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CAPITULO 97
A la mañana siguiente, Candy se despertó con los ronquidos de su marido. No roncaba muy a menudo, pero cuando lo hacía era una fuerza de la naturaleza.
(Incluso los especialistas en Dante roncan de vez en cuando).
Candy había dormido profundamente toda la noche. Albert le había dado un regalo. El regalo de saber que ella era la culminación de su vida sexual, igual que él lo era para ella. Sintió una deliciosa mezcla de excitación e incertidumbre ante la perspectiva de repetir las actividades de la noche anterior.
Albert la amaba. Ese conocimiento le daba la confianza necesaria para cederle el control. Pero como C. S. Lewis había dicho refiriéndose a Aslan, Albert no era manso. Había en él una pizca de peligro, algo imprevisible.
Cautelosa, no lo despertó ni le informó de que estaba roncando. En vez de eso, decidió saltarse las convenciones y bañarse desnuda en el jacuzzi.
Éste estaba en la terraza de su dormitorio y su vecino más cercano vivía a varios kilómetros de distancia, así que Candy no se molestó en ponerse el albornoz. Se metió en el agua y dejó que el sol y la brisa le acariciaran el rostro, mientras el agua le calmaba los músculos doloridos y las partes más íntimas.
Adormilada, oyó la voz de Albert. Al abrir los ojos, lo vio frente a ella cubierto sólo con los bóxers, hablando por el iPhone.
Durante unos instantes se quedó admirando la belleza salvaje de su indómito profesor.
Con la vista, trazó las curvas de sus músculos y las líneas de los tendones que definían sus brazos. Observó el vello que le cubría el pecho y el que descendía desde su ombligo hasta la goma de los calzoncillos.
Candy miró a su alrededor, a las colinas y valles que rodeaban la casa. Nadie podía verlos.
Bruscamente, Albert finalizó la conversación y dejó el teléfono en una mesita cercana.
—¿Puedo acompañarte? ¿O prefieres que te haga un espectáculo privado? —preguntó, flexionando los brazos teatralmente.
Ella tragó saliva.
—¿Qué va incluido en el precio?
Él sonrió muy lentamente.
—Lo que usted desee. Estoy aquí para servirla, señora Ardley.—Bajó la voz—. Así que, usted dirá: ¿cómo puedo complacerla?
Cuando Candy le indicó que quería que se acercara, Albert se quitó los bóxers y entró en el agua. Candy se sentó sobre él y lo abrazó.
—Lo único que quiero es el placer de tu compañía.
Él también la abrazó y Candy le apoyó la cabeza en el hombro.
—Gracias por lo de anoche.
—Soy yo el que debería darte las gracias, señora Ardley.
—A veces soy un poco obtusa. Hasta ahora no se me ha ocurrido que anoche te tomaste tantas molestias porque estabas tratando de animarme —comentó Candy, jugueteando con el vello que le cubría los pectorales.
—No del todo. Al menos, no sólo por eso. Llevábamos unos días sin hacer el amor. Mientras has tenido el período he tenido tiempo para pensar en cómo recuperar la conexión.—Levantándole el pelo, le acarició la nuca.
—Sólo quería que supieras que valoro las molestias que te tomas. Agradezco mucho cómo lo planificas todo y también que reconozcas cuándo estoy baja de moral. —Le apoyó la mano sobre el tatuaje, cerca del corazón—. Y te agradezco que me dijeras que el sexo conmigo es el mejor que has conocido.
—Es la verdad. El sexo contigo es distinto. La atracción y la química son innegables, pero además contamos con el amor y el afecto. Con todos esos elementos combinados…
—Gracias. —Candy lo interrumpió rozándole los labios con un beso.
—¿Con quién hablabas?
—Con Anthony.
—Oh, ¿de verdad? ¿Qué dice?
—Patty y él quieren ir a Boston con Quinn un fin de semana este otoño y preguntaba si podían dormir en casa.
—Será divertido.
—Le he dicho que lo consultaría contigo, pero que estaremos encantados de que vengan.
—Me alegro de que tu hermano y tú hayáis arreglado las cosas.
Le besó la barbilla.
—A veces desearía que fuéramos de la misma edad. Podríamos haber ido al baile de graduación juntos.
Albert le hizo cosquillas con la nariz.
—Habría sido un honor llevarte a ti al baile, pero me alegro de que no nos conociéramos cuando era joven.
—¿Por qué?
—Porque no te habría tratado como te mereces.
Candy cambió de postura para mirarlo a los ojos.
—No me lo creo. Me trataste bien la noche que nos conocimos, en el huerto de manzanos. Te habrías comportado igual de adolescente.
—Es posible. Hay algo en ti que saca lo mejor de mí. —Albert sonrió—. Si quieres, puedo organizar un baile de graduación aquí, para los dos solos.
Ella se echó a reír.
—Tendría que comprarme un vestido demasiado corto y a mi padre le daría un infarto.
—No recuerdo haberlo invitado —bromeó él, gruñendo antes de besarla—. ¿Cómo de corto?
—Para mí, si queda por encima de la rodilla ya es corto. Soy tímida.
Él le mordisqueó el labio inferior.
—No me lo pareciste anoche.
Acto seguido, ella le acarició la mejilla, cubierta por la incipiente barba.
—Tu amor me vuelve valiente.
—Eso está bien, porque pienso seguir amándote, siempre.—Bajando las manos hasta su cintura, la abrazó, estrechándola contra su pecho—. Siento lo de Archie.
—Yo también. —La expresión de Candy se volvió melancólica—. A partir de ahora, si tenemos problemas los solucionaremos entre nosotros, te lo prometo.
—Sí, yo también te lo prometo. —Albert se aclaró la garganta—. Me temo que, cuando las parejas se casan, su amistad con otras personas cambia.
Ella se encogió de hombros.
—Supongo.
—He descuidado nuestra vida social. Te prometo esforzarme más. Podemos invitar a gente a cenar a casa. Y te acompañaré al pub cuando vayas con los demás estudiantes.
—Pensaba que no te gustaba relacionarte con estudiantes. Nunca antes has querido acompañarme.
Albert le acarició la mandíbula con el pulgar.
—Haría casi cualquier cosa por hacerte feliz. No quiero que lamentes ni un solo segundo que pasemos juntos. —Sus ojos se oscurecieron de deseo—. Así que ven aquí.
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Horas más tarde, Albert oyó que sonaba el teléfono de la casa, pero lo ignoró.
Sin embargo, finalmente la curiosidad le pudo y asomó la cabeza por la puerta del estudio. Desde lejos, oyó a Candy charlar alegremente en italiano. Intrigado, bajó a la cocina, preguntándose quién podría ser.
—No, fra Silvestro. Non é necesario.
Candy vio llegar a Albert y alzó un dedo, pidiéndole que esperara.
—Allora dovremmo organizzare una festa per i bambini. Non per me.
Albert alzó las cejas y se acercó a ella. Apoyándose en la encimera, escuchó:
—Sì, per i bambini. Possiamo festeggiare i loro compleanni.—Candy guardó silencio y Albert oyó la voz del franciscano al otro extremo de la línea.
»Ci dovranno essere regali, palloncini e una torta. E del gelato.—Se echó a reír—. Certo. E' proprio quello che vorrei. Ci vediamo, allora. Arrivederci.
Colgó el teléfono.
—¡Madre mía!
—¿De qué iba eso?
—Era fra Silvestro, del orfanato de Florencia.
—¿Para qué llamaba?
—Quería hablar contigo, pero cuando le he dicho que no te podías poner, se ha mostrado encantado de hablar conmigo.
Albert sonrió.
—Vaya. Querría convencerte de algo y ha pensado que serías un objetivo más fácil.
—Es posible. Quería dar una fiesta para celebrar nuestra visita de la semana que viene.
—¿Y le has dicho que no? —preguntó él, sorprendido.
—Le he pedido que la fiesta sea para los niños, no para nosotros. Nosotros no la necesitamos.
Candy volvió a lo que estaba haciendo antes de que sonara el teléfono, que era preparar una comida ligera.
Albert la abrazó por detrás.
—Te veo muy decidida.
—Es por los niños.
—Esta parte de ti siempre me ha sorprendido, Candy. No te importa renunciar a tus deseos, pero no te rindes nunca cuando se trata de defender los deseos de otro.
—No creas. No renuncio a mis deseos tan fácilmente. No renuncié a ti, ¿lo has olvidado? Y eso que al principio no me lo pusiste nada fácil. Te comportaste de un modo horrible. —Lo miró de reojo.
Él arrastró los pies de lado a lado.
—Pensaba en el Magdalen College. Tú querías dormir allí, pero cuando insistí en mudarnos al hotel, estuviste de acuerdo.
Ella se volvió para mirarlo.
—A veces me faltan energías para enfrentarme a ti. Estabas a disgusto en la habitación. Y no me gusta que estés a disgusto.
Albert le besó el cuello.
—Creo que necesitas ir a una fiesta.
—Tienes razón. —Ella levantó las manos y le hundió los dedos en el pelo—. Necesito una fiesta privada en la que pueda quitarle a mi guapo marido sus vaqueros favoritos. —Susurrándole al oído, añadió—: Las gafas puedes dejártelas puestas.
Él se echó a reír y tiró de ella hasta que sus caderas quedaron unidas.
—No sabía que te ponían los hombres con gafas.
—Pues ya lo sabes. ¿Sabes lo que tú sientes cuando me ves con tacones? Pues es lo mismo que siento yo cuando te veo con gafas. Pero primero tengo que llamar a la ayudante de fra Silvestro para pedirle que alquile un poni.
Albert enderezó la espalda.
—¿Un poni?
—¿Te parece mala idea?
—¿Se pueden alquilar ponis? ¿En Florencia?
—No lo sé. Pero no creo que ninguno de los niños haya visto nunca un poni. Ni que haya podido montar en uno. He pensado que les gustaría.
Albert se contagió del entusiasmo de su esposa.
—Tú encárgate de los regalos para los niños. Yo me ocuparé del poni.
—Gracias —dijo ella, con un guiño descarado—. Ah, y ya que te ofreces, alquila también unos cuantos animales de granja para que puedan acariciarlos.
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Candy no respondió al email de Archie. Él le había pedido que no mantuvieran el contacto y decidió respetar su petición. Sabía que sus caminos volverían a cruzarse un día u otro en alguna conferencia o coloquio. Esperaba que, con el tiempo, se hiciera a la idea de que estaba casada con Albert y pudieran retomar su amistad.
Esperaba no estar equivocada.
Pero su petición había sido una sorpresa dolorosa, especialmente por el modo de hacerla. Durante todo el día siguiente fue incapaz de revisar el correo electrónico. Cuando finalmente lo hizo, encontró un mensaje de su padre:
Candy.
Llámame al móvil en cuanto recibas este mensaje.
Papá.
Los mensajes de Rob solían ser concisos. Era un hombre de pocas palabras. Pero el tono de éste era tan ominoso que Candy ni siquiera lo comentó con Albert. Levantó el teléfono de la cocina y marcó el número de su padre.
Éste respondió al primer tono.
—Candy.
—Hola, papá. ¿Qué pasa?
Él no respondió inmediatamente. Parecía como si estuviera luchando para encontrar las palabras adecuadas.
—Estamos en el hospital.
—¿En el hospital? ¿Por qué? ¿Qué pasa?
En ese momento, Albert entró en la cocina. Candy señaló el teléfono y en silencio formó las palabras: «Mi padre».
—Ayer fuimos a hacer una ecografía. Se suponía que tenían que decirnos el sexo del bebé, pero encontraron otra cosa. Hay un problema.
—¿Con qué?
—Con el corazón.
—¿De Diane?
—No. Con el de él. El de mi hijo. —La voz de Rob se rompió al pronunciar la última palabra.
—Papá.
Con los ojos llenos de lágrimas, Candy sorbió por la nariz.
Albert se había acercado más para oírlos a los dos.
—¿Dónde estáis ahora?
—En el Hospital Infantil de Filadelfia. Nos han atendido inmediatamente.
Candy oyó un ruido apagado y luego a su padre susurrando:
«Todo va a ir bien, cariño. Todo saldrá bien, no llores».
—¿Estás con Diane?
—Sí —respondió Rob, que sonaba cansado.
—Lo siento, papá. ¿Qué dicen los médicos?
—Acabamos de hablar con el cardiólogo. Dice que el bebé tiene síndrome de hipoplasia del ventrículo izquierdo.
—Nunca había oído hablar de ello. ¿Qué significa?
—Significa que sólo tiene medio corazón. —Inspiró hondo—. Es mortal, Candy.
—¡Oh, Dios mío! —Una lágrima de deslizó por la mejilla de Candy.
—No sobrevivirá sin cirugía. Tendrán que operarlo poco después del parto. Siempre y cuando éste llegue a término. No siempre es así —explicó Rob con un hilo de voz.
—¿Se puede curar?
—El corazón nunca será normal, pero con la cirugía puede funcionar como si lo fuera. Harán falta tres operaciones y medicación de por vida. Y no hay garantías de éxito al ciento por ciento. —Empezó a toser.
—¿Qué puedo hacer?
—Nadie puede hacer nada. Sólo rezar.
Cuando Candy se echó a llorar, Albert le quitó el teléfono de la mano con suavidad.
—Rob. Soy Albert. Siento mucho lo del bebé. Deja que te reserve una habitación de hotel cerca del hospital.
—No necesitamos… —empezó a decir Rob secamente, pero la voz de Diane lo interrumpió—. Nos iría muy bien, gracias —aceptó finalmente, suspirando.
—Ahora mismo me ocupo y te envío los detalles por correo electrónico. ¿Queréis ir a Nueva York a que os den una segunda opinión? Puedo reservar billetes de avión para los dos. Podéis pedir que os deriven a otro hospital.
—Los doctores de aquí parece que saben lo que hacen. Mañana tenemos una reunión con el equipo de cardiología pediátrica.
Albert buscó a su esposa con la vista.
—¿Necesitáis a Candy?
—No va a poder hacer gran cosa.
—No importa. Es tu hija y el bebé es su hermano. Si quieres que vaya, saldrá inmediatamente.
—Gracias —dijo Rob con voz ronca—. Todo está en el aire ahora mismo.
Secándose las lágrimas, Candy señaló el teléfono.
—Quiere hablar contigo, Tob. Te la paso. Cuídate.
Albert le devolvió el auricular.
—Papá, por favor, mantente en contacto y cuéntanos lo que vaya pasando.
—Lo haré.
—Sé que no es buen momento, pero ¿qué pasa con la boda?
—No lo sabemos, Candy.
—Pensábamos ir a Selinsgrove a principios de septiembre para pasar allí el Día del Trabajo, pero puedo ir antes si me necesitáis.
—Bueno.
—¿Quieres que se lo cuente a William?
Rob dudó un poco antes de responder.
—Puede que sí. Así no tendré que contárselo yo. Cuantas menos veces tenga que mantener esta conversación, mejor. Diane ha tenido que contárselo a su madre y a su hermana, Melissa.
A Candy le resbaló una lágrima por la nariz.
—Te quiero, papá. Dale un beso a Diane.
—De tu parte. Adiós, Candy.
Colgó el teléfono en silencio y se lanzó a los brazos de Albert.
—Estaban tan contentos con la llegada del bebé…
Él la abrazó mientras ella se aferraba con fuerza a su camisa.
—Están en un buen hospital.
—Están destrozados. Por lo que he entendido, aunque la operación salga bien, el bebé tendrá problemas toda su vida.
—Los médicos hacen previsiones basadas en estadísticas, pero cada paciente es distinto.
Albert se tensó de repente, como si se le hubiera ocurrido algo.
—¿Tu padre tiene problemas de corazón?
—No que yo sepa, pero sus padres sí tuvieron problemas cardíacos. Los dos.
Se apartó un poco para mirarlo a los ojos.
—¿Crees que pueda tratarse de un problema genético?
—No lo sé. —Albert la abrazó con fuerza—. Hay días en que cambiaría mi doctorado en Letras por un doctorado en Medicina. Hoy es uno de esos días.
Los ojos de Candy volvieron a llenarse de lágrimas. No se le había pasado por la cabeza que el bebé pudiera tener problemas de salud. Sólo había tenido tiempo de hacerse a la idea de que iba a tener un hermano y a entusiasmarse después.
Mientras lloraba en brazos de su esposo, pensó que si ella se sentía así, el dolor de Rob y Diane tenía que ser mucho peor.
—Es imposible estar preparado para algo así —comentó con voz ronca, secándose las lágrimas—. Deben de estar destrozados.
Apoyó la mejilla en el pecho de Albert, sin ver la expresión de la cara de éste ni sus ojos horrorizados.
CONTINUARA
