Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera tendría un mejor final, fufufu...

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Fantasy Fiction Estudios

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Proyecto Idavollr 2017 - 2019

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IDAVOLLR

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La guerra de los hijos del vacío

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Vollr131

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IX

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¿Por qué no me lo dijiste, por qué quieres cargar con toda la culpa tu solo?… ¡Respóndeme!, ¡¿por qué?!

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Cuando Akane apareció en la sala de control que coronaba la alta torre de Noatum, un extraño silencio se cernió a su derredor. La chica avanzó lentamente, sus pequeñas botas de aventurera resaltaban con el destello de los metales con que estaban adornadas, golpeando el suelo pulido de piedra con el vibrante compás de lentas teclas de un piano siendo sacudidas con ominosa profundidad.

Elfos, enanos, hadas y mortales ynglingars aguardaban en sus puestos de control de la ciudad, con el resplandor de las pantallas de luz que aparecían en el aire reflejando sus imágenes sobre sus rostros silentes. Todos giraron y se irguieron de sus asientos para recibirla con un choque de puño sobre sus pechos y los rostros alzados con marcialidad.

Nabiki, unos escalones más abajo, la esperaba en el centro de la sala, donde hasta hacía un instante daba agitadas órdenes. Dio un paso al costado y también giró para encarar a su hermana menor. De no haber sido su hermanita, la habría confundido con una persona muy diferente, distante, cubierta por un manto de tristeza y cargando el peso de un universo sobre sus hombros.

Akane no sonreía, tan solo observaba hacia adelante, al horizonte más allá de la barrera de cristal compuesta de pequeños paneles hexagonales que como un cono protegía a la plataforma de mando, un largo y delgado balcón, de extremo afilado, encumbrado en el firmamento a cientos de metros sobre la ciudad. La joven hechicera, gobernadora de la última ciudad que quedaba en el universo asgariano, tenía el rostro pálido y los labios cerrados con fuerza. ¿Había llorado?, quizás, pensó Nabiki examinándola, pero sabía que de nada servía preguntar.

La vestimenta de la joven señora de la magia de Midgard se ajustaba a su delgada, pequeña y casi traslúcida figura, con su silueta cortando el cielo nocturno cubierto de violentos resplandores de la batalla decisiva que se libraba en las alturas. Parecía tan frágil, casi etérea, una niña cargando con la responsabilidad de una diosa, viéndose diminuta contra el gigantesco mundo gris, que cubría el cielo de horizonte a horizonte, y que se cernía sobre ellos a punto de aplastarlos.

Las horrendas sombras de los hijos del vacío, tan grande como naves, mitad grotescas deformaciones de metal y carne oscura que dejaban una estela de sangre vaporosa en el cielo, mitad espectros que se desdibujaban ante los ojos siendo imposibles de ser descritos del todo, eran como sombras que formaban un enjambre sobre ellos. Anomalías de existencias despedazadas en múltiples dimensiones a la vez, daban gritos que no se sabía si eran de amenaza o dolor. Seguían apareciendo por millares de todas direcciones, avanzando lentamente sobre el agitado océano que estaba por devorar lo que quedaba del continente de Asgard, con olas tan altas como torres y tan profundas que por momentos revelaban los oscuros secretos de los abismos del mar. El mundo sobre ellos estaba tan cerca que casi podían apreciar su superficie cubierta por una ciudad muerta e infinita, de torres plateadas, que ahora sabían eran las ruinas de un universo más antiguo y que fue infinitamente más avanzado incluso que la moderna Midgard de los humanos. En una de las pantallas se revelaban imágenes de los sensores que describían a ese planeta mucho más grande que todo Asgard, que ya era más grande que Midgard, o la tierra, siendo en comparación el mundo de los aesirs apenas una pequeña luna a punto de ser aplastada por este planeta veinte veces más enorme y descomunal.

—¡¿Y cuál es el gran plan?! —preguntó Heid con brusca insolencia, pero no consiguió romper la solemnidad con la que todos esperaban las palabras de la joven señora de la magia. Y con porfía continuó tratando de imponer el sentimiento de urgencia en sus palabras.— La barrera de creación que protege a las almas de Noatum no durará para siempre, los cañones de energía de las murallas no pueden destruirlos del todo, solo consiguen retrasarlos por un tiempo mandándolos de regreso al abismo fuera de este universo, pero… ¿Akane, estás escuchando? ¡Niña, despierta, nos están haciendo pedazos!

Ella lo hizo, dando un respingo, parpadeando y mirando a su derredor. Desde su posición elevada al principio de la plataforma de mando las voces, los sonidos violentos que seguían a los resplandores en el cielo, la fuerte vibración que sacudía el piso a cada momento, todo le pareció pequeño, insignificante, tan lejano como si fuera una escena que estuviera viendo en una película a la que no estaba prestando atención. Lo único que tenía en su mente era la última conversación que tuvo con Ranma.

Sí, quizás la última. Y aun así ella lo dejó ir por su propia voluntad.

El corazón se oprimía dentro de su pecho, las piernas que trataba de plantar con firmeza temblaban y si no fuera por su enorme fuerza de voluntad seguramente todo su cuerpo cedería hasta caer de rodillas. Pero consiguió mantenerse erguida ante todos, con una determinación que ni siquiera ella sabía que conseguiría tener en ese momento, o quizás, un acto de inercia al no ser del todo dueña de su cuerpo, en que su mente y alma se desconectaron del todo para no sufrir un dolor incapaz de ser soportado.

Un fugaz resplandor iluminó el cielo, más intenso que el de los disparos de energía creadora de los cañones en las torres de la ciudad. Una de las pantallas formadas en el aire reveló rápidamente, y ante todos, la imagen de la poderosa y rápida nave Skidbladnir abandonando el área de la barrera de Noatum. Todos en la plataforma de mando giraron una vez más sus cabezas mirando hacia adelante, a la estrella fugaz que se elevaba abriéndose camino con su valeroso resplandor a través de los millares de sombras que plagaban el cielo. Más fulgores estallaron alrededor de Noatum, producto de los rayos de luz que la pequeña nave de la desaparecida Vanaheim disparó en todas direcciones y que se curvaron abarcando una gran área del cielo, cortando a las espantosas abominaciones del vacío como si fueran espadas gigantes, entre explosiones de fluidos negros como la sangre y miasma.

—¿Skidbladnir? —exclamó un elfo confundido—... ¿Qué hace?

Akane volvió en sí, ahora de verdad, y trató de abrir los labios temblorosos aunque ninguna palabra salió de ellos. Sus ojos se clavaron al instante en un punto específico del cielo, como si gracias a aquella unión que compartían, más poderosa que el destino de los mortales, le diera la capacidad de cruzar toda la distancia que la separaba de la hermosa nave de estela dorada, hasta conseguir ver, como si lo tuviera a su lado, a uno de los osados tripulantes bajo el gran cristal con forma de diamante que protegía a la cabina. Un hombre joven que, a pesar de la larga distancia y la velocidad, también la percibió a ella y giró el rostro mirando hacia atrás. Sus miradas se encontraron, como si toda la distancia de un universo no significara nada entre ambos, compartiendo la misma ansiedad, el peligroso deseo que los consumía por estar juntos, y a la vez una maldición y pasión que ya había acabado con cientos de mundos antes. Ambos parpadearon como luchando contra aquel impulso que solo atraería la tragedia… y él apartó su rostro, cortando el enlace, con un gesto en su rostro como si estuviera saboreando el más amargo sabor de la despedida.

—Ranma…

Tras murmurar tan querido nombre, Akane consiguió recobrar el poco dominio que tenía sobre su alma, como si hubiera caído del cielo hasta estrellarse otra vez en el duro y frío piso que la esclavizaba. Y conteniendo sus lágrimas, envalentonada por la rabia y el dolor que sentía, se dirigió al resto de los operarios de la ciudad con una fuerza que los alentó en el momento más oscuro de la humanidad.

—¡Noatum, todos a sus puestos y prepárense para avanzar!

—¡Sí, mi señora! —bramaron en un coro de voces que retumbó en la plataforma de mando.

Las pantallas de colores se duplicaron hasta ocupar casi todo el espacio aéreo de la plataforma. Transmitían tomas de distintos puntos del cielo, tanto arriba como por debajo de la ciudad, al oscuro océano que avanzaba sobre las pocas costas de Asgard y sus últimas montañas. Otras tomas eran de las calles de Noatum, de las plazas y de los altos muros en que se agrupaban los defensores en torno a las armas de defensa. Esquemas de neón y extraños símbolos que indicaban cifras en la antigua escritura rúnica de Vanaheim mostraban los índices de energía en los distintos barrios, el nivel de contaminación del vacío que lastimaba el alma y la mente de los ciudadanos en los refugios, el estado de las barreras de existencia, así como la integridad del núcleo de Idavollr que daba poder a la ciudad voladora.

—La barrera está recibiendo mucho daño —advirtió un elfo oscuro desde su puesto.

—El primer y el tercer ejército se encuentran en estado de alerta en la plaza central a la espera de nuevas órdenes —informó un enano al que los pies le colgaban por lo alto de su silla.

—La totalidad de los refugiados ya han sido acomodados en los salones subterráneos, se están levantando sellos rúnicos como contramedida a los altos niveles de corrupción abisal...

Uno a uno los operarios de las estaciones de control dieron rápida cuenta del estado de la ciudad, nada parecía estar funcionando bien.

—¡Una nueva flota enemiga se acerca por el sur! —indicó una hada haciéndose escuchar por sobre las otras voces.

Con un toque sobre su panel de cristal, ella activó una pantalla que se agrandó en el aire, como si hiciera un acercamiento, mostrando una nueva formación de esas horrendas naves con rostros humanos gesticulando horriblemente, parecían estar vivos y cantando una espantosa cacofonía que amenazaba con enloquecer a las últimas almas vivas de Asgard, volando en formación como si fuera una gigantesca flecha negra en el cielo.

—Eso no es nada, ¿les puedo recordar que un planeta peor que mil maldiciones está a punto de aplastarnos? —anunció con urgente ironía Heid—. La velocidad de colisión del mundo sobre nosotros con Asgard está en constante aceleración. ¡En una hora mi bella Noatum será atrapada por las fuerzas de gravedad y del vacío, y triturada como una nuez rancia!

El rey de los Ynglingars, el señor de los enanos, los representantes de los elfos de luz y oscuridad, y Ámbar que lideraba a las hadas junto a sus hermanas, volvieron sus rostros hacia Akane como esperando alguna señal, lo que fuera, que les diera esperanzas.

Las montañas de Asgard comenzaban a despedazarse en el horizonte desplomándose en grandes bloques sobre el agitado mar, que las golpeaba con olas tan grandes como serían los montes más altos de la Tierra, formando un tsunami tras otro jamás imaginado en el mundo mortal. Justo en la dirección en que la ciudad voladora se dirigía intentando abrirse paso y escapar de las fuerzas del vacío. Al caer las primeras montañas pudieron ver en una decena de pantallas las antiguas praderas de Asgard, siendo también devoradas por el océano, y las antes tierras altas que guiaban hacia las montañas del Valhalla siendo engullidas o desmoronándose por los cataclismos. Del valle de Folkvan ya no quedaba nada más que un eterno océano bajo la ciudad de Noatum.

—Es… imposible —murmuró Zafiro tomando la mano de Prisma con fuerza—. La tierra alrededor del Valhalla es la más alta de todo Asgard, si apenas se ve sobre las aguas, eso quiere decir que el resto del mundo ya… Gimle... ha desaparecido del todo, para siempre.

Prisma volvió sus ojos al cielo, a la estela que dejaba la Skidbladnir que luchaba contra armadas de enemigos guiando el avance de Noatum, y estrechó su otra mano sobre su pecho.

Y a pesar de toda la desesperación reinante, Akane podía pensar en una única cosa: Ranma se había ido.

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En los aposentos subterráneos de Noatum los túneles eran tan amplios como calles y los salones formaban plazas abovedadas en que se reunían los miles de refugiados, protegidos por soldados que intentaban mantener el orden. Las paredes se estremecían con violencia y un poco de polvo caía constantemente de los arcos del techo. En el área oeste de los refugios, bajo la zona central, se había instalado un improvisado hospital en el que asgarianos y mortales trabajan juntos, con herramientas y magia, para tratar a los heridos que llegaban de la batalla. Tofú atendía sin descanso junto a Kasumi, que en ningún momento dejó su lado asistiéndole como una enfermera, además de que tampoco se olvidó de sonreír a todos los que lo necesitaran, aunque su delantal estuviera manchado de sangre y su cabello despeinado se pegaba a su frente cubierta de sudor. Pero ni ella era capaz de sanar las heridas en la mente que las voces de los hijos del vacío provocaban en todos soldados. No importando si fueran hombres, einjergars o elfos, hadas o los valientes enanos, aquellos que debieron enfrentarse a las abominaciones menores que consiguieron escabullirse en la barrera, se encogían de terror y se agarraban las cabezas con ambas manos, tapándose los oídos, como si no pudieran dejar de escuchar esos chillidos inhumanos y de recordar los espantos que los miraron con infinitos ojos, de múltiples realidades, con el voraz anhelo de consumirlos.

Un joven elfo se retorcía dando gritos, había perdido el brazo bajo el codo y la sangre se había coagulado formándose una costra negra, de un veneno que comenzaba a avanzar subiendo por el brazo hasta su hombro.

—No puedo hacer nada —dijo Tofú palpando el hombro del paciente, con la frente perlada de sudor. Su viejo optimismo estaba a punto de desplomarse en cualquier momento y esas voces, que todos escuchaban, también mermaban su voluntad y no había manera de acallarlas.

De pronto vio una luz intensa, una mano pequeña y frágil envuelta en un resplandor dorado que se posó sobre la suya, quedando ambas sobre el hombro del muchacho herido. La luz inundó su cuerpo de candor, Tofú sintió que aquel calor caía sobre su cabeza como si fuera un aceite, lento y suave se deslizó por su interior hasta devolverle la vida a sus miembros cansados y, a la vez, un delicioso silencio se apoderó de su cabeza, dando fin a las voces del vacío que susurraban y gritaban de agonía en todo momento. Suspiró profundamente. Recién notó que la misma sensación había abarcado al pobre muchacho, haciendo retroceder la oscuridad bajo la piel hasta que la herida se tornó tan solo de sangre y carne, borrando toda corrupción abisal de la materia. El joven elfo torció el rostro una última vez de dolor y luego suspiró quedándose profundamente dormido.

—Eso ayudará —dijo Kasumi, susurrando, como si no quisiera despertar al muchacho. Giró su rostro, muy cerca del del Tofú, y su sonrisa se convirtió en un pequeño rubor.

La joven retrocedió la mano tímidamente y poniéndose de pie le dio la espalda al quiropráctico. Era la primera vez que ella se sentía tan fuera de sí en su presencia, mientras que, para cambiar, Tofú estaba extrañamente tranquilo admirándola.

—Es un… un… pequeño truco que me enseñó Akane —susurró—. Tengo que ver a otros pacientes, lo-lo… lo siento.

Tofú la dejo marchar sin decir nada, tan solo saboreando la sensación cálida todavía, como el recuerdo de un día de primavera. La oscuridad ya no lo volvió a afectar. Cerró los labios y asintió, también tenía trabajo que hacer.

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Akane alzó el rostro y se dirigió a todos, no mirando a ninguno en particular.

—Dirección noroeste, a toda velocidad —ordenó con fuerza, a pesar del leve temblor en su voz—, ¡directo hacia Valhalla!

Un solmene silencio se apoderó de todos, a excepción del espíritu de Heid que se sonrió astutamente al comprender el plan de esa chica.

—¿Qué están esperando, una invitación para cenar de esos monstruos? —preguntó Nabiki con tono de regaño—. ¡Muévanse!

Ámbar y el resto de los dirigentes de las razas se acercaron a Akane rodeándola con miradas llenas de curiosidad. La hada fue la primera en dirigirse a ella.

—Mi señora Akane, el enemigo se concentra en esa dirección… Ah, ¡tiene un plan! —se interrumpió así misma al ver que la joven señora de la magia le contestó con una cándida sonrisa.

—Tenemos una oportunidad de escapar de Asgard —explicó Akane, con la sabiduría que ahora emanaba desde que se convirtió en discípula de Freya, aunque a veces hablaba en términos algo difíciles de entender para el resto—. Sabemos que Noatum no posee la energía suficiente para protegerse de la erosión del ginnugagap por sí misma, o para romper la membrana que envuelve a un universo, si lo intentáramos ahora la ciudad sería aplastada por las fuerzas de existencia entre este mundo y el que está arriba de nosotros, incluso antes de que sucediera físicamente —ejemplificó presionando ambas palmas hacia el centro como si tuviera a una imaginaria ciudad entre ellas—, tampoco podemos usar el portal que existe en el núcleo de Noatum para llevar a los refugiados a las instalaciones de la luna de Midgard, sin la ciudad no tendríamos manera de sobrevivir por mucho tiempo ahí. Por eso, con Ranma… —Al decir ese nombre, los ojos de la chica perdieron por un momento su resplandor natural, pero se repuso al instante y con valor—, digo… nosotros hemos desarrollado un plan de escape más seguro. —Akane avanzó unos pasos y apuntó hacia el horizonte, más allá de las pantallas de luz—. Usaremos a Bifröst, el enlace que une a Asgard con Midgard desde su creación.

—¿El puente del arcoíris? —preguntó el señor de los enanos—, ¿guardado por el aesir Heimdall desde la primera era de Asgard?

El espíritu de Heid apareció entre ellos, provocando un sobresalto en lo señores de la ciudad. Antes el inmenso parecido entre Heid y Akane les causaba confusión, pero ahora para todos era obvia la diferencia además del peinado y la ropa, en sus gestos, posturas y personalidades. La arrogancia y agresividad de Heid era mucho más parecida a la de Ranma, y también su poca cortesía, contrastaba con la bondad y desprendimiento de Akane.

—Esos son solo cuentos que inventaron los aesirs para dárselas de creadores de este universo... Dioses de verdad, ¡qué ridiculez!, no fueron más que estúpidos juguetes de guerra, descartados por obsoletos por sus auténticos creadores la gente de Idavollr —reclamó Heid con un odio antiguo y palpable—. Yo cree a Bifröst, el enlace o cordón umbilical que une a Yggdrasil con Midgard, en una relación dependiente que sirvió para traspasar la energía creadora de Gimle al mundo que moldeé para mi gente. ¡Yo lo hice!, y ese malnacido de Odín...

—Eso no importa ahora —la interrumpió Akane—. Podemos usarlo para cruzar la ciudad de Noatum hasta la Tierra sin necesidad de exponernos al ginnugagap y… eh… siempre que sea posible —dudó al final.

Heid lanzó un bufido todavía con el rencor vivo en los ojos, pero sabiendo que había cosas más importantes que seguir revolviendo su pasado. Asintió.

—Sí, es posible, si sobrecargamos el canal podríamos en la teoría formar un puente entre dimensiones, algo que la primitiva gente de Midgard comenzaba a vislumbrar bajo el concepto de agujero de gusano. Por supuesto, ustedes jamás imaginarían que este mecanismo no sirve para viajar grandes distancias físicas, sino para crear atajos entre dimensiones… En fin, hay que enfocarnos en el asunto. Por supuesto que conlleva riesgos, si canalizamos una gran cantidad de energía creadora sobre la matriz de Yggdrasil conseguiremos abrir el canal de Bifröst lo suficiente como para que pase toda Noatum, pero solo tendremos un intento, la sobrecarga terminará por destruir el canal y acelerar la destrucción de Asgard.

—Es eso o la muerte, creo que es una apuesta bastante segura —determinó Nabiki con una calma que todos envidiaron y desearían tener en ese momento.

—Todavía hay que llegar vivos a la cumbre del Valhalla —advirtió Ámbar sombríamente.

Las alarmas repicaron por toda la sala de mando. Un nuevo número de engendros abisales cubría el horizonte sobre las últimos cumbres de Asgard. Miles, imposibles de ser contados, como una gran mancha negra que contrastaba contra el cielo gris y plateado del mundo a punto de caerles encima. El coro de voces se unía en una cacofonía infernal, provocando una corrupción más intensa del vacío. Todos en la ciudad se estremecieron, hasta los refugiados bajo tierra paralizaron por un momento sus cuerpos sin ser capaces de reaccionar. Todos y cada uno de ellos se sintió desnudo, flotando indefensos en una oscura inmensidad, en un océano negro e insondable, eterno, que amenazaba con atraparlos y sumergirlos para siempre.

Las hermanas cristal temblaron, los enanos se quejaron y maldijeron, los elfos enmudecieron y lágrimas rodaron por sus mejillas. Incluso Nabiki tuvo problemas para mantener la calma, con su mirada oscurecida y sus manos temblando con fuerza.

—¡No se rindan! —ordenó Akane con fuerza—, todavía no hemos perdido.

La señora de la magia de Midgard, la joven hija de Kimiko y Soun Tendo, caminó hasta pararse en lo alto del palco central. Su pequeño cuerpo parecía resplandecer a los ojos de los que la observaban y su presencia creció, inundando sus corazones de una fuerza imbatible. Los seres mortales se sintieron libres al momento del influjo abisal, y con voces roncas respondieron a la orden de su señora volviendo las vistas a sus puestos y retomando las operaciones de control de la ciudad. La gran Noatum vibró con fuerza y, como una estrella con sus altas torres desafiando el cielo y las torres inferiores colgando rozando las olas del mar, avanzó velozmente formando con la fuerza de su gran masa y movimiento una estela que cortó el gigantesco oleaje, directo a enfrentarse a un enemigo voraz que ansiaba consumir hasta el último ladrillo de materia creada de la ciudad.

—Ella… es muy fuerte —murmuró Prisma, admirada por la manera con que Akane resistió e hizo retroceder la influencia abisal.

—No se trata de fuerza —contestó Heid a la curiosidad de la hada—, ella no está resistiendo al ginnugagap, todo lo contrario, es inmune a su llamado, como si fuera también parte de…

De pronto, un rápido resplandor hizo al espectro de Heid recordar a Ranma. Entonces su mirada se afiló peligrosamente. Su rostro mutó en curiosidad y estuvo a punto de abrir los labios, cuando Nabiki cruzó su mano delante de ella deteniéndola.

—Mejor no preguntes —dijo Nabiki.

—Pero ella, ¡ella es…!

—Lo sé. Pero ni tú ni yo tenemos derecho a meternos en un asunto más antiguo y privado. ¿No te parece así? —dijo Nabiki, con una media sonrisa que rozó un gesto de peligrosa amenaza. Al momento relajó su amenazador semblante y se quejó en un tono infantil—. ¡Ah!, y pensar que en otro tiempo hubiera cobrado muy bien por esa información, me estoy volviendo demasiado blanda y sentimental.

El espíritu se contuvo. De pronto, la grande y sabia Heid se sintió inferior al estar rodeada de esas niñas que parecían conocer secretos y hechos más antiguos de los que ella intentó dilucidar durante su torturada existencia.

Las voces se mezclaban en la plataforma de mando junto con el ruido de los estallidos y fulgores sobre sus cabezas.

—Hemos conseguido alcanzar la cordillera. Estamos sobrevolando las montañas de Asgard.

—Contacto con un nuevo avance de naves… o lo que sean esas cosas.

—¡Son más de diez mil, únicamente los que alcanzamos a percibir con nuestros sensores!

—Están rodeándonos antes de atacarnos, formando un círculo de cincuenta kilómetros, y cubren del todo las montañas.

—Los cañones de energía creadora no consiguen repeler tan solo a los que ya tenemos encima, ¡no podemos con más de esos monstruos cuando nos alcancen!

—Las tropas en los muros informan que algunas naves enemigas chocaron contra la barrera y la están intentando traspasar.

—Tiempo estimado de llegada a la cima de Valhalla: quince minutos midgarianos.

—¡No tenemos tanto tiempo, es nuestro fin!

Las voces subían y subían en desesperación. Las pantallas se llenaban de imágenes de las criaturas rodeando la barrera de la ciudad, chocando contra ella con sus rostros deformes hasta quedar convertidos en masas de sangre negra y carne abisal, estallando en nubes de miasma. Una tras otra como si fueran un ariete se despedazaron contra la barrera provocando fuertes temblores, dando alaridos inhumanos, cubriendo el cielo sobre ellos de un vaporoso miasma como si la sangre negra se evaporara al contacto de la atmósfera.

—Están tratando de entrar, ¡qué demonios están haciendo los cañones! —se quejó otro elfo en los controles.

Akane palideció, no podía hacer nada, solo esperar a que las defensas soportaran un poco más. Mientras, una nube de miles de nuevos engendros que sobrevolaban la cordillera de Asgard comenzó a cerrar el círculo alrededor de la pequeña e indefensa Noatum.

—¿Dónde están esos tontos? —se quejó Nabiki—, ¿qué están haciendo allá arriba?

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Sobre los muros esperaban las fuerzas de infantería de Noatum. Soldados Ynglingars, elfos de luz y elfos oscuros, enanos controlando poderosas armas de defensas hechas con cristales alimentados de energía creadora. También había einjergars y algunos gigantes que huyendo de las montañas de Utgard terminaron uniéndose a los refugiados. Las hadas formaban un segunda línea defensiva de arcos y hechizos, así como asistían con su magia para sanar los cuerpos y las mentes de los soldados afectados por la corrupción abisal. Todos atentos, tensos, mirando sobre sus cabezas como aquellas enormes criaturas, horrendas malformaciones, carentes de la vida como la entendían, se estrellaban contra la barrera, con sus rostros despedazándose sobre una pared invisible y repartiendo sus horrendos interiores por todo el cielo. Podían ver que el interior de esos seres, como si fueran naves de asalto, estaban llenos de hijos del vacío, criaturas espantosas, imposibles de describir del todo, que caían por decenas quemándose al contacto de la barrera. Pero sus gritos los lastimaban desde ya, parecían ser de seres mortales, coros de voces que sonaban a la vez de cada boca retorcida, casi enloqueciendo a los defensores, pues muchos de ellos juraron que en esas voces podían escuchar a sus seres queridos que no consiguieron llegar a Noatum.

—¡Mantengan la calma! —ordenó el general Kapsuo Saotome—. No se rindan al miedo... ¡Recuerden que existen! ¡Recuerden quienes son y a sus familias que dependen de ustedes!

En sus ojos azules y su rostro palidecido todavía quedaba la firmeza y frialdad que lo caracterizaba. Armado con la espada Gram, que resplandecía ansiosa por volver a tocar la carne abisal de los tiempos en que fue empuñada por el dios Touni, intentaba mostrar que estaba preparado. Sin embargo, al igual que el resto, él sabía que los mortales poco o nada podían hacer en contra de esos seres que con su sola presencia eran capaces de corroer la energía creadora que compone a los frágiles seres de un universo material.

—¡Arriba! —gritó un joven muchacho en la línea de infantería.

La barrera de energía creadora, que había vibrado con cada suicida embiste de las naves no vivientes, con el último choque resplandeció en esa zona con fuerza revelando complejos círculos mágicos que desaparecieron igual de veloces, como la luz de un relámpago. Luego aparecieron las primeras grietas, como si se tratara de un cristal, grandes y largos trozos de la barrera se desprendieron como si fueran de un material sólido, para deshacerse después como polvo brillante a medida que caían. Las grietas largas y pronunciadas como canales fueron rápidamente llenadas de una horda caótica de hijos del vacío. Las criaturas saltaron de las naves y moviéndose extrañamente en el aire, mezcla de sombras, vapor y serpenteando como víboras, se amontonaron en las finas grietas como animales sin consciencia, chillando horriblemente, mezclando sonidos imposibles de ser reproducidos en el universo junto con voces que parecían humanas, ecos de otras vidas, tiempos y existencias. Tan apretujados estaban que formaron una sola masa que expedía miasma, creando una densa oscuridad de la que asomaban dientes, ojos y otras protuberancias horribles, en el cielo sobre los defensores.

Los soldados de Noatum temblaron, algunos dieron un pie atrás. Ya con solo observar a esas criaturas, que estiraban sus brazos a través de la grieta, casi hasta parecer tentáculos, lastimaba sus mentes y almas.

—Firmes —ordenó Kapsuo blandiendo la espada en alto—… ¡Firmes!

Dos cañones de energía creadora concentraron su fuego en el punto de la grieta y el miasma estalló, como si la sangre negra compuesta de un fluido abisal saltara en todas direcciones. Los chillidos y rugidos provocaron más que miedo, ataques de locura entre las tropas. Algunos arrojaron las armas y corrieron despavoridos con los ojos desorbitados, otros cayeron sobre las rodillas llorando y gritando de terror. Un grupo de soldados se distanció alrededor de un elfo que cayó de costado como muerto, para después, consumido por el vacío, comenzara a pudrirse a una velocidad increíble, hinchándose su cuerpo, para luego hundirse y consumirse a sí mismo dejando tan solo huesos, vísceras mezcladas con fluidos negros y la armadura.

—¡FIRMES! —bramó una vez más kapsuo con todas sus fuerzas, aunque los bloques de piedra bajo sus pies comenzaron a vibrar como si en cualquier momento fueran a explotar separándose unos de otros. Pero toda orden fue inútil.

Un estallido en el cielo anunció la caída de un gran bloque de la barrera y como un enjambre de langostas los hijos del vacío entraron gritando y gimiendo, incluso escuchándose sollozos dentro de sus voces espeluznantes, cayendo en picada sobre el ejército defensor en el muro. Adoptando múltiples formas, siluetas difusas, carne negra, metal, miasma, garras y armas que aparecieron de la nada, monstruos o espectros, tomando las formas de sus peores pesadillas. Kapsuo Saotome apretó los dientes, empuñó la espada y trató de luchar contra una oleada de recuerdos que provocó la influencia del vacío, de sus más horrendos crímenes y temores, sosteniendo como un delicado copo de nieve la imagen en su mente del rostro de su esposa e hija que lo esperaban.

—No olvides quién eres… —susurró, mordiéndose el labio hasta sangrar, tratando de conservar su alma y cordura, cuando la corrupción abisal golpeó al ejército como una ventisca oscura mucho antes de que los hijos del vacío los tocaran.

Gritos, armas rotas, armaduras cayendo y rebotando por las altas paredes, lamentos y llanto, estruendo ensordecedor, todo se escuchó a la vez cuando las sombras se deslizaron entre las tropas, como grandes monstruos sin forma que parecían recobrar su tamaño al alzar los cuerpos ensartando de a dos y a tres a los soldados con largos dedos como garras. Otro, como una bestia, tomó la forma de una gran boca que trituró un cuerpo y lo lanzó al aire antes de engullirlo de una zampada. Una de las sombras adoptó la forma de un guerrero humano, pero al cruzarse con los soldados que quisieron detenerlos, este se sacó el casco y lo que mostró hizo que uno de los defensores cayera muerto al instante, y el otro dejó caer el arma, temblando, esperando la muerte mientras el hijo del vacío avanzaba lentamente hacia él, con una arrogancia digna de los mortales. Como una sombra era un hijo del vacío que se deslizaba envuelto en una materia oscura similar a una capa rasgada, revelando y escondiendo cuatro brazos que terminaban en protuberancias óseas similares a espadas. Se cruzaba con los desgraciados mortales a los que cortaba en dos o en tres, desmembrándolos al instante. Luego se echaba alguna parte de los cuerpos a la boca, y con un brazo o pierna colgando de sus dientes se lanzaba al instante sobre el grupo siguiente. Decapitó a un elfo, partió en dos a un enano desde la cabeza hasta la ingle y corrió hacia un grupo de hadas que disparaban con desesperación sus arcos tratando de mantener la línea. La sombra saltó por sobre los defensores, cortó en dos la cabeza de un gigante ignorando el casco y se lanzó en picada descendiendo sobre las indefensas hadas.

La sangre y el miasma se esparcieron por el aire tras un fuerte choque de aceros, y de pronto hubo un extraño silencio. Los hijos del vacío, como si todos reaccionaran como una sola mente, se detuvieron tirando a sus víctimas a medio consumir y giraron sus cuerpos, y cabezas los que parecían tener una, en dirección de las hadas. Allí, frente a ellas, yacía uno de los hijos del vacío con sus brazos afilados clavados en el suelo y su cuerpo despedazado evaporándose en una energía oscura. No se deshizo ni desapareció como otros hijos del vacío que fueron destruidos por la energía creadora, sino que su esencia se deslizó hacia arriba por la hoja de la fría espada, la que absorbió toda su materia abisal hasta no dejar nada, hasta que el último chillido del monstruo dejara de sonar.

Kapsuo agitó la espada limpiándola de los últimos trazos de materia abisal. Sus ojos eran fríos pero su alma irradiaba una sólida existencia incapaz de ser perturbada por la influencia de los monstruos.

—Pueden morir —dijo, haciendo su voz eco entre los aterrados soldados. Enterró la espada otra vez en la cabeza del monstruo, lo poco que quedaba de su cuerpo después de haber sido despedazado por la rápida espada Gram, arrancándole un gutural quejido—. ¡Pueden sangrar! ¡Pueden morir!

Uno a uno los soldados de Noatum afirmaron sus armas y afilaron sus miradas, llenándose de odio y deseo de vengar a los caídos, que formaban un charco de sangre y despojos entre ellos y la línea de monstruos que reptaban amenazadoramente, como si aguardaran por el siguiente asalto, pero prevenidos de que esta vez alguien podía hacerles frente.

Y en los cielos un nuevo sonido los interrumpió. Era similar a la voz espectral de los hijos del vacío, pero esta vez no se trataba de una desordenada cacofonía de voces, sino que de una única voz que parecía anular e incluso superar el ruido y la corrupción abisal de los engendros del ginnugagap. Entonces todos vieron en lo alto como una estrella a la nave Skidbladnir. Era una canción, de melodía ominosa y estremecedora, pero que de alguna manera misteriosa consiguió devolver la cordura a los soldados y los hizo ver a sus enemigos inconsistentes como si de pronto ahora fueran algo real, tangible, sólido, capaz de recibir heridas, de sangrar y también de morir.

—Soldados de Noatum... —susurró Kapsuo. Y alzó la voz en un estremecedor rugido—: ¡Mátenlos a todos!

Como una oleada fue el rugido de los soldados, sin que estos se percataran de que una gran cantidad de energía creadora los envolvió, de la misma fuente que alimentaba a la ciudad. Sus armas brillaban como sus cuerpos, los aceros parecieron tornarse traslúcidos, capaces de cruzar múltiples realidades para buscar a sus esquivos enemigos, y como una estampida se lanzaron al choque de los monstruos que, por primera vez, sintieron algo similar al terror.

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En la oscuridad de la cabina de la Skidbladnir los tres tripulantes guardaban un solemne silencio, escuchando a la pequeña niña, que ahora era también el alma de la nave, que al lado del asiento del capitán entonaba su misteriosa y estremecedora canción. La batalla bajo ellos, la vida de los miles de habitantes de Noatum y los millares de engendros del vacío que los rodeaban, todo parecía no existir en ese lugar. Los tres, con sus mentes concentradas, miraban hacia el horizonte donde aguardaba la cima de Valhalla, las ruinas y las raíces quemadas de Yggdrasil. Rashell cruzó los brazos, siempre con su sonrisa astuta. Méril tensó las manos alrededor del timón preparándose para lo que vendría. Ranma, en el asiento del capitán, levantó los ojos al cielo, al mundo muerto de Idavollr que estaba sobre ellos, y una poderosa nostalgia hizo presa de su corazón.

—¿Realmente quieren venir conmigo? —preguntó el joven de Nerima.

Ninguno de los otros dos respondió. Rashell se encogió de hombros y cerró los ojos. Méril giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con una sonrisa tontamente optimista.

—Par de idiotas —se quejó Ranma y sonrió—… Gracias.

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Continuará

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A mis valientes amigos:

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Ha pasado un tiempo difícil para muchos desde la última publicación. Cada generación tiene sus pruebas, que por muy dolorosas que sean algún día terminarán, luego se convertirán en experiencias de las que beberán las historias que contaremos a nuestros hijos y nietos. Porque así como nuestros queridos personajes pasan por periodos oscuros, nosotros en la realidad también nos vemos envueltos en situaciones que nos quitan toda alegría y esperanza. Sin embargo, encontramos también en esos héroes el ejemplo para no desistir, porque la luz no se ha extinguido, tan solo está oculta, no la vemos todavía y si seguimos marchando tarde o temprano volverá a brillar en el horizonte indicándonos el camino.

Ánimo, mis queridos amigos, que esta historia que vuelve a publicarse sea una pequeña ayuda para hacerlos sentir mejor.

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Si quieren leer una historia completa de principio a fin, llena de aventura, fantasía y romance al más puro estilo de mis fics, pueden hacerlo buscando mi novela Cristales de Alta Tierra en Amazon, Lektu y demás tiendas de ventas digitales de libros. También publico en Wattpad otros relatos originales que pueden encontrar buscando por el mismo nombre de autor que utilizo siempre.

Gracias por todos los reviews que me han dejado, siempre los leo muy atentamente, por los que nos siguen en nuestro sitio de Fantasy Fiction Estudios y especialmente a los que han apoyado mi sueño de ser autor profesional comprando mi novela o siendo mi mecenas aportándome con un café en el sitio de Ko-fi. Nos vemos muy pronto con nuevas entregas de mis humildes historias.

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Noham Theonaus

Espadachín mago de Idavollr