.
CAPITULO 83
Pasada la medianoche, William notó que el colchón se hundía y que alguien se metía en la cama a su lado. Se volvió y abrazó el cuerpo de su esposa. Era un cuerpo suave y muy familiar. Al presionarlo contra el suyo, suspiró hondo.
Ella también suspiró de satisfacción, como hacía siempre que se acurrucaba contra él.
—Te he echado de menos —dijo William, acariciándole el pelo y besándoselo.
No se extrañó al notar que volvía a tenerlo largo y liso, como antes de la quimioterapia.
—Yo también te he echado de menos, querido. —Pauna buscó su mano y entrelazó los dedos con los suyos.
William notó que el anillo de boda y el de compromiso de ella chocaban con el suyo. Se alegró de no habérselos quitado.
—Sueño contigo.
—Lo sé —admitió Pauna, besando el lugar donde sus anillos se unían.
—Éramos tan jóvenes… Teníamos toda la vida por delante, queríamos hacer tantas cosas… —La voz de William se rompió en la última palabra.
—Te echo mucho de menos —siguió al cabo de unos momentos—. Añoro abrazarte en la oscuridad. Oír tu voz. Aún no me creo que te haya perdido.
Pauna le cogió la mano y se la llevó al pecho.
William se preparó para notar los huecos que había en el lugar donde habían estado sus pechos. Aunque sus cicatrices lo entristecían, no le resultaba desagradable mirarla ni tocarla. Pero ella no se lo permitía.
Pauna pensaba someterse a cirugía reconstructiva, pero cuando el cáncer regresó, eso pasó a un segundo plano. Para él, siempre había sido hermosa, arrebatadora, incluso al final.
Su mano entró en contacto con los senos de Pauna, y los notó redondeados y prietos. Tras unos instantes de vacilación, le cubrió un pecho con la mano. Ella apoyó la suya sobre la de él y apretó.
—Estoy curada —susurró—. Fue una experiencia maravillosa. No me dolió nada.
William sintió el cosquilleo de las lágrimas.
—¿Curada?
—No existe el dolor. Ni las lágrimas. Y es tan… tan hermoso.
—Siento no haber sido consciente de que estabas enferma —se excusó él, con la voz ronca de emoción—. Debería haber prestado más atención. Debería haberme dado cuenta.
—Era mi hora. —Pauna se llevó la mano de William a la boca y la besó—. Hay tantas cosas que quiero mostrarte. Pero aún no.
Descansa, mi amor.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
Al despertarse a la mañana siguiente, la cama de William estaba vacía, pero sabía que había recibido un don muy especial. Se sentía más ligero, más en paz consigo mismo y con el mundo de lo que lo había estado en mucho tiempo. Tras desayunar con la familia, empezó a preparar las cosas para dejar el puesto de investigador en Filadelfia.
Durante la semana siguiente, puso su apartamento a la venta y contrató un servicio de mudanzas para llevar sus cosas de vuelta a la casa que había comprado con su esposa muchos años atrás.
Albert insistió en recoger también las cosas que habían dejado en el guardamuebles.
Cuando los camiones empezaron a llegar, Albert les indicó a los transportistas el camino hacia el dormitorio principal, para que se llevaran sus muebles antes de montar los de su padre.
—No —dijo William, apoyando una mano en el hombro de su hijo—. La habitación de invitados es ahora mi habitación.
Albert pidió a los transportistas que los dejaran un momento a solas y se volvió hacia su padre con el cejo fruncido.
—¿Por qué no quieres volver a tu habitación?
—Ésa es vuestra habitación ahora. Candy la ha pintado y decorado a su gusto y no pienso tocar nada.
Albert empezó a protestar, pero William lo interrumpió levantando una mano.
—Pauna estará conmigo duerma donde duerma. Me encontrará también en la habitación de invitados. —Con un último apretón en el hombro de Albert, les indicó a los transportistas el camino de su nuevo cuarto.
A él no le apetecía discutir con su padre, especialmente cuando éste tenía un aspecto tan satisfecho. Si sus palabras le resultaron extrañas, no lo demostró.
(La verdad es que no le resultaron extrañas).
Esa noche, cuando la casa volvió a quedarse vacía y en calma, William se imaginó que Pauna se metía en la cama con él. Se volvió de lado y se durmió, tranquilo, antes de reunirse con ella en sueños.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
JULIO DE 2011
OXFORD, INGLATERRA
El profesor W. Albert Ardley miró despectivamente la modesta habitación de invitados en la escalera número 5 de los claustros del Magdalen College. Sus ojos se clavaron en el par de camas individuales situadas junto a la pared. Señalándolas, preguntó:
—¿Qué demonios es eso?
Candy siguió la dirección de su dedo acusador.
—Creo que son camas.
—Ya lo veo. Nos vamos.
Cogió las maletas y se acercó a la puerta, pero Candy lo detuvo.
—Es tarde, Albert, y estoy cansada.
—Exacto. ¿Dónde demonios pretenden que durmamos?
—¿Dónde suelen dormir los alumnos? ¿En el suelo?
Él la fulminó con la mirada.
—No pienso volver a dormir en una abominable cama individual en mi vida. Nos vamos al Randolph.
Candy se frotó los ojos con las dos manos.
—No tenemos reserva hasta dentro de dos noches. Además, me prometiste que dormiríamos aquí.
—Nigel me aseguró que dormiríamos en una de las habitaciones de los catedráticos, con cama de matrimonio y baño en la habitación. —Volvió a mirar a su alrededor—. ¿Dónde está la cama de matrimonio? ¿Dónde está el baño? ¡Tendremos que compartirlo con vete tú a saber quién!
—No me importa compartir el baño con otras personas durante dos días. Pasaremos casi todo el tiempo en la sala de conferencias.
Sin hacer caso de las airadas protestas de su marido, Candy se acercó a la ventana, que daba al bonito claustro. Dirigió una mirada melancólica a las extrañas estatuas situadas sobre los arcos de la derecha.
—Me dijiste que C. S. Lewis se había inspirado en esas estatuas para escribir El león, la bruja y el armario.
—Eso dicen —replicó Albert secamente.
Ella apoyó la frente en el vidrio emplomado.
—¿Crees que su fantasma aún corre por aquí?
—Dudo mucho que se dignara a hacerlo en una habitación como ésta —respondió él despectivamente—. Seguro que estará en el pub.
Candy cerró los ojos. Había sido un día muy largo. Habían salido del hotel de Londres esa mañana, habían ido a Oxford en tren y acababan de llegar a la habitación. Estaba muy cansada y quería quedarse allí.
Albert la observó desde el otro extremo de la estancia y se dio cuenta de su estado de ánimo.
—Los fantasmas no existen, Candy. Ya lo sabes —le dijo con suavidad.
—¿Acaso no viste a Pauna y a Maia?
—Eso fue distinto.
Ella echó un último vistazo a las estatuas antes de reunirse con él junto a la puerta, con expresión derrotada.
—¿Te molestaría mucho que nos fuéramos al hotel? —le planteó Albert, mirándola a los ojos—. Tendríamos más intimidad.
Candy apartó la mirada.
—La tendríamos, es cierto.
Él volvió a mirar las camas individuales.
—Es casi imposible practicar sexo en esas dichosas camas. No hay sitio para moverse.
Ella sonrió con picardía.
—No es así como yo lo recuerdo.
Una sonrisa lenta y provocativa se abrió camino en la cara de Albert. Se acercó a Candy hasta que sus labios se rozaron y le preguntó:
—¿Me estás desafiando, señora Ardley?
Ella lo observó unos instantes antes de sacudirse la fatiga del viaje y enrollar la mano en la corbata de seda de Albert para acabar de unir sus bocas.
Soltando las maletas, él la besó apasionadamente y se olvidó de su enfado. Sin decir nada más, cerró la puerta de una patada.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
Más tarde, Albert estaba abrazado a su esposa en una de las estrechas camas. Ella susurró su nombre contra su pecho.
—No has perdido facultades. Esa última innovación me ha parecido muy… satisfactoria.
Él respiró profundamente, hinchando el pecho.
—Gracias. Es tarde. Vamos a dormir.
—No puedo.
Albert le levantó la barbilla.
—¿Estás nerviosa por la conferencia?
—Quiero que te sientas orgulloso de mí.
—Siempre estaré orgulloso de ti. Ya estoy orgulloso de ti —recalcó, atravesándola con sus ojos azules, que parecían dos láseres.
—¿Y la profesora Picton?
—No te habría invitado si no creyera que estás preparada.
—¿Y si alguien me hace una pregunta y no sé qué responderle?
—Le respondes lo mejor que puedas. Y si insisten, siempre puedes decir que te parece una pregunta muy interesante y que pensarás en ello.
Candy volvió a apoyar la cabeza en el pecho de él, mientras le acariciaba juguetona los abdominales.
—¿Crees que si le pido a C. S. Lewis que interceda por mí ante los santos lo hará?
Albert se rió, soltando el aire por la nariz.
—Lewis era protestante, de Irlanda del Norte. No creía en esas cosas. Aunque pudiera oírte te ignoraría por una cuestión de principios. Pídeselo a Tolkien. Él sí que era católico.
—Podría pedirle a Dante que rezara por mí.
—Dante ya está rezando por ti —le susurró Albert, con la cara hundida en su pelo.
Candy cerró los ojos y escuchó el latido del corazón de su marido. Su ritmo siempre le resultaba reconfortante.
—¿Y si la gente nos pregunta por qué te fuiste de Toronto?
—Diremos lo de siempre, que tú ibas a estudiar en Harvard y quería estar contigo porque íbamos a casarnos.
—Eliza Leagan va por ahí contando una historia distinta.
Él entornó los ojos.
—Olvídate de Eliza. No tenemos ninguna necesidad de pensar en ella durante el simposio.
—Prométeme que no perderás los nervios si oyes algún comentario… desagradable.
—Confía un poco en mí —dijo Albert, exasperado—. Nos hemos enfrentado a los rumores y habladurías en la Universidad de Boston y en Harvard y no he perdido los nervios. De momento.
—Lo sé, tienes razón. —Candy le besó el pecho—. Pero los académicos se aburren y les gusta cotillear un poco. Y no hay nada más excitante que un escándalo sexual.
—No estoy de acuerdo, señora Ardley —replicó él, con los ojos brillantes.
—¿Ah, no?
—El sexo contigo es más excitante que cualquier escándalo.
Tumbándola de espaldas en la cama, empezó a besarle el cuello.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
Antes de que el sol asomara por el horizonte, Candy regresó en silencio a la habitación. Un rayo de luz entraba por la ventana, iluminando parcialmente al hombre desnudo que dormía en su cama. Estaba tumbado boca abajo y tenía el pelo revuelto. La sábana se había deslizado un poco hacia abajo, dejando al descubierto la zona lumbar y la parte superior de las nalgas.
Candy lo miró, y dio las gracias por su buena suerte. Le costó un poco más de la cuenta apartar la vista de su musculosa espalda y gluteus maximus. Era guapísimo, era sexy y era suyo.
Se quitó los pantalones de yoga, la camiseta y la ropa interior y lo dejó todo sobre una silla. Desde que se casaron, casi siempre dormía desnuda. Le gustaba más hacerlo piel contra piel con su amado.
Al notar que el colchón se movía, Albert se volvió de lado. Levantó el brazo para acogerla contra su pecho, pero tardó un poco en despertarse.
—¿Adónde has ido? —le preguntó, acariciándole el brazo.
—A ver las figuras de piedra del patio.
Él abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Leí los libros de Narnia. Tienen un significado… especial para mí.
Albert le acarició la mejilla.
—¿Por eso insististe en dormir aquí? ¿Por Lewis?
—Y por ti. Sé que Karen vivía aquí cuando tú… —Candy se detuvo, arrepentida por haber sacado un tema que ambos estaban tratando de olvidar.
—Fue antes de que estuviéramos juntos. En aquella época nos veíamos muy poco. —La abrazó con más fuerza—. No habría tratado de arrastrarte hasta el Randolph si hubiera conocido tus razones. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Tenía miedo de que te rieras de mí, que pensaras que soy inmadura por mi afición a los libros de Narnia.
—Nada que te guste puede ser inmaduro. —Albert reflexionó unos segundos antes de añadir—: Yo también los leí. En el piso de mi madre en Nueva York había un armario. Estaba convencido de que si me portaba bien, el armario se abriría y podría ir a Narnia. Evidentemente, no fui lo bastante bueno.
Había esperado hacerla reír, pero no lo consiguió.
—Sé lo que es estar dispuesto a cualquier cosa para lograr que una historia se convierta en realidad —susurró ella.
Albert volvió a abrazarla.
—Si quieres ver dónde vivió Lewis, te llevaré a su casa, The Kilns. Luego podemos ir a The Bird and Baby, la taberna donde se reunía su grupo, los Inklings.
—Me encantaría.
Albert le besó la cabeza.
—Una vez te dije que no te consideraba mi igual, que eras mejor que yo. Al parecer, no me creíste.
—Es verdad. A veces me cuesta creer que lo pienses de verdad.
Él hizo una mueca.
—Voy a tener que esforzarme más para demostrártelo—susurró—. Pero aún no sé cómo.
CONTINUARA
