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CAPITULO 65
—¡Será hijo de puta! —gritó Robert White al auricular. Candy tuvo que colocarse el iPhone a distancia para no quedarse sorda—. ¿Desde cuándo?
—Bueno, desde marzo. —Sorbió por la nariz—. Me lo confirmó por correo electrónico.
—¡Menudo cabrón! ¿Qué motivos te dio?
—No me dio ningún motivo. —Candy no se sentía con fuerzas para contarle a su padre la cadena de acontecimientos que habían llevado a su ruptura con Albert. Además, sabía que cualquier sospecha de fraude académico haría que el hombre se enfureciera.
—Le pegaré un tiro.
—Papá, por favor.
La conversación ya era bastante dura, sin tener que preocuparse además por si su padre cumplía sus amenazas y perseguía a Albert por los bosques de Selinsgrove para dispararle en el culo.
Rob respiró hondo.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé.
—Odio decirte esto, Candy, porque sé que lo querías, pero Albert es un cocainómano. Y ese tipo de adicciones son difíciles de superar. Puede que haya vuelto a consumir. O que se haya metido en líos con su camello. Las drogas son un asunto muy sucio. Me alegro de que se haya ido. Cuanto más lejos estés de él, mejor.
Al oír a su padre, Candy no se echó a llorar, pero el corazón se le encogió.
—Por favor, papá, no digas eso. Prefiero pensar que está en Italia, trabajando en su nuevo libro.
—En una granja de desintoxicación, más bien.
—Por favor.
—Lo siento. De verdad. Sólo quiero que mi niña encuentre a un buen hombre y que sea feliz.
—Yo quiero lo mismo para ti.
—Vaya par estamos hechos. —Rob carraspeó y decidió que era un buen momento para cambiar de tema—. ¿Qué tal la universidad? He conseguido algo de dinero por la venta de la casa y me gustaría ir a verte. También me gustaría que habláramos del verano que viene. Tienes que venir a conocer tu nueva habitación. Puedes pintarla del color que quieras. ¡Píntala de rosa si eso te gusta!
Candy sonrió.
—Ya hace años que no me apetece dormir en una habitación rosa, pero gracias, papá.
Aunque Selinsgrove era el lugar del mundo al que menos le apetecía ir en ese momento, al menos tenía un padre y una casa nueva que la esperaban. Una casa sin recuerdos de su madre ni de Neall. Ni de Albert.
El 9 de abril, Candy caminaba sobre la nieve a medio derretir en dirección a la casa de la profesora Picton. En una mano llevaba una copia impresa del proyecto y en la otra una botella de chianti.
Estaba nerviosa. Aunque su relación con la profesora Picton había sido cordial, nunca había sido cálida. Katherine no era del tipo de profesores que mimaba o adulaba a sus alumnos. Era profesional, exigente y nada sentimental. Por eso, cuando la invitó a llevarle el trabajo impreso en persona y quedarse a cenar, se extrañó. Pero ni se le pasó por la cabeza negarse.
Frente a la fachada principal de la casa de tres plantas, Candy se secó las palmas de las manos en el chaquetón antes de llamar al timbre.
—Candice, bienvenida —la recibió la mujer, invitándola a entrar.
Si el estudio de Candice era un agujero de hobbit, la casa de la profesora Picton era una vivienda élfica. Como los elfos de los bosques, se notaba que era aficionada a los muebles de calidad y a las antigüedades. Lo que se veía era antiguo y caro. Las paredes estaban forradas con maderas nobles y los suelos cubiertos con gruesas alfombras. La decoración era aristocrática, pero no recargada ni excesiva. Y todo estaba perfectamente ordenado.
Después de colgar su abrigo, la profesora aceptó encantada el vino y el trabajo y la invitó a pasar a una salita. Candy se sentó en una butaca de piel frente a la chimenea y aceptó una copa de jerez.
—La cena está casi lista —dijo Katherine, antes de desaparecer, como una diosa griega.
Candy se entretuvo hojeando grandes libros de arquitectura y jardines ingleses que había sobre la mesita auxiliar.
Las paredes estaban cubiertas por cuadros de escenas bucólicas, intercalados con solemnes retratos de antepasados Picton en blanco y negro. Candy saboreó el jerez, disfrutando de la cálida sensación que le bajaba hasta el estómago. Antes de que se hubiera acabado la copa, Katherine fue a buscarla para cenar.
—¡Qué bonito todo! —dijo Candy y sonrió para disimular lo nerviosa que estaba.
Se sentía intimidada por la porcelana fina, las copas de cristal y los candelabros de plata que la profesora Picton había colocado sobre el mantel de tela de damasco blanco, que parecía acabado de planchar.
(Ni siquiera la mantelería se atrevía a arrugarse sin el permiso de la mujer).
—Me gusta tener invitados, pero francamente, me cuesta encontrar a alguien a quien pueda soportar durante una cena entera.
A Candy se le cayó el alma a los pies. Procurando no hacer ruido, se sentó al lado de ella, que ocupó la cabecera de la larga mesa de roble.
—Huele delicioso —comentó Candy, tratando de no salivar por el aroma a carne asada y verduras estofadas.
Llevaba días sin demasiado apetito, pero la pericia culinaria de la profesora Picton parecía a punto de acabar con ese problema.
—Suelo tomar más verduras que carne, pero según mi experiencia, los estudiantes apenas comen carne. Por eso he rescatado esta vieja receta de mi madre. Estofado normando, lo llamaba. Espero que te guste el cerdo.
—Oh, sí, me gusta mucho. —Candy sonrió, pero al ver la piel de limón que adornaba el plato de brócoli hervido, su sonrisa se desvaneció.
«A Albert le gustaba adornar los platos».
—¿Brindamos? —La profesora sirvió el vino que había llevado Candy y levantó su copa.
Ella la imitó.
—Por tu éxito en Harvard.
—Gracias. —Candy bebió para ocultar las emociones que la embargaban.
Pasados unos momentos, Katherine volvió a retomar la conversación.
—Te he invitado para comentar varias cosas. En primer lugar, tu proyecto. ¿Estás satisfecha con el resultado?
Ella se apresuró en tragar un trozo de chirivía.
—No.
La mujer frunció el cejo.
—Lo que quiero decir es que creo que es mejorable. Si pudiera dedicarle un año más, sería mucho mejor…
Dándose cuenta de que había hablado demasiado, Candy deseó que se abriera un agujero en el suelo y se la tragara.
Inexplicablemente, la profesora sonrió y se echó hacia atrás en la silla.
—Ésa era la respuesta correcta. Bien dicho.
—¿Cómo?
—Los estudiantes de hoy en día se creen que valen mucho. Me alegro de comprobar que, a pesar de tus éxitos académicos, no has perdido la humildad.
»Por supuesto que con un año más el trabajo sería más completo. Si sigues trabajando a este ritmo, dentro de un año serás más erudita y podrás trabajar mejor. Me alegra mucho que te des cuenta del potencial de mejora. Ahora podemos pasar a otro tema.
Candy bajó la mirada y la clavó en los cubiertos, sin saber qué esperar.
Golpeando con un dedo sobre la mesa, la profesora Picton dijo:
—No me gusta que los demás se metan en mi vida privada, así que yo no suelo meterme en la vida privada de los demás, pero en tu caso, David Aras me obligó a entrar. —Hizo una mueca de disgusto—. No estoy al corriente de todo lo que se dijo en ese proceso digno de McCarthy, ni quiero estarlo —aclaró, mirándola con intención.
»Greg Matthews está buscando a alguien que ocupe la cátedra de estudios sobre Dante en Harvard. Esperaba que fuera Albert quien la obtuviera. —Con el rabillo del ojo, vio que Candy se removía en el asiento, inquieta, pero siguió hablando—: Por desgracia, se la han ofrecido a otra persona. Primero, tontamente me la ofrecieron a mí, pero les dije que no tenía intención de abandonar mi retiro.
»No entiendo cómo ese horrible profesor Pacciani acabó en la lista de candidatos. En cualquier caso, la plaza será ocupada por Cecilia Marinelli. Se la han robado a Oxford. Sería muy bueno para ti trabajar con ella. Si quieres, puedo llamarla por teléfono y avisarla de tu llegada.
—Muchas gracias, profesora. Es muy amable de su parte.
Katherine hizo un gesto con la mano.
—No es nada.
Luego, las dos mujeres acabaron de cenar en relativo silencio. Mientras Katherine recogía la mesa, después de rechazar los repetidos ofrecimientos de ayuda de Candy, ésta se acabó el vino.
Aunque lamentaba que Albert no hubiera obtenido la plaza de sus sueños, se sentía aliviada al saber que no se lo encontraría en Harvard el curso siguiente. Su presencia en el departamento le habría supuesto todo tipo de problemas. Nunca más podría trabajar con él. Y le resultaría muy doloroso tener que mantener una actitud distante y profesional en su presencia. Era muy preferible que él permaneciera en Toronto y no la siguiera a Boston. Aunque le doliera, era una suerte que Harvard hubiera contratado a la profesora Marinelli.
Después del postre y del café, Katherine propuso que pasaran al salón. Una vez más, Candy se sentó en la cómoda butaca frente al fuego, mientras la profesora le servía una copita de oporto.
Aunque Albert y ella tenían gustos muy distintos en cuanto a decoración, al parecer, los especialistas en Dante compartían el gusto por beber frente a la chimenea.
—En Harvard podrás empezar de cero. Nadie sabrá nada de lo que ha pasado aquí. Hasta entonces, te recomiendo que lleves una vida discreta. —La profesora la miró fijamente—. Los estudiantes, especialmente las chicas, son muy vulnerables a los ataques contra su reputación. Hay gente en la universidad que, cuando se encuentra a una estudiante brillante, prefiere pensar que ha obtenido esos resultados mediante la prostitución y los favores y no mediante el esfuerzo y el trabajo académico. Lo mejor es no darles excusas para que sigan pensándolo.
—Profesora Picton, le juro que trabajé mucho en ese seminario. El profesor Ardley no me ayudó en nada, ni me dio ningún trato de favor. Precisamente por eso le pidió que me calificara usted.
—Estoy segura de que es así, pero me engañaste y eso me molesta un poco.
Candy la miró horrorizada.
—Sin embargo, entiendo por qué no me lo contaste todo. Seguro que Albert te lo prohibió. También estoy molesta con él, pero por razones que no quiero divulgar, le debo un favor.
Bebió un sorbo de oporto, pensativa.
—Durante mi etapa de estudiante en Oxford, era vergonzosamente frecuente que los profesores mantuvieran relaciones con sus alumnas. No todos, pero alguno de esos casos eran lo que hoy conocemos como acoso. Otras veces eran relaciones amorosas. Vi de los dos tipos. —Mirándola solemnemente, Katherine añadió—: Conozco la diferencia entre un Willoughby y un coronel Brandon. Espero que tú también.
La noche siguiente, Candy se acercó a casa de Archie. Habían quedado para tomar café y comentar la cena en casa de la profesora Picton.
Él se volvió hacia Candy en el sofá.
—Ahora que ha acabado el semestre, ¿qué planes tienes? ¿Te mudarás en seguida?
Ella bebió un sorbito de café.
—Tengo contrato de alquiler hasta finales del mes de julio, pero espero convencer a mi casero de que me lo rescinda a mediados de junio.
—¿Después de la graduación?
—Sí. Mi padre vendrá para ayudarme con la mudanza.
Archie dejó la taza en la mesita auxiliar.
—Yo volveré a Vermont en junio. Puedes venir conmigo. Yo te ayudaré con la mudanza.
—Es que mi padre quiere venir de todos modos.
—Podemos viajar juntos. Podéis quedaros en la granja un par de días y luego os acompaño a Boston y te ayudo a instalarte. ¿Vivirás en la residencia?
—No lo sé. Me mandaron una carta diciéndome que no habría plazas libres en la residencia hasta agosto. Necesitaré algún sitio donde vivir hasta entonces.
—El hermano pequeño de un amigo mío estudia en Boston, en la facultad. Si quieres, le pregunto si conoce a alguien que quiera subarrendar su apartamento. La mitad de los habitantes de la ciudad son estudiantes. Es raro encontrar a alguien mayor de veinticinco años.
—¿De verdad aparte de ayudarme con la mudanza, me ayudarías a encontrar un apartamento?
—Bueno, no esperes que vaya a salirte gratis. Espero cobrar en cerveza. Por cierto, me gusta la marca Krombacher.
—Creo que podemos arreglarlo.
Candy sonrió y brindaron con las tazas de café.
—¿Quiénes son? —preguntó ella entonces, señalando una fotografía de cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, medio ocultos tras un pingüino, encima del televisor.
—La chica de la izquierda es Heather, mi hermana pequeña, con su esposo Chris. Yo soy el de la derecha.
—¿Y la otra chica? —Candy se fijó en la cara de una bonita joven que agarraba a Archie por la cintura y se reía.
—Ejem, es Alison.
Ella esperó pacientemente a que él especificara más.
—Mi ex novia.
—Oh.
—Seguimos siendo amigos, pero ella trabaja en Vermont y no soportaba la relación a distancia. Lo dejamos hace ya un tiempo—explicó Archie apresuradamente.
—Eres una buena persona. —Candy se removió incómoda en el sofá—. No debería haber preguntado.
Archie se llevó la mano de ella a los labios y le dio un casto beso en los nudillos.
—Creo que deberías preguntarme lo que te apetezca. Y, para que lo sepas, siempre he creído que tú también eras una buena persona.
Sonriendo, Candy retiró la mano con delicadeza, para que no se molestara.
Poco antes de la medianoche, se durmió con la cabeza apoyada en el hombro de Archie. Sus cuerpos estaban pegados y la mente de él empezó a fantasear. Se imaginaba cómo sería sentir los labios de Candy bajo los suyos; su piel bajo sus manos. La abrazó y hundió la cara en su pelo. Ella se movió y pronunció el nombre de Ardley antes de frotar la cara contra su pecho.
Archie se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión. Si quería ser amigo de Candy, tenía que olvidarse de sus sentimientos románticos hacia ella. No podía besarla ni hacer ninguna de las otras cosas que deseaba hacer. Era demasiado pronto. Y debía tener en cuenta que era muy posible que ella nunca lo viera como a una posible pareja, ni siquiera cuando se hubiera curado su corazón roto. Lo que Candy necesitaba era un amigo. Lo necesitaba a él. Y no iba a abandonarla cuando más lo necesitaba, por mucho que le costara guardarse sus sentimientos.
Así que, en vez de quedarse dormido a su lado, la llevó a su habitación y la acostó en su cama. La tapó bien y, cuando se convenció de que estaba cómoda, cogió una almohada y una manta y se instaló en el sofá.
Pasó buena parte de la noche frustrado, mirando el techo, mientras Candy dormía profundamente en su cama.
Mientras Candy pasaba la noche en el apartamento de Archie, Albert estaba sentado en la habitación del hotel, mirando fijamente la pantalla del ordenador portátil. Acababa de recibir un nuevo correo electrónico de su jefe, Jeremy Martin, recordándole el capital personal y profesional que había gastado para salvarle el culo. Como si necesitara que se lo recordara.
La mirada se le fue hacia el anillo. Resistió el impulso de quitárselo para releer las palabras que había grabado en él.
Mientras lo hacía girar en el dedo, maldijo su último fracaso.
Harvard le había informado amablemente de que su candidatura había sido rechazada en favor de la profesora Marinelli. Ese rechazo era una nueva manera de fallarle a Candice. Aunque ya no tenía importancia. ¿De qué le iba a servir estar en Harvard si ella no lo perdonaba?
Albert maldijo amargamente. ¿De qué le servía estar en ninguna parte si ella no lo perdonaba? Incluso en aquella habitación de hotel, Candy estaba con él. Estaba en su ordenador, en su teléfono, en su iPod, en su cabeza.
Sobre todo en su cabeza. No había mentido cuando le dijo que nunca olvidaría el momento en que había visto su cuerpo desnudo por primera vez. Cómo bajaba tímidamente la vista hacia el suelo y se ruborizaba bajo su mirada ardiente.
Recordaba cómo contemplaba él sus ojos verdes mientras ella temblaba bajo su cuerpo, con los labios rojos entreabiertos, respirando entrecortadamente. Esos ojos que se habían abierto asombrados cuando había penetrado en su interior.
Candy había hecho una mueca de dolor. Curiosamente, podía recordar todas las veces que le provocó esa reacción. Y habían sido muchas. Como cuando la había hecho sentirse avergonzada por ser pobre; o la primera vez que la llevó a la cama en brazos; y cuando le enredó los dedos en el pelo y ella le había rogado que no le sujetara la cabeza; cuando admitió que había aceptado separarse de ella…
¿Cuántas veces podía lastimarla en una sola vida?
Se había torturado escuchando los mensajes que Candy le había dejado en el buzón de voz, mensajes que no había respondido. Se habían ido volviendo cada vez más descorazonados, hasta que habían acabado por desaparecer. No podía culparla. Era evidente que no le habían llegado sus mensajes, con la excepción del correo electrónico. Lo abrió, tratando de imaginarse su reacción.
Deja de intentar ponerte en contacto conmigo. Se ha terminado. Saludos,
Prof. W. Albert Ardley.
Profesor
Departamento de Estudios Italianos / Centro de Estudios Medievales
Universidad de Toronto
Una risa amarga que reconoció como la suya resonó en la habitación. Por supuesto, ése era el único mensaje que se iba a creer, no los otros. La había perdido para siempre. ¿Y qué esperanza le quedaba sin ella?
Albert recordó una conversación que habían tenido los dos sobre uno de los libros favoritos de Pauna, A Severe Mercy. Los personajes de la novela estaban convencidos de que habían convertido su amor en una idolatría. Se habían amado y adorado tanto que su vida espiritual se había resentido.
Albert sabía que había hecho lo mismo con Candice. La había adorado, convencido de que era la luz que mantendría la oscuridad alejada de su vida.
La había amado tanto que había accedido a separarse de ella para proteger su futuro. Pero, al dejarla, corría el riesgo de no volver a tener su amor nunca más. El amor que sentía por Beatriz era la causa de que estuvieran separados. El destino había jugado con ellos del modo más cruel.
¿Qué estaría haciendo Archie? Lo más seguro era que estuviera aprovechando la oportunidad para consolar a Candy. Y ese consuelo podía llevarlos hasta… Albert no se podía imaginar que ella le fuera infiel. Pero sabía que pensaba que su relación había terminado. Archie sólo tenía que ofrecerle un hombro sobre el que llorar y estaría de vuelta en su vida, en su apartamento, en su mente.
«Follaángeles».
Sólo encontraba consuelo en la música y la poesía, aunque era un consuelo muy parecido a la tortura. Apretando un botón, volvió a escuchar a Sting cantando la historia de David y Betsabé.
Mientras la música sonaba, la vista se le fue hasta los versos que relataban la muerte de Beatriz en La Vita Nuova, versos que le resultaban dolorosamente familiares.
Una desgracia tan terrible lo asuela
que ni siquiera pensar en ella lo consuela.
Las lágrimas se niegan a ayudarlo.
Suspira y sufre, negándose a encontrar el consuelo
(excepto el de la muerte, que acorta el sufrimiento).
Recuerda el breve paso por esta tierra de la que
estuvo entre nosotros y ya no está.
Mi pecho se afana, entre suspiros,
pensando continuamente en ella,
por la que mi corazón late entrecortado.
A menudo pienso en la muerte
y me asalta un deseo tan intenso
que me altera hasta el color de la cara.
Y si la idea se asienta, mis miembros
se agitan como si estuviera poseído.
Cuando me doy cuenta, me aparto de la gente
avergonzado. Luego la llamo a gritos
en un lamento cargado de dolor.
Beatriz, la llamo, ¿de verdad estás muerta?
Y mientras la llamo, hallo consuelo.
Albert cerró el documento y acarició con un dedo el retrato de la preciosa mujer que adornaba la pantalla de su portátil. Durante los próximos días acabaría su trabajo y quedaría libre de responsabilidades, pero lo haría sin Beatriz a su lado para ayudarlo y consolarlo. En su ausencia, tal vez sucumbiría a antiguas tentaciones para mitigar el dolor.
CONTINUARA
