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CAPITULO 99
AGOSTO DE 2011
UMBRÍA, ITALIA
Albert no podía dormir, atormentado por confusos recuerdos del pasado. Su mente vagaba en varias direcciones, tirando de él de un lado a otro. Finalmente, cansado de dar vueltas sin poder dormir, se levantó y fue a la cocina para servirse una copa.
Al llegar allí, soltó un taco. Se había deshecho de todo el alcohol de la casa, con excepción de un par de botellas de vino blanco para Candy. Para él el vino no era suficiente. No en el estado en que se encontraba esa noche.
El cuerpo le pedía un whisky escocés. Quería sentir su suavidad en la lengua, el ardor en la boca y la garganta, el calor que se extendería por su interior.
—Sólo una. Sólo necesito una copa.
Pero suplicar no le sirvió de nada. No había whisky en la casa.
Pensó entonces en Candy, que dormía plácidamente en la cama, ajena a los demonios que lo atormentaban. Las manos le temblaban.
Rápidamente repasó los doce pasos de Narcóticos Anónimos, antes de centrarse en el paso número dos.
«Un poder superior a mí puede sanarme.
»Ayúdame, Dios mío.
»Por favor».
Cerró los ojos e hizo la señal de la cruz, con el alma atormentada.
Sabía que las llaves del Mercedes estaban muy cerca. Podía ir a la taberna más cercana y beber. Candy estaba durmiendo profundamente. Podría volver a la cama sin que se diera cuenta.
Abrió los ojos.
Fue a buscar las llaves.
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—¿Albert? —La voz de Candy llegó hasta la terraza.
Estaba sentado, taciturno, en un rincón oscuro. Oyó sus pasos sobre las baldosas y luego fuera, en la terraza, mientras ella se acercaba.
—¿Qué haces? —preguntó Candy al llegar, viendo que tenía un cigarrillo en una mano y una copa en la otra.
—Nada —respondió él, llevándose el cigarrillo a los labios e inhalando lentamente antes de levantar la cara y soltar el humo en dirección al cielo.
—Tú no fumas.
—Claro que fumo, pero normalmente fumo puros.
Candy volvió a mirar el vaso, preocupada.
Albert lo levantó, como brindando con ella.
—No te preocupes. Es CocaCola. Aunque preferiría que fuera Laphroaig.
—No tenemos.
—Ya lo sé —refunfuñó él—. No hay ni gota de alcohol en toda la casa. Sólo vino.
—Y sólo blanco. Tú prefieres el tinto. —Candy frunció el cejo—. ¿Has estado buscando?
—Y si lo he hecho, ¿qué pasa?
Ella se mordió el labio inferior.
Albert dejó el cigarrillo en el cenicero y levantó la mano, acariciándole el labio con el pulgar.
—No hagas eso —susurró, liberándole el labio. Volvió a coger el cigarrillo y se volvió de espaldas a ella.
El silencio se extendió entre los dos, separándolos cada vez más, hasta que ella dijo:
—Buenas noches, Albert.
—Espera. —Albert alargó la mano y le agarró el camisón de gasa blanca—. Tengo que preguntarte una cosa. ¿Estás sana?
—¿Es noche cerrada y me preguntas si estoy sana?
—Respóndeme, por favor —le pidió él, muy serio.
Ella se apartó el pelo de la cara.
—Estoy sana. Tengo la tensión baja y suelo tener bajos niveles de hierro, por eso tomo un suplemento.
—No lo sabía.
—Lo de la tensión baja debe de ser genético. Mi madre también la tenía.
—Genético —murmuró Albert. Dio una nueva calada y expulsó el humo por la nariz como si fuera un dragón.
—¿No te parece un poco raro preguntarme por mi salud mientras estás aquí fumando?
—Mejor tabaco que cocaína, Candice —respondió secamente—. ¿De qué murió tu madre?
—¿Por qué me haces estas preguntas? —Se apartó de él.
—Me contaste que tu madre había muerto mientras estabas con tu padre, pero no sé si tuvo problemas de salud o si fue un accidente. —Albert la miraba con cautela.
—Estaba borracha y se cayó por la escalera. Se rompió el cuello—replicó ella, con una mirada cargada de veneno—. ¿Ya estás contento?
Se volvió para entrar en el dormitorio, pero él lo impidió agarrándola del brazo.
—Candice.
—¡No me toques! —exclamó, soltándose—. Te quiero, pero a veces eres un cabrón, frío como el hielo.
Él se levantó de un salto, dejando el vaso y el cigarro en la mesa.
—No lo niego.
—Hay algo que te preocupa, pero en vez de hablarlo con tu mujer, prefieres discutirlo con una bebida, un cigarrillo y el paisaje de Umbría. Bien. Por mí puedes quedarte aquí toda la noche. Pero déjame en paz y no me metas en tus pajas mentales.
Cuando ya estaba en la puerta del dormitorio, Albert replicó:
—No son pajas mentales.
—Al menos avísame si piensas ponerte a hacer espeleología en mis recuerdos más tristes.
Él trató de no echarse a reír, pero no lo logró.
Candy le dirigió una mirada asesina.
—¡No hace gracia!
—¿Espeleología, Candy? ¿De verdad? —Su expresión se relajó, pero ella siguió frunciendo el cejo.
Albert se le acercó.
—No me culpes por reír. Tienes un vocabulario envidiable.
Candy se resistió cuando él la abrazó, pero Albert no hizo caso y la besó. El sombrío sabor del humo del tabaco le inundó la boca. Su beso era suave pero insistente.
Poco después, ella se relajó.
—Lo siento —susurró él—. Estoy de mal humor. No he debido pagarlo contigo.
—No, no has debido hacerlo. Cuando yo estoy disgustada, te lo cuento. ¡Haz tú lo mismo!
Albert se apartó y se pasó las manos por el pelo, alborotándoselo aún más.
Ella le tiró del codo.
—Todo el mundo está de mal humor de vez en cuando, pero no puedes sacar esos temas tan delicados así, de sopetón.
—Perdona.
—Estás perdonado. —Candy se estremeció—. Pero me estás asustando. Buscas whisky por la casa y hablas de cocaína. Luego me preguntas cómo murió mi madre. ¿Qué pasa?
—No, esta noche no, Candy. —Se frotó la cara con las manos—. Ya hemos tenido bastantes preocupaciones. Vete a la cama. No soy buena compañía.
Albert volvió a sentarse, con los hombros caídos.
Candy miró la puerta del dormitorio y luego lo volvió a mirar a él. Parte de ella quería dejarlo solo hasta que se le pasara el mal humor, pero otra parte sabía que estaba disgustado y temía que, si no intervenía, entrase en una espiral de depresión.
O algo peor.
Se acercó a él y le enlazó el dedo meñique con el suyo.
—Estás disgustado.
—Sí —admitió, con desgana.
—Antes de que estuviéramos juntos, ¿qué hacías cuando estabas de mal humor?
—Bebía, tomaba coca y… —Dejó la frase a medias y empezó a dar golpecitos en el suelo con el pie.
—¿Y?
La miró fijamente.
—Follaba.
—¿Funcionaba?
Él resopló.
—Temporalmente, pero los problemas volvían a la mañana siguiente.
Candy miró hacia la gran cama con dosel y alzó la barbilla.
—Vamos.
—¿Adónde?
—A la cama —respondió, tirándole del meñique—. A librarnos de tu mal humor. Y, de paso, del mío.
Él le dirigió una mirada ardiente, pero en seguida pareció repensarlo.
—No es buena idea. No estoy bien. No sé cómo reaccionaría.
—¿Me quieres?
Albert frunció el cejo.
—Por supuesto.
—¿Podrías hacerme daño?
—Claro que no. ¿Por quién me tomas?
—Te tomo por mi marido. Creo que estás alterado y que tienes que follar para librarte del mal humor. Así que vamos.
Él la miró boquiabierto.
Cuando se recuperó de la sorpresa, se volvió muy serio.
—Yo no te follo, Candice.
—No. ¿Preferirías que fuera otra persona para poder hacerlo?
Los ojos de Albert llamearon.
—Claro que no. No sabes lo que estás diciendo.
—Oh, sí que lo sé. Cuando nos hemos acostado, no me has tocado. Te necesitaba, pero me has dicho que no. —Candy abrió los brazos—. ¿No lo entiendes? Yo también lo necesito. Estoy a punto de perder al único hermano que he tenido. Ayúdame a olvidar.
Por favor.
Albert estaba luchando contra sí mismo. Se notaba en la necesidad que desprendía su mirada y que irradiaba todo su cuerpo.
Sin pensarlo, Candy lo rodeó con un brazo y le enredó la otra mano en el pelo. Tiró de él y lo besó apasionadamente.
Albert tardó medio segundo en reaccionar. De repente, Candy descubrió que estaba rodeando la cintura de él con las piernas y que su marido había tomado el control del beso. Su lengua, insistente, impaciente, se había apoderado de su boca.
—Llévame a la cama —suplicó ella, cuando él finalmente se retiró para respirar.
—No. No vamos a usar la cama.
Con una mirada peligrosa, Albert la llevó a la habitación.
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Esta vez, no se molestó en preparar luces ni música antes de arrinconarla contra la pared más cercana. La luz que se colaba por la rendija de la puerta del baño era la única que penetraba en la oscuridad de la habitación.
Candy se sujetó con más fuerza con los muslos, mientras él tiraba de la bata para quitársela. La prenda de seda cayó al suelo.
Albert se llevó dos dedos a la boca para humedecerlos antes de acariciarla entre las piernas.
Candy gimió y presionó contra su mano.
Las caricias de Albert se volvieron más urgentes.
—¿Tienes miedo? —le preguntó, mordisqueándole la oreja.
—No. —Candy le enredó los dedos en el pelo, tirando de él para acercarse a sus labios.
Albert exploró su boca, recorriéndole los labios con la lengua para introducirla luego en su interior. Bajó las manos hasta sujetarle las nalgas y la acercó a él.
—Mira —jadeó, mientras le recorría el cuello con la lengua.
—¿Qué he de mirar?
—A nosotros. En el espejo.
Candy abrió los ojos y se encontró con el espejo colgado en la pared opuesta del dormitorio. Estaba en una posición perfecta para reflejar la poderosa espalda desnuda de su marido y la cara de la mujer rubia que quedaba medio oculta por su cuerpo.
—Quiero que veas lo que yo veo cuando te corres.
Albert le recorrió el cuello arriba y abajo con sus besos, antes de rascarle el pecho con la barba incipiente. Le sujetó los pechos con las manos y se los adoró con la boca, lamiéndolos, mordisqueándolos, succionándolos.
Volvió a deslizar una mano entre sus piernas. Acariciándola con decisión, se metió un pezón rosado en la boca.
Candy se esforzó por mantener los ojos abiertos, pero era muy difícil. Su lengua la martirizaba, igual que sus besos hambrientos.
Nunca antes había visto qué aspecto tenían cuando estaban juntos. El cuerpo de Albert era alto y esbelto; el suyo, más pequeño y suave. Su piel también tenía tonalidades distintas: la de él era más oscura; la de ella, más pálida.
Albert le prodigaba atenciones con total dedicación. Como si fuera un moribundo dispuesto a llevar a cabo su última misión antes de morir. Candy sentía que se derretía por el calor de sus caricias.
Su entrega hacía que el resto del mundo desapareciera, como le pasaba siempre en esos momentos. Tanto sus dedos como su erección se frotaban impacientes entre sus piernas.
—Te necesito —murmuró ella, apartando un poco la cara para mirarlo, antes de volver a aferrarse a su espalda.
—Necesito que te corras antes. Y mírate en el espejo.
Albert siguió acariciándola, negándose a acelerar las cosas a pesar de los movimientos desesperados de Candy
Sin previo aviso, ella abrió la boca y ahogó un grito, con la vista clavada en el espejo.
Sólo entonces, de una sola embestida, él se clavó en su interior.
Candy vio que sus ojos se abrían y se agarró con más fuerza de sus hombros. Vio sus fuertes caderas y su hermoso trasero moviéndose rítmicamente, empujando en su interior una y otra vez.
Gimió y cerró los ojos.
—Te he dicho que mires —gruñó Albert, mordisqueándole la oreja.
Al abrir los ojos, lo vio a él mirándola fijamente.
Se volvió hacia el espejo. Albert reanudó el ritmo de las embestidas.
Candy no pudo contener los gemidos que se escapaban de sus labios. Pero a pesar del esfuerzo que le suponía, no cerró los ojos.
—Esto no es follar —susurró él—. Mírame.
Candy desvió la vista hacia sus ojos. El color azul cielo de sus iris quedaba casi oculto por el negro de sus pupilas dilatadas.
—Esto no es follar. Es muchísimo más.
La respiración de Albert se alteró mientras seguía embistiéndola, pero con un ritmo irregular.
—Siempre. —Candy empezó a jadear, siguiendo el ritmo de su respiración.
Albert abrió la boca para decir algo, pero en ese momento ella llegó al orgasmo y sus palabras quedaron tapadas por un mar de sensaciones. Cerró los ojos mientras la satisfacción la recorría.
Albert empujó con fuerza una vez más y alcanzó el éxtasis, mordiendo la clavícula de Candy.
Ella tardó unos segundos en recuperar el aliento, con la cara pegada a su cuello.
—Increíble —murmuró él, cuando pudo volver a hablar—. ¿Estás bien? —le preguntó, levantando la cabeza.
Candy cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared.
—Probablemente tenga las piernas arqueadas. Espera un minuto antes de dejarme en el suelo.
—¿Qué te hace pensar que he acabado contigo? —preguntó Albert, colocándole el pelo detrás del hombro—. Uno —susurró.
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Cuando Candy se despertó a la mañana siguiente, la cama estaba vacía. Albert se levantaba muchas veces antes que ella, así que no se extrañó demasiado. Pero al ver que tampoco estaba en el baño ni en la terraza, se puso la bata y fue a buscarlo.
Pero no lo encontró por ninguna parte.
Las llaves del Mercedes estaban sobre la encimera de la cocina, donde las había dejado la noche anterior, al lado de una botella vacía de CocaCola. No vio ninguna nota.
Se sintió decepcionada. La noche anterior había sido muy apasionada. Probablemente la más apasionada desde que habían llegado. Habían hecho el amor contra la pared, sobre la encimera del baño, en el suelo y, finalmente, en la cama. El sol estaba a punto de asomar por el horizonte cuando Albert por fin se había dado por satisfecho y la había dejado dormir.
Candy había pensado que se despertarían juntos y que, tal vez, ella se tomaría su tiempo para explorar el cuerpo de su esposo antes de hacerle el amor lenta y plácidamente. Pero no había tenido tanta suerte. La ausencia de Albert y de una nota la preocupaban. Ni siquiera le había dejado un vaso de agua ni de zumo junto a la mesilla de noche, como acostumbraba a hacer.
«¿Sería así como se sentían sus otras mujeres después de pasar la noche con él? Si es que se quedaba a pasar la noche con ellas…»
La preocupación se transformó en tristeza mientras subía la escalera a regañadientes para volver a la habitación. Se puso el biquini y cogió las gafas y la pamela para ir a la piscina. Unos largos la mantendrían ocupada.
Nadó hasta casi olvidar la conversación con su padre y la evidente preocupación de Albert de la noche anterior. Cuando se puso de pie en el lado menos profundo, vio unas zapatillas deportivas a la altura de sus ojos.
—¿No te dije que no quería que nadaras sola?
Levantó la cabeza y vio que Albert le ofrecía una toalla. Iba vestido con ropa de correr y estaba sudado. De hecho, tenía la camiseta empapada.
—Buenos días a ti también. —Candy nadó hasta el borde de la piscina y le arrebató la toalla de las manos.
—Buenos días.
—No tendría que nadar sola si no te marcharas —murmuró, saliendo del agua.
—Ya sabes que me gusta ir a correr por las mañanas.
—Ya es casi mediodía. —Candy se envolvió con la toalla y puso los brazos en jarras.
Albert parecía inquieto. No la miraba a los ojos y su postura indicaba que no se sentía nada cómodo.
Ella se preguntó cómo era posible que, tras una noche de sexo que la había dejado relajada y ligera como una pluma, él siguiera tenso como un arco.
—Podrías haberme dejado una nota.
—Podría —admitió Albert lentamente—. No se me ha ocurrido.
—Me parece perfecto que vayas a correr, pero dime cuándo piensas volver.
Él abrió la boca para protestar, pero pareció pensarlo.
—Voy a ducharme. Ayer hice la reserva de hotel para tu padre y le pedí al conserje que les llevara una cesta de fruta. Pasaré el día en el estudio, trabajando. Pero esta noche te llevaré a cenar a Todi.
—No.
—¿No? —repitió él, parpadeando.
—No, Albert. No puedes ir a esconderte al estudio después de tratarme con tanta frialdad. No.
La expresión de él cambió.
—No pretendía ser frío, Candy —dijo en voz baja.
Ella se lo quedó mirando en silencio.
Él se rascó la barba incipiente.
—Tengo muchas cosas en la cabeza.
—Eso dijiste anoche. Esperaba que nuestras actividades te hubiesen ayudado.
Una sombra oscureció el rostro de Albert. De pie ante ella, levantó una mano y le acarició la cadena, en especial el colgante en forma de corazón.
—Eres preciosa. Podría abrazarte y hacerte el amor todo el día, pero eso no resolvería mis problemas.
Candy le apoyo la mano sobre la suya.
—Dime que me quieres.
Albert la miró a los ojos.
—Te quiero.
Ella suspiró hondo.
—Ve a buscar una solución a tus problemas, pero no te olvides de que no estás solo en esta casa. No quiero vivir con un fantasma.
Los ojos de él perdieron el brillo. Tras darle un casto beso en los labios, se marchó.
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Tal como había anunciado, Albert pasó toda la tarde en el estudio, con la puerta cerrada.
Candy no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero esperaba que pudiera resolver el problema que lo tenía tan preocupado.
Se le ocurrían diferentes posibilidades. Tal vez Karen había vuelto a ponerse en contacto con él, sacándolo de quicio. Tal vez la noticia de la enfermedad del bebé de Rob y Diane le había hecho replantearse su deseo de tener un hijo. O tal vez se estaba dando cuenta de que la vida de casado no era lo que esperaba. Quizá la perspectiva de pasar el resto de sus días atado a una sola mujer—a ella— le resultaba asfixiante.
Candy estaba cada vez más inquieta. Se veía capaz de enfrentarse a cualquier cosa menos a la frialdad de Albert. Sabía lo que era ver el desprecio en sus ojos. La había echado de su lado antes.
Había sobrevivido una vez, pero la idea de tener que volver a pasar por ello era devastadora.
Para dejar de darle vueltas al tema, se sentó ante el ordenador y buscó información sobre el Hospital Infantil de Filadelfia y sobre el síndrome de hipoplasia del ventrículo izquierdo.
La página web del hospital le dio esperanzas. En ella se describía el caso de varios pacientes que se habían sometido a la operación que tendrían que hacerle a su hermanito. Pero en el testimonio de cada paciente había la advertencia de que ningún especialista podía asegurar cómo sería la evolución de esos niños durante la infancia, la adolescencia o la edad adulta.
Rezó pidiendo por su padre, por Diane y también por su hermano. Le pidió a Dios que lo ayudara y le diera salud.
Luego sus pensamientos se volvieron a su esposo. Rezó por él y rezó por su matrimonio. Había pensado que sus actividades sexuales de la noche anterior lo habrían ayudado a sentirse más libre y más dispuesto a hablar con ella. Pero ahora temía que hubieran tenido justo el efecto contrario.
Tal vez si Albert pensaba que ya se comunicaban con el cuerpo, no viera la necesidad de comunicarse con palabras.
Aún preocupada, volvió a buscar información sobre cardiología pediátrica. Leyó todos los artículos que encontró hasta que las letras se le volvieron borrosas y le costó mantener los ojos abiertos.
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Candy se despertó con la sensación de que alguien la estaba observando.
Estaba en la cama, con Albert sentado a su lado, rodeándose las rodillas con los brazos y mirándola a través de las gafas.
—Es tarde —le dijo—. Duerme.
Ella entornó los ojos para ver qué hora era en el reloj de la mesilla. La medianoche había quedado atrás.
—Me he saltado la cena.
—Estabas agotada. Anoche te tuve despierta hasta muy tarde.
Candy bostezó.
—Ven aquí.
Él ignoró su mano extendida.
—Eh —susurró ella—. ¿No vas a darme un beso?
Albert le rozó los labios con los suyos en una caricia que sólo podría definirse como superficial.
—No ha sido un gran beso —protestó, frunciendo los labios—. Estás ahí, sentado en el borde de la cama como si fueras una gárgola, mirándome amenazadoramente. ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?
—No te estoy mirando amenazadoramente.
Candy se sentó y le rodeó los hombros con los brazos.
—Entonces, bésame como si te apeteciera, esposo mío, que pareces una gárgola que no me mira amenazadoramente.
Albert frunció el cejo.
—¿Una gárgola? Eres lo peor para el ego de un hombre, señora Ardley.
—Eres mucho más guapo que yo, Profesor. Pero no me quejo.
—No digas tonterías —replicó él, malhumorado.
Candy se echó hacia atrás, gruñendo de frustración.
—Te quiero, Albert, y por eso tengo tanta paciencia contigo, pero no voy a consentir que me apartes de tu vida. O hablas conmigo o me voy a casa.
Candy sintió la fuerza de su mirada antes de mirarlo. Sus ojos estaban brillantes e indignados en la oscuridad casi completa.
—¿Qué?
—Me iré a casa de mi padre. Al menos él hablará conmigo. Podré cuidarlo y cuidar a Diane cuando vuelvan y así hacer algo bueno. Te comportas como si no soportaras mi presencia. —Tumbándose en la cama, se quedó mirando el dosel.
—Beatriz —dijo él en un tono de voz que demostraba que estaba sufriendo—. Si quieres ver a tu padre, iremos juntos. No permitiré que hagas el viaje sola. ¡Que el diablo me lleve si dejo que te vayas sin mí!
Ella sonrió débilmente.
—Éste es el Albert con el que me casé. Pensaba que te había perdido. —Alargó la mano para quitarle las gafas. Las dejó en la mesilla y luego tiró de él para que se tumbara.
Él se acostó de lado, mirándola. Luego, muy lentamente, le buscó los labios en la penumbra.
—Por fin. —Candy le apoyó la cabeza en el pecho—. Cuéntame por qué estás tan serio.
—No creo que quieras oírlo ahora mismo.
—Te equivocas. Quiero oírlo.
—Bien. Dijiste que yo quería que fueras otra persona para poderte follar —dijo bruscamente—. No vuelvas a decir algo así.
—Lo siento —susurró Candy.
—No es verdad. Lo juro ante Dios. Dejé esa vida atrás y no quiero volver a vivir así por nada del mundo.
—Y yo no quiero que vuelvas a hacerlo. Sólo pretendía que descargaras tu mal humor conmigo en vez de estar sentado solo en la terraza, dándole vueltas a las cosas.
—Te aseguro que no estaba pensando en otras mujeres. —Parecía muy molesto—. Lo que hay entre nosotros es demasiado importante. No quiero que lo devalúes como si fuera una relación barata.
Ella se sentó de golpe.
—Lo que hicimos anoche no tiene nada de barato. Nos queremos. Los dos habíamos recibido malas noticias. Necesitábamos consolarnos el uno al otro.
—Fui muy egoísta.
—Fue algo mutuo, ¿no te quedó claro? Yo te deseaba. Te necesitaba. Si tú fuiste egoísta, entonces también lo fui yo.
»Pero a mí no me lo pareció. Sí, fue más agresivo y vigoroso de lo que acostumbramos, pero me prometiste que estaba segura contigo. Y me sentí segura.
»Me dijiste que seríamos más atrevidos. Lo de anoche fue una de nuestras aventuras. Y, al dar, los dos recibimos.
Candy trató de mantenerse seria, pero no pudo. Se le escapó una risita y se tumbó de espaldas. Un segundo después, él se había tumbado sobre ella y tenían las narices casi pegadas.
—No creo que a san Francisco le hiciera gracia oírte usar su oración aplicada a nuestras prácticas sexuales —protestó él.
—San Francisco creía en el amor y en el matrimonio. Lo entendería. Y, si no, al menos sabemos que permanecería callado.
Albert cerró los ojos y negó con la cabeza, pero no pudo disimular una sonrisa. Cuando volvió a abrirlos, la miró con ternura.
—Podría vivir contigo toda la vida y nunca dejarías de sorprenderme. —La besó.
—Me alegro de oírlo, Albert, porque estamos juntos en esto. Aunque estés de mal humor, no me avergüenzo de lo que hacemos con nuestros cuerpos porque nuestras almas también están involucradas. No quiero que tú te avergüences tampoco.
Cuando él asintió, besándola con reverencia, Candy le devolvió el beso.
—Tú siempre dices que en esta cama estoy a salvo. Pues bien, quiero que sepas que, en mi cama, tú eres libre. Todas las cargas del pasado aquí no cuentan.
—De acuerdo. —Albert le acarició la mejilla.
—¿Vas a contarme ahora por qué estabas tan preocupado anoche?
—Aún no. —Una sombra se cernió sobre su rostro—. Necesito un poco más de tiempo.
Jugueteó con sus pendientes de diamantes.
—Mi corazón es tuyo. Nunca lo dudes.
Candy se acomodó entre sus brazos, pero tardó en conciliar el sueño.
CONTINUARA
