.
CAPITULO 69
El padre de Candy insistió en asistir a la graduación y se negó a permitir que Archie la ayudara con la mudanza a Cambridge en su lugar. Pagó el depósito y el alquiler de la habitación de Candy y voló a Toronto para asistir a la graduación de su única hija el 11 de junio.
Con un sencillo vestido negro y unos bonitos zapatos, Candy dejó a Archie y a su padre en los escalones del salón de actos y ocupó su lugar en la cola, con los demás estudiantes graduados.
A Rob le gustó Archie. Le gustó mucho.
Era un chico directo y sincero, que estrechaba la mano con fuerza. Cuando hablaba con él, lo miraba a los ojos. Archie se ofreció a ayudar con la mudanza, cediéndoles una habitación en su granja de Burlington. Cuando Rob le dijo que podían hacerlo solos, él insistió.
Durante la cena con Candy, la noche antes de la graduación, Rob había dejado caer alguna insinuación sobre Archie, pero ella había fingido no entender a qué se refería.
Mientras los estudiantes entraban en fila en el salón, Candy no pudo evitar recorrer la sala con la vista, buscando a Albert. Con tanta gente, habría sido casi imposible verlo aunque hubiera ido.
Sin embargo, al localizar el espacio reservado para el departamento, distinguió fácilmente a Katherine Picton, vestida con su toga de Oxford. Si los profesores estaban colocados alfabéticamente, como parecía, Candy pensó entonces que no le habría costado localizar a Albert, ataviado con su toga carmesí de Harvard. Pero él no estaba allí.
Cuando alguien pronunció el nombre de Candy, Katherine subió al estrado, con lentitud pero con seguridad, y le puso la toga de magister antes de estrecharle la mano formalmente. Tras desearle mucha suerte en Harvard, le entregó el diploma.
Esa noche, después de ir a cenar a un asador con Archie y su padre para celebrarlo, Candy vio que tenía un mensaje de Anny en el buzón de voz.
«¡Felicidades, Candy! Todos te mandamos recuerdos. Tenemos regalos para ti. Gracias por darme tu nueva dirección en Cambridge. Cuando estés instalada, te lo enviaré todo por correo.
También el vestido de dama de honor.
»Papá te ha sacado billete de Boston a Filadelfia para el veintiuno de agosto. Espero que te vaya bien. Él quería pagarlo y como sabía que querías venir con tiempo…
»Seguimos sin tener noticias de Albert. Espero que haya ido a la graduación, pero, si no, espero que durante la boda podáis aclarar las cosas. Espero que venga a mi boda. Se supone que tiene que ser uno de los padrinos, ¡y ni siquiera tengo sus medidas para encargarle el esmoquin!»
Cierto especialista en Dante de ojos azules leía Miércoles de ceniza, el poema de T. S. Eliot, antes de rezar sus oraciones vespertinas. Estaba solo, pero al mismo tiempo no lo estaba.
Mirando la fotografía que tenía en la mesilla de noche, pensó en su graduación. Qué bonita y orgullosa debía de estar con su toga de graduada. Suspirando, cerró el libro de poesía y apagó la luz.
En la oscuridad de su vieja habitación, en la antigua casa de sus padres adoptivos, pensó en las semanas pasadas. Después de Italia, había viajado a Boston y luego a Minnesota. Les había prometido a los hermanos franciscanos que volvería, porque éstos —que eran unos hombres sabios— le habían dicho que valoraban más su presencia que sus aportaciones económicas.
Con ese agradable pensamiento en mente, cerró los ojos.
—Albert, es hora de levantarse.
Gruñó y se dio la vuelta, esperando que la voz lo dejara tranquilo.
Dormir le daba paz. Lo necesitaba.
—Vamos, sé que estás despierto. —La voz se echó a reír suavemente y sintió que la cama se hundía a la altura de sus caderas.
Al abrir los ojos, vio a Pauna, su madre adoptiva, sentada a su lado.
—¿Ya es hora de ir al colegio? —preguntó él, frotándose los ojos.
Ella se echó a reír una vez más. El sonido era ligero, parecido a música.
—Ya eres un poco mayorcito para ir al colegio. Como alumno al menos.
Albert miró a su alrededor, confuso, y se sentó de golpe.
Pauna le sonrió con calidez y le tendió la mano. Albert disfrutó de la sensación de su mano suave antes de apretársela.
—¿Qué pasa? —Ella lo miró con amabilidad, pero al mismo con curiosidad, mientras él le sostenía la mano entre las suyas.
—No pude despedirme. No pude decirte… —se interrumpió y respiró hondo— que te quiero.
—Una madre sabe estas cosas, Albert. Siempre lo he sabido.
Él sintió una gran emoción cuando la abrazó.
—No sabía que estabas enferma. Anny me dijo que estabas mejor. Debí haber estado a tu lado.
Pauna le dio unas palmaditas en la espalda.
—Quiero que dejes de culparte por todo. Tomaste la decisión más adecuada con la información de la que disponías en ese momento. Nadie espera que seas omnisciente. Ni perfecto.
Se apartó un poco para verle la cara.
—No deberías exigírtelo. Quiero a todos mis hijos, pero tú fuiste el regalo que Dios me envió. Siempre has sido especial.
Madre e hijo vivieron un momento de comunión silenciosa.
Luego, ella se levantó, alisándose el vestido.
—Hay alguien a quien me gustaría que conocieras.
Albert se secó los ojos, se destapó y se levantó. Llevaba unos pantalones de pijama de franela, pero iba desnudo de cintura para arriba. Mientras trataba de peinarse con los dedos, Pauna hizo entrar a una joven a la habitación.
Albert se la quedó mirando.
Se notaba que era una mujer joven, aunque parecía no tener edad. Era alta y esbelta, de pelo largo y castaño claro, y piel muy blanca.
Sus ojos le resultaban familiares. Eran unos preciosos ojos azules como el cielo y le sonreían con amabilidad, igual que sus labios rosados.
Albert miró a Pauna con la cabeza ladeada.
—Os dejaré solos para que podáis hablar —dijo ésta, antes de desaparecer.
—Soy Albert —se presentó él, tendiéndole la mano educadamente.
Ella se la estrechó, sonriendo feliz.
—Lo sé.
Su voz era suave y muy dulce. A él le recordó a una campanilla.
—¿Y tú eres?
—Quería conocerte. Pauna me contó cómo eras de niño y me dijo que eres profesor. A mí también me gusta Dante. Es muy divertido.
Albert asintió, sin comprender.
La joven le dirigió una mirada melancólica.
—¿Podrías hablarme de ella?
—¿De quién?
—De Karen.
Él se puso tenso y la miró con desconfianza.
—¿Por qué?
—Porque no la conozco.
Albert se frotó los ojos con el dorso de la mano.
—Ha ido a ver a su familia a Minnesota, para tratar de hacer las paces con ellos.
—Lo sé. Se siente feliz.
—Entonces, ¿por qué me preguntas a mí?
—Quiero saber cómo es.
Él reflexionó un momento antes de empezar a hablar.
—Es atractiva e inteligente. También muy tozuda. Habla varios idiomas y cocina muy bien. —Se echó a reír antes de continuar—. Pero no tiene talento para la música. No es capaz de afinar ni una sola nota.
—Eso he oído. —La joven lo miró con curiosidad—. ¿La querías?
Él apartó la vista.
—Creo que la quiero ahora, a mi manera. Cuando nos conocimos, en Oxford, éramos amigos.
La joven asintió y se volvió un momento hacia el pasillo, como si alguien la hubiera llamado.
—Me alegro de haberte conocido. Antes era imposible, pero nos volveremos a ver. —Y, con una sonrisa, se volvió para marcharse.
Albert la siguió.
—¿Cómo has dicho que te llamas?
Ella lo miró expectante.
—¿No me reconoces?
—No, lo siento. Aunque tus ojos me resultan muy familiares.
La joven se echó a reír y él sonrió, porque su risa era contagiosa.
—¿Cómo no te van a resultar familiares? Son tus ojos.
La sonrisa se borró de la cara de Albert.
—¿Aún no me reconoces?
Él negó con la cabeza.
—Soy Maia.
Se quedó paralizado e, instantes después, su cara mostró todo un abanico de emociones, como nubes flotando en el cielo en un día de verano.
Ella se inclinó hacia el tatuaje que tenía en el pecho y le dijo con un susurro cómplice:
—No tenías por qué hacer eso. Sé que me querías. Soy feliz aquí. Todo está lleno de luz, amor y esperanza. Y todo es precioso.
Poniéndose de puntillas, le dio un beso en la mejilla antes de desaparecer en el pasillo.
Robert se plantó frente a la puerta de Candy el día después de su graduación, llevando una camiseta gris con la palabra «Harvard» grabada en el pecho.
—¿Papá?
—Estoy tan orgulloso de ti… —afirmó con voz ronca, antes de darle un abrazo.
Padre e hija disfrutaron de un instante de tranquilidad antes de que alguien subiera los escalones a su espalda.
—Ah, buenos días. He traído el desayuno. —Archie llevaba una bandeja con tres cafés con leche y donuts. Parecía algo incómodo por haber interrumpido un momento de intimidad familiar, pero cuando Rob lo recibió con un apretón de manos y Candy con un abrazo, se relajó.
Tras desayunar en la mesita plegable, los dos hombres empezaron a planificar la mejor manera de embalarlo todo para el traslado. Por suerte, Archie había convencido a Sarah, la persona que le subarrendaba el apartamento a Candy, para que ésta pudiera instalarse en el piso el 15 de junio.
—Katherine Picton me invitó a comer hoy, pero no es necesario que vaya —comentó Candy de pasada.
No quería dejar a su padre y a su amigo trabajando, mientras ella iba de visita.
—No tienes muchas cosas, Candy —dijo Rob, mirando a su alrededor—. Mientras tú recoges la ropa, nosotros nos ocuparemos de los libros. Estoy seguro de que a la hora de comer ya habremos terminado o poco nos faltará. —Con una sonrisa, le revolvió el pelo antes de irse hacia el pequeño baño.
—No tienes por qué ocuparte de esto —replicó Candy al quedarse a solas con Archie—. Papá y yo podemos hacerlo solos.
Él frunció el cejo.
—¿Cuándo vas a aceptar que estoy aquí porque me apetece? Yo no soy de los que se marchan, Candy. No cuando hay una razón tan buena para quedarse.
Ella se tensó, incómoda, y clavó la vista en el café con leche.
—Si la profesora Picton te ha invitado a comer, será que quiere decirte algo. Será mejor que vayas. —Le apretó la mano—. Tu padre y yo nos encargaremos de todo.
Candy soltó el aire lentamente y sonrió agradecida.
Había unos cuantos objetos personales que a Candy no le apetecía que vieran ni su padre ni Archie, así que los guardó en su mochila L. L. Bean. Aunque no eran los típicos objetos que una joven desea mantener lejos de la vista de su padre. Se trataba de un diario, unos pendientes de brillantes y algunas cosas relacionadas con sus sesiones de terapia.
Nicole estaba encantada por la mejoría de Candy. Durante la última sesión, le había dado el nombre de otra terapeuta de cerca de Harvard. Nicole no sólo la había ayudado a soportar un duro golpe, sino que ahora la dejaba en buenas manos para seguir el viaje.
Candy se puso un vestido sencillo pero bonito y unas sandalias bajas para ir a casa de la profesora Picton, pensando que la ocasión merecía algo mejor que unos vaqueros. Llevaba la mochila al hombro y en las manos una lata de lo que le habían asegurado que era un buen té Darjeeling.
El té y ella fueron recibidos con la contención propia de la profesora Picton, que la hizo pasar inmediatamente al comedor.
El almuerzo, a base de ensalada de gambas, sopa fría de pepino y un vino sauvignon blanco, fue muy agradable.
—¿Cómo van las lecturas? —preguntó Katherine, mirándola por encima del plato de sopa.
—Despacio pero segura. Voy a leer todo lo que usted me sugirió, pero acabo de empezar.
—La profesora Marinelli ya está deseando conocerte. Estaría bien que fueras a presentarte cuando llegues a Cambridge.
—Lo haré. Muchas gracias.
—Sería muy beneficioso para ti que establecieras relación con el resto de los especialistas en Dante de la zona, especialmente los de la Universidad de Boston. —Katherine sonrió enigmáticamente—. Pero estoy segura de que acabarás conociéndolos a todos, aunque no quieras. Si ves que no te los presentan, prométeme que te dejarás caer por el Departamento de Estudios en Lenguas Romances de esa universidad antes de setiembre.
—Lo haré, muchas gracias. No sé qué habría hecho…—Emocionada, Candy no pudo seguir hablando.
La profesora la sorprendió consolándola con unas palmaditas en la mano. El gesto fue torpe, como si la distinguida solterona estuviera acariciando la cabeza de un niño lloroso, pero no sin sentimiento.
—Te has graduado con honores. Tu proyecto es sólido y puede ser una buena base para tu tesis. Seguiré tu carrera con interés. Creo que serás muy feliz en Cambridge.
—Gracias.
Cuando llegó el momento de despedirse, Candy alargó la mano, pero Katherine volvió a sorprenderla al darle un abrazo contenido pero cálido.
—Has sido una buena alumna. Ahora, ve a Harvard y haz que me sienta orgullosa de ti. Y mándame un correo electrónico de vez en cuando contándome cómo te van las cosas. —Separándose un poco de ella para mirarla a la cara, añadió—: Es posible que dé una conferencia en Boston en otoño. Espero que nos veamos allí.
Ella asintió.
Mientras caminaba hacia su pequeño apartamento de Madison Avenue, iba mirando maravillada el regalo que le había hecho la profesora Picton. Era una rara edición, antigua y gastada, de La Vita Nuova de Dante, que había pertenecido a Dorothy L. Sayers, que había sido amiga del director de tesis de Katherine en Oxford.
En los márgenes había anotaciones de puño y letra de Sayers.
Candy lo conservaría siempre. Sería su tesoro.
No importaba el daño que Albert le había causado. Al convencer a Katherine Picton para que fuera su directora de proyecto le había hecho un favor tan grande que no podría devolvérselo nunca.
«El amor es tener un gesto amable con alguien sin esperar recibir nada a cambio», pensó.
A la mañana siguiente, Candy, Rob y Archie lo cargaron todo en la camioneta que habían alquilado y condujeron ocho horas hasta llegar a la granja Cornwell, que se encontraba a las afueras de Burlington, en Vermont. Los White fueron tan bien recibidos que se dejaron tentar para pasar unos cuantos días allí. Ted Cornwell, el padre de Archie, convenció a Robert para que fuesen juntos de pesca.
Candy dudaba que cualquier otro argumento hubiera conseguido alterar el rígido programa de su padre, pero eso fue antes de probar la comida que preparaba Louise. La madre de Archie era una cocinera extraordinaria. Lo hacía todo ella, incluso los donuts.
El 15 de junio, la noche antes de que los White y Archie siguieran su viaje hacia Cambridge, Archie estaba en la cama, pero no podía dormir. Su padre lo había ido a buscar pasada la medianoche a causa de una emergencia bovina. Cuando finalmente pudo volver a acostarse, estaba demasiado agitado para conciliar el sueño.
En su mente compartían espacio dos mujeres. Allison, su ex novia, estaba de visita en la granja cuando él llegó con los White. No era de extrañar, ya que seguían siendo amigos, pero Archie sabía que, al menos en parte, Allison había ido para echarle un vistazo a su rival. Él le había hablado de Candy en Navidad, así que conocía su existencia y el papel que jugaba en su vida. Allison sabía que Candy le despertaba unos sentimientos que, al menos en Navidad, no eran correspondidos.
Por suerte, fue amable con Candy y ésta estuvo, como siempre, tímida pero encantadora. Archie se había sentido bastante incómodo mientras su pasado y su posible futuro charlaban delante de él.
Cuando Allison lo llamó más tarde por teléfono para decirle que Candy era encantadora, no había sabido qué responder. Por supuesto, seguía sintiendo algo por Allison. Eran amigos desde mucho antes de empezar a salir. La quería, pero ella había roto la relación, él había seguido adelante con su vida y había conocido a Candy. ¿Por qué tenía que sentirse culpable?
Mientras Archie se planteaba su compleja (aunque al mismo tiempo inexistente) vida amorosa, Candy luchaba contra el insomnio. Cuando se hartó de dar vueltas en la cama, decidió bajar a hurtadillas a la cocina por un vaso de leche.
Y allí se encontró a Archie, sentado a la mesa, tomando una generosa ración de helado.
—Hola —la saludó él, mirándola discretamente pero con admiración.
Candy se le acercó, vestida con una vieja camiseta del instituto de Selinsgrove y unos shorts con «St. Joe's» cosido descaradamente en el culo.
(A los ojos de Archie, era Helena de Troya con ropa de deporte).
—¿Tú tampoco puedes dormir? —le preguntó Candy, acercando una silla para sentarse a su lado.
—Papá tenía un problema con una de las vacas. ¿Un poco de Heath Bar Crunch? —preguntó él, ofreciéndole una cucharada grande de helado Ben & Jerry's.
Ella no se pudo negar. Era su sabor favorito. Con cuidado, cogió la cuchara y se la metió en la boca.
—Hum —gimió, con los ojos cerrados. Al acabar, le devolvió la cuchara a Archie, resistiendo el impulso de lamerla.
Él la dejó en el tazón y se levantó. Candy parpadeó y se echó hacia atrás en la silla.
—Candy —susurró Archie, tirando de sus brazos para que se levantara. Le echó el pelo hacia atrás, fijándose en que ella no hacía ningún gesto de rechazo. Estaban muy cerca, casi rozándose. Él le dedicó una ardiente mirada—. No quiero que nos despidamos.
La sonrisa de Candy fue un poco forzada.
—No tenemos que hacerlo. Seguiremos en contacto por teléfono y correos electrónicos. Y nos podemos ver siempre que vayas a Boston.
—Creo que no me has entendido.
Ella se liberó de sus manos y dio un paso atrás.
—Es por Allison, ¿verdad? No quiero crear problemas entre vosotros. Papá y yo nos las apañaremos perfectamente solos.
Candy esperó su respuesta, pero en vez de aliviado, Archie cada vez parecía más preocupado.
—Allison no tiene nada que ver en esto.
—¿No?
—¿De verdad tienes que hacerme esa pregunta? —Dio un paso hacia ella—. ¿De verdad no lo sabes?
Candy apartó la vista.
—Archie, yo…
—Deja que termine de hablar —la interrumpió—. Por una vez, deja que te diga lo que siento. —Respiró hondo y esperó a que volviera a mirarlo a los ojos antes de continuar—: Estoy enamorado de ti. No quiero separarme de ti porque te quiero. La idea de tener que dejarte en Cambridge me está matando.
Ella inspiró lentamente y empezó a negar con la cabeza.
—Déjame terminar, por favor. Sé que tú no estás enamorada de mí. Sé que es demasiado pronto, pero ¿crees que podrías…, algún día… en el futuro…?
Candy cerró los ojos. Un futuro que nunca había considerado se abrió ante ella. Era una auténtica encrucijada de posibilidades. Se planteó cómo sería compartir la vida con Archie. Que fuera él el hombre que la besara, que la abrazara; el hombre que la llevara a la cama y le hiciera el amor, con dulzura y delicadeza. No le cabía ninguna duda de que Archie sería muy dulce.
Querría que se casaran, por supuesto, y que tuvieran hijos. Pero se sentiría orgulloso de su carrera académica y la apoyaría en todo momento.
Se sorprendió al darse cuenta de que las imágenes no le resultaban desagradables. Era un buen futuro. Tendría una vida satisfactoria junto a un hombre decente, que nunca movería un dedo para perjudicarla. Podría tener una buena vida a su lado.
Cuando abrió los ojos, Archie le levantó la barbilla.
—No habrá dramas, ni peleas, ni antiguas novias como la profesora Dolor. Te trataré con respeto y nunca, nunca te abandonaré.
»Elígeme —susurró, mirándola con sentimiento—. Elígeme y te daré una vida feliz. Nunca más tendrás que irte a dormir llorando.
Al oírlo, Candy no pudo controlar las lágrimas. Sabía que le estaba diciendo la verdad, pero reconocer esa verdad y desearla eran cosas muy distintas.
—No soy como él. No soy como una hoguera que lo quema todo y luego se apaga. Soy constante. Me he contenido porque sabía que necesitabas un amigo, pero por una vez quiero decirte lo que siento en realidad.
Tomando su silencio como prueba de aceptación, la abrazó.
Inclinándose sobre ella, unió sus labios a los suyos y expresó toda su pasión en un beso.
La boca de Archie era cálida y acogedora y lo que empezó como un beso suave, en seguida se cargó de deseo.
Tras un instante de vacilación, ella se abrió a él. La lengua de Archie aprovechó la duda para penetrar en su boca, mientras le sujetaba la cabeza con ambas manos. Pero Candy no se sintió amenazada en ningún momento. En los gestos de él no había ningún intento de dominación, no había nada grosero ni abrumador.
La besó sin perder el control en ningún momento. Después, lentamente, se separó y le dio un suave beso en los labios antes de susurrarle al oído:
—Te quiero, Candy. Di que serás mía y no te arrepentirás.
Ella lo abrazó con más fuerza, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
CONTINUARA
