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CAPITULO 80
—No puedes presentar esto. —Albert entró en el estudio la tarde siguiente, con una copia de la ponencia de Candy en la mano.
Ella levantó la vista de la pantalla del ordenador, horrorizada.
—¿Por qué no?
—Está equivocado. —Soltó las páginas para quitarse las gafas, que dejó encima de la mesa—. San Francisco va a buscar el alma de Guido da Montefeltro cuando éste muere. Ya lo discutimos y estabas de acuerdo conmigo.
Candy se cruzó los brazos, a la defensiva.
—He cambiado de idea.
—Pero ¡si es la única interpretación que tiene sentido!
Ella tragó saliva y negó con la cabeza.
Albert empezó a pasear por delante del escritorio.
—Lo hablamos en Belice. ¡Y te envié una ilustración de la escena mientras estuvimos separados, por el amor de Dios! ¿Piensas ponerte delante de una sala llena de gente y decir que no pasó?
—Si hubieras leído las notas al pie, sabrías que…
Él se detuvo en seco y se volvió hacia ella.
—He leído las notas al pie. Ninguna de tus fuentes llega hasta donde tú llegas. Sólo estás especulando.
—¿Sólo? —Candy arrastró la silla hacia atrás—. He encontrado varias fuentes respetables que están de acuerdo con casi todo lo que digo. A la profesora Marinelli le ha gustado.
—Es demasiado indulgente contigo.
Ella se quedó con la boca abierta.
—¿Demasiado indulgente? ¿Y qué más? Ahora me dirás que la profesora Picton me invitó a dar la conferencia por caridad…
La expresión de Albert se suavizó.
—Por supuesto que no. Tiene una gran opinión de ti. Pero no quiero que te presentes delante de un montón de profesores experimentados y les ofrezcas una interpretación inocente. Si hubieras leído mi libro, sabrías…
—He leído tu libro, «profesor Ardley». El texto que analizo sólo lo mencionas de pasada. Y adoptas la versión oficial ingenuamente, sin pararte a reflexionar si es lo que deberías hacer.
Albert entornó los ojos.
—Me quedo con la interpretación que tiene más sentido —replicó en tono glacial—. Y nunca hago nada ingenuamente.
Candy se levantó resoplando de frustración.
—¿No quieres que tenga ideas propias? ¿Crees que debo repetir lo que dicen los demás porque soy una simple estudiante recién licenciada?
Él se ruborizó.
—Nunca he dicho eso. Yo también fui un estudiante recién graduado en su momento. Pero ya no lo soy. Podrías aprovecharte de mi experiencia.
—Ah, ya estamos. —Alzó los brazos, disgustada, y salió del estudio.
Él la siguió.
—¿Qué quieres decir con «ya estamos»?
Ella no se dignó a mirarlo.
—Te molesta que te lleve la contraria en público.
—Bobadas.
—¿Bobadas? —Se volvió al instante hacia él—. Entonces, ¿por qué me dices que cambie mi conferencia para que diga lo mismo que tu libro?
Albert apoyó una mano en el brazo de Candy.
—No quiero que diga lo mismo que mi libro. Sólo trato de evitar que hagas el ridícu… —Se paró en seco.
—¿Cómo dices? —Candy le apartó la mano bruscamente.
—Nada.
Albert cerró los ojos e inspiró hondo.
Cuando los volvió a abrir parecía más calmado.
—Si empiezas inmediatamente, tienes tiempo de reescribirla. Puedo ayudarte.
—No quiero tu ayuda. Y no puedo cambiar toda la tesis. Ya han publicado la sinopsis en la web del simposio.
—Llamaré a Katherine —insistió él con una sonrisa de ánimo—. Lo entenderá.
—No, no lo harás. No voy a cambiar nada.
Albert apretó los labios.
—No es momento para ponerte tozuda.
—Oh, sí, sí lo es. Es mi ponencia.
—Candice, escúchame…
—Te preocupa que haga el ridículo. Y que te avergüence delante de tus colegas.
—Yo no he dicho eso.
Ella le dirigió una mirada dolida, como si la hubiera traicionado.
—Acabas de decirlo.
Candy entró en el dormitorio y trató de cerrar la puerta, pero él levantó la mano para impedirlo.
—¿Qué haces?
—Trato de poner distancia entre nosotros.
—Candy, espera. —Albert miró a su alrededor, sin saber qué hacer—. Podemos hablarlo tranquilamente.
—No, no podemos. —Le clavó un dedo en el pecho—. Ya no soy tu alumna. Tengo derecho a tener mis propias ideas.
—No te he dicho lo contrario.
Sin escucharlo, ella se dirigió al cuarto de baño.
—¡Candice, maldita sea, espera! —exclamó él desde la puerta.
Ella se volvió.
—¡No me grites!
Albert levantó las manos en señal de rendición y respiró hondo.
—Lo siento. Sentémonos a hablar.
—Ahora no puedo. Diré cosas de las que luego me arrepentiré. Y es evidente que tú también necesitas calmarte.
—¿Adónde vas?
—Al baño. Voy a encerrarme y te voy a ignorar durante el resto del día. Si no me dejas en paz, me iré a casa de mi padre.
Albert hizo una mueca. Candy no había vuelto a casa de su padre desde antes de la boda.
—¿Cómo irías?
Ella puso los ojos en blanco.
—No te preocupes, no te dejaré sin coche. Llamaré un taxi y me largaré.
—Aquí no hay taxis. Tendrías que llamar a Sunbury.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Lo sé, Albert. Antes vivía aquí, ¿te acuerdas? Realmente me consideras una idiota…
Entró en el baño y se encerró dando un portazo.
Él oyó el ruido del pestillo al cerrarse. Esperó unos momentos antes de llamar a la puerta.
—Anny, Aaron y William deben de estar a punto de llegar. ¿Qué les digo?
—Diles que soy una idiota, claro.
—Candice, escúchame un momento, por favor.
Albert oyó que el agua empezaba a correr.
—¡Perfecto! —gritó—. Ignórame. Nuestra primera discusión y la arreglas encerrándote en el maldito baño. —Golpeó la puerta con la palma de la mano.
El agua dejó de correr.
Ella alzó la voz para hacerse oír:
—Mi primera conferencia y me dices que es una mierda. Y no porque lo sea, ¡sino porque no estoy de acuerdo contigo y con tu jodido libro!
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Tras un largo baño caliente, Candy abrió la puerta. El dormitorio estaba vacío. Se vistió rápidamente antes de salir al pasillo. Se acercó sigilosamente a la escalera y escuchó.
Tras comprobar que estaba sola, volvió al despacho y cerró la puerta. Eligió un poco de jazz ligero como música de fondo y volvió al trabajo.
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—¿Dónde está Candy? —Anny abrazó a su hermano antes de entrar con su maleta de ruedas y la de su marido, Aaron, al salón. Iba vestida con pantalones de color caqui y una camiseta blanca con cuello de pico. Alta y espigada, llevaba la larga melena oscura sujeta por unas grandes gafas de sol negras. Iba poco maquillada, pero estaba impecable. Parecía la modelo de un anuncio.
Albert trató de disimular una mueca de disgusto.
—Está trabajando en la conferencia.
—¿Le has dicho que hemos llegado? —Acercándose a la escalera, Anny la llamó—: Candy, mueve el culo y baja a vernos.
—Anny, por favor —la reprendió su padre suavemente, antes de abrazar a Albert.
William era unos cinco centímetros más bajo que su hijo. Tenía el cabello claro y los ojos grises. Era un hombre callado y serio, y se ganaba el respeto de los demás con su inteligencia y su amabilidad.
Al ver que nadie se movía en el piso de arriba, Anny se volvió hacia Albert y entornó los ojos, que eran azules como los de su madre.
—¿Por qué se esconde?
Él saludó a Aaron estrechándole la mano.
—No se esconde. No te habrá oído. Tenéis las habitaciones preparadas y hay toallas limpias en el baño de invitados. Papá, si quieres dormir en tu antiguo cuarto, no hay ningún problema.
—En la habitación de invitados estaré bien. —William cogió su maleta y empezó a subir la escalera.
—¿Os habéis peleado? —insistió Anny, mirando a su hermano con desconfianza.
Él frunció los labios.
—Salúdala ahora cuando subas. Nos vemos luego en el porche trasero y tomamos algo. Estoy preparando costillas a la barbacoa para cenar.
—¿Costillas? ¡Fantástico! —Aaron le dio una agradecida palmada en la espalda a su cuñado—. Quería parar a comprar unas Corona antes de llegar, pero Anny ha querido que viniéramos directamente. Vuelvo en seguida —dijo, mientras cogía las llaves del coche.
Cuando estaba a punto de llegar a la puerta, su esposa lo detuvo y negó con la cabeza.
A Albert le pareció un buen momento para desaparecer.
—Os espero en el patio —les indicó, dejándolos solos.
Anny miró a su marido mientras negaba con la cabeza.
—Han discutido. Yo hablaré con Candy, tú habla con Albert. Ya irás a buscar las Corona más tarde.
—¿Por qué habrán discutido? —se preguntó Aaron, pasándose las manos por el pelo, oscuro y rizado.
—¿Quién sabe? Tal vez Candy le ha ordenado la colección de pajaritas sin consultarle.
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—¡Hola! —Anny abrió la puerta del antiguo despacho de su padre.
Candy saludó a su mejor amiga con una sonrisa radiante.
—¡Anny! ¡Hola!
Las dos mujeres se abrazaron y luego Anny se sentó en una de las cómodas butacas que había junto a la ventana.
—¿Cómo va todo?
—Bien.
—Entonces, ¿qué te pasa con Albert?
—Nada.
—Mientes descaradamente.
Candy apartó la vista.
—¿Qué te hace pensar que estamos enfadados?
—Albert está abajo, mustio, y tú estás arriba, mustia. La tensión en la casa es palpable. No hace falta ser una médium para darse cuenta.
—No quiero hablar de ello.
—Los hombres son gilipollas.
—No te lo voy a discutir. —Candy se dejó caer en la otra butaca y colgó las piernas de uno de los reposabrazos.
—Aaron y yo discutimos a veces. Él se enfada y se marcha un par de horas, pero siempre vuelve. —Anny buscó la mirada de su amiga—. ¿Quieres que le dé una paliza a Albert?
—No, pero tienes razón. Hemos discutido.
—¿Qué ha pasado?
—He cometido el error de dejarle leer la conferencia que estoy preparando. Me ha dicho que es horrible.
—¿Te ha dicho eso? —Anny enderezó la espalda y alzó la voz.
—Bueno, con otras palabras.
—Pero ¿qué se ha creído? Yo le habría tirado algo a la cabeza.
Candy sonrió sin ganas.
—Lo he pensado, pero no me apetecía limpiar la sangre.
Anny se echó a reír.
—¿Y por qué cree que tu conferencia es horrible?
—Dice que me equivoco. Y que sólo quiere ayudarme.
—Suena a que quiere controlar tu trabajo, igual que trata de controlar todo lo demás. Pensaba que estaba yendo a terapia para superarlo.
Candy guardó silencio unos instantes.
—No quiero que me mienta sólo para que no me disguste. Si tengo que cambiar algo de lo que he escrito, quiero saberlo.
—Pero debería saber cómo ayudarte sin decirte que la conferencia es horrible.
Candy soltó el aire, frustrada.
—Exacto. Dice que quiere formar una familia conmigo y al cabo de un rato se comporta como un idiota condescendiente.
Anny levantó la mano, pidiéndole que hiciera una pausa.
—Un momento, ¿qué has dicho? ¿Albert quiere tener hijos?
Candy se revolvió en la butaca.
—Sí.
—¡Candy, es fantástico! Me alegro por ti. ¿Cuándo os vais a poner a ello?
—De momento no. Decidimos esperar hasta que me gradúe.
—Eso es mucho tiempo —murmuró Anny.
—Ya, pero hacer el doctorado y tener un bebé a la vez sería demasiado complicado.
Anny asintió, jugueteando con el dobladillo de la camiseta.
—A nosotros nos gustaría tener un hijo.
Candy cambió de postura para mirar mejor a su amiga.
—¿Qué? ¿Ahora?
—Puede.
—¿Cómo supiste que estabas preparada?
Anny se echó a reír.
—En realidad, todavía no lo sé. Siempre he querido tener hijos y a Aaron le pasa lo mismo. Llevamos hablando del tema desde el instituto.
»Quiero a Aaron. No me importaría pasar el resto de la vida a su lado, los dos solos. Pero cuando pienso en el futuro, siempre veo niños a nuestro alrededor. Quiero tener a alguien que venga a casa en Navidad.
»Si algo me enseñó la muerte de mi madre es que en la vida nada es seguro. No quiero esperar y esperar para formar una familia y descubrir luego que es demasiado tarde.
Candy sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero parpadeó para controlarlas.
—Te haces mamografías cada año, ¿no?
—Sí y me han hecho pruebas genéticas. No tengo el gen del cáncer de mama, pero creo que mi madre tampoco lo tenía. Y, bueno, aunque lo tuviera, cuando se dio cuenta era demasiado tarde para hacer nada.
—Lo siento mucho.
Anny suspiró y miró por la ventana.
—No me gusta hablar de ello, pero reconozco que me preocupa. ¿Y si me encuentran cáncer después de tener hijos? Trato de no darle muchas vueltas al tema, pero siempre está ahí, agazapado.
Se volvió hacia su amiga y añadió al cabo de unos segundos:
—Tener hijos sería una manera estupenda de librarte de la actitud condescendiente de Albert.
—¿Ah, sí?
—Claro. Si el bebé ensucia los pañales y le mancha la ropa, acudirá a ti, pidiendo ayuda a gritos.
Candy se echó a reír, pero en seguida recuperó la expresión sombría.
—Sólo quiero que considere que mis ideas son importantes. Tan importantes como las suyas.
—Por supuesto que lo son. Díselo.
—Lo haré, pero aún no. Ahora mismo, prefiero no hablar con él.
Anny acarició el reposabrazos.
—Albert ha cambiado mucho. Verlo casado y pensando en tener hijos… es asombroso. Mamá me contó que cuando llegó a casa, escondía comida en la habitación. No importaba lo que le dijeran para tranquilizarlo, siempre se guardaba algo en el bolsillo.
—¿Pasaba hambre?
—Tenía miedo de pasar hambre. No se fiaba de que papá y mamá fueran a alimentarlo siempre, así que se iba guardando una reserva para cuando se olvidaran.
»Y tampoco deshizo la maleta hasta que lo adoptaron. Esperaba que lo devolvieran en cualquier momento.
—No lo sabía —admitió Candy, con el corazón en un puño.
Anny le dirigió una mirada comprensiva.
—Es mi hermano y lo quiero mucho, pero no piensa las cosas antes de decirlas. Seguramente, lo que pasa es que no escribes las cosas tal como él lo haría.
—Y no pienso empezar a hacerlo ahora. Tengo mis propias ideas.
—Te aconsejo que lo hables con él. De todos modos, tampoco le viene mal sufrir un poco antes. No le pasará nada por dormir en el sofá una noche.
—Por desgracia, probablemente seré yo la que duerma en el sofá—replicó Candy, señalando el que había en el otro extremo del despacho.
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Decir que el ambiente durante la cena fue tenso era quedarse corto.
Candy y Albert estaban sentados el uno al lado del otro. Incluso se dieron la mano mientras bendecían la mesa. Pero su actitud fue distante y educada. No intercambiaron miradas ardientes, ni palabras cariñosas, ni caricias robadas bajo la mesa.
Albert estaba rígido y permaneció serio durante toda la cena.
Candy estaba callada y abstraída, como si tuviera la mente en otro sitio.
William, Aaron y Anny mantuvieron el peso de la conversación, mientras los Ardley apenas abrían la boca. Después de la cena, Candy se excusó y volvió al estudio a trabajar, sin tomar postre.
Albert la siguió con la vista mientras se alejaba. A pesar de sus ojos tristes y de un tic nervioso en la mandíbula, no hizo nada para detenerla. Sólo la miró marcharse.
Cuando Anny fue a la cocina a preparar el café, Aaron no pudo aguantar más y se inclinó hacia él.
—Tío, trágate el orgullo y dile que lo sientes.
Slbert levantó las cejas.
—¿Por qué das por hecho que es culpa mía?
—Porque tú eres el que tiene poll… —Al ver la mirada de advertencia de su suegro, carraspeó—. Ejem, las estadísticas dicen que el ochenta por ciento de las peleas son culpa del hombre. Discúlpate y quítatelo de encima. No quiero tener que volver a pasar por una cena así. El ambiente es tan frío que voy a tener que salir a la calle a calentarme.
—Me temo que Aaron tiene razón, aunque ya sé que nadie ha pedido mi opinión —dijo William, sonriendo disimuladamente.
Albert miró a los dos hombres indignado.
—Ya he intentado hablar con ella y ha sido peor. Hemos acabado discutiendo. Se ha encerrado en el baño y me ha mandado a la mierda.
William y Aaron intercambiaron una mirada cómplice y, tras un expresivo silbido de compasión, Aaron dijo:
—Chico, estás metido en un buen lío. Ya puedes ir a hablar con ella pronto o te veo durmiendo en el sofá. —Sacudiendo la cabeza, se levantó y fue a buscar a Anny a la cocina.
William golpeó el pie de la copa de vino, pensativo.
—¿También tú, Brutus? —preguntó Albert, frunciendo el cejo.
—No he dicho nada. —William miró a su hijo con afecto—. He tratado de mantenerme al margen.
—Gracias.
—Pero cuando los viejos matrimonios aconsejan a los recién casados que no se vayan a dormir sin haber resuelto sus problemas, no es por capricho. Resolver los conflictos sin darles tiempo a crecer hará que tu vida sea más fácil.
—No puedo mantener una conversación con alguien que está encerrado en una habitación.
—Claro que puedes. La cortejaste una vez. Vuelve a hacerlo.
Albert lo miró con incredulidad.
—¿Me estás sugiriendo que corteje a mi esposa?
—Te estoy aconsejando que te olvides de tu ego, te disculpes y luego la escuches. No siempre fui el hombre que ves. Puedes aprender de mis errores.
—Mamá y tú teníais un matrimonio perfecto.
William se echó a reír.
—Nuestro matrimonio estaba muy lejos de ser perfecto. Pero hicimos un pacto: mantendríamos las imperfecciones fuera de la vista y el oído de nuestros hijos. Los niños se inquietan si ven que sus padres se pelean.
»Mi experiencia personal dice que las parejas discuten por dinero, por sexo, o bien por falta de atención o de respeto.
Albert fue a protestar, pero William lo interrumpió levantando una mano.
—No te pregunto en qué categoría cae vuestra discusión. Os lo dejo a vosotros. Pero es evidente que Julia está dolida. Se ha mostrado retraída durante toda la cena. Muchas veces estaba así antes de que empezarais a veros.
—No he sido yo el que ha cerrado la puerta a la comunicación racional —dijo Albert, con arrogancia.
—¿Te estás oyendo? —lo reprendió su padre—. Candy no es irracional, está dolida. Cuando alguien te hace daño, retraerse es una reacción racional. Y en especial, con su historial.
Albert hizo una mueca.
—No pretendía hacerle daño.
—Estoy seguro. Pero también me temo que no juegas limpio. Aprender a discutir con tu pareja es un arte, no una ciencia. Tu madre y yo tardamos bastante tiempo en descubrirlo. Pero una vez lo comprendimos, ya casi no volvimos a discutir. Y cuando lo hacíamos ya no era desagradable ni doloroso.
»Si puedes discutir con Candy y convencerla al mismo tiempo de que la amas y de que es importante para ti, los conflictos serán mucho más llevaderos.
William apuró el vino y dejó la copa en la mesa. Al cabo de un momento, añadió:
—Escucha el consejo de alguien que estuvo mucho tiempo casado y que crió a una hija. Cuando una mujer se retrae y se muestra fría, es porque se está protegiendo. Te aconsejo que seas amable y delicado con tu esposa y que la convenzas para que salga de su encierro. O ya puedes prepararte para pasar no una, sino muchas noches frías y solitarias en el sofá.
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Candy apagó el portátil ya pasada la medianoche. Sabía que todos se habían ido a la cama. Los había oído pasar frente a su puerta.
Abrió una rendija y vio que salía luz por debajo de la puerta cerrada de la habitación de matrimonio. Sin duda Albert estaba despierto, leyendo.
Se planteó ir a verlo, pero la distancia hasta allí le pareció insalvable.
Cogió la botella de gel de baño que se había llevado del dormitorio después de cenar. Se daría un baño caliente en el cuarto de baño de invitados y trataría de olvidar los problemas.
Media hora más tarde, volvió a entrar en el estudio y cerró la puerta. Se había refrescado, pero no había logrado relajarse demasiado. Ya que Albert parecía decidido a guardar las distancias, pasaría la noche en el sofá del despacho.
Mientras se tapaba con la vieja manta de lana que habían compartido por primera vez tantos años atrás en el huerto de manzanos, pensó en su casa de Cambridge y en lo felices que habían sido sus primeros meses de matrimonio.
Quería especializarse en Dante. Sabía que el camino no sería fácil; que necesitaría grandes dosis de trabajo, sacrificio y humildad. No quería ser de esas personas que no aceptan las críticas y era consciente de que tenía que mejorar.
Pero cuando Albert había dicho que iba a hacer el ridículo, el dolor fue terrible. Necesitaba que él la apoyara, que le diera ánimos. No necesitaba que la subestimara. Su confianza en sí misma ya era bastante precaria sin la ayuda de nadie.
«¿Por qué no se da cuenta de que necesito su apoyo?»
Cada vez más triste, se preguntó por qué no había ido a buscarla.
Sin duda había pasado la noche con su familia, fumándose un puro en el porche y charlando sobre los viejos tiempos. Se preguntó qué explicación le habría dado a Anny sobre su conflicto. Y se preguntó por qué estaba sola, a oscuras, a punto de llorar, y a él no parecía importarle lo más mínimo.
Justo en ese momento, oyó que se abría una puerta y los pasos de Albert, rápidos y decididos, que llegaban hasta su puerta.
Se sentó y contuvo la respiración. Una luz apagada se colaba por la rendija de la puerta.
«Oh, dioses de los recién casados que se pelean, por favor, que llame a la puerta».
Oyó un suspiro apagado y lo que bien pudo ser una mano apoyándose en el picaporte. Luego vio una sombra que oscurecía la luz mientras los pasos se retiraban por donde habían venido.
Candy se hizo un ovillo, pero no lloró.
CONTINUARA
