No soy un niño –replicó, molesto–. Y ellos son mi padre y Nathalie, son mi familia. ¿Crees que no merezco saber por qué...?
–¡Claro que mereces saberlo! –cortó ella–. Pero va a ser... desagradable como poco, y simplemente creo... que ya has tenido suficiente, y que... no mereces tener que pasar por esto.
Adrián se tragó lo que iba a decir y trató de calmarse un poco antes de responder. Alzó la cabeza para mirarla, y descubrió, sorprendido, que estaba temblando y con los ojos húmedos.
–Milady –murmuró, y la atrajo hacia él para abrazarla con fuerza.
Ella suspiró y apoyó la cabeza sobre su hombro.
–Todavía intentas mantenerme a salvo en tu burbuja, ¿verdad? –le susurró él al oído–. Pero soy más fuerte de lo que piensas.
–Ya lo sé –respondió ella–. Sé que puedes enfrentarte a cualquier cosa. Y que no tienes miedo a nada. Pero es que él... él...
No fue capaz de continuar. Adrián comprendió entonces que el fantasma de Cat Blanc todavía la atormentaba.
–Ya no puede akumatizarme, bichito –le recordó.
–Pero lo hizo. O lo habría hecho. O lo haría, si pudiese.
–Pero...
–Adrián. –Ladybug se separó de él para mirarlo a los ojos–: ¿Realmente quieres acompañarme a denunciar a tu padre ante la policía?
El chico tomó aire, impresionado.
–Yo...
–Porque es exactamente lo que voy a hacer ahora mismo.
–Lo sé, pero...
–No tienes por qué pasar por esto. Deja que yo me encargue, ¿de acuerdo? Espérame aquí, por favor. Porque voy a necesitarte cuando vuelva.
Él la miró, intrigado.
–Confía en mí, por favor –insistió ella.
Adrián asintió lentamente. Ladybug sonrió y se puso se puntillas para besarlo en los labios.
–Volveré tan pronto como pueda –le prometió–. Nooroo –dijo entonces, y Adrián se dio cuenta de que el pequeño kwami seguía allí, observándolos en silencio, porque Ladybug aún no había devuelto su prodigio a la caja–. Necesito que vengas conmigo. Tengo algunas preguntas que hacerte.
–Claro, Ladybug –respondió él.
Ella se prendió en el pecho el prodigio de la mariposa, que se volvió completamente negro para mimetizarse con uno de los puntos de su traje.
–Ten cuidado –le dijo Adrián, inquieto.
Ladybug se volvió hacia él para guiñarle un ojo antes de salir por la ventana, acompañada de Nooroo.
La policía se presentó en la mansión Agreste justo cuando Gabriel y Nathalie salían por la puerta cargados con varias maletas. Al guardaespaldas no se lo veía por ninguna parte. Probablemente lo habían despedido, pensó Ladybug.
El teniente Raincomprix se adelantó para cortarles el paso.
–¿A dónde van con tantas prisas, señor Agreste?
–Nos vamos a Londres, con mi familia política –replicó él, muy digno–. ¿Y ustedes, qué hacen aquí? ¿Tienen ya noticias sobre el paradero de mi hijo?
–No disimule, señor Agreste –dijo Ladybug, tratando de contener su rabia–. Usted y yo sabemos que no le importa su hijo tanto como dice. De lo contrario, no estaría tan dispuesto a dejarlo atrás.
–¿Cómo te atreves? –se indignó él.
El teniente Raincomprix intervino:
–Señor Agreste: Ladybug afirma que tiene pruebas de que es usted quien se esconde tras la máscara de Lepidóptero. Y usted, señorita Sancoeur... es la identidad secreta de Mayura. ¿Qué tienen que decir al respecto?
–Que es mentira, por supuesto. Ladybug está cometiendo un terrible error...
Pero ella sonrió.
–Eso ya lo veremos –se limitó a responder.
A pesar de las reticencias de Gabriel, entraron en la casa.
–Pueden registrarla cuanto gusten –dijo él, de mal humor–. No encontrarán nada.
Pero se envaró cuando Ladybug avanzó sin dudar hacia su despacho. Los policías la siguieron, y Gabriel se apresuró a acompañarlos. Una vez en el interior, trató de impedir que ella se acercase al cuadro que colgaba en la pared del fondo. Pero el teniente lo detuvo.
–Usted dice que no tiene nada que ocultar, ¿no es cierto?
Gabriel entornó los ojos y desvió la mirada, pero no dijo nada.
Ladybug se situó frente al retrato y se volvió hacia los policías.
–Presten atención –les dijo.
Después alzó las manos para presionar los botones ocultos, tal como Nooroo le había indicado. Ahora, el prodigio de la mariposa estaba bien guardado en el interior de su yoyó, porque el pequeño kwami ya le había explicado todo lo que necesitaba saber mientras iban de camino a la gendarmería.
Activó el mecanismo secreto y de inmediato sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
El ascensor oculto la llevó hasta la guarida de Lepidóptero, una sala oscura, apenas iluminada por la luz nocturna que se filtraba por un enorme ventanal. Ladybug, sobrecogida, avanzó un par de pasos, pero se detuvo cuando una nube de mariposas blancas alzó el vuelo ante ella.
–Esto es... bastante revelador –oyó la voz del teniente Raincomprix a su espalda–. Servirá como mínimo para iniciar una investigación.
–Eso espero –murmuró ella, aún impactada.
–Pero, con todas estas mariposas aquí... ¿no puede seguir akumatizando a gente?
–No, porque Cat Noir y yo, con ayuda de nuestros aliados, les hemos arrebatado sus prodigios a ambos. Pero estamos dispuestos a testificar contra ellos y a contar lo que sabemos. También podemos garantizarles que, a partir de hoy, ya no habrá más akumatizaciones, y tampoco Mayura volverá a actuar.
–Interesante –murmuró el teniente.
Regresaron al despacho, donde los esperaban Gabriel, Nathalie y el resto de los policías.
–Gabriel Agreste, queda usted detenido como sospechoso de ser el responsable de todos los crímenes cometidos bajo la identidad del villano Lepidóptero –anunció Raincomprix.
–¡Esperen! –intervino entonces Nathalie–. Ustedes no lo entienden. Él no es un hombre malvado.
–Nathalie... –empezó Gabriel, pero ella avanzó hacia Ladybug.
–Necesito que veas algo. Necesito que lo entiendas –suplicó.
–¡Nathalie, no! –exclamó Gabriel. Trató de avanzar hacia ella, pero los policías se lo impidieron.
Ladybug estuvo a punto de negarse a la petición de Nathalie. Pero entonces pensó en Adrián, que necesitaba respuestas. Cruzó una mirada con el teniente, y él asintió.
–Veámoslo –dijo.
Pero Nathalie negó con la cabeza.
–Solo se lo mostraré a Ladybug.
El teniente frunció el ceño, pero accedió.
Ladybug se detuvo ante la cápsula que contenía el cuerpo de la señora Agreste e inspiró hondo, impresionada, al reconocerla.
–¿Está... muerta? –preguntó.
–Todavía no –respondió Nathalie–. Está sumida en una especie de letargo mágico. Aún estamos a tiempo de salvarla, pero si sigue así... no habrá nada que podamos hacer para despertarla. Ni siquiera con vuestros prodigios.
Ladybug se sobresaltó ligeramente.
–¿Es por esto por lo que queríais los prodigios? ¿Para... salvarla?
–Es la madre de Adrián –se limitó a decir Nathalie, sin responder a la pregunta–. Todo lo que Gabriel ha hecho... lo ha hecho por ella. Y por su hijo.
Ladybug se esforzó en no dejarse conmover. Había visto a Gabriel levantándole la mano a su hijo. Había visto a Adrián sufrir a causa de su actitud fría y distante. Lo había visto destrozado por dentro tras una máscara blanca.
–Si se usan nuestros prodigios para pedir un deseo –replicó–, aquel que lo haga deberá pagar un precio a cambio. Lo que significa que, si la señora Agreste despertase... otra persona deberá ocupar su lugar. ¿Gabriel lo sabía?
Nathalie desvió la mirada.
–No... no estoy segura.
–Tenía el libro de los hechizos y las notas del maestro Fu –recordó Ladybug–. Tenía que saberlo.
–Es posible que estuviese... dispuesto a pagar el precio... con tal de recuperar a su esposa. –admitió Nathalie. Ladybug no dijo nada, y ella añadió–. Es un buen hombre. Está enamorado... y desesperado.
–El precio a pagar podría haber sido su propio hijo –replicó Ladybug con frialdad–. Podrías haber sido tú.
Ella bajó la vista.
–Yo habría estado dispuesta a pagarlo –dijo en voz baja, y Ladybug la miró, sorprendida. Pero Nathalie no le devolvió la mirada.
–¿Qué le pasó... a la señora Agreste? –preguntó la superheroína con suavidad.
–Fue el prodigio del pavo real –respondió Nathalie–. Estaba dañado, y cuando ella lo utilizó... la dejó en ese estado.
–¿Dañado? –repitió Ladybug–. Pero...
–También me estuvo afectando a mí, pero Gabriel consiguió repararlo gracias a los conocimientos recogidos en el libro de los hechizos.
–Entiendo –murmuró Ladybug. Se volvió de nuevo para contemplar el pálido rostro de Emilie Agreste tras el cristal–. ¿Qué hizo con el prodigio del pavo real para quedar en este estado? –preguntó.
Nathalie sonrió con amargura.
–Es una larga historia –respondió–, y no me corresponde a mí contarla. De todas formas, ya da igual. Sin los prodigios de Ladybug y Cat Noir, Emilie Agreste jamás despertará. –Ladybug no dijo nada, y Nathalie insistió–: Se lo dirás a Adrián, ¿verdad? Merece saber la verdad.
Ladybug vaciló. Le había prometido a Adrián que se lo contaría todo, pero aquello... aquello era demasiado. ¿Cómo podía explicarle que París había sufrido tantos meses de angustia y terror porque su padre quería traer de vuelta a su madre en coma? ¿Cómo lo asimilaría?
–Se lo diré –respondió sin más.
"Cuando haya encontrado una solución a este problema", añadió para sí misma.
Nathalie seguía mirándola fijamente.
–Cat Noir... es Adrián, ¿verdad?
Ladybug se volvió hacia ella.
–¿Qué te hace pensar que voy a hablar contigo sobre la identidad secreta de mi compañero? –le replicó con frialdad.
Nathalie desvió la mirada con una triste sonrisa.
–Claro, por supuesto. Pero entonces, Adrián... ¿dónde está?
–A salvo –respondió ella–. Lejos de vosotros.
"Lejos de toda esta locura. De todo este dolor", pensó. Sin embargo no pudo evitar preguntarse, inquieta, durante cuánto tiempo podría mantenerlo al margen de aquella lúgubre historia que, lamentablemente, era también la suya.
–Volvamos arriba –dijo–. Ya he visto bastante.
Nathalie asintió, y le dio la espalda para guiarla por el enorme mausoleo hacia la salida. Ladybug aprovechó que ella no miraba para detener la grabadora de su yoyó.
Se reunieron con los demás en el despacho de Gabriel Agreste, que estaba fuera de sí.
–¡Nathalie! –exclamó–. ¿Qué has hecho?
Pero ella apretó los labios, desvió la mirada y no dijo nada.
Gabriel protestó, exigió ver a su hijo, a sus abogados y hasta al alcalde, pero no le sirvió de nada. Los policías se lo llevaron, a él y a Nathalie, y Ladybug se quedó de pie en la escalera de la mansión hasta que el coche patrulla se perdió de vista.
Después, con el corazón roto, regresó a su casa para reunirse con Adrián.
NOTA: Qué lejos veo un final feliz en el canon :(.
NOTA 2: Muchas gracias por vuestros ánimos! Todavía voy de cabeza en esta cuarentena pero espero poder continuar el fanfic porque ya queda muy poquito para acabar.
