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CAPITULO 100
Candy no era psicóloga. Aunque había hecho terapia y estaba familiarizada con el programa de recuperación en doce pasos, trataba de no diagnosticar a los demás, pero en el caso de su marido no podía evitarlo. Algo le preocupaba. Algo lo bastante grave como para llevarlo a retomar sus viejas costumbres a la hora de enfrentarse a los problemas.
Sospechaba que lo que le preocupaba estaba relacionado con la enfermedad del bebé de Rob y Diane, pero no estaba segura. La correlación de las dos cosas no demostraba que una hubiera causado la otra. Tal vez hubiera sido casualidad.
El caso era que, al no saber qué le pasaba, no podía ayudarlo. Ni consolarlo. Era como si un nubarrón negro se hubiera instalado sobre ellos, a pesar de los esfuerzos de Albert de actuar como si no pasara nada.
Candy sabía que algo pasaba. Y su negativa a compartirlo con ella le hacía daño.
Su estancia en Umbría llegaba a su fin. Pronto viajarían a Florencia. Candy estaba dispuesta a darle todo su amor y su apoyo, pero si cuando llegaran a Cambridge seguía sin confiar en ella, tomaría cartas en el asunto.
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El verano anterior, Albert había colaborado como voluntario en un orfanato franciscano durante el período en que se mantuvo apartado de Candy. El personal del orfanato pronto descubrió que no era el voluntario ideal. En vez de obedecer las órdenes que recibía, daba órdenes a todo el mundo. No dudaba en alterar el funcionamiento del centro, o exigir cambios en la comida o en las instalaciones. Y cuando el personal protestaba diciendo que no había dinero para hacerlo, lo ponía de su bolsillo.
En resumen, el director del orfanato, fra Silvestro, agradecía mucho sus donativos, pero se sintió aliviado cuando los franciscanos de la Santa Croce convencieron a Albert de que sería más útil haciendo visitas guiadas y dando conferencias sobre la vida de Dante.
El monje se mostró encantado de que Candy fuera a ir al orfanato con Albert en agosto, esperando que moderara el agresivo estilo de caridad que practicaba su esposo.
Cuando los Ardley llegaron, fueron recibidos por el director, su ayudante Elena y unos cuantos niños. Éstos, que tenían entre cuatro y ocho años, la llamaron Zia Candy y le regalaron un ramo de flores y los dibujos que habían hecho para ella. Todos estaban pintados con colores vivos y en ellos se veía a niños sonrientes y a una mujer de pelo largo y rubio en el centro.
Al principio, Albert se sintió abrumado. Se vio reflejado en los ojos de los niños, especialmente de los más mayores. Se acordó de la sala de espera del hospital de Sunbury tras la muerte de su madre, cuando trataba de sacar algo de comer de la máquina expendedora. No tenía dinero y se había agachado para buscar alguna moneda perdida debajo de la máquina.
Enterró el recuerdo. Si no se hubiera encontrado con Pauna ese día, su vida habría sido muy distinta.
Candy se agachó para saludar a los niños poniéndose a su altura. Se la veía muy cómoda, riendo y hablando con ellos en italiano.
Tras las presentaciones de rigor, los llevaron a un patio lateral donde los esperaban el resto de los niños, que tenían entre uno y doce años. El personal llevaba en brazos a los más pequeños, para que no se perdieran la fiesta.
Albert no había podido alquilar animales de granja, pero a cambio contrató los servicios de cuatro ponis y de sus criadores. Los animales estaban atados en un extremo del patio, rodeados de un montón de excitados niños.
Había globos, juegos y un gran castillo hinchable. Las mesas estaban llenas de comida y dulces. A un lado había una gran pirámide de paquetes de regalos.
—¿Cómo sabrán qué regalo es para cada niño? —se preguntó Albert en voz alta, echando un vistazo a los paquetes.
Candy miró hacia la pila de regalos.
—Seguro que tienen etiquetas con los nombres.
—¿Y si no les gusta el regalo que reciben?
—Elena preguntó a cada niño lo que quería y eso es lo que hemos comprado —Candy le apretó la mano—. Deja de preocuparte. Si los niños te ven con el cejo fruncido, se van a asustar.
Él hizo una mueca desdeñosa ante las injustas críticas, pero cambió de expresión.
Observó a Candy mientras ésta jugaba con los niños, haciendo pompas de jabón o lanzando globos al aire. Un niño pequeño, de ojos claros y pelo rubios, se encariñó de ella y pronto Candy se lo cargó a la cadera, haciendo equilibrios para evitar un hilillo de baba, mientras se liberaba el pelo de los puños regordetes del pequeño.
Albert tuvo una revelación tan intensa que le resultó dolorosa.
«Candy ha nacido para ser madre. Es amable, generosa y paciente. Tiene todo lo que le faltaba a mi madre biológica, todo lo que Pauna tenía en abundancia. Tal vez incluso sería suficiente para compensar mis carencias».
Para mantener la melancolía a raya, ayudó a subir y bajar a los niños de los ponis. Candy había acertado: los animales fueron lo más celebrado de la fiesta. Los niños hacían cola para acariciarlos y darles de comer entre paseo y paseo.
Cuando llegó la hora de repartir los regalos, Albert se colocó tras la pirámide de paquetes, al lado de Candy.
Fra Silvestro hizo un pequeño discurso, agradeciendo la generosidad de Zio y Zia Ardley. Albert y Candy —que seguía llevando al pequeño en brazos— inclinaron la cabeza para agradecer los aplausos, antes de empezar a repartir los paquetes.
Albert no pudo repartir muchos, porque notó que alguien lo estaba observando. Al mirar hacia abajo, se encontró con una niña pequeña, rubia. Lo estaba mirando con los dedos metidos en la boca.
Albert le sonrió.
—Ciao, tesoro.
Ella se quitó los dedos de la boca y alargó los brazos.
Al principio, no entendió lo que quería. La niña levantó un poco más los brazos y los movió de un lado a otro.
—Te está pidiendo que la cojas en brazos, hombre de acero —le aclaró Candy.
Cuando Albert levantó a la niña, ésta sonrió antes de volver a meterse los dedos en la boca.
En ese momento, cruzó una mirada con Candy. Ella la saludó y le dio unas palmaditas en la espalda antes de seguir repartiendo los regalos.
—Maria no habla.
Albert se volvió hacia Elena, la eficiente ayudante de fra Silvestro.
Ésta le retiró un mechón de pelo a la niña de la cara, colocándoselo detrás de la oreja.
—Es raro que haya ido a buscarlo. Normalmente se esconde de los extraños.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Albert.
—Tres —respondió Elena, pasándose al inglés—. Pero no ha dicho nada desde que llegó, hace casi un año.
—¿Por qué no?
—Demasiados traumas.
Albert miró la cara angelical de la niña y maldijo para sus adentros.
—¿Volverá a hablar algún día?
—Esperamos que sí. Vivir con una familia le iría muy bien.
Sin darse cuenta, Albert agarró a la niña con más fuerza.
—¿Es difícil encontrar familias?
—A veces. —Elena sonrió a la pequeña y le preguntó en italiano si lo estaba pasando bien.
Maria asintió y señaló hacia los ponis.
—Ah, creo que te gustaría dar un paseo en poni. ¿Quieres que te lleve?
Albrrt negó con la cabeza.
—Yo lo haré.
Llevó a la niña hacia los ponis y le preguntó cuál era su favorito. Ella señaló el más pequeño, uno negro con manchas blancas. Tenía la cola trenzada y atada con una cinta roja. Se llamaba Cioccolato.
Con cuidado, Albert la sentó sobre la silla y le apoyó la mano en la espalda mientras el dueño sujetaba las riendas y los llevaba a dar una vuelta por el patio.
Maria sonrió y se agarró a la crin del animal con sus diminutos dedos.
Mientras Alberg daba vueltas al patio acompañándola, se dio cuenta de que su vida podía haber sido muy distinta. No era un huérfano. Era un hombre con una familia gracias a Pauna y a William, que le habían abierto sus corazones y las puertas de su casa.
Aunque la oscuridad que se había apoderado de su alma aún no había desaparecido, dio las gracias por la esperanza que había brillado en su vida. Y prometió compartir esa esperanza con otros.
Encontraría la manera.
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Candy se quedó embobada observando a su marido mientras él estaba rodeado de niños y, más tarde, con la niña pequeña. Había algo que la emocionaba al ver un hombre hecho y derecho—además de alto y guapo— explicándoles a un grupo de niños que no era un super heroe.
No había tenido demasiadas oportunidades de ver a Albert relacionándose con niños. Nunca lo acompañaba cuando iba de voluntario al Hogar Italiano para Huérfanos. Lo había visto con Quinn, claro, pero no demasiadas veces.
Verlo tan protector y dulce con Maria le había llegado al corazón.
El Profesor era intimidante. En ocasiones podía ser frío y estirado. En otras, como cuando lo había encontrado fumando en la terraza, la preocupaba. Pero la sorprendente amabilidad y dulzura con que trataba a los niños hizo que se preguntara cómo se comportaría con sus propios hijos. Les alborotaría el pelo y les hablaría de los super heroes. Llevaría a su hija en brazos y la trataría como a una princesa.
Al verlo sonriendo y charlando con la silenciosa niña, Candy se percató de que lo que le había dicho Patty era cierto: los niños sacan a la luz lo mejor de los hombres buenos.
Y ella deseaba darle a Albert la oportunidad de desarrollar esa parte de su personalidad.
Algún día.
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Al final de la larga pero enriquecedora jornada, Candy se sentó junto a Albert en la terraza de su habitación favorita en el Hotel Gallery Art. Tanto la terraza como la habitación estaban llenas de recuerdos para ambos. Era el lugar donde ella le había entregado su virginidad; el lugar donde él se había refugiado cuando se sintió a punto de recaer en sus adicciones tras su separación.
Albert estaba tumbado en el banco tapizado de cojines, con las manos en la nuca, mirando el cielo cuajado de estrellas. Candy estaba sentada a su lado, bebiendo un vaso de San Pellegrino.
—¿No prefieres un poco de vino?
—Agua está bien, Thor.
A él se le escapó una sonrisa.
—Ha sido una conversación de lo más interesante. Me habían llamado muchas cosas en la vida, pero nunca Thor.
Candy le acarició el brazo.
—Porque no se atreven. La verdad es que me gusta imaginarte como el guapo pero empollón profesor de día; sexy guerrero nórdico con su enorme martillo de noche.
—¿No te dije que no me llamaras empollón? —Albert la agarró por la muñeca y tiró de ella hasta que quedó tumbada sobre él.
El agua estuvo a punto de caerse del vaso, así que se lo quitó de la mano y lo dejó a un lado.
Albert le acarició la nariz con la suya.
—¿Quieres que te muestre de qué está echo mi martillo?
—Lo estoy deseando —susurró Candy.
—Nunca había pensado en ti como en Jane Foster .
Ella puso los ojos en blanco.
—Y yo pensando todo este tiempo que estabas enamorado de Beatriz y ahora resulta que en realidad estabas colado por Jane Foster . Voy a tener que cambiar el género de mis lecturas.
—No hará falta. Pero una sesión de juegos de rol de vez en cuando podría ser interesante, señorita Foster.
—Tendremos que dar una fiesta de disfraces por Halloween.
Albert le resiguió la mandíbula con un dedo.
—No hace falta que esperemos hasta entonces.
Un escalofrío recorrió la espalda de Candy al oír su tono de voz.
—Me encantará. ¿Lo has pasado bien en la fiesta?
—Por supuesto —respondió él, volviendo a mirar el cielo.
Ella suspiró y recuperó el vaso. Bebió un sorbo de agua mientras se planteaba cómo sacar el tema.
—Ha pasado algo, ¿verdad?
—Sí.
Candy esperó a que se lo explicara, pero no lo hizo. Se levantó para dejar el vaso en la mesa y luego volvió a acercarse a él. Se sentó a su lado y le apoyó un brazo en el vientre.
—¿Quieres hablar de ello?
Albert negó con la cabeza.
Ella suspiró decepcionada.
—La lista de cosas que no quieres contarme no para de crecer.
—Que no hable no quiere decir que quiera hacerte daño.
—Pero me hace daño igualmente. —Candy resopló, frustrada—. ¿Cómo puedo ser tu compañera si no me cuentas tus cosas?
—Candice te prometo que hablaré contigo. No tomaré ninguna decisión sin consultártelo antes. Pero necesito… aclararme antes.
—¿Y no puedes tratar de aclararte hablando conmigo? Soy buena escuchando. Tal vez podría ayudarte.
—Lo sé. Sé que eres buena escuchando. La mejor. Pero a veces un hombre necesita tomar decisiones por sí mismo.
—¿Eso es idioma de machos? ¿Es así como decís ahora «No hace falta que llenes tu preciosa cabecita con esas cosas, cariño»?
—¿Idioma de machos? —Albert se echó a reír y le besó la palma de la mano—. Eres adorable.
Candy se apartó y se cruzó de brazos.
—No has elegido el mejor momento para ser condescendiente, Albert.
Poniéndose de lado, él le besó la arruga que se le había formado entre las cejas.
—No pretendo ser condescendiente. Eres adorable. —Tras una pausa, la miró intensamente y añadió—: Verte con esos niños, ver lo amable que has sido con ellos y lo cómoda que estabas, me ha hecho darme cuenta de que tienes un gran instinto maternal.
—Ha sido un día muy especial. Tus ponis han tenido mucho éxito.
—Tenías razón, como siempre.
—Entonces, ¿por qué estás tan triste?
—No puedo soportar la idea de dejarlos allí —respondió él, sin poder esconder más su angustia.
Candy lo observó sorprendida. Si en el orfanato se había sentido así, lo había disimulado muy bien.
—Los niños están bien tratados. El personal los adora. Están a salvo.
—Pero no deja de ser un orfanato.
—Sí. —Candy le apartó un mechón de pelo de la frente y le acarició la cabeza, tratando de calmarlo.
—Sé lo que se siente —dijo él con un hilo de voz—. Cuando mi madre murió, pasé varios meses sin saber dónde iba a acabar. Podría haber ido a parar a un orfanato o a una familia de acogida. O podrían haberme enviado a vivir con los parientes de ella en Nueva York.
»Estaba en una especie de limbo. No sabía si alguien iba a llamar a la puerta y se me iba a llevar, o si William y Pauna se cansarían de mí.
—Nunca habrían hecho algo así.
—Pero yo no lo sabía. Para mí eran extraños. Además, yo no era un buen candidato para la adopción. Mi propio padre no quiso saber nada de mí, igual que la familia de mi madre. Habrían dejado que un niño de su propia familia se quedara en el orfanato. ¿Entiendes que no quiera saber nada de ellos?
Candy le apoyó una mano en la mejilla.
—Lo entiendo, pero no estoy de acuerdo en que no fueras fácil de adoptar. Pauna y William se encariñaron contigo desde el primer momento.
—Si no me hubieran acogido, ¿adónde habría ido a parar?
—Estas preguntas no te llevan a ninguna parte. Tienes una familia que te quiere y me tienes a mí.
—Lo eres todo para mí, Candy.
La belleza de sus palabras le llegó al corazón. Se inclinó hacia él para mostrarle con un beso lo que aquello había significado para ella.
Cuando intentó apartarse, Albert se lo impidió.
—Podríamos adoptar.
—Pensaba que querías que tuviéramos un hijo antes.
Él apartó la vista.
—¿Qué pasa? ¿Ha cambiado algo? —insistió ella, al notar que volvía a cerrarse.
—Los niños como Maria merecen tener un hogar. ¡Ni siquiera habla! —exclamó muy alterado.
—Podríamos ayudar a Elena a buscarle un hogar. Conoces a mucha gente aquí.
—¿Qué me dices de nosotros?
—¿Qué pasa con nosotros?
—¿Por qué no la adoptamos nosotros?
Candy lo miró a los ojos y descubrió, asombrada, que hablaba en serio.
—Cariño, no somos buenos candidatos para adoptar una niña tan pequeña.
—Nos queremos y la querríamos a ella. Tenemos una casa con jardín. Hablamos italiano.
—Maria es una niña con necesidades especiales y nosotros seríamos padres primerizos. Me preocupa mucho equivocarme.
Albert se sentó bruscamente.
—¿Cómo vas a equivocarte? Eres la bondad y la amabilidad personificadas. Los niños se sienten atraídos por ti.
—No estoy preparada.
—Pero ¿y si tuvieras ayuda? La facultad me debe un año sabático. Fue una de las condiciones que puse cuando dejé Toronto.
Candy lo miró incrédula.
—¿Usarías tu año sabático para quedarte en casa conmigo y un crío pequeño?
—¿Por qué no? Los niños no están despiertos todo el rato. Podríamos turnarnos. Reconoce que tener un par de manos más en la casa haría las cosas más fáciles.
—Ninguno de los dos tiene demasiada idea de cuidar niños.
—Tenemos a Rebecca.
Ella se echó a reír.
—Rebecca es maravillosa, pero es la asistenta, no la niñera. Sus hijos ya son mayores. No creo que quisiera ayudarnos con uno tan pequeño.
—Creo que si hablaras con ella te sorprenderías. De hecho, ella misma se ofreció a ayudarnos si algún día teníamos un bebé.
Candy se apartó de él.
—¿Ya lo has hablado con Rebecca?
Él levantó las manos en señal de rendición.
—No, pero antes de casarnos, me dijo un día que esperaba quedarse mucho tiempo con nosotros; el tiempo suficiente como para vernos formar una familia.
Albert frunció el cejo y calló un momento antes de continuar:
—No soy el enemigo, Candy. No estoy constantemente buscando maneras de sabotear tu vida académica. Ni tu vida en general.
Ella agachó la cabeza.
—Lo siento. Es que tengo la sensación de que cualquier cosa me hará perder la concentración y no aprobaré.
—Creo que es lo más honesto que has dicho nunca.
Candy levantó la cabeza y lo miró entornando los ojos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues quiero decir, cariño, que te preocupa fracasar. Aunque haya tanta gente dispuesta a ayudarte para evitarlo. Incluidos Rebecca y yo.
Ella empezó a protestar, pero él la interrumpió:
—Sentir inquietud antes de formar una familia es normal, pero creo que te sentirías insegura igualmente, aunque no hubiéramos hablado de hijos. Y eso tiene más que ver con la imagen que tienes de ti misma que con el programa de estudios.
Candy abrió mucho los ojos.
—Yo… No, no es verdad.
—Lo es. Lo sé porque yo me sentía igual cuando estaba en Harvard. Creo que todo el mundo que tiene una acusada conciencia de su propia identidad siente esa preocupación.—Poniéndole la mano en la nuca, la atrajo hacia él—. Puedes hacerlo, Candy. Creo en ti.
Ella sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y, casi sin darse cuenta, se encontró entre sus brazos.
Albert le dijo al oído:
—Me gustaría que Maria viniera a casa con nosotros. De hecho, me gustaría que nos los lleváramos a todos. Pero tus estudios son sólo tuyos. Es algo que vas a tener que hacer a tu manera.
—¿Por eso no me cuentas lo que te preocupa?
Albert soltó el aire con fuerza.
—No. Aún sigo dándole vueltas.
—Sin mí.
—Te lo contaré cuando lo tenga más claro. Como te dije en Umbría, no haré nada sin consultártelo antes. Necesito un poco más de tiempo.
Candy negó con la cabeza, pero prefirió no volver a discutir con él.
—¿Seguirás yendo al Hogar Italiano para Huérfanos?
—Sí, claro. Me necesitan. Les he prometido a los mayores que si aprueban el instituto con sobresaliente de media les pagaré el viaje a Italia.
—Ya estás cambiando la vida de esos chicos. Deberías sentirte orgulloso de ti mismo.
Él esbozó una sonrisa ladeada.
—¿Estás segura de que no estás preparada para adoptar? La querríamos mucho —insistió, con la mirada cargada de emoción.
Candy recordó las imágenes de ese día. Vio a Albert con Maria y con los demás niños y deseó de todo corazón darle lo que pedía, pero sabía que no sería correcto.
—Lo sé, pero como la queremos, hemos de buscar lo que sea mejor para ella. Y lo mejor para ella es que se quede con una familia de aquí. No con una pareja de americanos recién casados que aún no tienen las ideas claras. Tendrías que dejar de fumar.
—Eso no supondría ningún problema. —La miró con atención—. Estás preocupada por las drogas, ¿me equivoco?
Candy se removió inquieta mientras él la observaba.
—No parece que confíes mucho en mí.
—Confío totalmente en ti, pero no puedo evitar acordarme de mi madre y de sus numerosas recaídas.
Albert se soltó de su abrazo.
—Bueno, pues yo no tengo ninguna intención de recaer.
—Bien.
—Tal vez deberíamos hablar de tus recaídas. El mes pasado te enfrentaste a una dificultad y le pediste consejo a Archie.
Los ojos de Candy lanzaron chispas.
—No vuelvas a echármelo en cara. Me disculpé, ¿ya lo has olvidado?
—Tienes razón, lo siento —se excusó él secamente.
—¿Estamos manteniendo una conversación sincera o sólo estás tratando de manipularme?
Albert la miró con disgusto.
—Es una conversación sincera. Siento haber metido a Archie en esto.
Candy suspiró.
—Entiendo que es difícil ver a los niños en el orfanato y tener que dejarlos ahí. A mí también me cuesta. Pero si nos lleváramos a Maria ahora, no sería lo mejor para ella.
—Ese orfanato está muy bien, pero no es lo mismo que vivir con una familia.
—Precisamente por eso no debemos adoptarla.
—Ésta no es la Candice que conozco. —Albert se levantó.
—Oh, sí. Sí que lo es.
—La Candice que conozco se quitaría el abrigo para dárselo a un pobre.
Ella dio un paso hacia él, con la cara roja de rabia.
—Me quitaría toda la ropa que llevo para dársela a Maria. Pero quiero que esté con una familia estable y con experiencia en tratar con niños. Está traumatizada. Llevarla a un lugar desconocido, donde no entiende el idioma, lejos de sus amigos y de todo lo que le resulta familiar no puede ser bueno para ella. Estaríamos haciéndole más daño. Y no pienso consentirlo.
»No me importa que pienses que soy una zorra despiadada, o cualquier otra cosa que se te pase por la cabeza.
Y con una mirada cargada de reproche, entró en la habitación.
—¡Joder! —gritó Albert, cogiendo el vaso de agua y arrojándolo lejos.
El cristal se hizo añicos contra el suelo de la terraza.
Desde lejos, le llegó el ruido de la puerta del baño cerrándose de golpe.
Apoyando las manos en la barandilla, se echó hacia adelante y dejó caer la cabeza.
CONTINUARA
Mmmmmm, en este capitulo podria decir muchas cosas malas de ella, pero no puedo. Ella tiene razon, aparte que el todavia como que tiene sus crisis de anciedad, tiene todavia muchos traumas que no ha superado y lo atormentan, todavia no es tiempo para criar a una niña tan pequeña y para rematar con problemas psicológicos por traumas vividos y a tan corta edad..
Veremos que continua, en dos capitulos hacen mencion de que ella se le cansan los ojos y no puede ver bien, sera que esta enferma?
Abrazos .
Aby.
