.

CAPITULO 84

Después de desayunar en el comedor del Magdalen College, Albert insistió en que tomaran un taxi hasta St. Anne, el lugar donde tendría lugar el simposio. Tenía miedo de que Candy (y sus tacones) no sobrevivieran al paseo y de ninguna manera iba a pedirle que se cambiara de zapatos.

—Es un sueño hecho realidad —murmuró ella, mientras cruzaban Oxford en el taxi—. Nunca me habría imaginado que vendría aquí de visita. Imagínate venir a Oxford a presentar mi trabajo. Es increíble.

—Te has esforzado mucho. —Albert se llevó su mano a los labios y se la besó—. Ésta es tu recompensa.

Candy guardó silencio, sentía el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

Cuando pasaron junto al museo Ashmolean, los ojos de Albert se iluminaron.

—Me pregunto qué travesuras podríamos hacer ahí dentro—comentó, mientras señalaba el museo—. Si no recuerdo mal, hay un montón de sitios donde esconderse.

Candy se ruborizó y Albert la tomó de los brazos para atraerla hacia él, riendo.

No había perdido la capacidad de hacer que se ruborizara y se sentía muy orgulloso de ese talento. En ese sentido, había hecho algo más que ruborizarla días atrás, cuando habían bailado un tango contra una de las paredes del British Museum.

(Los mármoles de Elgin todavía no se habían recuperado del susto).

Los Ardley llegaron al edificio de la facultad de St. Anne justo antes de que empezara la primera sesión. En el interior, un grupo de unos cincuenta académicos se agolpaban junto a una mesa, bebiendo té y comiendo galletas, mientras charlaban sobre el apasionante mundo de Dante y los estudios sobre su obra.

(Un universo mucho más interesante de lo que puede parecer a los no iniciados).

Albert le sirvió una taza de té a Candy antes de ponerse un poco de café. Luego le presentó a dos eminentes profesores de Oxford mientras tomaban sus bebidas.

Cuando llegó el momento de dirigirse a la sala de conferencias, Albert le apoyó una mano en la curva de la espalda para animarla a avanzar y ella dio dos pasos antes de detenerse.

Una risa familiar y despreocupada había llegado a sus oídos. Unos metros por delante, vio la fuente de esa risa: en medio de un grupo de hombres jóvenes y no tan jóvenes, vestidos casi todos con chaquetas de tweed, una joven belleza peliroja era el centro de atención. Era alta y esbelta e iba vestida con un conjunto de falda y chaqueta negra hecho a medida. Sus tacones de diez centímetros hacían que sus piernas parecieran aún más largas.

(Por una vez en su vida, el Profesor observó un par de elegantes zapatos de marca con algo que no era admiración).

La risa de la mujer se cortó en seco cuando un hombre moreno de piel muy bronceada le susurró algo al oído con la vista clavada en los Ardley.

—Joder —murmuró Albert.

Mientras él fulminaba con la mirada a Eliza Leagan y al profesor Giuseppe Pacciani, Candy observaba las reacciones de los hombres que rodeaban a la joven. A medida que sus ojos saltaban de uno a otro, una terrible desazón se apoderó de ella.

Más de uno le devolvía la mirada, y la dejaba más tiempo del necesario clavada en sus pechos y sus caderas. Se soltó de la mano de Albert para abotonarse más la chaqueta del traje.

En los ojos de varios de ellos vio una mirada de decepción. Al parecer, Candy no estaba a la altura de lo que esperaban de una joven y apetitosa estudiante capaz de seducir a su profesor y de provocar un escándalo.

—Voy a resolver este asunto de una vez por todas. —Albert echó a andar hacia ellos, pero Candy lo detuvo clavándole las uñas en el brazo a través de la lana del traje.

—¿Puedo hablar un momento contigo? —susurró.

—Después —contestó Eliza.

—No, por favor —siseó Candy—. Aquí no.

—¿Problemas en el paraíso? —La petulante voz de Eliza resonó en la sala—. La luna de miel no ha durado demasiado. —Clavó sus ojos de gata en Candy, y curvó los labios en una sonrisa despectiva—. No me extraña… —Candy trató de llevarse a Albert de allí, pero él se mantuvo firme, temblando de rabia.

—Me gustaría hablar un momento con usted, señorita Leagan.

Ésta se acercó un poco más al profesor Pacciani, fingiendo estar asustada de Albert.

—No después de lo que pasó en Toronto. Si tiene algo que decir, tendrá que hacerlo en público, delante de testigos.

Desde la seguridad que le aportaba estar junto a Pacciani, se inclinó hacia adelante, bajando un poco la voz.

—No le conviene montar una escena. Descubrí unas cuantas cosas sobre usted después de que dimitiera, como por ejemplo que había estado metido en temas de BDSM. No sabía que la profesora Ann Singer había sido su Ama.

Se hizo un profundo silencio entre los presentes, cuyos ojos pasaron de estar clavados en Eliza a fijarse en Albert.

Al notar que la indignación de su marido iba en aumento, Candy le tiró del brazo.

—Vámonos. Por favor.

A pesar de la furia que sentía, Albert era muy consciente de que sus colegas lo observaban con atención. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no abalanzarse sobre Eliza y agarrarla por el cuello.

Farfulló una maldición, se volvió bruscamente y se alejó de su antigua alumna.

—Estoy deseando oír tu conferencia, Candy —dijo Eliza, alzando la voz para que la oyera más gente—. Es muy poco habitual que una estudiante de doctorado de primer año participe en un simposio tan importante. ¿Cómo lo conseguiste?

Ella se detuvo y la miró por encima del hombro.

—La profesora Picton me invitó.

—¿De verdad? —Eliza aparentó estar confusa—. ¿Y por qué no invitó a Albert directamente? Al fin y al cabo, no harás más que repetir cosas que él te ha enseñado. O tal vez te haya escrito la conferencia.

—Hago mis propios trabajos de investigación —replicó Candy, en tono tranquilo pero firme.

—Oh, sí, estoy totalmente convencida de ello. —Eliza clavó la vista en la espalda del profesor Ardley—. Pero con ese tipo de investigaciones no se escriben conferencias. A menos que pienses hablarnos de todos los profesores con los que te acostaste para entrar en Harvard.

Maldiciendo, Albert se soltó de la mano de Candy. Se volvió y fulminó a la joven con la mirada.

—Ya es suficiente. No vuelvas a dirigirle la palabra a mi esposa. ¿Me entiendes?

—Ese carácter, Albert —lo reprendió ella, con los ojos brillantes de perversa diversión.

—Para ti soy el profesor Ardley —saltó él.

Candy se interpuso entre los dos.

—Vámonos —le pidió a su marido, apoyándole una mano en el pecho, justo debajo de la pajarita.

—Apártate. —Parecía un dragón a punto de escupir fuego.

—Hazlo por mí —suplicó ella, con el corazón desbocado.

Antes de que Albert pudiera abrir la boca, una voz autoritaria preguntó a su espalda:

—¿Qué significa esto?

Katherine Picton apareció a la derecha de Albert, con su pelo canoso corto impecablemente peinado y los ojos, de un color entre azul y gris, brillando de indignación tras los cristales de las gafas. Echó un vistazo despectivo al profesor Pacciani antes de centrar toda su atención en Eliza.

—¿Quién eres tú?

La postura de ésta cambió. De estar a la defensiva, pasó a querer agradar.

—Soy Eliza Leagan —se presentó, ofreciéndole la mano—, de la Universidad de Columbia. Nos conocimos en Toronto.

Katherine Picton ignoró la mano tendida.

—Conozco a todos los profesores de Columbia y tú no eres uno de ellos.

La joven se ruborizó y bajó la mano.

—Soy una estudiante de máster.

—En ese caso, no intentes hacerte pasar por otra cosa. No eres de la Universidad de Columbia, estudias en la Universidad de Columbia. Repito: ¿por qué estás aquí?

Al ver que no respondía, la profesora se acercó a ella y volvió a preguntar, alzando la voz:

—¿Eres dura de oído? Te he hecho una pregunta. ¿Qué estás haciendo en mi simposio, insultando a mis invitados?

Eliza casi se tambaleó al sentir la fuerza de la aversión de Katherine Picton. Hasta el profesor Pacciani dio un paso atrás.

—He venido para escuchar su conferencia, como todo el mundo.

La mujer se estiró cuan alta era y, desde su metro y medio de estatura, alzó la vista hacia la estudiante de máster, mucho más alta que ella y medio siglo más joven.

—Tu nombre no está en la lista de asistentes. Yo, desde luego, no te invité.

—Profesora Picton, discúlpeme. La joven es mi acompañante—intervino el profesor Pacciani.

Cuando se inclinó ante ella con intención de besarle la mano, Katherine Picton la apartó bruscamente y la sacudió en el aire.

—Giuseppe, como acompañante tuya, su presencia aquí es tolerable, pero sólo eso. —Con una mirada reprobatoria, añadió—: Haz el favor de enseñarle buenos modales.

Luego se volvió hacia Eliza para hablar directamente con ella.

—Soy muy consciente de los estragos que causaste en Toronto. Casi destruiste mi departamento al completo con tus mentiras. Será mejor que te comportes con educación mientras estés aquí o haré que te expulsen, ¿me has entendido?

Y sin esperar respuesta, empezó a reñir a Pacciani en un italiano fluido, dejándole claro que si su amiga molestaba a los asistentes, le haría responsable directo.

Para acabar, le recordó que tenía una memoria implacable.

(Vale la pena mencionar que tenía razón).

—¿Capisce? —preguntó, clavándole la mirada a través de las gafas.

—Certo, profesora. —Y se inclinó de nuevo, con expresión de enfado.

—Pero yo soy la parte perjudicada —protestó Eliza—. Cuando estuve en Toronto, Albert…

—Memeces —contraatacó Katherine—. Soy vieja, pero no estoy senil, y aún reconozco a una mujer despechada cuando la veo. Los demás deberían hacer lo mismo —añadió, con una mirada crítica a los asistentes que habían estado escuchando encantados sus chismes.

—Además, acudir sin invitación a un acto de este tipo es muy poco profesional. Esto no es una fiesta en una fraternidad.

La profesora Picton volvió a mirar a su alrededor e hizo una pausa como desafiando a los demás a que la contradijeran. Bajo su mirada avasalladora, los lascivos fisgones se alejaron, arrastrando los pies.

Aparentemente satisfecha, se volvió hacia Eliza Leagan una vez más y alzó la barbilla.

—Creo que ya he terminado.

Y dicho eso le dio la espalda. Los demás presentes en la sala se quedaron quietos, impresionados por haber asistido al equivalente académico de una lucha en el barro, ganada con comodidad por una pequeña (pero matona) septuagenaria.

—Queridos amigos, ¡cómo me alegro de veros! ¿Qué tal el vuelo?—Katherine rodeó los hombros tensos de Candy con un brazo y le dio un apretón antes de estrechar la mano de Albert.

—El vuelo fue muy bien. Hemos pasado unos días en Londres antes de venir. Llegamos ayer, en tren. —Albert besó la mejilla de la profesora Picton y trató de sonreír, pero no lo logró.

—No me gusta que hayan admitido a esa chusma —afirmó Katherine con desdén—. Hablaré con los organizadores. Ya es bastante malo que tengáis que soportar a esa persona, pero tener que hacerlo en público es demasiado. ¡Qué muchacha tan estúpida!

Al darse cuenta de que Candy estaba muy disgustada, la profesora Picton siguió hablando con más delicadeza:

—Luego te invito a una copa, Candice. Ya va siendo hora de que charlemos un rato.

Esas palabras arrancaron a Candy de su mutismo y una velada expresión de terror le cruzó el rostro.

Albert la sujetó por la cintura.

—Es muy generoso por tu parte, Katherine, pero ¿por qué no cenamos los tres juntos?

—Gracias, estaré encantada, pero antes charlaré un rato a solas con Candice. —Se volvió hacia su antigua alumna y le dijo amablemente—: Ven a buscarme después de la última ponencia y daremos un paseo hasta The Bird and Baby.

Luego, la profesora Picton se marchó y en seguida se encontró rodeada de admiradores.

Candy tardó unos instantes en recuperarse de las impresiones. Cuando lo hizo, se apoyó en su marido.

—¡Qué vergüenza!

—Siento que Katherine nos haya interrumpido. Me habría gustado decirle un par de cosas a Eliza.

Candy se retorció las manos.

—No, yo no he debido responderle. Teníamos que habernos marchado.

El rostro de Albert se tensó. Tras mirar a su alrededor, le acercó los labios a la oreja.

—Has hecho lo que tenías que hacer: defenderte. Y, desde luego, yo no pienso quedarme cruzado de brazos mientras te llama puta.

—Si nos hubiéramos marchado antes, no habría llegado tan lejos.

—Tonterías. Ya había empezado a calumniarnos antes de que llegáramos. Tú misma me lo has dicho.

Candy parecía muy decepcionada.

—Te he pedido que pararas.

—Y yo acabo de explicarte que no pienso consentir que nadie hable de ti de esa manera. —Apretó la mandíbula, pero luego se forzó a relajarla—. No discutamos por culpa de esa zorra. Eso es justo lo que quiere.

—Ella estaba deseando provocar una pelea y tú le has seguido el juego. —Candy miró a su alrededor y vio que la sala se iba vaciando—. Mañana tendré que subir al estrado delante de toda esta gente, y sabré que han presenciado la vergonzosa escena.

—Si no hubiera reaccionado, habría parecido que le estaba dando la razón —replicó Albert en voz muy baja, casi un gruñido.

—Te he pedido que pararas y tú has actuado como si no existiera; me has pasado por encima sin mirar —le reprochó ella, herida—. Soy tu esposa, no un badén en medio de la carretera.

Y agarrando con fuerza su maletín Fendi, siguió a la multitud que se dirigía a la sala de conferencias.

CONTINUARA