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CAPITULO 77
Unos días más tarde, Archie recibió un correo electrónico de Candy anunciándole su compromiso. Fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Leerlo una y otra vez no mejoró la situación, pero de todos modos lo hizo. No era que quisiera torturarse, pero necesitaba que su nuevo estatus le quedara indeleblemente grabado en la mente.
Querido Archie:
Espero que estés bien. Siento haber tardado tanto en responder a tu último mensaje. El doctorado es más puñetero de lo que pensaba y siempre pienso que no estoy al nivel de lo que me piden, pero me encanta. (Por cierto, gracias por recomendarme los libros de Ross King. No tengo mucho tiempo para leer estos días, pero lo sacaré de donde sea para leer La cúpula de Brunelleschi).
Una de las razones por las que tengo poco tiempo para leer o hacer cualquier otra cosa es porque estoy prometida. Albert me pidió que me casara con él y le he dicho que sí. Queríamos casarnos cuanto antes, pero no hemos conseguido que nos hicieran hueco en la basílica de Asís hasta el veintiuno de enero.
Albert tiene contactos entre los franciscanos; por eso hemos conseguido que nos dejen la basílica tan pronto.
Soy muy feliz. Me gustaría que fueras feliz por mí.
Enviaré la invitación a tu apartamento de Toronto. También invitaremos a Katherine Picton.
Si no puedes o no te apetece venir, lo entenderé, pero para mí es importante invitar a la gente que quiero. Albert ha alquilado una casa en Umbría para que los invitados puedan alojarse antes y después de la boda. Nos encantaría que vinieras. Sé que a mi padre le gustaría volver a verte.
Has sido el mejor de los amigos. Espero poder pagarte todo lo que has hecho por mí algún día.
Con Cariño,
Candy.
Posdata: Albert no quería que te lo mencionara, pero fue él quien convenció a la profesora Picton para que supervisara tu tesis. Albert no es tan malo como pensabas, ¿no crees?
La gratitud de Archie ante la generosidad de Albert no borró el dolor que sentía al saber que había perdido a Candy. Otra vez.
Sí, ya la había perdido anteriormente, pero antes del retorno de Albert había mantenido la esperanza de que ella cambiara de opinión, por muy remota que fuera esa posibilidad. Y saber que iba a casarse con él le dolía mucho más que si le hubiera dicho que se casaba con cualquier otro tipo llamado Albert. Como Albert el fontanero o A,bert el instalador de cable.
Pocos días después, Candy recibió un paquete en su casillero de Harvard. Al ver que se lo enviaban desde Essex Junction, Vermont, lo abrió en seguida.
Archie le enviaba una edición especial de El conejo de terciopelo. Además de una dedicatoria en la guarda delantera que le llegó al corazón, había una carta en su interior.
Querida Candy:
Tus noticias me han dejado de piedra. Felicidades.
Gracias por invitarme a la boda, pero no podré ir. Mi padre sufrió un ataque al corazón hace unos días y está en el hospital. Yo estoy ayudando en la granja. (Por cierto, mi madre dice que te dé recuerdos. Te está haciendo algo como regalo de bodas. ¿Adónde quieres que lo envíe cuando esté terminado? No seguirás viviendo en el campus después de la boda, ¿no?).
Desde la primera vez que te vi, quise que fueras feliz. Que tuvieras más confianza en ti misma. Que tuvieras una buena vida.
Te lo mereces y odiaría verte tirar esas cosas a la basura.
No me consideraría un buen amigo si no te preguntara si Ardley es lo que quieres en la vida. No deberías conformarte con nada que no sea lo mejor para ti. Si tienes la más mínima duda, no deberías casarte con él.
Te prometo que estoy tratando de actuar como un amigo y no como un gilipollas resentido.
Tuyo,
Archie.
Candy dobló la carta con tristeza y la guardó dentro del libro.
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A pesar de que Robert había dado su bendición al enlace (a regañadientes, por supuesto), el conflicto surgió cuando la feliz pareja anunció dónde habían decidido casarse.
Los Clark estaban encantados de pasar una semana de vacaciones en Italia, pero Rob, que nunca había salido de Norteamérica, no estaba tan entusiasmado. Como padre de la novia, había pensado pagar el enlace de su única hija, aunque tuviera que hipotecar su nueva casa para hacerlo, pero Candy no quería ni oír hablar del tema.
Aunque la ceremonia sería íntima, los costes eran demasiado elevados para la economía de Rob. Y, para mayor humillación de éste, Albert estaba encantado de pagarlo todo. Para él era más importante que Candy tuviera la boda de sus sueños que tener al suegro contento.
Ella trató de mediar entre ambos hombres, señalando que había cosas que su padre podía pagar, como el vestido de novia o las flores.
A finales de noviembre, Candy vio el vestido perfecto en el escaparate de una elegante boutique de la calle Newbury de Boston. Era un vestido de seda de organza color marfil, con escote de pico y unas mangas minúsculas, que apenas cubrían los hombros. El talle estaba rodeado de encaje, y la falda, con mucho vuelo, formaba capas recordando a una nube.
Sin pensarlo, entró y pidió probárselo. La dependienta le alabó el gusto, diciéndole que los diseños de Monique Lhuillier eran muy populares.
Candy no había oído hablar nunca de la diseñadora. No miró el precio, porque el vestido no tenía etiqueta, pero al verse en el espejo, lo supo. Aquél era su vestido. Era precioso, clásico, y haría destacar su color de piel y su silueta. Sabía que a Albert le encantaría que dejara tanto trozo de espalda al descubierto. Sin caer en el mal gusto, por supuesto.
Se hizo una foto con el iPhone con él puesto y se la envió a su padre preguntándole qué le parecía. Éste respondió inmediatamente diciéndole que nunca había visto a una novia más hermosa.
Rob le pidió que le pasara el teléfono a la dependienta y, sin que Candy llegara a enterarse en ningún momento del precio del vestido, se puso de acuerdo con la mujer para el modo de pago.
Saber que le estaba comprando a su hija el vestido de boda de sus sueños lo ayudó a superar el hecho de no poder pagar el resto.
Tras despedirse de su padre, Candy pasó varias horas más en la tienda, comprando hasta completar el traje. Entre otras cosas, eligió un velo que le llegaba casi hasta los tobillos, unos zapatos de raso, de tacón pero con los que pudiera caminar sin caerse, y una capa de terciopelo blanco para protegerse del frío de Asís en enero. Con todo bien empaquetado, se fue a casa.
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Dos semanas antes de la boda, Rob llamó a Candy para hacerle una pregunta importante.
—Sé que enviasteis las invitaciones hace tiempo, pero ¿habría sitio para una persona más?
—Por supuesto —respondió ella, sorprendida—. ¿Me he olvidado de invitar a algún primo lejano?
—No exactamente.
—Entonces, ¿de quién se trata?
Él respiró hondo y contuvo el aliento.
—Papá, suéltalo de una vez. ¿A quién quieres que invite? —Candy cerró los ojos y rezó a los dioses de las hijas de padres sin pareja para que intercedieran por ella y no permitieran que Deb Lundy asistiera a su boda. O, peor aún, que volviera a salir con su padre.
—A Diane.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué Diane?
—Diane Stewart.
—¿La del restaurante Kinfolks?
—Exacto.
La concisa respuesta de su padre le dio a Candy toda la información que necesitaba.
Permaneció unos momentos en silencio, mientras se recuperaba de la impresión.
—Candy, ¿sigues ahí?
—Sí, estoy aquí. Claro… sí… por supuesto. La añado a la lista de invitados. ¿Podría decirse que es… esto… tu amiga especial?
Rob respondió al cabo de unos segundos…
—Sí, podría decirse.
—Ajá.
Su padre cortó la conversación en seguida y Candy se quedó mirando el teléfono, preguntándose qué plato combinado especial sería el responsable de aquel nuevo romance.
«El de pastel de carne seguro que no», pensó.
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El 21 de enero, Rob paseaba nervioso justo a la entrada de la basílica de Asís. Que su hija y sus damas de honor llegaran tarde no lo ayudaba a tranquilizarse. Se tiró una vez más de la pajarita para arreglársela y siguió esperando. En ese momento, una visión vestida de organza y cubierta de terciopelo blanco hizo su aparición como una nube radiante.
Rob se quedó sin habla.
—Papá —musitó Candy, acercándose a él con una sonrisa nerviosa.
Patty y Anny la ayudaron a quitarse la capa y a recolocarse la falda, desplegando la cola a su espalda. Luego, Christina, la organizadora de bodas que nunca se alejaba demasiado, les entregó a Anny y a Patty sus ramos, que eran una mezcla de lirios y rosas blancas, a conjunto con el color de los vestidos, de un lila intenso.
—Estás muy guapa —le dijo Rob finalmente, dándole un tímido beso a través del velo.
—Gracias. —Ruborizándose, Candy bajó la vista hasta su ramo, que consistía en dos docenas de rosas blancas y unas ramitas de acebo.
—¿Podéis darnos un minuto? —les preguntó Robert a las damas de honor.
—Por supuesto.
Christina se llevó a Anny y a Patty y las situó a la entrada de la basílica. Luego le indicó al organista que estaban a punto de hacer su entrada.
—Me gusta tu collar —dijo Rob, nervioso.
Candy se llevó la mano a las perlas que le adornaban el cuello.
—Era de Pauba.
Tras tocarse los pendientes de diamantes, decidió que no hacía falta explicarle su origen.
—Me pregunto qué opinaría de que te casaras con su hijo.
—Quiero pensar que la haría feliz. Me gusta imaginarme que nos está mirando desde arriba, sonriendo.
Su padre asintió y se metió las manos en los bolsillos del esmoquin.
—Me alegro de que me pidieras que te llevara al altar.
Candy lo miró sorprendida.
—No iba a casarme sin ti, papá.
Él carraspeó, arrastrando los zapatos alquilados a un lado y a otro.
—No debí haberte hecho volver con Sharon. Tendrías que haberte quedado conmigo —dijo, con la voz rota.
—Papá —susurró Candy, empezando a llorar.
Él la abrazó con fuerza, tratando de decirle con su abrazo lo que no sabía decir con palabras.
—Te perdoné hace mucho tiempo. No hace falta que volvamos a hablar del tema. —Ella se separó para mirarlo a los ojos—. Me alegro de que estés aquí. Y me alegro de que seas mi padre.
—Candy. —Rob carraspeó otra vez para aclararse la voz—. Eres una buena chica.
Al volverse hacia el largo pasillo que llevaba al altar, Rob vio que Albert esperaba junto a su hermano y su cuñado. Los tres hombres iban vestidos con esmoquin de Armani negro y camisa blanca inmaculada. Aunque Albert quería que llevaran pajarita, Anthony y Aaron habían preferido ir con corbata, ya que, según ellos, las pajaritas eran cosa de viejos, miembros de las juventudes del Partido Republicano o profesores universitarios.
—¿Estás segura? Si tienes dudas, paro un taxi y nos volvemos a casa —preguntó.
Candy le apretó la mano.
—Estoy segura. Albert no es perfecto, pero es perfecto para mí. Somos el uno para el otro.
—Le dije que esperaba que cuidara de mi niña. Que si no estaba dispuesto a hacerlo, tendríamos un problema. Me contestó que si algún día dejaba de tratarte como a una reina, fuera a buscarlo y le pegara un tiro. —Rob sonrió—. Le dije que me parecía buena idea. ¿Estás lista?
Ella respiró hondo.
—Sí.
—Pues vamos allá. —Ofreciéndole el brazo, asintió con la cabeza para indicarles a las damas de honor que podían abrir la comitiva al sonido de la música de Johann Sebastian Bach.
Cuando Candy y Rob echaron a andar, la música cambió y empezó a sonar otra pieza del mismo compositor.
Albert captó la mirada de Candy desde la distancia y el rostro se le iluminó con una amplia sonrisa. El sol de enero se colaba por las puertas de la basílica, iluminando a la novia desde atrás.
Parecía como si un halo de luz la rodeara.
Albert no podía parar de sonreír. Sonrió durante toda la ceremonia, incluso mientras juraba respetar a su esposa y durante la actuación de la soprano que interpretó Despertad, la voz nos llama, de Bach y Exultate, jubilate, de Mozart.
Tras la ceremonia, sujetó el velo de Candy con dedos temblorosos y se lo levantó despacio. Con los pulgares, le secó las lágrimas de felicidad que le rodaban por las mejillas, y la besó. Fue un beso suave y casto, pero lleno de promesas. Luego fueron a la parte inferior de la basílica para visitar la cripta.
No lo habían previsto, pero sin ponerse de acuerdo, se dieron la mano y se encontraron dirigiéndose a la tumba de san Francisco.
En aquel lugar tranquilo y oscuro donde Albert había tenido su inefable experiencia meses atrás, se arrodillaron y rezaron. Ambos dieron gracias, cada uno por tener al otro en su vida y por las numerosas bendiciones que habían recibido. Albert dio también las gracias por Maia y por Pauna, por su padre y sus hermanos.
Cuando se levantó para encender una vela, ambos pidieron una última bendición. Un último pequeño milagro. Al acabar sus oraciones, una extraña paz se había adueñado de sus almas, envolviéndolas como una manta.
—No llores, dulce niña. —Albert le ofreció la mano a Candy para ayudarla a levantarse. Le secó las lágrimas antes de besarla—. Por favor, no llores.
—No puedo evitarlo. Soy tan feliz… —dijo ella, con los ojos brillantes y una sonrisa temblorosa—. Te quiero tanto…
—Yo siento lo mismo. No dejo de preguntarme cómo ha podido pasar. Cómo es posible que te reencontrara y te convenciera de que fueras mi esposa.
—El cielo nos sonrió.
Se puso de puntillas para besar a su esposo junto a la tumba de san Francisco sin ninguna vergüenza, porque sabía que las palabras que acababa de pronunciar eran verdad.
CONTINUARA
