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CAPITULO 86
—Despierta, cariño. —Albert pasó el pulgar por las cejas de Candy—. Tienes que prepararte.
Ella enterró la cara en la almohada y murmuró algo ininteligible.
Él se echó a reír. Tenía un aspecto adorable.
—Vamos, ve a la ducha antes de que entre alguno de los vecinos.
—Ve tú primero.
—Yo ya estoy duchado, afeitado y vestido. —Le recorrió la espalda desnuda con la mano, disfrutando del temblor que provocó.
—Me tuviste despierta hasta muy tarde —gruñó ella.
—Si no te levantas, Katherine se enfadará con nosotros.
—Pues no me ducho. Así puedo dormir un poco más.
Albert le dio la vuelta y le hundió la nariz en la clavícula para aspirar su aroma.
—Hueles a sexo —susurró, sacando la lengua para lamerle la piel—, y a mí.
—Por eso mismo no quiero ducharme. El sexo de reconciliación de ayer fue increíble. Me gusta recordarlo.
Albert estuvo a punto de arrancarle la sábana y volver a practicar sexo salvaje, apasionado (y de los que dejan tu aroma en el otro), pero logró contenerse.
—No puedes dar una conferencia en Oxford oliendo a sexo.
—¿Quieres verlo?
Albert miró la hora. Luego miró a su esposa.
Y luego se quitó toda la ropa y se rindió al sexo preconferencia, un sexo salvaje, apasionado (aunque rapidito) y del que deja tu aroma en el otro.
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Los Ardley salieron tarde de la habitación. Mientras se dirigían apresuradamente hacia el All Souls College, Candy le contó a Albert la historia de Katherine y el viejo Hut.
Él se sorprendió bastante. Había oído hablar del profesor Hutton, pero no lo había conocido personalmente. Al parecer, era un poco cabrón.
(Uno podría preguntarse si había sido un poco cabrón o mucho, dada la antigua naturaleza del profesor que emitía el juicio).
Albert le estaba muy agradecido a Katherine por haberlos defendido y se lo hizo saber mientras desayunaban en el All Souls College. También comentó que esperaba que Eliza no aprovechara la conferencia de Candy para crear más problemas.
—Sandeces —dijo la profesora—. Candice tiene la situación controlada y deberíamos dejar que ella se encargara de todo.
Candy sonrió valientemente, aunque sin dejar de juguetear con el colgante de plata que Albert le había regalado en Selinsgrove.
Al entrar en St. Anne después de desayunar, Albert le rodeó la cintura con el brazo.
—Estás preciosa. Y lo harás muy bien.
Ella bajó la vista hacia su traje de chaqueta azul marino, del mismo color que los zapatos. A Albert le habría gustado que llevara zapatos de Prada o de Chanel, pero a ella no le apetecía ir haciendo ostentación de su dinero. Prefería que la gente se fijara en su trabajo, no en su ropa. Por eso se había comprado un sencillo conjunto de falda y chaqueta de Ann Taylor y unos zapatos de tacón discreto de Nine West. A pesar de todo, al ver cómo vestían algunos de los asistentes, se sintió demasiado arreglada.
Bajo la ropa llevaba el aroma de Albert y el corsé que éste le había regalado, lo que la hacía sentirse mucho más segura.
—Voy por un café. ¿Qué quieres que te traiga? —preguntó él con una sonrisa.
—Un botellín de agua, por favor. Si no te importa, voy a sentarme.
—Claro. Nos vemos dentro.
Candy le devolvió la sonrisa y entró en la sala de conferencias sola.
Albert intercambió unas cuantas frases de cortesía con algunos colegas antes de llegar a la mesa de las bebidas. Cuando se hubo servido el café y cogido el botellín de agua, todo el mundo había entrado ya en la sala de conferencias.
O eso creyó.
—Hola, profesor —dijo una seductora voz a su espalda.
Al volverse se encontró con Eliza, cerniéndose sobre él como un fantasma malevolente.
—¿Qué quieres? —le espetó, lanzándole una mirada asesina.
—Ayer quería hablar, ¿no? Pues hable.
Albert miró a su alrededor, preguntándose si sus voces podrían oírse desde el interior de la sala de conferencias.
Ella se acercó más de lo debido y, cerrando los ojos, inhaló con fuerza. Al volver a abrirlos, le dirigió una mirada hambrienta.
—Huele a sexo.
—Déjate de jueguecitos conmigo. Quiero que pares de difundir calumnias.
—No va a poder ser.
—Te demandaré.
Una emoción pasajera cruzó el rostro de Eliza, pero en seguida recobró la sonrisa relajada.
—¿Por qué? ¿Por contar la verdad?
—No hay nada de cierto en tus difamaciones. Nadie te acosó en Toronto. Y Candy hace su trabajo sola, como resulta obvio para cualquier persona con dos dedos de frente.
Desde el interior de la sala de conferencias se oyeron unas risas.
Albert se volvió hacia allí.
Eliza alzó la voz para recuperar su atención.
—Se olvida de la suspensión administrativa por tirarse a una de sus alumnas. Ésa es una historia interesante. Por no hablar de la profesora Singer. Ella tiene unas cuantas cosas que decir también. Qué lástima que no sacara fotos. Me encantaría tener una.
Levantó una mano para sacudir una imaginaria mota de polvo de las solapas del traje azul marino de él.
Albert le sujetó la muñeca y se la apretó con fuerza.
—Estás jugando con fuego.
Ella se acercó aún más, inclinándose hasta que sus bocas estuvieron a escasos centímetros de distancia.
—Eso espero, profesor.
Él la soltó, asqueado. Dio un paso atrás y se limpió las manos en la chaqueta, como si se hubiera contaminado. Con una nueva mirada en dirección a la puerta de la sala de conferencias, decidió que la conversación ya había durado demasiado.
—Cierra la boca o haré que tu vida se convierta en un infierno.
—No hace falta que se ponga tan agresivo. Poder acabar con esta situación está en sus manos. —Señalando hacia su entrepierna, le dirigió una sonrisa de aprobación—. Bueno, en realidad, un poco más abajo.
Maldiciendo entre dientes, él se alejó, pero Eliza lo siguió.
—Venga a mi hotel y mañana ya no tendrá que preocuparse por mi boca. —Apoyándole una mano en el brazo, añadió en un susurro sugestivo—: Lo conozco. Sé lo que le gusta y lo que quiere. Follaremos toda la noche y luego nuestros caminos se separarán.
Él le apartó la mano bruscamente.
—No.
—En ese caso, lo que pase caerá sobre su conciencia.
Albert dio un paso hacia ella.
—No te acerques a mi esposa, ¿me oyes?
—Me hospedo en el Malmaison. Antes era una prisión, lo que supongo que le resultará atractivo. —Se puso de puntillas para murmurarle al oído—: He traído esposas.
Él, que estaba demasiado ocupado librándose de ella, ni siquiera se dio cuenta de que Eliza le había metido algo en el bolsillo de la chaqueta.
Eliza se despidió con una sonrisa sarcástica.
—Es su única oportunidad. Venga antes de medianoche.
Y girando sobre sus altísimos tacones, se alejó moviendo las caderas. Luego, como si acabara de acordarse de algo importante, se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Recuerdos a su «esposa».
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Instantes después, Albert recorría la multitud con la vista buscando a Candy. Los ojos se le abrieron como platos al ver la escena que tenía lugar en la parte delantera de la sala. Alguien estaba abrazando a su esposa. Alguien grande. Un hombre grande.
Un hombre guapo.
Albert bajó corriendo los escalones de dos en dos para llegar cuanto antes a su lado. Vio que Candy se apartaba del hombre y que sus apetitosos labios se curvaban dibujando una amplia sonrisa de felicidad.
A regañadientes, él le soltó la cintura antes de decirle algo que la hizo reír.
A Albert le vinieron ganas de estrangularlo primero y de retarlo en duelo después.
Mientras se acercaba, Candy se volvió hacia él. El hombre siguió la dirección de su mirada.
Albert se detuvo en seco.
—El Follaángeles —murmuró.
—¿Perdón? —Archie Cornwell se quedó mirando a su antiguo director de tesis, no muy seguro de haber oído bien. Aunque lo cierto era que él también tenía una buena colección de adjetivos para describir al Profesor, pocos de ellos halagadores.
«Follaalumnas», pensó.
—Esta conferencia no hace más que mejorar —murmuró Albert, enderezando la espalda para parecer más alto de su metro noventa.
—Profesor Ardley —lo saludó Archie, hinchando el pecho y flexionando los bíceps de manera inconsciente.
—Archie. —Albert se colocó junto a Candy en actitud posesiva y le dio el botellín de agua.
—Caballeros, estréchense las manos —les ordenó ella, mirando a su marido y a su amigo con el cejo fruncido.
Ellos siguieron sus instrucciones sin entusiasmo.
—No sabía que vendría —confesó Albert, con la mirada fija en Archie.
—No iba a venir, pero uno de los ponentes ha fallado en el último momento y la profesora Picton me ha invitado. Mi charla es justo antes que la de Candy.
Ella sonrió.
—Es fantástico. Enhorabuena.
Él le dirigió una sonrisa radiante.
—¿Puedo invitarte a comer?
—Me temo que ya tiene planes —respondió Albert en su lugar.
Candy se volvió hacia su marido con lo que sólo podría definirse como «la mirada» antes de asentir.
—Me encantaría ir a comer contigo, Archie. Gracias.
Albert la agarró del codo.
—No creo que sea adecuado —le susurró.
—Cariño —susurró ella a su vez en tono de advertencia.
—Hola, señor Cornwell —los interrumpió Katherine, estrechando la mano de Archie con fuerza antes de volverse hacia Albert—. El señor Cornwell y yo cenaremos juntos esta noche. Me gustaría que Candice y tú nos acompañarais.
—Estaremos encantados —replicó Albert, aunque no logró sonar sincero—. Y ya que nos veremos esta noche, señor Cornwell, reclamo la compañía de mi esposa a la hora de comer. —Sonrió, mostrando todos los dientes, blancos y relucientes.
—Cariño —dijo Candy—, ¿podemos hablar un momento?—Volviéndose hacia Katherine y Archie, añadió—: En seguida volvemos.
Tomándolo de la mano, se llevó a Albert a un rincón donde no había nadie.
—Quiero comer con él.
—Por encima de mi cadáver —repuso él, cruzándose de brazos.
—Es un viejo amigo.
—Un viejo amigo que te besó.
—Después de que tú me dejaras. Y te recuerdo que lo rechacé.—Candy se cruzó de brazos también, imitando su postura.
Él frunció el cejo.
—Te desea.
—Archie nunca intentaría nada con una mujer casada. Sólo vamos a comer, así que te pido que no le des más importancia de la que tiene.
—¡Es que tiene mucha importancia!
—Hace un año que no lo veo. Me apetece hablar con él y saber cómo le va la vida. Tal vez haya vuelto con Allison.
—Sigue enamorado de ti.
—No, no lo está.
Albert se acercó a ella y le dijo en voz más baja:
—Te olvidas de que las mujeres guapas, inteligentes y amables escasean. Un hombre haría cualquier cosa por conseguir a alguien como tú. Incluso robársela a su marido.
Candy enderezó los hombros.
—Te olvidas de que cuando una mujer encuentra a un buen hombre, un hombre que la ama y la hace feliz, no va follando por ahí con otros.
Albert hizo una mueca al ver a Eliza, que los estaba observando con una sonrisa burlona.
Volviendo a centrar la atención en su esposa, descruzó los brazos.
—Pero que sepas que no me gusta que vayas.
Candy se puso de puntillas para besarlo en la mejilla.
—Podré soportarlo. Gracias.
Minutos después, Albert se encontró en la incómoda situación de tener que compartir a su esposa con el Follaángeles, que se sentó a un lado de Candy, mientras él se sentaba en el otro lado. Candy y su amigo intercambiaron unas palabras cariñosas antes de que empezara la sesión y a Albert le dolió cada una de ellas.
«Este simposio es como un recorrido por todos los niveles del Infierno —pensó—. Sólo falta un respetable Virgilio y hordas de gente gritando».
Sufrir los golpes y dardos de la señorita Leagan era una cosa. Pero ver a Candy en brazos de otro hombre era mucho peor. Sobre todo si ese hombre era nada más y nada menos que el Follaángeles.
Albert empezó a recitar mentalmente la oración de san Francisco en italiano para calmarse.
Sabía que tenía que contarle a Candy su encuentro con Eliza, pero también sabía que ella se disgustaría mucho al enterarse, y que eso afectaría a su seguridad y actitud a la hora de enfrentarse al público. Así que se guardó los escabrosos detalles para más tarde.
Además, había cosas más urgentes de las que ocuparse.
Concretamente del señor Cornwell.
Archie había sido un buen amigo para Candy cuando ella más lo necesitaba. Un amigo fiel y entregado, que había cometido el error de tratar de que su amistad se convirtiera en algo más, algo que Albert comprendía, pero que nunca le iba a perdonar.
Quería mantener a Candy tan alejada de Archie como fuera posible. Pero la expresión de la cara de ésta al ver a su amigo le hizo cambiar de planes. El día anterior había sido duro para ella.
No quería que su sonrisa desapareciera.
Albert movía nervioso una pierna mientras la primera conferenciante empezaba a hablar. Estaba totalmente ajeno al ruido que sus zapatos italianos hacían contra el suelo hasta que Candy le puso una mano en la rodilla.
Sacó la pluma Meisterstück 149 y jugueteó con ella, tratando de hacerla girar entre los dedos con un solo movimiento.
La conferencia le aburría. Habría jurado que ya la había oído antes. Para distraerse, recordó la primera discusión que tuvo con Candy en público, cuando todavía era su alumna. En pleno seminario, lo había provocado delante de Eliza, Archie y el resto de la clase. Se había sentido avergonzado y furioso. Tan furioso que había destrozado una sólida y resistente silla de Ikea.
Desde ese día, Candy le había enseñado muchas cosas, entre ellas, la importancia de perdonarse a uno mismo y de perdonar a los demás. Pero su esposa llevaba su tendencia al pacifismo hasta extremos exagerados. Sin él —o alguien como él— a su lado, habían abusado de ella, quebrantando su espíritu.
Albert la observó, reflexivo. Tal vez se había vuelto pacifista precisamente por los abusos sufridos. Tal vez las cicatrices que tenía en el alma le recordaban el daño que las palabras y las acciones podían provocar en los demás. Reflexionó sobre ello sin quitarle la vista de encima, hasta que ella se removió, incómoda.
Candy, con su piel clara y aquellos ojos tan grandes, era muy hermosa, pero no lo sabía. Ella no veía lo que veían los demás. Y aunque había mejorado mucho desde que se conocían, Albert sabía que la imagen que tenía de sí misma nunca se correspondería con la realidad. Y, como lo sabía, trataba de protegerla, incluso de él mismo. Desde luego, no iba a permitir que el Follaángeles se aprovechara de sus debilidades.
CONTINUARA
Lo siento, pero me cae mal esta mujer, desde hace mas de un libro no la tolero. Ojala llore y le quiten a su marido, que le costaba ir a cenar todos juntos?
Ella si tiene derecho de salir con otro hombre y que para colmo esta tragadisimo de ella... eso no es respetar a su marido.
Nada que ver la mosquita muerta.
Aby.
