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CAPITULO 96
AGOSTO DE 2011
CERCA DE ESSEX JUNCTION, VERMONT
La tarde siguiente, Archie estaba sentado a la mesa de la cocina de la granja de sus padres, mirando fijamente la pantalla del ordenador. Eran casi las siete.
Había vuelto de Inglaterra hacía dos semanas. Cada día se sentaba para responder a Candy, pero aún no había logrado escribir nada.
Los emails de ésta siempre eran alegres y animados y el último no era una excepción. Le había escrito desde Italia, animándolo a visitar los Museos Vaticanos la próxima vez que estuviera en Roma. Como si necesitara que lo animaran a eso. Y como si necesitara que le recordara que estaba casada y recorriendo Europa con su flamante y maduro marido, que probablemente pasaba los días tratando de convencerla de que tuvieran un hijo.
«Cabrón».
Archie era jugador de rugby. Un tipo duro. Pero, sin pretenderlo, esa menuda mujercita de Selinsgrove, Pensilvania, le había puesto la vida patas arriba.
Había tomado una decisión, pero ahora que había llegado el momento de llevarla a la práctica, tenía miedo.
—Esto es ridículo —murmuró.
Empezó a escribir, pero en ese preciso instante, alguien llamó a la puerta de atrás.
Intrigado, fue a ver quién era.
—Hola —lo saludó Allison, con un gran vaso de café del Dunkin' Donuts en cada mano—. He pensado que te vendría bien uno de éstos.
Al ver que él no decía nada, añadió incómoda:
—¿Estás trabajando en la tesis? No quiero interrumpirte. —Le dio un vaso de café—. Me voy.
—Espera —dijo él finalmente, aguantando la puerta abierta—. Pasa.
Ella le dio las gracias y se sentó en la silla que quedaba enfrente del ordenador.
—No has dado señales de vida desde que volviste de Inglaterra.
—He estado ocupado —replicó Archie, tenso—. Mi directora de tesis me está metiendo mucha caña. Tengo que acabar un montón de cosas antes de septiembre.
—¿Qué tal el viaje?
Archie bebió un sorbo de café e hizo un ruidito de aprobación.
—Muy bien. La conferencia fue bien y además pude hablar con la directora.
Allison asintió y agarró el vaso con más fuerza.
—¿Estaba ella?
—Se llama Candy —respondió Archie con brusquedad.
—Lo sé —admitió ella, suavemente—. La conocí en esta misma cocina, ¿te acuerdas?
—Sí, estuvo aquí. —Volvió a beber.
—¿Cómo está?
—Está bien. Su esposo también estaba allí.
Allison lo miró. Estaba muy malhumorado y eso no era habitual en él.
—No se te ve muy contento.
Archie no respondió.
—Lo siento —se disculpó ella.
Archie sonrió sin ganas.
—¿Por qué lo sientes?
—Porque no me gusta verte sufrir por ella.
Él se encogió de hombros, pero no lo negó.
—Estaba tratando de contestarle un email cuando has llegado.
Allison agarró el vaso con las dos manos.
—No la conozco, pero me parece raro que siga escribiéndote después de lo que pasó entre vosotros. Parece como si quisiera darte esperanzas en vano.
—Tienes razón, no la conoces —replicó Archie, fulminándola con la mirada.
—Dudo que a su esposo le guste.
Él murmuró algo sobre el profesor que no sonó demasiado halagüeño.
Allison permaneció esperando alguna reacción, pero como no llegó, se levantó.
—No hace falta que me acompañes a la puerta.
Su ex novio no hizo caso y la siguió.
—Gracias por el café.
—De nada —dijo ella y salió de la casa.
—Por si sirve de algo, lo siento.
—Yo también —repuso Allison sin volverse.
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AGOSTO DE 2011
UMBRÍA, ITALIA
Cada vez que Candy se sentaba frente al ordenador, se sentía tentada de buscar información sobre los padres de Albert en Google. Pero le había prometido que no lo haría y no traicionaría su confianza, por mucho que le costara.
Una de esas mañanas, estaba revisando el correo cuando encontró un email de Archie.
Después de leerlo, se echó hacia atrás en la silla, asombrada.
—¿Quieres huevos para desayunar? ¿O prefieres fruta y queso?—preguntó Albert desde la cocina, que estaba al lado del salón.
Al ver que no respondía, se acercó.
—¿Te apetecen huevos o sólo fruta y queso? También hay bollos de la panadería.
Cuando sus ojos se encontraron, vio que estaba disgustada.
—¿Qué pasa?
—He recibido un email de Archie.
Albert se mordió la lengua para no hacer comentarios sobre el Follaángeles y su comportamiento.
—¿Qué dice?
Sin palabras, ella señaló la pantalla.
Él se sacó las gafas del bolsillo y se las puso para leerlo.
Querida Candy.
Gracias por tu email. Estuviste fantástica en la conferencia y creo que manejaste muy bien las preguntas, sobre todo las de Eliza. Me dejaste impresionado.
La profesora Picton habló muy bien de ti. No suele alabar demasiado el trabajo de la gente, así que deberías sentirte muy orgullosa.
Por favor, felicita a tu padre y a su novia de mi parte. Es un buen tipo. Me alegro por ellos.
Estoy de nuevo en Vermont. La salud de mi padre sigue mejorando. Gracias por interesarte por él. Le daré recuerdos de tu parte y a mamá también.
Quiero cumplir los plazos que me ha puesto la profesora Picton, así que mis padres han contratado más personal para ayudar en la granja. Este otoño buscaré trabajo. Si tengo suerte, podré hacer algunas entrevistas en la convención de la Asociación de Idiomas Modernos. Si no consigo trabajo, tendré que quedarme en la granja un año más.
Me alegro de que pudiéramos comer juntos. Me gustó mucho verte. Había algunas cosas que quería decirte, pero no lo hice, así que supongo que tendré que hacerlo ahora.
Creo que deberíamos separar nuestros caminos. Tú estás casada y yo debo rehacer mi vida. Tal vez en el futuro me sea más fácil, pero mientras tanto prefiero que dejemos de escribirnos.
No te lo tomes a mal, por favor, no quiero hacerte daño. Sigues siendo importante para mí, pero lo he estado pensando y creo que es lo mejor.
Sé feliz, Conejito.
Archie
Albert la miró a los ojos. Parecía dolida.
—Le envié un par de emails diciéndole que me había alegrado verlo en Oxford. Ha tardado mucho en responder y ahora contesta esto.
Albert se acuclilló ante ella y le apoyó una mano en la rodilla.
—Está enamorado de ti, ya lo sabes.
—Estuvo enamorado de mí en el pasado.
Él le dirigió una mirada solemne.
—¿Dejaste de quererme cuando me fui de Toronto?
Candy se mordisqueó una uña.
—Claro que no.
—Pues si él está enamorado de ti, lo seguirá estando durante un tiempo. O durante toda la vida.
—Pero, entonces, ¿por qué no quiere que sigamos siendo amigos?—preguntó ella, tratando de comprenderlo.
—Porque es demasiado doloroso. —Albert le acarició la mejilla—. Si las cosas hubieran sido al revés y fuera yo el que te hubiera perdido, no podría seguir siendo tu amigo. Tendría que amarte desde la distancia.
—No quería hacerle daño —susurró.
—Estoy seguro de que él lo sabe.
—¿Por qué no me lo dijo en Oxford?
—No quería disgustarte justo antes de la conferencia.
Ella le dirigió una mirada desconfiada.
—¿Tú lo sabías?
Albert dudó un momento.
—Sí.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Por la misma razón por la que no lo hizo él. Queríamos que estuvieras centrada en la conferencia.
Candy echó la silla hacia atrás.
—Así que Archie y tú hablasteis sobre mí a mis espaldas.
—Resumiendo, sí.
—Debiste contármelo.
—Te lo estoy contando ahora. Francamente, Candice, pensaba que habría cambiado de idea. Pero una vez más Archie me ha sorprendido.
—Vas soltando la información como si fueran vitaminas, en pequeñas dosis.
Albert la miró con una sonrisa ladeada.
—¿Vitaminas?
—Ya sabes lo que quiero decir. Tú y tus secretos. —Trató de levantarse, pero él se lo impidió agarrándola de la muñeca.
—No tengo secretos para ti. Acordamos no hablar más del pasado para mirar hacia el futuro, sin embargo, si quieres que te lo cuente todo, lo haré. —Albert alzó la barbilla con gesto desafiante—. Pero entonces te exigiré que tú también me lo cuentes todo. Por ejemplo, ¿por casualidad hablaste con Archie sobre dejar Harvard?
—¿Qué?
—Me pegó una buena bronca y me exigió que me asegurara de que no abandonaras tus sueños.
Candy abrió mucho los ojos.
—¿Cuándo te dijo eso?
—En Oxford, justo después de que fuerais a comer. Así que no me vengas con que tengo muchos secretos. No fui yo quien se fue a comer con un antiguo amor, ni el que le contó sus conflictos conyugales.
—Yo no hice eso —susurró.
—¿Ah, no? ¿Cómo lo llamarías tú?
Candy levantó las manos, pero en seguida las dejó caer a los lados.
—Sólo… salió en la conversación. Estaba preocupada y necesitaba hablar con alguien.
—Ya. ¿Y no se te ocurrió que ya tenías a alguien con quien hablar? ¿Alguien que estaba mucho más cerca?
—Necesitaba tiempo para pensar.
—Eso puedo entenderlo. Pero necesitar tiempo para pensar y contarle nuestros problemas a otra persona son cosas distintas. No estuvo bien, Candice y lo sabes —concluyó en tono reprobatorio.
Ella se lo quedó mirando, esperando que perdiera los nervios, pero para su sorpresa, no lo hizo.
(Lo que es una prueba evidente de que el Apocalipsis se acerca).
Albert siguió hablando:
—Yo no comparto nuestros problemas con nadie. Tienes razón cuando dices que raciono la información, sin embargo siempre lo hago para protegerte. Siempre, siempre, lo hago con amor.
La tomó de la mano antes de continuar:
—Traté de convencer a Archie de que no interrumpiera el contacto contigo. No porque no quisiera que lo hiciera, sino porque no quería verte sufrir.
Candy pestañeó para contener las lágrimas.
—Lo que me duele es que no confíes en mí.
—Confío en ti.
—No del todo. No sé nada de tu familia.
Él apretó los dientes.
—Sabes lo mismo que yo: que la familia de mi madre no quiso saber nada de ella y que, tras su muerte, a mí me dejaron con una familia de acogida. Que mi padre nos abandonó. ¿Quieres que investigue a esas personas? ¿Para qué? ¿Para descubrir más cosas desagradables?
—Esas personas te crearon, Albert. Tiene que haber algo en su historia que merezca la pena. Claro que no quiero que sufras. Pero tu familia forma parte de ti. Si tenemos hijos, algún día te preguntarán por sus abuelos.
Él le soltó la mano. Su cara parecía una máscara de piedra.
—Si pudiera borrarlos de mi memoria, lo haría. No contaminaré a mis hijos con su recuerdo.
Candy alzó la barbilla.
—Un hombre tan bueno y brillante como tú nació de esa contaminación. Y lo mismo será válido para nuestros hijos.
Albert suavizó la expresión. Llevándose la mano de Candy a los labios, le besó el dorso de los dedos.
—Gracias —murmuró.
—Tienes razón —susurró ella, con lágrimas en los ojos—. No debí irle a Archie con mis problemas, pero era mi amigo.
Albert le apoyó la cabeza en el pecho y la abrazó.
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A la hora de acostarse, Albert entró en el dormitorio. Iba descalzo, vestido sólo con una camisa blanca y unos vaqueros. Al ver a Candy, empezó a remangarse la camisa.
—¿Aún tienes la regla?
Ella acababa de cepillarse los dientes y se estaba lavando la cara.
—No, acabé ayer.
—Bien. Desnúdate y túmbate sobre la cama.
Ella se lo quedó mirando.
—Ahora.
Los ojos de Albert brillaban con tanta intensidad que parecía que pudiesen perforarla.
Sin discutir se desvistió, dejando la ropa en el suelo de cualquier manera antes de subir a la cama.
—Boca abajo. Cierra los ojos.
Su tono de voz la hizo estremecer, pero acató lo que le ordenaba.
Al cerrar los ojos, el resto de sus sentidos se pusieron alerta. Sintió la brisa que entraba por la ventana. Oyó los pasos seguros de él sobre las baldosas del suelo.
Poco después empezó a sonar The Look of Love, interpretada por Diana Krall. Candy abrió los ojos y vio que su marido había apagado las luces y había encendido velas. Una nube de luz rodeaba la cama.
—Cierra los ojos —le ordenó.
Ella obedeció y notó que el colchón se movía.
Albert la agarró por la cintura y la levantó para colocarle una almohada debajo de las caderas. Al parecer, quedó satisfecho con el resultado, ya que sus labios resiguieron una ardiente línea que iba de un hoyuelo al otro de sus nalgas.
Con un dedo, le acarició la columna desde la base hasta la nuca y después le recorrió los hombros de punta a punta. Le colocó otra almohada bajo los pechos desnudos y le estiró los brazos por encima de la cabeza.
—Una obra de arte —le susurró al oído, antes de besarla detrás de la oreja y de succionarle suavemente la piel.
Le recorrió la espalda con la palma de la mano dos veces antes de centrar su atención en las nalgas y las piernas.
La cama se movió cuando la música cambió y Sting empezó a cantar I Burn for You. Candy sintió que el deseo aleteaba por todo su cuerpo.
Notaba su presencia cerca de la cama, pero no oyó nada hasta que él dejó un par de objetos en la mesilla. Volvió la cabeza para ver de qué se trataba, pero Albert se lo impidió cubriéndole los ojos con la mano.
—¿Confías en mí?
—Sí.
—Bien. —Le acarició la cabeza, apartándole el pelo de la nuca—. Te he echado de menos estos días. Deseaba que pudiéramos volver a descubrirnos.
Candy notó que se levantaba de la cama y poco después oyó el sonido de la ropa y del cinturón cayendo al suelo, seguido por el sutil susurro de la ropa interior al deslizarse por sus piernas.
Abrió un ojo y se empapó de la visión de su marido desnudo mientras él se volvía para coger algo de la mesilla. Suspiró de placer ante la visión y volvió a cerrar los ojos.
Oyó algo líquido y el sonido de sus manos frotándose antes de que la cama volviera a hundirse. Un instante después, le estaba masajeando los hombros.
Candy gruñó de placer.
—Parece que te gusta…
Ella murmuró algo. Un aroma a mandarina satsuma y sándalo impregnó el aire. Era el aroma de su primera vez.
—Gracias.
—Acabo de empezar.
Se tomó su tiempo, adorando el cuerpo de su amada con las manos. De vez en cuando, su piel desnuda entraba en contacto con la de ella. Candy se movía para aumentar la superficie de contacto, pero él se reía y se apartaba.
Tras lo que le parecieron horas, Candy se relajó tan completamente que quedó en un estado semiinconsciente. En su mente no había espacio para nada que no fuera Albert.
Él le besó el cuello, succionándole suavemente la piel. Con sus grandes manos, le recorrió los brazos hasta llegar a las muñecas.
Sujetándolas, le extendió los brazos en cruz.
Luego se tumbó sobre ella, con su pecho presionándole la espalda.
Candy murmuró al notar el contacto.
—Si es demasiado, dímelo.
La sensación era muy intensa. Ella prefería el contacto frontal, pero tener a Albert pegado a su cuerpo como una segunda piel era algo especialmente íntimo y erótico.
Cuando la respiración de Candy se agitó, él se apoyó en las rodillas y le separó las piernas. Y cuando respiró hondo, aprovechó para deslizar una mano bajo su cuerpo y agarrarle un pecho.
Ella murmuró de placer.
Albert deslizó la otra mano bajo su cadera hasta llegar al punto de unión de sus piernas, acariciándola con sus largos dedos.
Siguió acariciándola con las dos manos, dándole placer en ambas partes del cuerpo. Luego, muy despacio, se introdujo en su interior.
Una vez dentro, se quedó muy quieto. La sensación de estar dentro de ella en esa postura era abrumadora. Siempre encajaban a la perfección, pero esa vez las sensaciones amenazaban con hacerle perder el control.
Candy empujó hacia atrás.
—Por favor —suplicó.
—No te muevas —susurró él con voz ronca.
Ella se quedó inmóvil un instante, pero en seguida empezó a respirar entrecortadamente. Albert notaba cada pequeño movimiento en su pecho.
—Eres una diosa, pero, por favor… no te muevas.
Candy sonrió con la cara escondida entre las sábanas. Luego, muy despacio, alzó las caderas y empujó contra él.
Con un gruñido y una maldición, Albert se movió en su interior rápidamente y con fuerza. Poco después, se estaban moviendo los dos frenéticamente, llenando el aire con sonidos de placer.
Alzando las caderas una vez más, Candy se convulsionó a su alrededor.
Sin poder contenerse más, Albert la siguió rápidamente.
Cuando recuperó el aliento, se tumbó de nuevo sobre ella, sonriendo sobre su hombro.
—La trascendencia es esto —musitó—. Nunca había vivido algo así.
A ella le dio un vuelco el corazón.
—¿Nunca?
—Nunca.
Albert le apoyó una mano en la nalga y sintió que su cuerpo se hundía relajado en el colchón, mientras una gran sonrisa aparecía en su cara.
CONTINUARA
Hola , este capitulo tiene 3 capitulos, me toca porque si no se hace eterno y tambien porque los capitulos son muy cortos... no pondre comentarios de ella, porque todavia no me gusta su actitud con su esposo, y si escribo de el , nunca terminaria... LO ADORO! Amo este personaje.
Un abrazo .
Aby.
