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CAPITULO 63
Archie y Candy estaban sentados en un café retro de la calle Queen. Hablaron de cosas intrascendentes hasta que el camarero les preguntó qué querían y luego cayeron en un silencio incómodo.
Archie fue el primero en romperlo.
—¿Cómo estás? —le preguntó.
¿Cómo responder a esa pregunta? No podía contarle que, aparte de destrozada por la pérdida de Albert, había estado disgustada por la pérdida de todo lo que él representaba: el amor adolescente, la virginidad, el descubrimiento de lo que había creído que era un amor profundo y recíproco…
Cada vez que se acordaba de la primera vez que le había hecho el amor, los ojos se le llenaban de lágrimas. Nadie la había tratado con tanta amabilidad ni le había prestado tanta atención. Había estado tan preocupado por no hacerle daño, asegurándose de que estuviera relajada. Le había repetido una y otra vez que la amaba mientras se movía en su interior, cada vez más cerca del orgasmo. El primer orgasmo que iba a tener con ella, por ella…
«Albert me miraba fijamente, moviéndose dentro de mí, diciéndome que me amaba y demostrándomelo con su cuerpo. Creo que en ese momento me amaba. Lo que no sé es cuándo dejó de hacerlo. O mejor dicho, cuándo decidió que amaba su trabajo más que a mí».
Archie se aclaró la garganta, medio en broma, medio en serio, para llamar su atención y Candy le pidió disculpas con una sonrisa.
—Bueno, me siento enfadada y disgustada, pero trato de no pensar demasiado en lo que ha pasado. Voy trabajando en el proyecto, pero cuesta escribir sobre el amor y la amistad cuando has perdido ambas cosas. —Suspiró—. Todo el mundo en la universidad debe de pensar que soy una puta.
Archie se inclinó hacia ella desde el otro lado de la mesa.
—¡Eh, no eres ninguna puta! Y si alguien lo dice en mi presencia, se llevará un buen puñetazo.
Jugueteando con el pañuelo bordado que tenía en el regazo, Candy guardó silencio.
—Te enamoraste de la persona equivocada y él se aprovechó de ti, eso es todo.
Ella trató de protestar, pero Archie siguió hablando:
—El doctor Aras me hizo firmar un documento de confidencialidad. Se están ocupando de que no salga a la luz nada de lo relacionado contigo ni con Ardley. No te preocupes de lo que piense la gente, casi nadie lo sabe.
—Eliza lo sabe.
—Estoy seguro de que le hicieron firmar el mismo documento. Si te enteras de que hace correr rumores sobre ti, denúnciala al decano.
—¿Y de qué servirá? Una vez que empiecen a correr los rumores, no habrá manera de pararlos. Me seguirán hasta Harvard.
—Se supone que los profesores no pueden aprovecharse de los alumnos. Si te hubieras negado a estar con Ardley, eso te habría podido perjudicar en tu carrera académica. Él es el malo de esta historia —añadió Archie, indignado—. En tu futuro hay un montón de cosas buenas para ti. Pronto acabarás aquí e irás a Harvard. Y algún día, cuando estés lista, encontrarás a alguien que te tratará como te mereces. Alguien digno de ti. —Le apretó la mano—. Eres dulce y amable. Eres lista y divertida. Y, cuando te enfadas, te pones muy sexy.
Ella sonrió con tristeza. Y Archie continuó:
—Aquel día que te enfrentaste a Ardley en el seminario… Fue un desastre, pero pagaría por volver a verlo. Eres la única persona que se ha atrevido a plantarle cara, aparte de Eliza, que está loca, y de la profesora Dolor, que es retorcida. Aunque reconozco que en ese momento me asusté al pensar en las consecuencias, le echaste agallas. Fue impresionante.
—Perdí del todo los nervios. No estaba en mi mejor momento, precisamente.
—Tal vez no. Pero me demostraste algo. Y le demostraste algo a Ardley. Que, cuando quieres, eres una tipa dura. Tienes que dejar que esa Candy salga más a menudo. Sin pasarte, claro.
Sonreía, pero se lo notaba impresionado. Aunque el tono era de broma, estaba hablando en serio.
—Trato de no dejarme arrastrar por la furia, pero te aseguro que está ahí —replicó ella en voz baja pero firme.
Mientras tomaban café, Candy le contó una versión reducida y editada de su relación con Albert. Le habló de su invitación a acompañarlo a Italia; de cómo la salvó de Neall en Acción de Gracias y de que había pagado la operación para quitarle la cicatriz del mordisco. Mientras la escuchaba, él iba abriendo los ojos, asombrado.
Candy siempre se había sentido cómoda hablando con Archie. No era tan intenso como Albert, por supuesto, ni tenía cambios de carácter tan bruscos, pero era un buen amigo y sabía escuchar.
Incluso cuando la reñía por haber elegido a Soraya Harandi como abogada.
Aunque cuando ella le dijo que la había elegido Albert, el foco de su enfado cambió.
—Voy a hacerte una pregunta personal. Si no quieres responder, no pasa nada. —Archie miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía.
—¿Qué quieres saber?
—¿La profesora Singer sigue viéndose con Albert? ¿Os reunisteis alguna vez con ella mientras duró vuestra relación?
—¡No! Claro que no. Él trataba de mantenerme lejos de ella en todo momento, incluso la noche que cenamos en el Segovia.
Archie negó con la cabeza.
—No entiendo cómo no me di cuenta de que estabais juntos.
—Sé que no tienes buena opinión de él, pero no lo conoces. Me contó que su relación con la profesora Singer había sido muy breve y que había acabado hacía ya tiempo. Y antes de que lo digas, no, no creo que me estuviera mintiendo.
Archie se frotó la barbilla.
—Ya sabes que denuncié a la profesora Dolor el año pasado. Soraya Harandi la defendió. Me apunté a su seminario sobre tortura medieval pensando que trataría temas relacionados con mi tesis y desde el primer día me acosó. Al principio no le di importancia, pero luego recibí un correo electrónico suyo muy extraño. Aunque se aseguró de que el redactado fuera ambiguo, hasta un ciego se habría dado cuenta de que me estaba haciendo proposiciones. Por eso la demandé.
»Por desgracia, Soraya Harandi hizo un gran trabajo y convenció a los miembros del comité de que yo había malinterpretado sus palabras y de que había dejado correr la imaginación. Era mi palabra contra la suya.
»La única persona que se puso de mi lado fue la profesora Chakravartty, que aportó correos electrónicos que Singer había enviado a otras personas, argumentando que siempre seguía el mismo patrón de conducta. Pero el doctor Aras me hizo salir de la sala en cuanto se mencionaron los correos, así que no sé a quién iban dirigidos. La profesora Dolor se libró con sólo una advertencia y la orden de mantenerse alejada de mí. Nunca volvió a molestarme, pero siempre he querido saber a quién más había acosado. Espero que Ardley te mantuviera a salvo de ella.
—Lo hizo. No tuve ningún contacto con ella, ni él tampoco. Siento mucho que tuvieras que pasar por esa experiencia.
Archie se encogió de hombros.
—Me molesta que no recibiera ningún castigo y que pueda seguir campando a sus anchas. Para eso se crearon las normas de no confraternización, para proteger a los estudiantes y sus carreras académicas.
Durante unos momentos, ambos guardaron silencio, bebiendo café.
—Siento mucho haberte mentido —dijo ella, con ojos llorosos.
Él bajó la cabeza y suspiró.
—Supongo que yo habría hecho lo mismo —admitió, apretándole la mano una vez más.
Al volver a casa, Candy estaba mucho más animada. No se encontraba bien, aún se sentía rota por dentro, pero eso era normal. ¿Cómo sentirse entera cuando tu otra mitad te ha rechazado?
Tras un fin de semana productivo, durante el que adelantó mucho el proyecto, reunió fuerzas para llamar a Nicole. La psicóloga le había dejado varios mensajes, preguntándole por qué había dejado de acudir a terapia tan bruscamente y sin avisar. Cuando Candy habló con ella y le contó tímidamente que era Albert quien pagaba las sesiones y que no le parecía bien seguir yendo, ahora que ya no estaban juntos, Nicole respondió que él había avisado de que seguiría pagando las sesiones de Candy indefinidamente.
Ambas mujeres llegaron a la conclusión de que no estaría bien permitir que Albert siguiera pagando las facturas, sobre todo en esos momentos, cuando se había convertido en la principal razón de que ella necesitara terapia. Así que Nicole le devolvió el dinero a Albert sin más explicaciones y se puso de acuerdo con Candy en establecer unas nuevas tarifas, adecuadas al poder adquisitivo de ésta.
Dicho de otro modo, Candy seguiría acudiendo a terapia a cambio de pagar una tarifa ridícula.
Nicole estaba encantada con el acuerdo. No quería dejar a una estudiante sin recursos en la estacada.
Dos semanas después de la desaparición de Albert, Candy y ella hablaron de la ruptura, del dolor que estaba sintiendo y de cómo había decidido enfrentarse a ese dolor. Nicole la animó a centrarse en las cosas buenas que le ofrecía la vida y, sobre todo, a dedicar todos sus esfuerzos al proyecto.
A Candy le parecieron consejos muy razonables.
Esa noche, después de haber avanzado un poco más en el proyecto, se acostó y se durmió en seguida. Al cabo de un rato, notó que alguien se acostaba a su lado y la abrazaba, envolviéndola con su calor. Una nariz familiar le acarició el cuello y notó un suave aliento en el hombro.
—¿Albert?
Él respondió con un murmullo ininteligible.
—Te he echado tanto de menos —dijo ella, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
En silencio, él se las secó y empezó a besarle la cara una y otra vez.
—Sé que me amaste. —Relajándose, apoyó la espalda contra su pecho—. Lo que no entiendo es que no me amaras lo suficiente como para quedarte conmigo.
Las manos que la abrazaban se fueron aflojando hasta dejarla sola en su cama fría.
Candy pasó parte de la mañana siguiente mirando por la ventana, tratando de comprender el extraño sueño que había tenido la noche anterior. Albert había regresado a su lado, pero seguía sin decirle nada. No le había dado explicaciones de sus actos ni le había pedido disculpas. Sólo había ido a buscarla y la había abrazado.
Ella había encontrado consuelo acurrucándose contra su cuerpo. Había suspirado de alivio y su subconsciente había sido incapaz de rechazarlo.
«En realidad no fue un sueño —pensó luego—. Sólo una pesadilla distinta».
Tras un desayuno ligero, revisó el correo electrónico en su iPhone. Entre los correos recibidos había uno de Anny:
¡Hola, Candy! ¿Qué pasa con Albert? No contesta al teléfono. He probado a llamarlo al fijo, pero tampoco. Supongo que seguís de luna de miel, pero dile que responda las llamadas de vez en cuando.
He elegido ya los vestidos para las damas de honor. Son de un rojo oscuro e intenso que te favorecerá mucho. Te enviaré un link para que veas las fotos y me des tu opinión. También necesitaré tus medidas para encargarlo.
Por cierto, por fin he conocido a la novia de Anthony. Su hijo, Quinn, es un encanto.
Te quiero,
Anny.
El primer impulso de Candy fue cerrar el correo e ignorar el mensaje. Eso fue lo que hizo cuando Neall y Natalie la humillaron. Pero como la psicóloga le había dicho, esa vez tenía que cambiar de actitud y afrontar las cosas de otro modo. Tenía que ser más valiente. Respirando hondo, empezó a escribir:
Anny, estoy segura de que los vestidos serán preciosos. Te enviaré las medidas pronto. Me alegro de que hayas conocido a la novia de Anthony. Tengo ganas de conocerlos a los dos, a ella y a su hijo.
Hace días que no hablo con Albert. No sé dónde está. Se marchó. Me ha dejado. C.
Un minuto y cuarenta y cinco segundos más tarde, el iPhone de Candy sonó, indicando que Anny la estaba llamando. Por desgracia, el valor la abandonó en ese mismo instante y no fue capaz de responder. Poco después, le llegó un SMS:
Lo mataré. A.
CONTINUARA
