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CAPITULO 59

Cuando Meagan fue a buscarlas para que regresaran a la sala, a Candy no le quedaban uñas y la adrenalina de Soraya había alcanzado niveles altísimos.

Inmediatamente, Candy buscó a Albert con la mirada y lo que vio la alarmó. Tenía los hombros hundidos y la espalda encorvada. La cabeza inclinada sobre el pecho y las manos muy apretadas.

Lo miró fijamente, esperando que él le devolviera la mirada, pero no lo hizo.

El profesor Martin estaba sentado a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho. No parecía nada contento.

—Señorita White —dijo el doctor Aras—, permítame que vaya al grano. En vista de lo declarado por el profesor Ardley, puede retirarse. Informaremos a la oficina de registro de que su calificación es correcta y no debe modificarse.

Candy abrió la boca, sorprendida.

—Haremos todo lo que esté en nuestra mano para asegurarnos de que nadie vuelva a acosarla. —Mirando hacia Albert, añadió—: Si el profesor Ardley la molesta de alguna manera o si tiene dudas sobre las consecuencias de su relación con él, por favor, póngase en contacto con el profesor Martin inmediatamente.

»Está en su derecho de presentar una demanda contra el profesor Ardley si lo desea, pero deberá hacerlo antes de sesenta días desde el momento en que entregue el trabajo de final de programa. —Señalando a Soraya con la cabeza, añadió—: Estoy seguro de que su abogada le detallará los particulares de la normativa sobre demandas por acoso. Sé que usted ha presentado una demanda contra la señorita Leagan, pero esperamos que ambas las retiren, teniendo en cuenta el resultado de esta vista. Es libre de marcharse cuando quiera.

—Gracias, doctor Aras —dijo Soraya, sonriéndole ampliamente a la profesora Chakravartty, mientras aquél recogía sus papeles.

—No soy ninguna víctima —dijo Candy, testaruda.

—¿Perdón? —El doctor Aras la miró por encima de las gafas.

—He dicho que no soy ninguna víctima; que nuestra relación es consentida. —Se volvió hacia Albert—. ¿Qué está pasando?

Él mantuvo la mirada fija en el suelo.

—Señorita White, este comité se ha asegurado de que el profesor Ardley tuviera la oportunidad de declarar —le dijo el profesor Mwangi amablemente—. Basándonos en sus palabras, lo consideramos responsable de sus actos. Y nos comprometemos a ocuparnos de su bienestar.

—Mi bienestar va directamente ligado al suyo. Si van a castigarlo, castíguenme a mí también —replicó ella, dando un paso hacia la mesa.

Levantando la cabeza de golpe, Albert le dirigió una mirada furiosa.

—Señorita White, la universidad tiene el deber de proteger a sus estudiantes de ser acosados por sus superiores. Por favor, déjenos hacer nuestro trabajo. —El tono de la profesora Chakravartty era comprensivo.

—Estamos en esto juntos. Si él es culpable, yo también.

—No necesariamente.

—Entonces, díganme lo que ha dicho. Denme la oportunidad de responder.

Candy miró con desesperación a los miembros del comité, con la esperanza de que alguno de ellos se ablandara.

—El profesor Ardley ha admitido haber mantenido una relación inadecuada con usted mientras era su alumna. La profesora Picton ha confirmado que calificó su trabajo y que supervisó su proyecto de tesis. Así que estamos dispuestos a ser indulgentes con usted. A menos que insista en lo contrario.

—¡Por supuesto que insisto! Quiero que lo dejen en paz.

Los miembros del comité negaron con la cabeza.

—¿Por qué creen lo que dice él y no me creen a mí? Yo soy la alumna. Mi testimonio debería tener más peso. Él no hizo nada malo. Tienen que creerme. —Candy estaba al borde de las lágrimas.

—Señorita Harandi, controle a su clienta —dijo el doctor Aras elevando la voz, irritado.

—¡Por favor! —suplicó Candy, acercándose aún más a ellos—. Tienen que creerme. Déjenlo en paz.

—Les presentaremos un acuerdo de confidencialidad para que lo firmen todas las partes implicadas, tanto para su protección como para respetar la integridad de este procedimiento. Repito, para cualquier otro problema, diríjase al profesor Martin. —Y le hizo un gesto a Soraya con la cabeza.

—Vamos, Candy. —La abogada le tiró del brazo, pero fue en vano—. Vámonos antes de que cambien de idea.

—Albert, ¿qué ha pasado? —Candy dio un paso hacia él, pero la punta de la bota se le enganchó en la alfombra y se cayó de rodillas.

Cuando él levantó la cabeza, sus miradas por fin se cruzaron. Candy ahogó una exclamación al ver sus ojos tan fríos y carentes de expresión.

Albert volvió a agachar la cabeza.

En un instante, el fuego que corría por las venas de ella se transformó en hielo.

CONTINUARA