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CAPITULO 94

JULIO DE 2011

MINNEAPOLIS, MINNESOTA

La caligrafía de Karen Kleiss era vigorosa y sofisticada, como ella misma. Escribía con una pluma estilográfica Montblanc y la tinta negra fluía sobre el caro sobre color crema.

Había tenido que buscar su dirección. Milagrosamente, venía en la guía telefónica de Cambridge.

Mientras miraba las letras y los números que acababa de escribir, una sonrisa de satisfacción se formó en su hermosa cara. Tras cerrar el sobre, se arregló para ir a tirar la carta a correos.

Iba a llevarse una sorpresa.

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JULIO DE 2011

ITALIA

Candy y Albert se despidieron de Katherine, de Archie y de Oxford unos días después de la conferencia. Las últimas palabras que Candy intercambió con su amigo fueron especialmente incómodas. Conociéndole, ella se dio cuenta de que algo iba mal, pero cuando le preguntó qué pasaba, él murmuró algo sobre ansiedad por la tesis.

Cuando le dio un abrazo de despedida, la estrechó con un poco más de fuerza de lo habitual y durante un poco más de tiempo.

Cuando Candy le dijo que seguirían en contacto, él asintió en silencio. Ella disculpó su actitud pensando que sentía nostalgia de su antigua amistad.

Mientras tanto, Albert distrajo a Katherine para darles un poco de intimidad. No lo alegró ver a Archie tan incómodo, mientras trataba de parecer feliz y despreocupado para no entristecer a Candy.

Ellos dos viajaron a Roma, donde celebraron el cumpleaños de Albert el día diecisiete de julio, con una visita especial a los Museos Vaticanos. Sin embargo, hubo una sorprendente ausencia de sexo museístico.

(Ni siquiera Albert se sintió inclinado a rendirse a la tentación dentro del Vaticano).

Pasaron varios días en Asís, donde rezaron y encendieron velas en la cripta de san Francisco. Aunque Albert y Candy no se contaron sus plegarias, ambos supusieron que rezaban el uno por el otro, por su matrimonio y por el don de un bebé.

Candy, además, rezó pidiendo fuerza y sabiduría. Albert pidió bondad y valor. Ambos rezaron por Anny y Aaron, pidiéndole a Dios que bendijera su unión con un hijo.

A finales de julio llegaron por fin a su casa de Todi, un pueblo de Umbría. La casa, situada cerca de un huerto de frutales, tenía una piscina cercada, rodeada en un extremo por arbustos de lavanda.

Las flores perfumaban el aire. Candy colocó unas cuantas entre las sábanas de la cama.

Cuando se despertó al día siguiente, Albert se había ido. No se extrañó. El sol ya estaba alto y sus rayos entraban por el balcón.

Alargó la mano y notó que las sábanas estaban frías. Sobre la almohada, que olía a colonia Aramis mezclada con lavanda, encontró una nota:

Buenos días, querida:

Dormías tan plácidamente que no he querido despertarte.

He ido a buscar unas cuantas cosas al mercado de Todi.

Llámame al móvil si necesitas algo.

Te quiero,

Albert

Posdata: eres arrebatadora

Candy sonrió. Era una nota sencilla, muy parecida a muchas otras que Albert le había escrito. Pero en un rincón, casi como una ocurrencia de última hora, había dibujado a lápiz su perfil mientras dormía. Bajo el dibujo había escrito: Mi Beatriz.

No sabía que tuviera talento para el dibujo, aunque su habilidad en otras disciplinas ya dejaba adivinar una multiplicidad de habilidades manuales. El esbozo era bastante bueno. Lo conservaría. Tal vez lo enmarcaría.

Sonriendo, bajó los pies descalzos al suelo y se dirigió hacia el armario. No le apetecía vestirse, así que se puso una de las camisas de Albert, abrochándose un par de botones antes de rebuscar en los cajones unos calcetines.

Desde el piso de abajo, le llegó la voz de él. Bajó la escalera con entusiasmo y entró en la cocina.

—Hola. —Albert la besó en la frente mientras dejaba la compra en la encimera—. Estás muy guapa.

Cuando lo hubo soltado todo, le dio un beso en cada mejilla antes de aprisionarla entre sus brazos.

—¿Has dormido bien? —preguntó, posando los labios en su pelo.

—Muy bien. Entre los días en Asís y la noche pasada, creo que he dormido más que durante los últimos meses juntos. —Le besó la nuez y Albert se apartó como si le hubiera hecho cosquillas—. Gracias por el dibujo.

—De nada.

—No sabía que supieras dibujar.

—Querida, me encantaría pintarte si pudiera… con los dedos.

—Deja de provocarme, Profesor. Cada vez que pienso en pintura, me acuerdo de lo que hicimos en Selinsgrove. Y me pongo muy caliente. —Bromeando, Candy hizo un mohín.

—Luego me ocuparé de eso, te lo prometo. —Albert la soltó y le dedicó una sonrisa ladeada—. Me gustan tus calcetines.

Ella se miró los pies y flexionó los dedos.

—Los rombos son sexies.

—Desde luego. Un amigo me dijo una vez que los rombos eran el diseño de la seducción.

—Tienes unos amigos muy raros… —replicó Candy, negando con la cabeza y comiéndose una uva.

Albert empezó a guardar la compra, observándola con el rabillo del ojo.

—Se te ve contenta.

Ella se sentó en la encimera de un salto y empezó a balancear las piernas.

—Lo estoy. Por fin he dejado atrás la conferencia y lo hemos pasado muy bien tanto en Roma como en Asís. Estoy enamorada de mi marido y puedo disfrutar de esta maravillosa casa con él. Soy la mujer más afortunada del universo.

Albert alzó mucho las cejas.

—¿Del universo? Hum. Seguro que a los habitantes de la galaxia vecina no les gustará oírlo.

Ella le dio una patada de broma con el pie cubierto por el calcetín de rombos.

—Eres un empollón.

Volviéndose hacia ella, Albert le agarró el pie y lo levantó hasta que lo tuvo a la altura del hombro. Candy se echó hacia atrás y se apoyó en la encimera para mantener el equilibrio.

—¿Qué me has llamado? —preguntó él, fingiendo estar enfadado, aunque sus ojos azules como el cielo brillaban divertidos.

—Ejem, te he llamado empollón.

Albert alzó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y crees que un empollón haría esto? —preguntó, acariciándole el empeine con pericia.

Cuando ella suspiró de placer, él le quitó los calcetines y los tiró al suelo por encima del hombro.

—Vamos a comprobar si es verdad que te pones tan caliente como dices. —Su voz la hizo estremecer.

Albert le subió la mano por la pierna lentamente, entreteniéndose en la corva hasta que ella gruñó.

—Candy —susurró él, con mirada juguetona.

—¿Sí?

—No te has puesto bragas.

Con un dedo, le acarició la parte interna del muslo una y otra vez, a ritmo lento.

Cuando sus dedos se acercaron a la parte de Candy que quedaba expuesta, ella empezó a respirar aceleradamente.

—Los empollones no tienen fama de ser muy buenos amantes.—Albert retiró la mano de entre sus piernas y le apoyó un dedo en la boca.

Cuando ella separó los labios, le deslizó el dedo en su interior.

Candy se lo rodeó, succionándolo ligeramente para luego soltarlo.

Albert le guiñó un ojo antes de usar el dedo húmedo para acariciarle la parte alta del muslo.

—¿Crees que un empollón haría esto? —Albert se inclinó hacia ella y sopló sobre el reguero de saliva que había dejado allí.

Cuando Candy se estremeció, él sonrió travieso y recorrió el mismo camino con la nariz.

Levantándose, la besó apasionadamente antes de apartarse con brusquedad. Sin darle tiempo a protestar, se dejó caer de rodillas frente a ella.

—Mmm —murmuró, colocándose las piernas de Candy sobre los hombros—. Esta encimera tiene la medida perfecta. Supongo que tienes razón al decir que eres la mujer más afortunada del universo.

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La noche siguiente, Candy se despertó cuando todavía era oscuro y aprovechó para ir al baño. A la vuelta, oyó que Albert se removía inquieto en la cama, murmurando palabras que no entendió.

No la sorprendió. Por norma general, él dormía profundamente, pero algunas noches daba vueltas sin parar y a veces hablaba en sueños. Candy no solía hacer caso, pero esa noche se movía muy inquieto y maldecía en voz alta.

Se sentó a su lado.

—¿Albert?

Él siguió moviéndose desasosegado, alternando las sacudidas con momentos de letargo.

Encendió la lamparita.

—¿Albert?

Él murmuró algo. De repente, empezó a luchar con la ropa de cama, tirando de ella hasta que se destapó.

Abrió mucho los ojos y respiró hondo, como si se estuviera ahogando.

—¿Estás bien? —le preguntó Candy en voz baja.

Albert la miró desorientado, llevándose la mano al pecho.

—¿Es el corazón? ¿Puedes respirar?

—Una pesadilla —respondió él, con voz ronca.

—Te traeré agua. —Volvió al baño y llenó un vaso con agua del grifo.

Él bebió sin decir nada.

Candy permaneció sentada en el borde de la cama, observándolo.

—¿Qué soñabas?

Se acabó el agua y dejó el vaso en la mesilla.

—Un minuto.

Candy tenía ganas de acariciarle el pelo y apartárselo de la cara, pero le pareció que a él no le apetecía que lo tocaran en ese momento.

Albert parpadeó y fijó la vista en la pared.

—Con mis padres biológicos.

—¡Oh, cariño! —exclamó ella, tratando de abrazarlo, pero él se tensó.

Tras unos segundos, Candy se dirigió a su lado de la cama.

Albert permaneció inmóvil. Sin apagar la luz, se quedó sentado en la cama, con la mirada fija en la pared.

Ella se deslizó hacia él bajo las sábanas. Quería consolarlo, pero él desprendía una extraña energía a su alrededor. Era evidente que no quería que lo tocasen.

Candy cerró los ojos. Cuando ya estaba casi dormida, le llegó su voz desde la oscuridad.

—Estaba con mi madre en nuestro apartamento de Brooklyn. La oía discutir con mi padre.

Candy abrió los ojos.

—Se oía un ruido fuerte y luego a mi madre llorando. Yo iba corriendo a la cocina.

—¿Estaba bien?

—Estaba arrodillada en el suelo. Mi padre estaba de pie, gritándole. Yo le pegaba con los puños y le gritaba. Él me apartaba de un empujón y se dirigía a la puerta. Mi madre se arrastraba tras él, rogándole que no se fuera.

Los ojos de Albert tenían un brillo frío. El enfado le distorsionaba su hermoso rostro.

—Maldito bastardo —susurró con desprecio.

—Cariño —murmuró Candy, moviendo la mano bajo la sábana hasta llegar a su cadera.

—Lo odio. Lleva años muerto, pero si supiera dónde está enterrado, iría a mear sobre su tumba.

Ella le apoyó la mano en la cadera.

—Lo siento.

Al ver que no respondía, le acarició la piel suavemente, con gesto de consuelo.

—La golpeaba. No le bastaba con seducirla y abandonarla. El muy imbécil también tenía que golpearla.

—Albert —susurró ella—. Sólo ha sido un sueño.

Él negó con la cabeza, con la mirada aún perdida.

—No lo creo.

Candy se quedó muy quieta.

—¿Crees que pasó de verdad?

Albert se cubrió los ojos con las manos.

—No creo que ésa fuera la primera pelea que tuvieron. Ni la única en la que yo intervine.

—¿Cuántos años tenías?

—Pocos. Cinco o seis. No lo sé.

—Eras un niño muy valiente. Hiciste bien en defender a tu madre.

Albert bajó las manos hasta su regazo.

—No sirvió de nada. Él la destrozó. ¿Puedes imaginarte en qué estado tiene que estar una persona para arrastrarse detrás de un hombre que acaba de golpearla? ¿Delante de tu hijo?

—Tenía que estar enamorada.

—No busques excusas.

—Albert, mírame —dijo ella suavemente.

Él se volvió con los ojos brillantes de furia.

—Yo me quedé con Neall —susurró Candy.

Albert parpadeó y el brillo de sus ojos empezó a apagarse.

—No conocí a tu madre, pero sé lo confundida que yo me sentía cuando estaba con Neall.

—Era distinto… Eras muy joven…

—¿Cuántos años tenía tu madre cuando conoció a tu padre?

—No lo sé —admitió él a regañadientes.

—Se enamoró de él. Tuvo un hijo con él.

—Era un hombre casado.

Candy jugueteó con la sábana que la cubría.

—No podemos cambiar el pasado. Sólo el futuro.

—Siento haberte despertado. —Albert respiró hondo antes de darle un beso en la cabeza.

—No lo has hecho.

Él se apartó un poco para verle la cara.

—¿No?

—No. He tenido que ocuparme de un problemilla femenino.

Tras unos instantes, Albert entendió a qué se refería.

—Oh, ¿te encuentras bien?

—Podría estar mejor, pero ya se pasará.

—Antes ya me ha parecido que estabas un poco sensible—comentó él, acariciándole los pechos con suavidad.

Ella lo detuvo, agarrándole la mano.

—Siento que hayas tenido una pesadilla.

Albert se volvió para apagar la luz antes de acostarse a su lado.

Candy oyó que le rechinaban los dientes.

—¿De verdad crees que es un recuerdo y no una pesadilla?

—A veces no puedo distinguirlos —admitió él.

—¿No es la primera vez que te pasa?

—Me pasa de vez en cuando. Ahora hacía tiempo que no.

—No me habías dicho nada.

—No me gusta hablar de ello, Candice. Mis recuerdos de infancia son vagos, pero lo poco que recuerdo preferiría olvidarlo.

—¿Lo has hablado con el doctor Townsend?

—Brevemente, pero sí, lo hemos comentado alguna vez—respondió, acariciándole la espalda con la yema de los dedos—. Sé tan pocas cosas sobre mis padres…

—Entiendo que estés enfadado con tus padres, pero no es sano aferrarse a eso.

—Lo sé —dijo Albert, dejando de tocarla y volviéndose—. En el armario de mi familia tiene que haber horribles esqueletos escondidos. ¿Me querrías igual si los sacara de allí?

—Te querría en cualquier circunstancia, Albert. Te amo. Sin condiciones.

Él capturó su boca durante un instante, pero en seguida se relajaron bajo las sábanas, abrazados de lado, como dos cucharas.

Cuando Candy estaba a punto de dormirse, la voz de Albert sonó junto a su oído.

—Gracias.

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A la mañana siguiente, Candy estaba bronceándose en la piscina antes de que el sol calentara demasiado. Llevaba una pamela grande y un biquini azul muy pequeño. Albert la había convencido para que se lo comprara durante el viaje que habían hecho a Belice, antes de casarse. Hasta entonces no había tenido demasiadas oportunidades de usarlo.

Pensaba en la pesadilla que había tenido Albert la noche anterior y que los había dejado tocados a ambos. No podía evitar imaginarse la escena que le había descrito: su madre arrastrándose por el suelo detrás del hombre que la había dejado embarazada y la había abandonado. Tal vez esa imagen —fuera real o imaginada— explicara lo poco que a Albert le gustaba verla de rodillas. Incluso entonces, después de varios meses de matrimonio, era una de las pocas posturas que no podía soportar.

«O tal vez sea por Karen».

Candy hizo una mueca. No le gustaba pensar en la antigua amante de Albert y madre de la niña que habían perdido. Pero a menos que éste le estuviera ocultando algo, no había vuelto a saber nada de ella desde hacía más de un año.

Mejor dejar las cosas como estaban.

Notó una sombra y, al levantar la vista, lo vio de pie ante ella.

Llevaba un bañador negro y una toalla en la mano.

Sus brazos y torso musculosos se contrajeron cuando se inclinó para besarla, antes de dejar la toalla en una tumbona y lanzarse a la piscina de cabeza. El agua estaba templada y el sol de la Umbría hacía que bañarse fuera muy agradable.

Albert nadó varios largos, perdiéndose en el sonido del agua. Un largo y otro. Otro. Y otro. Cuando hacía deporte, igual que durante el sexo, se olvidaba de la tensión y de las preocupaciones, concentrándose sólo en los movimientos.

Evitó pensar en la pesadilla. Estaba casi seguro de que no se trataba de un sueño, sino de un recuerdo. No era algo razonado, era casi una intuición, así que dejó de intentar razonar y se centró en las sensaciones: el sol sobre su piel, el sonido del agua, el gusto del cloro, el glorioso dolor en los músculos al acelerar el ritmo.

Iba contando largos cada vez que giraba, cuando la paz de la mañana se vio interrumpida por un grito inesperado.

Sacó la cabeza del agua inmediatamente, buscando a Candy. Seguía sentada en la tumbona, pero con los pies en el suelo, y estaba hablando por el iPhone.

—Ella ¿qué? —Su voz sonaba más aguda de lo normal.

Albert se apartó el agua de los ojos para verla mejor.

—¿Me tomas el pelo? —Candy se quedó unos segundos en silencio con la boca abierta, antes de preguntar—: ¿Para cuándo lo espera?

Él se acercó a la escalerilla y salió de la piscina. Cogió la toalla y empezó a secarse sin perderla de vista.

—No, no, me alegro mucho. Me alegro por los dos. Pero es que me cuesta creerlo. —Aunque su tono de voz era sincero, se notaba que estaba muy tensa.

Albert agitó una mano delante de su cara.

—¿Quién es? —inquirió, señalando el teléfono.

—Mi padre —respondió ella, tapando el auricular.

Esta vez fue el turno de Albert de quedarse boquiabierto. Si sus palabras significaban lo que creía que significaban, entonces…

—Entonces, ¿cuándo os casáis? —preguntó Candy, mirando a Albert con las cejas levantadas—. No lo sé. Lo consulto con él y te vuelvo a llamar. Guau, papá, ha sido tan inesperado…

Se echó a reír.

—Sí, ya me imagino que para ti también.

Albert le puso una mano en el hombro en señal de apoyo. Ella se la cubrió con la suya.

—Sí, claro, que se ponga. —Candy hizo una pausa—. Hola, Diane. Felicidades.

Albet se secó la cara una vez más y se sentó en la tumbona vecina.

—Por supuesto que iremos. Sólo tenemos que concretar la fecha.

—Bien.

—Por supuesto. Felicidades otra vez. Adiós.

Candy desconectó el teléfono y se reclinó en la tumbona.

—¡Joder!

—¿Qué pasa?

—Mi padre se casa.

—Bueno, ya comentaron que querían hacerlo cuando nos vimos la última vez.

—Sí, pero es que quieren que sea cuanto antes porque ¡Diane está embarazada!

Albert se aguantó la risa.

—Ajá. —Se acarició la barba como si estuviera sumido en sus pensamientos—. Una boda de penalti para Rob, que es, de todos nuestros conocidos, el único al que no creía capaz de marcar un penalti. Diría que es irónico, pero no sería un uso correcto de la palabra.

Candy se recolocó las gafas de sol.

—Ya, los profesores de Literatura y su molesta precisión en el uso de los términos le quitan la gracia a cualquier cosa.

Albert se echó a reír.

—Por comentarios como ése —se interrumpió para besarla— es por lo que te quiero, señora Ardley.

—Pensaba que me querías por mis pechos.

—Soy un gran admirador de todos tus encantos por igual. —Bajó la mano hasta la goma del biquini y tiró de él, jugueteando.

—Ser tan encantador no puede ser bueno para la salud, Profesor.

—Me arriesgaré. ¿Cuándo llegará el bebé?

—A finales de diciembre.

—¿Estás preocupada? —preguntó él, quitándole la pamela y las gafas de sol para poder mirarla a los ojos.

—No, estoy sorprendida. ¡Mi padre va a tener un bebé! No encendimos una vela por él en Asís.

—Pues casi mejor, o Dios le habría enviado gemelos.

—Dios no lo quiera.

—Pues si tú estás sorprendida, imagínate lo que ha debido de suponer para él. ¿Cómo se lo ha tomado?

—Sonaba contento. Sí, ha sido una sorpresa para ellos también, pero no he querido hacer demasiadas preguntas.

—Has hecho bien. Bueno, al menos ya sé qué regalarle a Rob por Navidad.

—¿Qué?

Albert sonrió satisfecho.

—Condones.

Ella puso los ojos en blanco.

—¿Cuándo piensan casarse?

Candy señaló a Albert y luego se señaló a ella.

—Depende de nosotros. No quieren hacerlo sin que estemos allí, así que tan pronto como volvamos.

Él frunció el cejo.

—No quiero acortar las vacaciones para ir de boda.

—Tranquilo, tigre. Sólo quieren que vayamos a Selinsgrove un fin de semana cuando volvamos. Proponen que les demos varias fechas que nos vayan bien antes de hablarlo con la familia de Diane.

—Vas a ser la hermana mayor.

Ella lo miró sorprendida.

—Voy a tener un hermano —susurró—. Siempre quise tener un hermano o una hermana.

—Candy, la hermana mayor —dijo Albert, para ver cómo sonaba—. Con todos los derechos, privilegios y responsabilidades. Siempre odié ser hijo único. Me alegré mucho cuando Anthony y Anny se convirtieron en mis hermanos. Aunque él puede llegar a ser muy pesado.

—¿Cómo ha podido pasar?

Albert contuvo la risa.

—Lamento que haga esa pregunta, señora Ardley. Es evidente que nuestras actividades nocturnas no han sido lo suficientemente… memorables.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Ya sabes a lo que me refiero. Mi padre es viejo.

—No tan viejo. Y Diane es más joven que él.

—Tiene cuarenta años. Me lo dijo.

—Una pollita.

Candy lo miró de reojo.

—¿La has llamado pollita?

—Efectivamente. Y no es tan raro. Tu padre ha encontrado a una mujer joven y atractiva y ahora volverá a ser padre.

—Mi padre va a ser padre —repitió ella, con una mirada melancólica.

—Creo que estás en estado de shock. —Albert se levantó—. Voy a buscarte una copa.

—Anny quiere tener un bebé, papá va a tener un bebé y nosotros… —Dejó la frase a medias.

Albert se inclinó sobre ella.

—Míralo de este modo: Un día, cuando nos decidamos, nuestros hijos tendrán muchos amiguitos para que jueguen con ellos y los cuiden durante las vacaciones de verano o de Navidad.

—Vacaciones de verano. Navidad. Joder.

—Exacto. —Albert sonrió—. Joder.

CONTINUARA