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CAPITULO 75
Durante los días y semanas que siguieron, los dos se vieron tan a menudo como pudieron, pero entre los preparativos de Albert para el semestre de invierno y el trabajo de Candy en Peet's, su contacto se llevó a cabo básicamente vía SMS y correos electrónicos.
Ella siguió acudiendo a las sesiones con la doctora Walters, que tomaron una dimensión distinta con el regreso de Albert. Y, juntos, empezaron a asistir a sesiones de terapia de pareja una vez por semana; sesiones que se convirtieron rápidamente—aunque de manera no oficial— en preparación prematrimonial.
Cuando Candy se mudó a una residencia de estudiantes, a finales de agosto, Albert y ella habían resuelto ya varios de sus problemas de comunicación. Aunque la manzana de la discordia entre ambos permanecía sin resolver: Albert seguía negándose a acostarse con ella hasta que no estuvieran casados, y ella seguía insistiendo en que no se precipitaran en cuanto a lo del matrimonio.
En general, él se negaba a compartir la cama con ella y, cuando lo hacía, su expresión era la de un santo que estuviera siendo martirizado.
Una de esas noches, Candy permanecía despierta entre sus brazos mucho después de que él se hubiera dormido. El cuerpo de Albert era cálido, como lo habían sido sus palabras de hacía un rato, pero se sentía rechazada. El apasionado profesor no había necesitado que Karen le insistiera mucho para que volvieran a acostarse, pero en cambio se negaba a amarla a ella con su cuerpo, a pesar de sus promesas de amor eterno.
Con la cabeza apoyada en el pecho de él, que subía y bajaba rítmicamente, reflexionó sobre el rumbo que había tomado su vida. Se preguntó si Beatriz habría pasado muchas noches deseando la presencia de Dante a su lado y teniendo que conformarse con que la adorara a distancia.
«Candy».
Se sobresaltó al oír su nombre. Albert murmuró algo más y la sujetó con fuerza.
Ella derramó una lágrima.
Sabía que él la amaba, pero comprobarlo siempre la emocionaba.
Albert estaba tratando de liberarse de su pasado con Karen y otras mujeres y Candy estaba pagando el precio. Aunque tal vez no fuera algo muy distinto del precio que él había tenido que pagar por la vergüenza de ella tras su ruptura con Neall.
Cuando volvió a murmurar, inquieto, Candy le susurró al oído:
—Estoy aquí.
Dándole un suave beso en el tatuaje, cerró los ojos.
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A pesar del dolor que le suponía su abstinencia, Candy tenía que admitir que Albert encontraba constantemente nuevas e ingeniosas maneras de demostrarle su amor. Aunque la situación era difícil, seguía teniendo fe en él.
Albert no quería ni oír hablar de pasar la noche en su habitación de la residencia de estudiantes, pero de vez en cuando iba a visitarla y le regalaba flores o bombones. Cuando llevaba comida, en ocasiones hacían un picnic en el suelo. También iban al cine—dignándose incluso a ver alguna comedia romántica de Hollywood— y, al volver, él la besaba frente a la puerta de la residencia.
Más de una vez, pasaron la noche del viernes o del sábado juntos en la biblioteca. Mientras Albert trabajaba en su nuevo libro, ella se preparaba para el seminario de la profesora Marinelli. Él estaba cumpliendo su promesa. La estaba cortejando con sus palabras y sus actos y eso a ella le gustaba. Pero al mismo tiempo se sentía frustrada e insatisfecha. Echaba de menos la cercanía que sólo se obtiene haciendo el amor.
Cuando llegó el 21 de agosto, volaron a Filadelfia para ayudar con los preparativos de la boda de Anny y Aaron. Al entrar en el vestíbulo del hotel Four Seasons, Candy se sorprendió al ver allí a su padre esperándolos, sentado en una butaca, leyendo el Philadelphia Inquirer.
—Mi padre está ahí —murmuró, avisando a Albert para que pudiera meterse en un ascensor antes de que Rob sacara uno de sus rifles de caza y le disparara.
—Lo sé. Lo avisé yo.
Candy se volvió hacia él, incrédula.
—¿Por qué lo has hecho? ¿No sabes que quiere matarte?
Albert enderezó la espalda.
—Quiero casarme contigo y para eso tengo que arreglar las cosas con él. Quiero que podamos estar en la misma habitación sin tener que preocuparme por si trata de matarme. O castrarme.
—Creo que no es buen momento para sacar el tema de la boda—susurró ella—. Si tienes suerte, se olvidará de castrarte y se conformará sólo con cortarte las piernas… con su navaja suiza.
—No voy a pedirle permiso para casarme contigo; esa decisión es sólo tuya. Pero ¿te gustaría casarte con un hombre al que tu padre desprecia?
Candy empezó a retorcerse las manos, inquieta.
Albert se inclinó para hablarle al oído.
—Deja que trate de arreglar las cosas para que la idea de nuestra relación no le resulte tan insufrible. Tal vez algún día le gustará que te lleve al altar.
En cuanto él hubo acabado de hablar, Robert levantó la vista y los vio. Tras dirigirle una radiante sonrisa a su niña, fulminó a Albert con la mirada. Se levantó y puso los brazos en jarras. La chaqueta le colgaba por detrás de éstos, dándole un aspecto amenazador.
«Oh, dioses de las mujeres cuyos padres quieren castrar a sus novios en el vestíbulo del Four Seasons, por favor, no permitáis que lleve ningún objeto cortante».
Sin amilanarse, Albert se inclinó hacia ella y la besó en la cabeza sin apartar la vista de Rob. La mirada de éste pasó de ser amenazadora a directamente asesina.
—Hola, papá. —Candy se acercó a él y le dio un abrazo.
—Hola, Candy. —Él le devolvió el abrazo antes de colocarla a su espalda, con gesto protector—. Ardley.
Sin dejarse impresionar por su tono, Albert le ofreció la mano.
Rob se la quedó mirando como si fuera un delincuente, igual que su dueño.
—Creo que deberíamos buscar un rincón tranquilo en el bar. No necesito público para lo que tengo que decirle. Candy, ¿necesitas ayuda con el equipaje?
—No, el portero ya se ha encargado. Me voy a mi habitación. Cuando acabes, ya harás el check-in en la tuya, ¿de acuerdo?
Albert asintió y la expresión de Rob se relajó un poco al ver que su hija no compartía habitación con el demonio.
—Una última cosa. Os quiero a los dos, así que os agradecería mucho que no os hicierais daño —dijo Candy, mirando insegura a los dos hombres. Al ver que ninguno de ellos respondía, se dirigió a la recepción, negando con la cabeza.
Lo primero que le preguntó al recepcionista fue si había minibar en la habitación.
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Esa misma noche, tras una cena algo tensa, pero no del todo desagradable con su padre, Candy se dispuso a disfrutar de la cesta de productos de baño que Albert había hecho enviar a su habitación. Casi todos tenían aroma a lavanda. Sonrió al ver una esponja de tul del mismo color, el que Albert asociaba a la virginidad. O eso había supuesto ella la primera vez que había encontrado una esponja color lavanda en su cuarto de baño.
Dejó de sonreír al darse cuenta de que Albert había comprado productos con aroma a lavanda, a pesar de que prefería que Candy oliera a rosas. Tal vez era un truco para que no le costara tanto mantenerse apartado de ella. Respetaría sus deseos, pero esperaba que cambiara de modo de pensar. Y pronto.
Mientras estaba metida en la amplia bañera, le sonó el móvil. Por suerte, lo tenía a mano.
—¿Qué estás haciendo? —La sedosa voz de Albert le acarició los oídos.
—Relajándome. Por cierto, gracias por la cesta. ¿Cómo estás?
—No puedo decir que la conversación con tu padre haya sido agradable pero era necesaria. Le he dado la oportunidad de que me dijera que soy un maldito drogadicto que no te merece. Y luego me he esforzado en explicarle lo que había pasado. Al acabar de hablar me ha invitado a una cerveza. A regañadientes, pero lo ha hecho.
—¿Me tomas el pelo?
—No.
—No me imagino a mi padre pagando diez dólares por una Chimay Première.
Albert se echó a reír.
—En realidad, ha sido una Budweiser. Y ni siquiera fue una Budweiser Budvar original de la República Checa. Él ha pedido por los dos.
—Si estás dispuesto a renunciar a tus pretenciosas cervezas de importación y a beber asquerosa agua sucia por mí, supongo que es que me quieres.
Candy miró la bañera con melancolía. Le habría gustado estar bañándose con él, en vez de sola.
—Beber cerveza nacional era lo mínimo que podía hacer. No creo que tu padre me perdone nunca por haberte hecho daño, pero espero que las cosas vayan a mejor a partir de ahora. Le he dicho que quería casarme contigo. ¿Te ha comentado algo durante la cena?
Ella titubeó.
—Me ha dicho que soy su niñita y que quiere protegerme. Y también varias cosas sobre ti no demasiado halagüeñas. Pero ha admitido que soy una persona adulta, que debe vivir su vida y tomar sus propias decisiones. También me ha comentado que se notaba que habías cambiado. Creo que lo has sorprendido. Y no es fácil que nadie lo sorprenda.
—Lo siento. —La voz de Albert sonaba torturada.
—¿Qué es lo que sientes?
—Siento no ser el tipo de hombre que una chica quiere presentarle a su padre.
—Mira, mi padre pensaba que el sol giraba alrededor de Neall. No puede decirse que se le dé muy bien juzgar a las personas. Y no te conoce tan bien como yo.
—Pero es tu padre.
—Yo me ocuparé de él.
Albert permaneció en silencio unos instantes antes de decir:
—Esa conversación me ha servido de calentamiento para la cena con mi familia.
—Oh, no. ¿Qué ha pasado?
—Hablar con Anthony por teléfono es una cosa, pero cenar con él es otra muy distinta.
—Se siente obligado a protegerme. Ya hablaré con él.
—William me ha pedido que haga un brindis por Pauna durante el banquete de boda.
—Oh, cariño, eso no va a ser fácil. ¿Te ves capaz?
Tras unos instantes de silencio, Albert respondió:
—Hay cosas que necesito decir. Cosas que llevo treinta años queriendo decir. Ésta es una buena oportunidad.
—Entonces, ¿has hecho las paces con todo el mundo?
—Básicamente. William y yo ya habíamos arreglado las cosas por teléfono, hace varias semanas.
—¿Has conocido al hijo de Patty?
Albert contestó entre risas.
—Me ha manchado en cuanto lo he cogido en brazos. Tal vez Anthony le hubiese dado instrucciones.
—¿Se te ha hecho pipí encima?
—Por suerte, no. Pero me ha tirado leche en el traje de Armani.
Candy se echó a reír a carcajadas al pensar en el elegante y puntilloso profesor siendo víctima del hijo de la novia de su hermano.
—Y el caso es que no me preocupa demasiado. ¿Es grave?
Candy dejó de reír de inmediato.
—¿No te preocupa? ¿Qué has hecho con el traje?
—El conserje del hotel lo ha enviado a la tintorería. Dice que creen que la mancha saldrá sin problemas, pero el caso es que no estoy preocupado. Los trajes pueden sustituirse. Las personas, no.
—Me sorprendes, profesor.
—¿Por qué?
—Porque eres muy dulce.
—Trato de serlo cuando estoy contigo —susurró él.
—Es verdad, pero nunca te he visto con niños.
—No. —Y al cabo de un momento, añadió—: Tú tendrías unos niños preciosos, Candice. Niños y niñas con enormes ojos verdes y mejillas sonrosadas.
A través del teléfono, Albert oyó que Candy ahogaba una exclamación.
Con un hilo de voz, preguntó:
—¿Es demasiado pronto para tener esta conversación?
Ella no respondió.
—¿Candy?
—Mis dudas sobre el matrimonio no son por los niños. Son por nuestras experiencias anteriores y por el matrimonio de mis padres. Cuando se casaron, se amaban y eran felices, pero acabaron odiándose y haciéndose mucho daño.
—Pero William y Pauna fueron felices juntos durante muchos años.
—Es verdad. Si pudiera tener un matrimonio como el suyo…
—Podemos tener un matrimonio como el suyo —la corrigió él—. Eso es exactamente lo que quiero. Y quiero tenerlo contigo.
Con la voz, Albert trató de transmitirle cuánto deseaba un matrimonio como el de Pauna y William; lo mucho que se estaba esforzando para llegar a ser el hombre que pudiera darle ese tipo de vida.
Ella soltó el aire lentamente.
—Si me hubieras pedido que me casara contigo antes, te habría dicho que sí. Pero ahora no puedo aceptar. Tenemos muchas cuestiones que resolver. Y empiezo a notar la presión del doctorado.
—No quiero apretarte ni estresarte —replicó él con la voz suave, pero un tanto crispada.
—Además, pensaba que ya habías tomado la decisión de no tener hijos.
—Siempre podemos adoptar —replicó Albert a la defensiva.
Candy reflexionó antes de decir:
—La idea de tener un bebé de ojos azules contigo me hace muy feliz.
—¿De verdad?
—De verdad. Y después de ver lo que Pauna y William hicieron por ti, me gustaría adoptar algún día. Pero no mientras aún esté estudiando.
—Me temo que la adopción tendría que ser privada. Dudo que ninguna organización respetable le diera un niño a un ex drogadicto.
—¿De verdad quieres tener hijos?
—¿Contigo? Por supuesto. Si nos casáramos, me plantearía revertir la vasectomía. Me la hice hace años, así que no sé si sería posible, pero me gustaría intentarlo. Si estás de acuerdo.
—Creo que es demasiado pronto para tener esta conversación.—El brazo en el que estaba apoyada, le resbaló en el borde de la bañera y salpicó.
«¡Scheiße!», maldijo en alemán para sí misma, cansada.
—¿Te estás dando un baño?
—Sí.
Albert gruñó y Candy se alegró de no ser la única que lo estaba pasando mal. Le resultaba humillante que fuera capaz de resistir alejado de ella.
Finalmente, él rompió el silencio con un suspiro.
—Bueno, estoy al otro lado del pasillo, triste y solo, por si necesitas algo.
—Yo también estoy sola, Albert. ¿No podemos hacer nada para remediarlo?
Al notar que titubeaba, Candy se sintió optimista.
Pero él volvió a resoplar de frustración.
—Lo siento. Tengo que dejarte. Buenas noches.
—Buenas noches.
Negando con la cabeza, Candy colgó el teléfono.
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A pesar de la ausencia de su madre, la boda de Anny fue casi como un cuento de hadas. Aaron y ella se casaron en un precioso jardín de Filadelfia. Y, aunque él se había negado en redondo a que se soltaran cien palomas blancas en el momento en que el cura los declarara marido y mujer, Anny había acabado convenciéndolo para que soltaran cincuenta.
(Por lo menos, ninguno de sus parientes había decidido que era un buen momento para practicar la puntería).
Como padrino y dama de honor respectivamente, Albert y Candy se encontraron flanqueando a los novios, junto con Anthony. Ella pasó buena parte de la ceremonia lanzándole miraditas furtivas a Albert, que no le quitaba el ojo de encima, sin molestarse en disimular.
Cuando se hubo acabado con las fotos familiares, el banquete y los brindis de rigor, empezó el baile. Anny y Aaron se fundieron en un abrazo para disfrutar de su primer baile como marido y mujer, antes de que llegara el turno de los padres de unirse a ellos en la pista.
Hubo unos instantes de nerviosismo entre los presentes cuando observaron a William avanzar solo hacia la pista, pero en seguida respiraron aliviados cuando vieron que se dirigía hacia Candy y le pedía el honor de ser su pareja.
Aunque sorprendida, pues pensaba que se lo pediría a alguna tía de Anny o a alguna amiga, aceptó sin dudar. Como el perfecto caballero que era, William bailó con ella sujetándola con manos firmes pero respetuosas, mientras daban vueltas por la pista de baile.
—Parece que tu padre está disfrutando —comentó él, señalando con la cabeza a Rob, que estaba charlando animadamente con una profesora de la Universidad de Susquehanna, con una copa en la mano.
—Gracias por invitarlo —dijo Candy tímidamente, mientras se movían al ritmo de At Last, de Etta James.
—Es un buen amigo. Pauna y yo quedamos en deuda con él desde que nos ayudó cuando Albert se metió en líos.
Candy asintió, tratando de concentrarse en no tropezar.
—El brindis de Albert en honor a Pauna ha sido muy emotivo.
William sonrió.
—Ha sido la primera vez que nos ha llamado papá y mamá. Estoy seguro de que Pauna lo está viendo todo y que es muy feliz. No sólo por la boda de Anny, sino también por la transformación de nuestro hijo. Y esa transformación te la debemos a ti, Candy.
Gracias.
Ella sonrió.
—No puedo ponerme esa medalla. Algunas cosas no dependen de una sola persona.
—Tienes razón, pero algunas relaciones son conductos para que la gracia llegue hasta alguien y sé que tú has jugado ese papel en tu relación con Albert. Así que te lo agradezco.
»Albert ha tardado mucho en perdonarse por lo que pasó con Maia y por no haber estado presente cuando Pauna murió. Ahora es un hombre muy distinto al de hace un año. Espero poder volver a bailar contigo en otra boda dentro de no mucho tiempo. Una en la que mi hijo y tú seáis los protagonistas.
Candy lo miró con franqueza.
—Estamos tomándonos las cosas con calma, pero estoy enamorada de él.
—No esperéis mucho. Nunca se sabe lo que va a traer la vida. A veces tenemos menos tiempo del que pensamos.
La canción llegó a su fin, así que William le besó la mano y la acompañó a su sitio, junto a Albert.
Mientras se sentaba, Candy se secó disimuladamente una lágrima. Él se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—¿Mi padre te ha hecho llorar?
—No, sólo me ha recordado lo que es importante en la vida—respondió ella, dándole la mano y llevándose las manos unidas de ambos a los labios para besarle los nudillos—. Te quiero.
—Yo también te quiero, mi dulce, dulce niña. —Albert la besó y, por unos instantes, se olvidaron de dónde estaban.
Candy le rodeó el cuello con los brazos, acercándolo más. Cuando sus bocas se unieron y sus respiraciones se mezclaron, el sonido de lo que los rodeaba desapareció. Él la acercó hasta que estuvo prácticamente sentada sobre su regazo. Cuando se separaron, los dos respiraban con esfuerzo.
—No tenía ni idea de que las bodas provocaran este efecto —dijo Albert, sonriendo con ironía—, si no, te habría llevado a una antes.
Tras bailar varios lentos con Albert, Candy lo hizo con Anthony y Aaron y, finalmente, con su padre. Era evidente que ambos tenían muchas cosas que decirse y, por sus expresiones, no eran agradables. Pero al final del baile pareció que habían llegado a un acuerdo, ya que Candy regresó junto a Albert con una sonrisa.
Avanzada la noche, Aaron pidió la canción de Marc Cohn True Companion y se la dedicó a Anny. Inmediatamente, una fila de parejas casadas se acercó a la pista de baile. Patty los sorprendió llevándoles a Quinn para que Candy lo sostuviera mientras ella bailaba con Anthony.
Candy tenía miedo de no gustarle al niño.
—Te sienta bien —susurró Albert, cuando el pequeño se quedó dormido acurrucado contra su cuello.
—Chist, no vaya a despertarse.
—No se despertará. —Albert alargó la mano para acariciar el suave pelo del niño y sonrió cuando éste suspiró satisfecho.
—¿Por qué de pronto quieres casarte y tener hijos? —le preguntó Candy.
Él se encogió de hombros, incómodo.
—Mientras estuvimos separados, pensé mucho. Me di cuenta de que había cosas importantes y otras que no lo eran tanto. Y también visité un orfanato.
—¿Un orfanato? ¿Para qué?
—Estuve trabajando de voluntario con los franciscanos de Florencia. Iban a menudo a llevar caramelos y juguetes a los niños del orfanato cercano. Y empecé a acompañarlos.
Candy se quedó con la boca abierta.
—No me has contado nada.
—No ha salido en la conversación, pero no es ningún secreto. Pensaba quedarme en Asís, pero conocí a una familia de voluntarios americanos que iban a trabajar en una clínica para pobres de Florencia y los acompañé.
—¿Te gustó la experiencia?
—No se me da demasiado bien, pero encontré algo en lo que era mejor que los demás: contaba historias sobre Dante en italiano.
Ella se echó a reír.
—No es una mala ocupación para un especialista en Dante. ¿También contabas esas historias en el orfanato?
—No, los niños eran demasiado pequeños. Estaban bien cuidados, pero el sitio era muy triste. Había bebés con sida y con diversas enfermedades. Y otros niños más mayores, a los que ya nadie quiere adoptar. La mayoría de los padres adoptivos quiere que sean más pequeños.
Candy le puso una mano en el antebrazo.
—Lo siento.
Albert se volvió hacia ella y acarició la cabecita del niño.
—Cuando Pauna me encontró, yo tenía lo que se considera una edad inadoptable, pero ella me quiso igualmente. Tuve mucha suerte. Fue una auténtica bendición.
Al oír la vulnerabilidad en su voz, Candy se sorprendió una vez más al comprobar lo mucho que Albert había cambiado. Meses atrás, habría sido imposible oír al profesor Ardley hablar de bendiciones o verlo acariciando la cabecita de un bebé.
Especialmente, la de uno que le había manchado un traje de Armani.
Poco antes de que acabara el baile, Albert se acercó al disc-jockey y le pidió una canción en voz baja. Luego se volvió hacia Candy con la mano extendida y una amplia sonrisa.
Al llegar a la pista de baile, empezó a sonar Return to me.
—Me extraña que no hayas pedido Bésame mucho —bromeó ella.
Albert le dirigió una mirada cargada de solemnidad.
—He pensado que necesitábamos una canción nueva. Una nueva música para un nuevo capítulo.
—A mí me gustaba el viejo.
—No hace falta que olvidemos el pasado —susurró él—. Pero podemos construir un futuro aún mejor.
Con una sonrisa nostálgica, Candy dijo:
—Recuerdo la primera vez que bailamos juntos.
—Aquella noche me comporté como un auténtico cretino—murmuró avergonzado—. Cada vez que me acuerdo…
Me provocabas unas emociones muy intensas, pero no sabía cómo afrontarlas.
—Pero ahora ya sabes cómo actuar cuando estás conmigo— Candy le acarició la mejilla y le dio un suave beso, antes de deslizar los dedos sobre la pajarita de seda negra—. Recuerdo cómo me gustaban tus pajaritas cuando eras mi profesor y yo sólo era tu alumna. Ibas siempre impecable.
Albert le agarró la mano y le dio un beso en la palma.
—Candice, nunca fuiste sólo mi alumna. Eres mi alma gemela. Mi bashert.
La abrazó, pegándola a su pecho y ella canturreó satisfecha contra su esmoquin. Y cuando Dean Martin empezó a cantar en italiano, fue la voz de él la que susurró en su oído.
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Cuando Albert se detuvo ante la puerta del cuarto de Candy esa madrugada, la miró con admiración. Su pelo, largo y ondulado, le caía despeinado sobre los hombros. Tenía las mejillas encendidas, igual que los ojos, burbujeantes por el champán y la felicidad. El vestido color rojo intenso se ceñía a su figura sin necesidad de tirantes. Su ángel de ojos verdes aún tenía la capacidad de hechizarlo.
Mientras le acariciaba la mejilla amorosamente, ella lo miró a los ojos, azules y algo cansados, que se escondían ahora detrás de sus gafas. Estaba tan guapo con el esmoquin… Y tan, tan sexy…
Sin pensar, tiró de la pajarita y notó cómo el nudo de seda se deshacía entre sus dedos. Enrollándose la seda alrededor de la mano, tiró de él y lo besó.
Mientras se besaban, Candy se dio cuenta de lo difícil que había debido de resultarle a Albert contenerse al principio de su relación. Sintió que le hervía la sangre y la carne le quemaba, sabiendo lo que la esperaba después de los preliminares. Lo necesitaba tanto que no podía contenerse.
—Por favor —le suplicó, poniéndose de puntillas para besarle el cuello.
Albert gruñó.
—No me tientes.
—Te prometo que iré con cuidado.
Él se echó a reír, malhumorado.
—Este giro de las circunstancias es de lo más imprevisto.
—Hemos esperado más tiempo del razonable. Te quiero. Y te deseo.
—¿Confías en mí?
—Sí —respondió ella sin aliento.
—Pues entonces cásate conmigo.
—Albert, yo…
Él la interrumpió con un beso apasionado. La sujetó con fuerza por el pelo antes de bajar las manos hasta sus hombros desnudos y acariciárselos, sin dejar de besarla en ningún momento.
Soltando la pajarita, Candy le rodeó el cuello con los brazos y echó las caderas hacia adelante para pegarse más a su cuerpo. Le mordisqueó el labio inferior y gimió cuando él le exploró los contornos de la boca con la lengua.
Los dedos de Albert se deslizaron sobre sus clavículas, rodeándole los brazos y acariciándole la espalda. La piel de ella había empezado a calentarse y ruborizarse.
—Por favor, déjame hacer las cosas bien —le suplicó él, tomándole la cara entre las manos.
—¿Qué tiene de malo lo que estamos haciendo? —susurró Candy, con sus ojos verdes suplicantes.
Él volvió a besarla y esa vez le sujetó la pierna y se rodeó con ella la cadera, recreando el tango vertical que habían bailado contra la pared del Royal Ontario Museum.
Albert la pegó a la puerta de la habitación y sus manos se perdieron bajo el vestido, acariciándole los muslos arriba y abajo, antes de detenerse bruscamente.
—No puedo.
Candy le quitó las gafas para alisarle las arrugas de preocupación que se le habían formado entre las cejas. En sus ojos vio pasión, conflicto y amor. Apoyando el pie en el suelo, ella volvió a echar las caderas hacia adelante, hasta que sus cuerpos quedaron en contacto.
—Albert.
Él parpadeó al oír su voz, como si se estuviera despertando de un sueño.
Al ver que no se movía, Candy se apartó, dejando unos centímetros de distancia entre sus cuerpos, y le devolvió las gafas.
—Buenas noches, Albert.
Él tenía un aspecto abatido.
—No quiero hacerte daño.
—Lo sé.
Permaneció allí inmóvil, mirándola a los ojos, que tenía llenos de tristeza y de deseo.
—Estoy tratando de ser fuerte por los dos —susurró—, pero cuando me miras así…
Con un suave beso en los labios y una inclinación de cabeza, Albert se rindió. Candy encontró la tarjeta con dedos temblorosos y ambos desaparecieron tras la puerta de su habitación.
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A la mañana siguiente, Candy abandonó el cálido refugio de los brazos de Albert para una rápida visita al baño. Al volver, lo encontró despierto, mirándola con preocupación.
—¿Estás bien?
Ella se ruborizó.
—Sí.
—Entonces, ven aquí —la invitó, abriendo los brazos.
Candy se acurrucó a su lado, y le pasó una pierna sobre las caderas.
—Siento haberte hecho sentir incómodo ayer en el pasillo.
—No me hiciste sentir incómodo —replicó él, con tanta vehemencia que la pilló por sorpresa—. ¿Por qué tendría que hacerme sentir incómodo que la mujer que amo me demuestre que me desea?
—Creo que montamos un espectáculo para los demás huéspedes del hotel.
—Espero que tomaran ejemplo —bromeó Albert, antes de besarla.
Cuando se separaron, Candy le apoyó la cabeza en el hombro.
—Supongo que lo de esperar hasta el matrimonio iba en serio.
—No oí que te quejaras anoche.
—Ya me conoces —dijo ella, guiñándole un ojo—, no me gusta quejarme. Gracias por aceptar, Albert. Esta noche ha sido muy importante para mí. —Le rodeó la cintura con los brazos y apretó con fuerza.
—Para mí también —contestó él y sonrió—. Me has demostrado que confías en mí.
—Me alegra que te des cuenta, porque nunca había confiado tanto en nadie.
Albert la besó una vez más y le retiró el pelo de la cara.
—Tengo algo que contarte —dijo entonces, acariciándole el cuello con delicadeza—. Es una cosa extraña.
Candy frunció el cejo.
—Te escucho.
—Cuando estuve en Selinsgrove, vi algo. O, mejor dicho, me pasó algo.
Ella le cubrió la mano con la suya.
—¿Alguien te hizo daño?
—No. —Albert hizo una pausa incómoda—. Prométeme que mantendrás la mente abierta.
—Por supuesto.
—Mientras sucedió, pensé que estaba soñando, pero al despertar me planteé si habría sido una visión.
Candy parpadeó.
—¿Como cuando pensaste que me habías visto en Asís?
—No. Como lo que dijiste sobre el cuadro de Gentileschi en Florencia… sobre Maia y Pauna.
»La vi. Vi a Pauna. Estábamos en mi antigua habitación, en casa de mis padres. Y ella me dijo… —La voz se le rompió y respiró hondo para recuperarse—. Me dijo que sabía que la quería.
—Claro —murmuró Candy, abrazándolo con más fuerza.
—Eso no es todo. No estaba sola. Vino acompañada por una joven.
—¿Quién era?
Albert tragó saliva con esfuerzo.
—Maia.
Ella ahogó una exclamación.
—Me dijo que era feliz.
Candy le secó una lágrima de la cara.
—¿Fue un sueño? —preguntó.
—Tal vez. No lo sé.
—¿Se lo has contado a William? ¿O a Karen?
—No. Ambos han hecho las paces con el pasado.
Ella le puso una mano en la mejilla.
—Tal vez era lo que necesitabas para perdonarte. Ver que tanto Pauna como Maia te han perdonado y que son felices.
Él asintió en silencio y enterró la cara en su pelo.
CONTINUARA
