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CAPITULO 90
Durante la pausa para el café, Candy charló con el profesor Wodehouse y otros asistentes sobre su conferencia. Todos estaban de acuerdo en que les había gustado mucho y en que había respondido las preguntas de un modo admirable. De hecho, más de uno expresó su sorpresa al enterarse de que era estudiante y no profesora.
Mientras su esposa disfrutaba del triunfo académico, Albert salió fuera a tomarse el café bajo el sol de Oxford.
Dio gracias por el buen tiempo. Luego dio gracias porque la conferencia de Candy había salido tan bien. Se había notado que estaba nerviosa y, por supuesto, aún tenía mucho margen de mejora, pero teniendo en cuenta que era una estudiante de doctorado de primer año, los asistentes se habían quedado impresionados. En silencio, elevó una nueva oración de gracias.
A mitad de la misma, Archie se le acercó con las manos metidas en los bolsillos.
Al principio, intercambiaron frases de cortesía, pero pronto Albert se dio cuenta de que su antiguo alumno estaba inquieto.
—¿Algún problema? —preguntó, con una voz engañosamente suave. Suave como el whisky escocés.
—No. —Archie se sacó las manos de los bolsillos y se volvió hacia la puerta, pero cuando estaba a punto de volver a entrar en el edificio, se detuvo en seco.
—Joder —musitó. Enderezando la espalda, se volvió hacia su antiguo director de tesis—. A la profesora Picton le gustaría que usted fuera un lector externo de mi tesis.
Albert lo miró con frialdad.
—Sí, algo me comentó.
Archie esperó a que el profesor siguiera hablando, pero no lo hizo.
—Ejem, ¿y qué le parece la idea?
Albert se balanceó sobre los talones.
—Lo consideraré, señor Cornwell. El tema que ha elegido es bueno y cuando trabajaba para mí estaba muy satisfecho con su trabajo. Si le pedí a Katherine que asumiera la dirección de su tesis fue por razones personales. Si no, aún seguiría dirigiéndola yo.
Archie apartó la vista, incómodo.
—Candy ha estado muy bien —dijo, cambiando de tema.
—Sí, es cierto.
—Se ha sacado de encima a Eliza con facilidad.
La cara de Albert se llenó de orgullo.
—Candice es una mujer admirable. Es más fuerte de lo que parece.
—Lo sé. —La mirada de Archie se endureció.
—Por lo visto, tiene mucho que decir sobre mi mujer. Y a mi mujer. —El tono de voz de Albert era cada vez más frío.
—¿Qué está haciendo para acallar los rumores? En marzo estuve en la Universidad de Los Ángeles y la gente comentaba que Candy se había tirado a su profesor para graduarse y entrar en Harvard.
Albert apretó mucho los dientes.
—Esos rumores son consecuencia de la lengua ponzoñosa de la señorita Leagan. Me encargaré de ella, se lo aseguro.
—Sí, no tarde mucho en hacerlo.
Albert entornó los ojos.
—¿Cómo dice?
Archie cambió el peso de pie, pero no se amilanó.
—Ayer, cuando llegué, oí a un par de carcamales hablando sobre Candy. Daban por hecho que estaba muy buena y que por eso la habían invitado.
—Pues creo que su ponencia acaba de demostrar que esos rumores no tenían razón de ser. Su teoría estaba bien expuesta y ha sido bien recibida. Y no nos olvidemos de que, aparte de tirármela (Albert hizo un gesto con la mano, como si la palabra le resultara ofensiva), me casé con ella.
—Puede que sea su esposa, pero no se la merece.
Albert se acercó a Archie amenazadoramente.
—¿Perdón?
Éste enderezó la espalda lo máximo que pudo, lo que hizo que superara en altura a su antiguo profesor.
—He dicho que no se la merece.
—¿Y cree que no lo sé?
Frustrado, lanzó la taza de café, que se hizo añicos sobre la acera.
Dando un paso más en dirección al joven, añadió:
—Cada noche, cuando me duermo con ella entre los brazos, doy gracias a Dios por habérmela enviado. Cada mañana, al despertarme, lo primero que hago es dar gracias porque se casara conmigo. Nunca seré digno de ella, pero pasaré el resto de mi vida intentándolo.
»Fue su amigo cuando lo necesitaba, pero escuche bien lo que le digo, Archibald: no me provoque.
Entre ambos hombres se hizo un largo silencio. Albert tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no perder el control.
El otro fue el primero en apartar la vista.
—Cuando la conocí tenía que hablarle en susurros para no asustarla.
—Ha cambiado. Ya no es así.
—No, no lo es. —Archie encorvó la espalda—. Durante la comida me estuvo hablando de Harvard. Le encanta el programa de estudios.
—Lo sé. —La expresión de Albert se volvió aún más dura—. Y sé que la desea. Pero que le quede claro: ella no es para usted.
Archie le devolvió la mirada.
—Se equivoca.
—¿Me equivoco? —preguntó el profesor, dando otro paso adelante. Estaban a escasos centímetros de distancia y su actitud era francamente amenazadora.
—No es sólo deseo. La amo. Es la mujer de mi vida.
Albert se lo quedó mirando con incredulidad.
—No puede ser la mujer de su vida. ¡Es mi esposa!
—Lo sé.
El joven volvió la mirada hacia la carretera de Woodstock, negando con la cabeza.
—Conocí a una buena chica católica, bonita y dulce… el tipo de chica que puedes presentarle a tus padres. El tipo de mujer que llevaba toda la vida buscando.
»La traté bien, nos hicimos amigos, y cuando un idiota se metió en su vida y le rompió el corazón, yo estuve a su lado. Lloró en mi jodido hombro. Se quedó dormida en mi jodido sofá.
Albert apretó los dientes con fuerza.
—Cuando acabó el semestre, se fue a Harvard, como siempre había soñado. La ayudé con el traslado. Le encontré un trabajo a tiempo parcial y un apartamento. Pero cuando finalmente le confesé lo que sentía por ella, cuando por fin le pedí que me eligiera a mí, no lo hizo. No porque no me quisiera ni porque fuera incapaz de sentir nada. Me quería, pero seguía enamorada del imbécil que le rompió el corazón.
Archie se echó a reír sin ganas.
—Un tipo que no le conviene nada. Que se tira a todas las mujeres que se ponen en su camino; que la trata como si fuera un trapo viejo; que bebe demasiado. No me extrañaría que la hubiera seducido sólo para pasar el rato.
»Que yo sepa, el tipo estuvo saliendo con una profesora aficionada al BDSM, que pegaba a sus alumnos. ¿Quién sabe qué le hará a mi chica? Entonces me entero de que él la ha dejado. Y me siento exultante, porque por fin ella tendrá la oportunidad de estar con alguien que la tratará como se merece. Alguien que será amable con ella y nunca, nunca, la hará llorar.
»Pero más tarde me entero de que el gilipollas ha vuelto. ¿Y qué hace? Le pide que se case con él. ¡Y ella acepta!
Archie le dio una patada al suelo, frustrado.
—Y ése podría ser el jodido resumen de mi vida. Encuentro a la chica perfecta; pierdo a la chica perfecta por culpa de un imbécil que le rompe el corazón y que probablemente se lo seguirá rompiendo una y otra vez, y al final recibo una jodida invitación para su boda de alto copete en Italia.
A Albrrt le rechinaron los dientes antes de decir:
—En primer lugar, ella no es su chica y nunca lo será. No tengo por qué justificarme ante usted ni ante nadie, aunque por respeto a mi esposa, que parece apreciarlo, admitiré que me he comportado como un imbécil. Pero ya no soy ese hombre que ha descrito. No me he acostado con ninguna otra mujer desde que estoy con ella y no pienso volver a romperle el corazón.
—Bien. —Archie arrastró los pies a un lado y a otro—. Pues deje que termine el programa de estudios.
—¿Que la deje? —La voz de Albert bajó hasta convertirse en un susurro—. ¿Yo tengo que darle permiso?
—Tal vez ella decida dejar los estudios, o aplazarlos. Anímela a continuar.
Los ojos de Albert echaban chispas.
—Si tiene información que quiera contarme, señor Cornwell, le sugiero que la escupa ahora.
—Candy se siente culpable por poner los estudios por delante de otras cosas.
Albert juntó mucho las cejas al darse cuenta de lo que estaba oyendo.
—¿Se lo ha dicho ella?
—Sí y también me dijo que no tiene amigos.
—Qué oportuno. ¿Se ofreció a seguir siéndolo usted?
Archie hizo una mueca.
—No, esto no tiene nada de oportuno. Joder, ¿no lo entiende? La amo y, a pesar de eso, tengo que escuchar sus preocupaciones. Y lo que la preocupa es hacerle feliz. A usted, el imbécil que la abandonó.
—No me gusta que le haya confiado nuestras intimidades.
—Si tuviera amigos, no habría tenido que contármelo a mí. De todos modos, ya he decidido que nuestra amistad no puede continuar.
Albert se echó hacia atrás, sorprendido.
—¿Ya lo había decidido?
—Sí.
—¿Se lo ha dicho?
—No podía hacerle eso justo antes de la conferencia. Habría sido cruel.
—¿Cuándo piensa decírselo?
Archie suspiró hondo.
—Ése es el problema. No me veo capaz de hacerlo cara a cara. Cuando vuelva a Vermont le escribiré. —Miró a Albert con rencor—. ¿Satisfecho?
—No disfruto viéndola sufrir, a pesar de lo que usted cree. —Bajó la vista hacia la alianza de platino que llevaba en la mano izquierda—. La amo.
Los ojos de Archie siguieron el movimiento de los de Albert hasta el anillo de boda.
—Su amistad es importante para ella —siguió diciendo el profesor—. Su decisión le dolerá.
—Es hora de pasar página.
—¿Le dirá la verdad?
—No pienso mentir. Decirle la verdad no será fácil, pero lo haré.
—Eso es muy noble —admitió Albert con un punto de admiración en la voz—. Tal vez debería intentar hacerle cambiar de opinión.
—No puede.
Archie y su antiguo profesor intercambiaron una larga mirada.
—Lo he juzgado mal, Cornwell. Lo siento.
—No lo hago por usted. Y, desde luego, no lo hago para que acepte ocuparse de mi tesis ni para que me escriba una carta de recomendación. Le diré a Katherine que se lo he propuesto y que lo ha rechazado.
Y, con una inclinación de cabeza, se dirigió hacia el edificio.
—¿Señor Cornwell?
Archie se detuvo y, muy lentamente, se volvió hacia el profesor.
—Pensaba leer su tesis igualmente. Su amistad con Candy no tiene nada que ver en esto. Su trabajo es muy válido. No necesita ayudas externas.
Albert le tendió la mano.
Archie se la quedó mirando unos instantes antes de acercarse de nuevo y estrechársela.
—Gracias.
—De nada.
Ambos hombres intercambiaron una mirada que recordaba la de dos guerreros tras una batalla en la que ambos bandos han sufrido graves pérdidas.
Archie fue el primero en hablar:
—No voy a inmiscuirme en su matrimonio. Pero si me entero de que le ha vuelto a romper el corazón, tendremos un problema.
—Si le rompo el corazón a Candy, me lo mereceré.
—Bien —dijo Archie y sonrió—. Podemos dejar de tocarnos ya.
Albert le soltó la mano como si quemara.
—Por supuesto.
CONTINUARA
