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CAPITULO 66
Un viernes de mediados de abril por la tarde, Candy llegó al piso de Anny y Aaron en Filadelfia. La primera idea era que Anny viajara a Toronto y le llevara el vestido de dama de honor, pero a ésta se le habían complicado las cosas en el trabajo. Como Anny estaba tratando de guardarse días de vacaciones para poderse ir de luna de miel, Candy accedió a salir de su agujero de hobbit.
Su amiga la recibió con un abrazo y la acompañó hasta el salón. Candy miró la carpeta llena de muestras de tela.
—¿Ya has acabado con los preparativos de la boda?
Anny negó con la cabeza.
—No, no del todo. Pero ahora no quiero hablar de la boda, quiero que hablemos de ti —dijo, mirándola con preocupación—. Lo tuyo con Albert ha sido un golpe muy fuerte. Nos ha pillado a todos por sorpresa.
—Ya. —Candy hizo una mueca de dolor—. A mí también.
—No contesta al teléfono ni responde a los correos electrónicos. Créeme, lo hemos intentado. Anthony me mandó una copia del correo que le envió y te aseguro que no se mordió la lengua. ¿Sabías que Albert estuvo en Selinsgrove hace un par de semanas?
—¿En Selinsgrove? —repitió Candy, sorprendida—. Pensaba que estaba en Italia.
—¿Qué te hacía pensar eso?
—Creía que habría ido allí a escribir su libro. Y, de paso, a esconderse de mí.
—Menudo idiota. —Su amiga maldijo en voz baja—. ¿No se ha puesto en contacto contigo?
—Sólo me envió un correo notificándome que lo nuestro había terminado. —Buscando en su bolso, sacó unas llaves y un pase de seguridad—. Son de Albert.
Anny se los quedó mirando confusa.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con eso?
—Guardarlo. O dárselo a tu padre. Se lo habría enviado por correo, pero como no quiere que me ponga en contacto con él…
Anny lo dejó sobre una de las carpetas de muestras. Luego, pensándolo mejor, lo guardó en un cajón del comedor, que cerró con una palabrota.
—Sé que estuvo en la antigua casa de mis padres porque una de las vecinas llamó a mi padre para quejarse. Al parecer, Albert escuchaba música hasta las tantas de la noche y merodeaba por los alrededores.
La mente de Candy se desplazó al huerto de manzanos. Tenía cierta lógica que hubiera ido a buscar consuelo al único lugar en el mundo donde había encontrado la paz: su paraíso. Aunque, dada la implicación de Candy con aquel lugar, le extrañaba un poco. Negando con la cabeza, trató de no pensar en ello.
Anny se volvió hacia ella.
—No entiendo por qué ha hecho una cosa así. Albert te quiere. No es de esos hombres que se enamoran fácilmente, ni de los que pronuncian palabras de amor si no las sienten. Ese tipo de sentimiento no desaparece de la noche a la mañana.
—Es posible que me quisiera. Pero parece evidente que no tanto como a su trabajo. O tal vez haya decidido volver con ella.
—¿Con Karen? ¿Está metida en esto? No sabía nada. —Los ojos de Anny se encendieron de indignación.
—Hasta hace poco más de un año, seguían viéndose.
—¿Qué?
—En Navidad discutimos por ella y… otras cosas y me confesó que su historia era más reciente de lo que yo pensaba.
—Nunca había oído hablar de ella hasta que se presentó en casa de mis padres.
—Yo sabía que existía, pero Albert me hizo creer que las cosas habían acabado entre ellos en Harvard. Aunque, en realidad, se habían seguido viendo.
—¿No creerás en serio que te ha dejado por ella? Después de Florencia. Después de lo que habéis vivido.
—Yo ya me lo creo todo —replicó Candy con frialdad.
Anny gruñó y se tapó los ojos con las manos.
—Qué desastre. Mi padre está muy disgustado, igual que Anthony. Cuando se enteró de que Albert estaba en Selinsgrove, quería ir allí para hacerlo entrar en razón a puñetazos.
—¿Y lo hizo?
—Patty necesitaba que se quedara con el niño, así que Anthony decidió que ya le patearía el culo otro día.
Candy sonrió con ironía.
—Puedo imaginarme la conversación.
—Anthony está loco por Patty. Están tan acaramelados que da hasta rabia.
—Me alegro de que vengan a cenar.
Su amiga miró la hora.
—Creo que debería empezar a preparar la comida. Llegarán pronto para darle de cenar a Quinn antes. La vida de Anthony ha dado un vuelco. Todo gira alrededor del niño.
Candy la siguió hasta la cocina.
—¿Qué opina tu padre de Patty?
Anny rebuscó en la nevera.
—Le gusta y adora al bebé. Cualquiera diría que es su nieto de verdad. —Dejó los ingredientes para la ensalada sobre la encimera y añadió—: ¿De verdad crees que Albert volvería con Karen?
Aunque no quería decirlo en voz alta, sí, Candy lo creía posible. Había cambiado mucho por ella, pero ahora que ya no estaban juntos era posible que regresara a sus viejas costumbres.
—Ya sabes lo que dicen: más vale malo conocido que bueno por conocer.
—No creo que ella estuviera muy contenta con esa definición.—Anny se apoyó en la encimera—. ¿No crees que en la universidad lo obligaron a apartarse de ti?
—Probablemente. Lo que no entiendo es que él lo aceptara. ¿Cómo se puede obligar a nadie a abandonar una ciudad? ¿Van a decirle también lo que tiene que hacer durante su excedencia? Si Albert quisiera hablar conmigo, me llamaría por teléfono. Y no lo ha hecho. La universidad le ha puesto en bandeja la excusa que necesitaba para romper conmigo. Probablemente ya lo tenía planeado desde el principio.
Candy se cruzó de brazos. Era más fácil dar voz a sus miedos con Anny que a solas en la oscuridad.
—Qué desastre —repitió su amiga, volviéndose para lavarse las manos.
De madrugada, Anny y Candy seguían echadas en el sofá, en pijama y bata, bebiendo vino y riendo sin poderse contener. Anthony, Patty y Quinn se habían marchado temprano y Aaron llevaba horas durmiendo. Lo oían roncar en la habitación.
Animada por el vino, Candy le contó a su amiga lo que había pasado durante la vista. Aunque le costó mucho, Anny resistió la tentación de interrumpirla hasta que acabó de hablar.
—No creo que Albert te haya dejado por el trabajo. No necesita el dinero y siempre puede trabajar en otro sitio. Lo que no entiendo es por qué no ha sido más explícito. Podía haber hablado contigo a la salida y decirte: «Te quiero, pero tenemos que esperar». Conociéndolo, seguramente te habría recitado algo en pentámetros yámbicos —añadió, con la risa floja por el alcohol.
—Mencionó algo sobre Eloísa, pero la verdad, no me animó mucho. Abelardo mantuvo en secreto su relación con ella para no perder el trabajo. Y luego la mandó a un convento.
Anny le lanzó un cojín a la cabeza.
—Albert nunca te enviaría a un convento. Te quiere. Y me niego a aceptar otra cosa.
Abrazando el cojín, Candy se tumbó de lado.
—Si me quisiera, no me habría abandonado. Ni habría roto conmigo con un correo electrónico.
—¿De verdad crees que ha estado jugando contigo todos estos meses?
—No, pero eso ya no tiene importancia.
Anny bostezó ruidosamente.
—No entiendo lo que ha hecho, pero está claro que la ha cagado. Me pregunto si no estaría tratando de protegerte de alguna manera.
—¿Qué le costaba avisarme?
—Eso es lo que no entiendo. Podría habernos pedido a cualquiera de nosotros que te pasáramos un mensaje. O haberte escrito una carta. ¿Por qué no le dijo al comité que se metieran sus condiciones por donde les cupieran?
Candy se movió y, mirando al techo, se hizo la misma pregunta que su amiga.
—¿Quieres que lo llamemos?
—No.
—¿Por qué no? Si ve que soy yo, igual contesta.
—Es muy tarde y estoy borracha. No es el mejor momento para mantener una conversación. Además, me dijo que no me pusiera en contacto con él.
Anny levantó el teléfono y lo sacudió ante los ojos de Candy.
—Si tú estás sufriendo, él también.
—Le dejé un mensaje diciendo que, si algún día quiere hablar conmigo, que lo haga cara a cara. No voy a llamarlo más. —Vació el vaso de un trago. Al cabo de unos segundos, añadió—: Tal vez venga a la graduación.
Suspiró, melancólica. Por muy enfadada y frustrada que se sintiera, seguía deseando a Albert.
—¿Cuándo es la graduación?
—El once de junio.
Anny maldijo disimuladamente. Era muy cerca de la boda.
Tras unos minutos en silencio, Candy dio voz a uno de sus mayores miedos.
—¿Anny?
—¿Ajá?
—¿Y si se acuesta con ella?
Durante unos momentos, su amiga no dijo nada. Tan callada se quedó que Candy empezó a repetir la pregunta, pero en ese momento Anny la interrumpió.
—Puedo imaginarme que se acueste con cualquier otra persona. Pero no que se acueste con ella y espere que tú lo perdones luego.
—Si te enteras de que está con otra, por favor, avísame. Prefiero enterarme por ti que por otra persona.
—Cariño, abre los ojos.
La voz de Albert era cálida y sugerente mientras se movía en su interior, apoyándose en los antebrazos para no aplastarla. Se inclinó para besarle la parte interior del brazo, a la altura del bíceps, y succionó suavemente. Lo suficiente para provocarla y tal vez dejarle una ligera marca. Sabía que se volvía loca cada vez que lo hacía.
—No puedo —dijo Candy entre jadeos. Cada vez que él se movía, despertaba las sensaciones más intensas y maravillosas en su interior.
Hasta que se detuvo en seco.
Ella abrió los ojos.
Él le acarició la nariz con la suya.
—Necesito verte. —Su mirada era intensa pero amable, como si estuviera manteniendo el deseo a raya momentáneamente.
—Me cuesta mucho mantener los ojos abiertos —protestó ella, gimiendo cuando él volvió a moverse en su interior.
—Inténtalo. Hazlo por mí, Cabdy. —La besó con delicadeza—. Te quiero tanto...
—Pero entonces, ¿por qué me abandonaste?
Albert la miró entornando los ojos, consternado.
—No lo hice.
Esa misma noche, Albert estaba tumbado en el centro de la cama, con los ojos cerrados, mientras ella le besaba el pecho. Ella se detuvo para dedicarle una atención especial al tatuaje, antes de seguir descendiendo hacia su abdomen. Él maldijo en voz baja al notar las uñas que le recorrían los músculos bien definidos, antes de que una lengua se hundiera en su ombligo.
«Hacía tanto tiempo…»
Eso fue lo que pensó al notar que una mano le acariciaba el pubis antes de agarrarle el miembro con fuerza. Albert levantó las caderas. Ella lo acariciaba mientras él gemía y suplicaba. Candy lo excitó acariciándole los muslos con su larga y sedosa melena, antes de metérselo en la boca, tan húmeda y cálida.
Con una exclamación de sorpresa, Albert se abandonó a las sensaciones, antes de enredar los dedos en su pelo.
Al recordar, se quedó paralizado.
Una sensación de miedo se le instaló en el estómago al pensar en la última vez que lo habían intentado. Entonces la soltó inmediatamente, temiendo haberla asustado.
—Lo siento —se excusó, acariciándole la mejilla con un dedo—. Casi se me olvida.
Una mano helada sujetó la suya, obligándolo a agarrarla por la cabeza una vez más.
—¿Casi se te olvida el qué? —se burló ella—. ¿Cómo se disfruta de una mamada?
Albert abrió los ojos y vio, horrorizado, que los ojos que lo miraban divertidos no eran verdes, sino azules.
Karen, completamente desnuda, estaba acuclillada a su lado, sonriendo triunfalmente y a punto de volver a metérselo en la boca. Maldiciendo a gritos, Albert se apartó y se sentó, apoyándose en el cabezal, sin perderla de vista.
Echándose a reír ante su reacción, ella le señaló la nariz, indicándole sin palabras que se limpiara los restos de cocaína.
«¿Qué he hecho?»
Albert se frotó la cara con ambas manos. Al darse cuenta de la magnitud de su depravación, sintió náuseas y vomitó al lado de la cama. Cuando se recuperó un poco, alargó la mano para mostrarle a Karen el anillo, pero no llevaba ninguno.
El anillo de boda había desaparecido.
Karen se rió con más fuerza y avanzó hacia él como un felino, con la mirada salvaje y frotándose contra su cuerpo.
CONTINUARA
