.
CAPITULO 70
A la mañana siguiente, Louise Cornwell miraba con preocupación a su hijo y a la joven a la que amaba. Su marido, Ted, trataba de animar la conversación hablando sobre la vaca enferma a la que habían tenido que atender la noche anterior. Mientras, Robert trataba de meterse en la boca un donuts casero sin parecer un bárbaro, pero fracasó.
Después del desayuno, la cocina se vació como si fuera un galeón lleno de ratas que acabara de llegar a puerto. Archie y Candy se quedaron solos, sentados el uno frente al otro, removiéndose incómodos en su asiento, con la vista clavada en sus respectivos cafés con leche.
Ella rompió el silencio.
—Lo siento mucho.
—Yo también.
Mordisqueándose el labio inferior, Candy alzó la vista, preguntándose si Archie estaría enfadado o resentido. O ambas cosas.
Pero no parecía que sintiera nada de eso. Sus ojos ambar, aunque la miraban derrotados, seguían brillando con amabilidad.
—Tenía que intentarlo. No quería esperar a que hubieras encontrado a otra persona. Pero no volveré a sacar el tema. —Se encogió de hombros y frunció los labios, resignado—. No te preocupes. No volveré a ponerte en un compromiso.
Echándose hacia adelante en la mesa, Candy le apretó la mano.
—No me pusiste en un compromiso. Y sé que tendríamos una buena vida juntos. Yo también te aprecio, pero te mereces algo más. Te mereces compartir la vida con alguien que te corresponda.
Soltándose de ella, Archie salió de la cocina.
—¿Podrías explicarme por qué está tan callado? —Rob se volvió hacia Candy, mientras esperaban a que Archie saliera del lavabo en una estación de servicio de New Hampshire.
—Quiere más de lo que puedo darle.
Su padre entornó los ojos, mirando al horizonte.
—Parece un buen hombre y viene de una buena familia. ¿Qué problema hay? ¿Tienes algo contra las vacas?
Estaba tratando de hacerla reír, pero al ver que sus palabras tenían el efecto contrario, alzó las manos en señal de rendición.
—No me hagas caso, soy un idiota. También pensaba que el hijo del senador era un buen partido, así que ya ves. Mejor me muerdo la lengua.
Antes de que Candy pudiera tranquilizarlo, Archie volvió del baño, poniendo fin a la conversación corazón a corazón entre padre e hija.
Dos días más tarde, Candy estaba ante la puerta de su nueva casa, despidiéndose de Archie y sintiéndose mucho peor que cuando lo había rechazado en la cocina de sus padres. En ningún momento él se había mostrado frío, maleducado ni rencoroso. Y no había retirado su oferta de acompañarlos a Cambridge para ayudarla con la mudanza.
Incluso le había conseguido una entrevista de trabajo en el moderno café que había enfrente de su casa. La anterior ocupante del apartamento acababa de dejar su trabajo allí y Archie le propuso al dueño que contratara a Candy, consciente de que ella necesitaba el dinero.
Esos dos días había dormido en el suelo del apartamento sin protestar. Archie se había portado de un modo tan intachable que Candy se sentía peor que nunca. ¿Estaba tomando la decisión correcta?
Sabía que elegirlo a él era apostar a caballo ganador. La vida a su lado sería fácil, segura. El corazón se le curaría y no volvería a sufrir más heridas. Pero si se quedaba con Archie se estaría conformando sólo con tener una buena vida, no una vida excepcional. Pero incluso si nunca lograba una vida excepcional, prefería que su existencia fuera como la de Katherine Picton y no como la de su madre.
Al casarse con un buen hombre sin estar apasionadamente enamorada de él, lo estaría estafando y se estaría estafando a sí misma. Y no era tan egoísta.
—Adiós.
Archie la abrazó con fuerza antes de soltarla y mirarla fijamente. Tal vez quería asegurarse de que no hubiera cambiado de opinión.
—Adiós. Gracias por todo. No sé qué habría hecho sin ti durante todos estos meses.
Él se encogió de hombros.
—Para eso están los amigos.
Entonces vio que los ojos se le llenaban de lágrimas y la miró con preocupación.
—Seguimos siendo amigos, ¿no?
—Por supuesto —sollozó ella—. Has sido el mejor amigo posible y espero que continuemos nuestra amistad, aunque… —Candy dejó la frase inacabada y él asintió, como si le agradeciera que no la acabara.
Alargando una mano vacilante, Archie le acarició la mejilla por última vez, antes de dirigirse hacia el coche de su amigo Patrick, con quien iba a volver a Vermont.
Pero de repente se detuvo, se volvió y se acercó a Candy, nervioso.
—No quería sacar el tema delante de tu padre, por eso he esperado a que se marchara. Aunque luego he dudado si contártelo o no… —Archie desvió la vista en dirección a la calle Mount Auburn. Parecía estar luchando consigo mismo.
—¿Qué pasa?
Negando con la cabeza, se volvió hacia ella.
—Ayer me llegó un correo electrónico del profesor Martin.
Ella lo miró sin comprender.
—Ardley ha dejado la universidad.
—¿Qué? —Candy se llevó las manos a las sienes, tratando de asimilar la magnitud de lo que estaba oyendo—. ¿Cuándo?
—No lo sé. El profesor Martin dice que Ardley se ha comprometido a seguir supervisando mi tesis, pero a mí él no me ha dicho ni una palabra.
Al ver la actitud preocupada de su amiga, le rodeó los hombros con un brazo.
—No quería disgustarte, pero he pensado que deberías saberlo. El departamento ha empezado a buscar sustituto. Sé que buscarán también en Harvard y que te habrías acabado enterando de todos modos.
Ella asintió, ausente.
—¿Adónde irá?
—No tengo ni idea. Martin no me dice nada. Creo que está enfadado con Ardley. Después de todo el lío que montó el semestre pasado, ahora se marcha y los deja en la estacada.
Candy lo abrazó, aturdida, y entró en su nuevo apartamento para reflexionar. Esa noche llamó a Anny. Cuando le saltó el contestador, pensó en llamar a William, pero no quiso preocuparlo. Y sabía que Anthony no tendría más información.
A lo largo de los siguientes días, le dejó un par de mensajes de voz a Anny y esperó, pero su amiga no respondió.
Empezó a trabajar como camarera en el café de Peet's, situado en el edificio de tres plantas que quedaba enfrente de su apartamento. Como su padre se había encargado de pagar el alquiler y los gastos de la mudanza y además había insistido en darle parte de los beneficios de la venta de la casa de Selinsgrove, podía vivir sin lujos pero sin apuros hasta que recibiera la beca, a finales de agosto.
Concertó una cita con la terapeuta que le había recomendado Nicole y empezó a ir a ver a la doctora Margaret Walters una vez a la semana. Cuando no estaba aprendiendo los trucos del negocio del café ni encandilando a la clientela de su barrio de Harvard Square, aprovechaba el tiempo para avanzar en su lista de lecturas. Siguiendo el consejo de Katherine Picton, fue a presentarse a Greg Matthews, el catedrático de su nuevo departamento.
El profesor Matthews la recibió con amabilidad y pasaron casi una hora hablando del tema que más les gustaba: Dante. Greg la informó de que la profesora Marinelli llegaría de Oxford la semana siguiente y la invitó a la recepción que celebrarían para darle la bienvenida. Candy aceptó encantada.
Al despedirse, el profesor la acompañó hasta la cafetería de los alumnos graduados y le presentó a unos cuantos de ellos, antes de marcharse.
Dos de los estudiantes que conoció se mostraron educados pero no particularmente cordiales. La tercera, Zsuzsa, una chica húngara, le dio la bienvenida inmediatamente y la informó de que un grupo se reunían los miércoles en el Grendel's Den, un pub que estaba junto al Winthorp Park. Al parecer, el local tenía un bonito patio y una carta de cervezas excepcional. Candy le prometió que no se lo perdería y las dos jóvenes se dieron su dirección de correo electrónico.
A pesar de su timidez innata, de la que nunca acabaría de librarse del todo, Candy encajó como un guante en Harvard. Conoció a un alumno llamado Ari, encargado de dar información sobre el campus. Ari le enseñó dónde estaban los principales edificios, como por ejemplo la biblioteca o la escuela de posgrado.
Se apuntó en una lista para pedir el carnet de la biblioteca, aunque no podría hacer los trámites hasta agosto.
De vez en cuando, iba por la cafetería para ver a Zsuzsa. Y pasaba muchas horas en la biblioteca, buscando y leyendo libros. Paseando por el barrio, descubrió una tienda de comestibles, un banco y un restaurante tailandés cerca de su casa; éste se convirtió en su nuevo restaurante favorito.
Cuando Anny le devolvió la llamada, el 26 de junio, Candy estaba ya totalmente instalada y se sentía a gusto con su nueva vida. Era feliz. Casi.
Estaba atendiendo a unos clientes cuando le sonó el teléfono, así que le pidió a un compañero que siguiera con los clientes mientras ella salía a la calle a hablar.
—Anny. ¿Cómo estás?
—Estamos bien. Siento haber tardado tanto en responderte. Un hijo de puta me robó el móvil y he tenido que comprarme otro. Luego tuve que ponerme al día con todos los mensajes sobre la boda y…
Candy apretó los dientes y esperó a que su amiga se interrumpiera para tomar aire y así poder darle las noticias sobre su hermano. Sólo tuvo que esperar un poco.
—Albert ha dejado el trabajo.
—¿Qué? —exclamó Anny casi gritando—. ¿Cómo lo sabes?
—Un amigo mío era su auxiliar de investigación en Toronto.
—Eso lo explica todo —dijo Anny.
—Explica ¿el qué?
—Albert ha vendido su piso. Le envió a papá un correo electrónico avisándolo de que lo dejaba y diciéndole que estaba viviendo en hoteles mientras encontraba una casa.
Candy se apoyó en el viejo y retorcido roble que se alzaba junto a Peet's.
—¿Dijo dónde la estaba buscando?
—No. Sólo que había contratado a una empresa de mudanzas para que recogiera todas sus cosas y las guardara. Pero si ha dejado el trabajo…
—Está en pleno proceso de búsqueda.
—Entonces ¡tienes que llamarlo! Es el momento perfecto.
Candy apretó los dientes.
—No.
—¿Por qué no?
—Fue él quien cortó conmigo, ¿te acuerdas? No seré yo quien trate de arreglar las cosas a estas alturas. En caso de que se puedan arreglar, claro.
Anny guardó silencio unos instantes.
—No estoy diciendo que te olvides de todo lo que ha ocurrido y hagas como si no hubiera sucedido nada, Candy. Pero creo que deberíais hablar sobre lo que sucedió. Creo que él tiene que saber cómo te sentiste y lo que pasó cuando se marchó. Y francamente, creo que te debe una explicación. Después puedes mandarlo al infierno, si eso es lo que quieres.
Candy cerró los ojos mientras el corazón se le contraía de dolor.
La mera idea de ver a Albert y de escuchar sus razones le resultaba dolorosa.
—No estoy segura de que mi corazón sobreviviera a sus explicaciones.
Candy se enterró en sus libros durante los días siguientes, preparándose para su entrevista con la profesora Marinelli. Ésta era la invitada de honor de la fastuosa recepción en la que se conocieron, por lo que su primera toma de contacto fue breve aunque muy cordial. La profesora Marinelli aún se estaba instalando, pero reconoció el nombre de Candy gracias a la recomendación de la profesora Picton y le propuso verse para tomar un café en julio.
Ella volvió a casa envuelta en una nube de optimismo. Se sentía tan feliz que pensó que sería un buen momento para acometer la misión que había estado evitando desde que llegó: desembalar los libros y colocarlos en las estanterías de su pequeño apartamento.
Hasta esa noche, había estado sacando los que necesitaba de la biblioteca, pero ver las cajas en el suelo la ponía nerviosa.
El proceso le llevó más tiempo del que había supuesto. No había acabado de ordenar ni un tercio de los volúmenes cuando sintió hambre, así que fue a su restaurante tailandés a encargar comida para llevar.
Dos días más tarde, el 30 de junio, había llegado por fin a la última caja. Tras una velada muy agradable con Zsuzsa y otros estudiantes en el Grendel's Den, volvió a casa decidida a acabar de clasificar los libros.
Empezó a colocarlos alfabéticamente, hasta que llegó al último libro de la última caja: El matrimonio en la Edad Media: amor, sexo y lo sagrado, publicado por la Oxford University Press.
Frunciendo el cejo, lo miró por delante y por detrás. Al cabo de unos minutos, recordó que Archie se lo había llevado a casa, diciendo que lo había encontrado en su casillero del departamento.
«Un libro de texto sobre historia medieval», había dicho.
Por curiosidad, Candy lo hojeó y entre las páginas de la Tabla de Contenidos encontró una tarjeta de visita. Era de Alan Mackenzie, representante de la Oxford University Press en Toronto. En el dorso de la tarjeta, una nota manuscrita decía que estaría encantado de ayudarla con sus libros de texto.
Candy estaba a punto de cerrarlo y dejarlo en la estantería, cuando sus ojos tropezaron con una de las lecturas referenciadas.
Las cartas de Abelardo y Eloísa, Carta VI.
Las palabras de Albert resonaron en su mente:
«Lee mi sexta carta, párrafo cuarto», le había susurrado.
Con el corazón desbocado, pasó las páginas y descubrió sorprendida que un grabado y una fotografía marcaban el punto donde se encontraba la sexta carta.
«Pero ¿adónde me lleva mi vana imaginación? Ah, Eloísa, qué lejos estamos de la paz de espíritu. Tu corazón arde con el fuego fatal que no puede extinguirse y el mío está lleno de conflictos e inquietud. No creas, Eloísa, que estoy disfrutando de la paz perfecta. Quiero abrirte mi corazón por última vez. No he logrado olvidarme de ti. Aunque lucho contra la excesiva ternura que me inspiras, mis esfuerzos son en vano, ya que soy consciente de tu dolor y querría compartirlo. Tus cartas me conmueven. No puedo leer con indiferencia las letras que ha escrito tu querida mano.
Lloro y suspiro y apenas logro ocultar mi debilidad ante mis alumnos. Ésta, infeliz Eloísa, es la miserable condición de Abelardo. El mundo, que suele equivocarse en sus apreciaciones, cree que vivo en paz. Se imagina que mi amor por ti buscaba sólo la gratificación de los sentidos y que te he olvidado. ¡Cómo se equivocan!»
Candy tuvo que leer el párrafo unas cinco veces antes de que el mensaje calara en su mente aturdida. Se fijó en el grabado. Era La disputa por el alma de Guido de Montefeltro.
Le resultaba familiar, pero no acababa de entender qué quería decirle Albert con esa ilustración.
Abrió el ordenador portátil para buscar información sobre ella, pero en seguida recordó que no tenía acceso a Internet en el apartamento.
Cogió su teléfono móvil, pero se había quedado sin batería y no se acordaba de dónde había dejado el cargador. Volvió a abrir el libro y se fijó en la fotografía que acompañaba la ilustración. Era una foto del huerto de manzanos de la casa de los Clark. En el dorso había una nota manuscrita de Albert:
Para mi amada.
Mi corazón es tuyo, al igual que mi cuerpo.
Lo mismo que mi alma.
Siempre te seré fiel, Beatriz.
Quiero ser el último.
Espérame…
Cuando se recuperó de la impresión, sintió la necesidad irrefrenable de hablar con él. No importaba que fuera casi medianoche ni que la calle Mount Auburn estuviera completamente a oscuras. Ni siquiera le importaba que Peet's llevara horas cerrado. Cogió el portátil y salió a toda prisa del apartamento. Si se sentaba junto a la puerta de la cafetería, probablemente pudiese conectarse y enviarle un correo electrónico.
No tenía ni idea de qué iba a decirle. En esos momentos, sólo podía correr.
El vecindario estaba en silencio. A pesar de la suave llovizna vespertina, un grupito de estudiantes recorría la calle de al lado charlando y riendo. Candy cruzó de acera, salpicando con sus chancletas sobre el asfalto húmedo. Ignoró las gotas de lluvia que empezaban a empaparle la camiseta. Ignoró los relámpagos y los truenos que se acercaban por el este.
En el centro de la calle se detuvo, asustada, porque acababa de ver una silueta escondida detrás del roble que había junto al café.
El siguiente relámpago le reveló que la silueta pertenecía sin lugar a dudas a un hombre.
A oscuras y medio oculto por el árbol, Candy no lo reconoció. Ni se le pasó por la cabeza acercarse a un extraño, así que se quedó inmóvil, ladeando la cabeza y aguzando la vista mientras trataba de identificarlo.
En respuesta a su indecisión, él salió de su escondite y avanzó hasta quedar bajo la luz de la farola más cercana. Un relámpago iluminó el cielo en ese momento y Candy pensó que el hombre parecía un ángel.
«Albert».
CONTINUARA
