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CAPITULO 102

FLORENCIA, ITALIA

Albert fumaba un solitario cigarrillo mientras contemplaba los trozos del vaso de agua roto. Candy se había enfadado por su culpa.

No era la primera vez que rompía cosas delante de ella. Había destrozado su antiguo teléfono móvil cuando el hijo de puta de Neall la había llamado.

Inspiró hondo, haciendo entrar el aire hasta el fondo de los pulmones antes de soltarlo por la nariz.

No definiría su relación con Candy como tormentosa, aunque la verdad era que últimamente estaban discutiendo mucho. Habían discutido sobre el tema de la conferencia en Selinsgrove. Y también en Umbría, cuando él le había preguntado por su madre.

Y esa noche habían alcanzado un nuevo récord negativo cuando ella lo había acusado de pensar que era una zorra. No podía estar más equivocada. Ni siquiera podía pronunciar esa palabra en la misma frase que su nombre.

Pero había perdido los nervios antes de poder explicárselo.

Sus secretos a Candy le estaban haciendo daño, lo sabía. Pero no quería hablar de las cosas que lo martirizaban hasta haber encontrado una solución. No quería parecer débil ni indeciso. O, aún peor, no quería que la compasión de ella se transformara en lástima. Prefería que se enfadara. Lo que no podía soportar era que le perdiera el respeto.

No había encontrado una solución. Todavía no. Se debatía entre dos salidas extremas, pero ambas eran inadmisibles. En esos momentos, le faltaba valor o sabiduría para dar con una alternativa válida para los dos.

Candy tenía razón. Si adoptaban un niño, tendría que dejar de fumar. Pero lo había dejado ya una vez, mientras se rehabilitaba.

Podía volver a hacerlo.

Pensó en Rob y Diane. Habían pasado de la euforia de saber que iban a ser padres a la desolación de enterarse de que su hijo tenía un defecto que ponía en riesgo su vida. No se podía ni imaginar la impotencia que debían de estar sintiendo. Había conocido una sombra de esa impotencia cuando Karen…

Se obligó a centrarse en el cigarrillo que tenía en las manos. Esa noche no podía permitirse vagar por esa senda oscura.

Levantó la vista hacia la silueta de Florencia. Contempló la torre del Palazzo Vecchio y los demás edificios iluminados mientras esperaba a que Candy se durmiera.

Fue al baño a lavarse los dientes y se desnudó, dejando la ropa tirada en el suelo. Se dio una ducha rápida para quitarse el olor a tabaco de la piel.

Desnudo y con el pelo húmedo, se deslizó entre las sábanas, con cuidado de no tocarla. Un rápido vistazo le había revelado que se había puesto un camisón y que se había tumbado de lado, dándole la espalda.

«Mensaje recibido, cariño».

Mientras se acostaba, le pareció que ella murmuraba algo, inquieta.

—Lo siento —musitó Albert.

Al ver que no respondía, apagó la luz y se puso asimismo de espaldas a ella.

Inmediatamente, Candy se volvió hacia él y lo abrazó desde atrás.

—Yo también lo siento.

—Prometimos que no volveríamos a irnos a la cama enfadados.

—No estoy enfadada, Albert. Estoy dolida.

Él hizo una mueca de dolor y se aferró al brazo que le rodeaba la cintura.

—Tienes razón sobre Maria. Es que quería hacer algo por ella. Y nunca he pensado que seas una zorra. No creo que seas fría ni despiadada. Eres mi amada.

—Entonces necesito que seas más amable conmigo. La verdad, Albert, estos últimos días a tu lado han sido muy duros. No quiero que nuestro matrimonio sea así.

Él se tensó.

—Encontraré la manera de compensarte. Te lo prometo.

—No quiero que me compenses. Sólo quiero que me cuentes qué te pasa.

—Lo haré. Te lo prometo.

—Cuéntamelo ahora —ordenó ella con firmeza.

—Por favor, Candy —susurró Albert—. Te pido que me des un poco más de tiempo.

—¿Para que puedas tomar tu importante decisión sin mí?

—No haré nada sin hablarlo antes contigo. ¿Nunca has estado preocupada por algo y has tratado de hallar la mejor solución por tu cuenta? No puedes tomar esta decisión por mí. —Negó con la cabeza—. Sólo te pido que tengas un poco de compasión.

Candy lo miró a los ojos y no vio ni rastro de falsedad en ellos.

—Te daré un poco más de tiempo. Pero quiero que llames al doctor Townsend.

Albert abrió la boca para protestar, pero ella lo interrumpió:

—No aceptaré una negativa. O me cuentas qué te preocupa o hablaré yo con él. Si no quieres hacerlo por ti, hazlo por nosotros, pero habla con alguien, por favor.

Respirando hondo, él asintió.

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Albert se despertó cuando estaba a punto de amanecer y salió de la habitación antes de que Candy se despertara. Aunque le dolió dejar la calidez de sus brazos, tenía una misión que cumplir. Y cuanto antes obtuviera la información que necesitaba, más cerca estaría de encontrar una solución.

(O eso esperaba).

Esa tarde tenía una importante reunión con su viejo amigo, el dottore Vitali, director de la Galería de los Uffizi.

Albert estaba más decidido que nunca a demostrarle a su esposa lo mucho que la amaba. Y a hacerlo en público.

Al salir del hotel, pensó que las calles de Florencia le gustaban especialmente por la mañana temprano, antes de que la ciudad se desperezara.

Se detuvo en la cafetería del Museo Gucci en la Piazza della Signoria a tomar un espresso y un bollo. Los disfrutó sentado en la terraza mientras leía La Nazione, haciendo tiempo hasta que Elena empezara su jornada laboral en el orfanato.

A las diez en punto llamó a la puerta. La mujer se mostró muy sorprendida al verlo y más sorprendida aún al enterarse del motivo de su visita.

Le dio las gracias por su interés por Maria y le sugirió que, si quería ayudar a la niña, podía pagar el coste del terapeuta que la visitaba para hacer que recuperase el habla.

Cuando Albert sacó el tema de la adopción, Elena le dijo que adoptar un niño en Italia no era fácil. Sólo se permitía hacerlo a parejas que llevaran más de tres años casadas. Aunque Candy y él decidieran quedarse con Maria, el gobierno italiano se opondría.

Albert se marchó con la lección aprendida, tras haber hecho una generosa donación para cubrir los gastos de la pequeña. Además, insistió en que Elena se pusiera en contacto con él si surgían nuevas necesidades.

Perdido en sus pensamientos, se sentó en una cafetería cerca de la iglesia de la Santa Croce. En vez de quedarse mirando a las guapas mujeres que pasaban, hizo unas cuantas llamadas, tratando de convencer a las mejores familias de Florencia de que ayudaran al orfanato mediante adopciones o acogidas.

Obtuvo reacciones variadas. Todo el mundo parecía dispuesto a desprenderse de parte de su dinero para ayudar económicamente a la institución, pero ninguna de las parejas estaba interesada en la acogida. La adopción quedaba absolutamente descartada.

Una vez más, Albert fue consciente del derroche de generosidad de que había sido objeto en su infancia, al darse cuenta de todas las razones a las que William y Pauna podían haberse aferrado para no adoptarlo. Por suerte para él, no lo hicieron.

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Candy se despertó en la cama vacía de una silenciosa habitación de hotel. Pero Albert le había dejado un vaso de agua en la mesilla, junto a una nota:

He ido a hacer unos recados. Volveré a tiempo para arreglarme para la inauguración de esta noche.

Te quiero.

Y me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo,

A.

En el dorso, Albert le había escrito el poema de E. E. Cummings que empezaba con la última frase de su nota.

Candy leyó y releyó el poema, preguntándose qué tipo de recados habría ido a hacer.

Tenía que admitir que se sentía un poco culpable. Albert tenía razón. Maria necesitaba una familia que la quisiera y se preocupara por ella. No le extrañaba que él se sintiera tan atraído por la niña.

Aunque seguía igual de agobiada y angustiada por el peso de las obligaciones académicas, no podía quitarse de encima la sensación de que estaba siendo egoísta al poner su educación por delante del bienestar de una niña.

De todos modos, no le parecía adecuado llevarla lejos de su país, a una casa desconocida, llena de extraños. Especialmente sin saber qué era lo que tanto preocupaba a Albert.

«Tal vez quiere que tengamos hijos en seguida y se está preparando para plantearme el tema».

Le dio unas cuantas vueltas al tema, pero luego lo dejó de lado.

Albert le había asegurado que entendía su ansiedad respecto al doctorado. No iba a cargarla con más preocupaciones.

Había trabajado tanto para llegar hasta allí… Sus comentarios de la noche anterior sobre «la Candice que conocía» le habían hecho mucho daño. Ella se había pasado la vida tratando de ser compasiva con los demás. Y no creía que ser buena persona obligara a abandonar todos los sueños personales.

Por mucho que quisiera ayudar a Maria, no podía asumir una adopción en ese momento. Tal vez al cabo de un par de años, cuando se conocieran mejor y Candy estuviera ya más avanzada en su tesis. Una vez acabados los cursos de doctorado, podría dedicarse exclusivamente a la preparación del proyecto y a la redacción del texto. Era más fácil combinar la maternidad con la investigación desde casa.

(O eso suponía).

Seguía preocupada por su marido. No sabía qué demonios secretos lo atormentaban, ni por qué se mostraba tan reservado sobre las soluciones que buscaba.

Cogió su iPhone de la mesilla de noche y le envió un mensaje:

A:

He echado de menos despertarme a tu lado esta mañana.

Gracias por la nota y el poema.

Con ganas de que llegue ya la inauguración.

Yo también te quiero.

C.

xx

Luego, haciendo un esfuerzo para ejercer la caridad, se vistió y pasó el día buscando al mendigo al que le había dado dinero durante su primera visita a Florencia con Albert.

Buscó y preguntó por todo el centro, pero nadie parecía recordar a ningún hombre que respondiera a esa descripción.

Mientras Candy ahogaba sus penas en una limonada helada en el bar Perseo, Albert estaba acabando su reunión con el dottore Massimo Vitali en los Uffizi. Cuando volvió a la habitación, la encontró vacía, pero el aroma de rosas de la colonia de Candy permanecía en el aire.

Tenía muy buenos recuerdos de su anterior visita a Florencia. En la suite del hotel había una pared que le gustaría poder enmarcar o convertir en una capilla. Recordó los primeros tiempos de su relación. Había tenido que esforzarse mucho para ganarse la confianza de Candy. De pronto, le vino una imagen de cómo sería su vida sin ella: vacía, desnuda, fría.

Tenía que resolver sus problemas en seguida, o la brecha entre ellos crecería y crecería hasta que acabara perdiéndola.

Cogió el teléfono y marcó el número de la consulta del terapeuta.

Al no encontrar a nadie, dejó un mensaje largo.

Después abrió el portátil y, tras conectarse a Google, escribió dos palabras: «William Davis».

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Varias horas después, Candy estaba en el cuarto de baño, maquillándose, mientras Albert se afeitaba a su lado.

Cuando ella se rozó con los dedos una zona del cuello, se encogió sin querer. Aunque la señal que le había dejado el mordisco de Neall ya no era visible, cada vez que se tocaba allí notaba sus dientes.

Una mano cariñosa le acarició la nuca.

—No volverá a hacerte daño nunca más.

Candy buscó los ojos de Albert en el espejo.

—Ojalá pudiera creerlo, pero no puedo quitarme de encima la sensación de que Natalie y él no han acabado conmigo.

—No se atreverían —insistió Albert, dándole un beso en la frente.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Una sombra le cruzó el rostro, pero en seguida la eclipsó con una sonrisa.

—Confía en mí.

—Mi padre me ha llamado antes —dijo Candy, resiguiendo el borde de la encimera de mármol con un dedo.

—¿Qué te ha dicho?

—Tienen previsto casarse el Día del Trabajador. Será una boda íntima. No quieren esperar más. Papá está más a gusto en su casa y Diane no quiere mudarse a vivir con él hasta que estén casados.

—¿Y el bebé?

—No hay novedades. Diane está bastante bien y el niño todo lo bien que cabe esperar. Los controlan a menudo. —Candy negó con la cabeza—. Pero papá se siente muy impotente.

—Es normal. Quiere protegerlos y no puede hacer nada.

Candy asintió, observando el mármol como si fuera lo más interesante del mundo.

—Siento lo de Maria.

—Yo también. —Se apoyó en el mármol y se miró los pies—, pero al menos he intentado ayudarla.

—Tal vez alguna de las familias con las que has hablado cambien de idea. Si la conocieran, seguro que se enamorarían de ella.

Él asintió, moviendo los dedos de los pies.

—No diré que te comprendo, Albert, porque no sería verdad. Yo no soy adoptada y, por lo tanto, no comparto esa afinidad especial que tienes con los niños del orfanato. Si pudieras esperar a que terminase los cursos de doctorado…

—Tenemos mucho tiempo para hablar de estas cosas. No hay prisa.

Él sonrió.

Candy sintió alivio y alarma al mismo tiempo.

Albert se siguió afeitando, mientras ella lo observaba fascinada.

—Esto me recuerda nuestro primer viaje a Florencia. ¿Te acuerdas de cuando nos estábamos arreglando para ir a los Uffizi? Entonces sólo era tu novia.

Él se detuvo.

—Tú nunca has sido sólo mi novia, Candy. Eras mi amante. Y seguimos siendo amantes.

—¿Cómo olvidarlo? —Ella señaló hacia el dormitorio, recordando su primera vez juntos—. He sido tan feliz aquí. Y esta noche te acompañaré a los Uffizi como tu esposa y podremos inaugurar la exposición de tus dibujos juntos.

—Son nuestros dibujos. Y te quiero más ahora que entonces. Aunque no hubiera creído que fuese posible.

—Yo también te quiero más ahora. —Candy bajó la vista y se quedó mirando sus uñas pintadas de rojo—. Tu amor me ha curado de muchas maneras.

Albert dejó la maquinilla de afeitar sobre el mármol.

—No sé por qué te empeñas en ponerte cariñosa mientras me afeito. —Trató de no mancharle la bata de seda de espuma de afeitar, pero fracasó—. Ahora vamos a tener que acostarnos.

Ella se echó a reír.

—No podemos. Tenemos que estar en los Uffizi a las siete. Los invitados de honor no pueden llegar tarde.

—Pero no estaría bien que uno de los invitados de honor estuviera de mal humor toda la noche porque está excitado y frustrado. Hemos discutido y lo hemos solucionado. Me debes el sexo de reconciliación.

Candy alargó la mano para comprobar su grado de excitación.

—No quiero que estés incómodo, Profesor, pero es que aún tengo que arreglarme. Mira qué pelos llevo.

Él se echó hacia atrás para mirarle la dorada melena, manchada en varios puntos de crema de afeitar.

—Muy bien —refunfuñó—. Pues luego no te quejes si te llevo a un rincón oscuro para hacer contigo lo que quiera.

—Cuento con ello, Thor. —Candy le mordisqueó la oreja antes de liberarse de su abrazo—. Y para que conste, a mí también me gusta mi cuerpo cuando está con el tuyo.

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Poco después, Candy salió del baño y se dirigió hacia la zona de estar, donde la aguardaba Albert.

—¿Qué te parece?

Dejando el libro que había estado leyendo, él se levantó y se quitó las gafas.

Le dio la mano y la hizo dar una vuelta. Su vestido de Valentino era muy femenino. Tenía cuello barco, mangas abombadas, talle ajustado y falda acampanada. La tela era un tafetán rojo intenso.

Candy se tiró del dobladillo, que le quedaba por encima de las rodillas.

—Creo que debí comprarme algo negro.

—No. —La vista de Albert se paseó por sus hombros expuestos, sobre el busto y más abajo, hasta llegar a sus piernas largas y bien formadas—. El rojo es perfecto.

Siguió bajando la vista hasta llegar a sus zapatos de tacón negros.

Eran unos peep toes Prada.

—Me oculta información, señora Ardley. No recuerdo haber visto estos zapatos antes.

Ella alzó una ceja.

—No eres el único que tiene secretos, Profesor.

La sonrisa de Albert se desvaneció de golpe.

Ella se miró los pies.

—Pero puedo organizarte un pase privado, si quieres.

—¿En un rincón oscuro de los Uffizi?

Cuando sus miradas se cruzaron, Candy asintió.

Albert la besó en la mejilla.

—Estás preciosa. Los invitados no harán caso de Boticelli. Sólo te mirarán a ti.

—Oh, no digas eso, Albert. Ya estoy bastante nerviosa. —Sacudió una imaginaria mota de polvo del hombro de Albert y le enderezó la pajarita negra—. Estás muy guapo. No tengo oportunidad de verte con esmoquin muy a menudo.

—Puedo organizarte un pase privado —repitió él, besándole el interior de la muñeca. Cerró los ojos para inhalar su perfume.

—Rosas. —Abrió los ojos bruscamente—. Me fascina tu perfume.

—Sí. Se llama Noble Rose of Afghanistan. Es delicioso, ¿no crees? Y es un producto de comercio justo, que permite el desarrollo económico de Afganistán.

—Sólo tú elegirías el perfume pensando en el comercio justo—susurró Albert, con una penetrante mirada—. ¿Qué he hecho para merecerte?

—Tienes derecho a ser feliz. ¿Por qué no te das permiso para creerlo?

Él la miró en silencio antes de tomarla de la mano y llevarla hacia la puerta.

Candy sintió que el corazón se le resquebrajaba al darse cuenta de que su amor no lo había curado a él.

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—Professore, signora —los saludó Lorenzo, el ayudante del dottore Vitali, cuando llegaron a los Uffizi—. Primero nos reuniremos con los medios durante la inauguración. Luego visitaremos la exposición y, antes de la cena, habrá un cóctel.

Albert asintió en italiano, sin soltar la mano de Candy.

Lorenzo los guió hasta un pasillo donde se había reunido una multitud de unas cien personas. Candy reconoció muchas caras de la conferencia de Albert de hacía un año y medio. Todos los hombres llevaban esmoquin, excepto los miembros de la prensa.

Las mujeres lucían vestidos, muchas de ellas vestidos largos.

Candy bajó la vista hacia sus piernas, cohibida.

Pronto estuvieron rodeados de gente. Albert no paraba de estrechar manos y de intercambiar frases de cortesía, presentando a Candy como su hermosa esposa. Ésta no perdía detalle mientras él hablaba con los invitados en italiano, francés y alemán, desenvolviéndose con comodidad. Pero no la dejó sola ni un momento, rodeándole la cintura con el brazo.

Cuando el dottore Vitali les señaló la puerta de la exposición para que lo siguieran, Candy se detuvo en seco.

A menos de quince metros, el profesor Pacciani, con una mujer alta y peliroja cogida de su brazo, la estaba mirando fijamente.

Candy abrió mucho los ojos.

Por un momento, le había parecido que su acompañante era Eliza Leagan, pero al fijarse mejor se había dado cuenta de que la mujer era al menos diez años mayor que Eliza.

Albert notó que Candy se detenía, pero iba distraído escuchando las instrucciones de última hora del dottore Vitali. Cuando se volvió a ver qué pasaba, algo muy parecido a un gruñido salió de su garganta.

—Ah, veo que conoce al profesor Pacciani —le susurró Vitali al oído—. Hemos invitado a los docentes universitarios, tal como nos pidió.

—Bien —dijo Albert, aunque mentalmente lamentó no haber especificado a quién no había que invitar.

—¿Vamos? —El dottore Vitali señaló hacia la puerta y los Ardley lo siguieron.

Candy y Albert se enfrentaron juntos a la prensa, parpadeando por los flashes de las cámaras mientras Vitali los presentaba. Ella trató de disimular el nerviosismo, pero ser objeto de tanta atención no era fácil.

El director dio una larga explicación sobre las ilustraciones. Contó que eran copias de las originales de Botticelli de La Divina Comedia de Dante. Que, aunque ocho de las ilustraciones originales se habían perdido, los Ardley estaban en posesión de un juego completo de cien ilustraciones.

Mientras recorría a los presentes con la mirada, Candy se fijó en una cara. Un hombre moreno con aspecto juvenil y ojos azules bastante peculiares la miraba fijamente. Su reacción era tan distinta a la del resto de invitados que Candy le devolvió la mirada hasta que Albert le dio un codazo para que prestara atención al anfitrión.

El dottore Vitali contó la historia de las ilustraciones con todo detalle hasta llegar al siglo XIX, cuando volvieron a aparecer misteriosamente.

La galería se sentía muy orgullosa de mostrar unos dibujos que no habían visto la luz pública probablemente desde su creación.

Entre murmullos de aprobación, el público rompió en un espontáneo aplauso mientras Vitali agradecía a los Ardley su generosidad.

Albert soltó la cintura de Candy y le tomó la mano para darle ánimos.

Agradecieron los aplausos con sonrisas e inclinaciones de cabeza. Luego, Albert se acercó al podio y, en italiano, dio las gracias a los Uffizi y a su director.

Volviéndose hacia Candy, añadió:

—No puedo dejar de mencionar a mi esposa, Candice. La hermosa dama que tienen ante ustedes es la razón de que estemos aquí esta noche. De no ser por ella, me habría quedado las ilustraciones sólo para mí. Con sus palabras y sus actos me ha mostrado el significado de la bondad y la caridad.

Candy se ruborizó, pero no pudo apartar la vista de los hipnóticos ojos de Albert.

—El acto de hoy es sólo una pequeña muestra de su trabajo filantrópico. Ayer pasamos el día en el orfanato franciscano, con los niños. Y esta misma mañana, mi esposa ha estado recorriendo las calles del centro para hacer una obra de caridad.

»Los animo a disfrutar de la belleza de las ilustraciones de La Divina Comedia y a celebrar luego en sus corazones la belleza, la caridad y la compasión en la ciudad que Dante tanto amó:

Florencia. Gracias.

Los presentes aplaudieron con una sola excepción. Nadie pareció darse cuenta de la cínica reacción del hombre moreno al oír a Albert animar a llevar una vida virtuosa, ni su mirada de desprecio cuando oyó el nombre de Dante.

Albert volvió al lado de Candy y le dio un casto beso en la mejilla antes de hacerla girar para que quedara de cara a la prensa.

Posaron para las cámaras antes de cortar la cinta que barraba el paso a las salas de exposición. Entre aplausos, la muestra se declaró inaugurada.

—Por favor. —Vitali señaló hacia la puerta, indicando que los Ardley tenían que ser los primeros en visitar la colección.

En cuanto entraron en la sala, Albert y Candy se quedaron boquiabiertos. Habían hecho reformas. Las paredes, que solían ser de tonos pálidos, estaban pintadas de un azul intenso, sobre el que las ilustraciones a tinta destacaban mucho más.

Estaban expuestas por orden. La primera era el famoso Mapa del Infierno. Al recorrer la colección, se contemplaba el camino que una alma debía recorrer para pasar del pecado a la redención. Y, por supuesto, también estaba la inevitable reunión entre Dante y su amada Beatriz.

—¿Qué te parece? —le preguntó Albert, mientras cogidos de la mano contemplaban una de sus ilustraciones favoritas, la de Dante y Beatriz en la esfera de Mercurio.

Beatriz llevaba un vestido vaporoso y señalaba hacia arriba, mientras Dante seguía su gesto con la mirada.

—Es precioso. —Candy enlazó el meñique con el de él—. ¿Recuerdas la primera vez que me mostraste esta ilustración? Cuando me invitaste a cenar a tu casa en Toronto.

Albert se llevó la mano de su esposa a los labios, besándole la palma con reverencia.

—¿Cómo olvidarlo? Sentí el impulso irrefrenable de enseñártelas. Ni siquiera se las había mostrado a Anny. Algo me dijo que podía confiar en ti.

—Puedes confiar en mí —afirmó ella, mirándolo muy solemne.

—Lo sé.

Albert parecía estar dudando. Por un momento, Candy creyó que iba a confesarle sus secretos, pero alguien los interrumpió.

El atractivo hombre de cabellos castaños se acercó para contemplar la ilustración.

Como si se tratara de un sueño, Candy lo observó moverse. Su cuerpo parecía deslizarse sin tocar el suelo. Sus pasos eran fluidos y silenciosos. A pesar de que parecía muy alto, en realidad era varios centímetros más bajo que Albert. Y aunque parecía esbelto, el elegante traje negro ocultaba poderosos músculos.

Los Ardley se apartaron educadamente, pero antes de que Albert mirara a los ojos al recién llegado. Sin decir nada, se colocó entre el desconocido y Candy, en un movimiento protector.

—Buenas noches —dijo el extraño con acento británico, haciendo una reverencia.

Albert reconoció el acento de la zona de Oxford.

—Buenas noches —saludó éste con brusquedad, agarrando a Candy de la mano.

Al ver el movimiento ese, el desconocido sonrió disimuladamente.

—Una noche memorable —comentó, señalando a su alrededor.

—Así es —replicó Albert, sujetando a Candy con más fuerza.

Ella le devolvió el apretón, para indicarle que empezaba a hacerle daño.

—Qué generoso por su parte compartir sus ilustraciones. —El tono del invitado era francamente irónico—. Y qué suerte haberlas comprado de un vendedor secreto y no en el mercado.

Los ojos del desconocido se desplazaron de Albert a Candy, donde permanecieron unos instantes. Las aletas de la nariz se le abrieron y la mirada se le suavizó antes de volverse hacia la ilustración.

—Sí, me considero muy afortunado. Que pase una buena noche.—Con una brusca inclinación de cabeza, Albert se alejó sin soltar la mano de la joven.

Ésta estaba muy sorprendida por la actitud de su marido, pero prefirió no decir nada hasta que llegaron al otro extremo de la galería.

—¿Quién era ese hombre?

—No tengo ni idea, pero mantente alejada de él. —Claramente agitado, se pasó una mano por la boca.

—¿Por qué? ¿Qué está pasando? —Candy lo obligó a detenerse y a mirarla a los ojos.

—No lo sé —respondió él, y parecía sincero—. Pero hay algo en ese hombre que no me gusta. Prométeme que te mantendrás alejada de él.

Candy se echó a reír y el sonido de su risa resonó por toda la sala.

—Es un poco raro, pero parece agradable.

—Los pit bulls también son agradables hasta que metes la mano en su jaula. Si ves que se acerca, date la vuelta y aléjate de él. Prométemelo —susurró Albert.

—De acuerdo, pero no lo entiendo. ¿Os conocéis de antes?

—No lo creo, pero no estoy seguro. No me ha gustado cómo te miraba. Parecía que quería agujerearte el vestido con los ojos.

—Menos mal que tengo a Thor a mi lado para protegerme.—Candy le dio un beso decidido—. Te prometo evitarlo, a él y a todos los hombres guapos de la sala.

—¿Lo encuentras guapo? —preguntó él, malhumorado.

—Sí, pero es una belleza distante, como la de una obra de arte. No como tú. Si me besas, me olvidaré de él para siempre.

Albert se inclinó hacia ella y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos antes de unir sus labios en un beso.

Candy se mordió la parte interna de la mejilla.

—Me has hecho pasar un poco de vergüenza durante la presentación. No me gusta ser el centro de atención.

—Tú eres la auténtica benefactora. Yo sólo soy tu acompañante.

Ella se echó a reír, pero esta vez la risa ya no resonó tanto porque la sala se había llenado. La mayoría de los asistentes se mantenían a una distancia respetuosa.

—Eres un acompañante encantador, Profesor.

—Gracias. —Albert se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—: Siento haberte hecho pasar vergüenza con la presentación. Mi intención era animar a los asistentes a colaborar con el orfanato.

—En ese caso, puedes avergonzarme tanto como quieras. Sólo con que una persona se anime a ayudar, todo esto habrá merecido la pena. Aunque a nadie le gusten las ilustraciones.

—¿Cómo no les van a gustar? Son exquisitas —afirmó Albert, mirando a su alrededor.

Candy estaba de acuerdo. A lo largo de los siglos, muchos artistas se habían inspirado en la obra de Dante, pero los dibujos de Botticelli siempre habían sido sus favoritos.

Siguieron recorriendo la exposición, deteniéndose ante cada uno.

Albert comprobó satisfecho que el extraño parecía haber desaparecido.

Cuando llegaron a la última ilustración, Candy se volvió hacia su marido.

—Una exposición increíble. Han hecho una labor fantástica.

—No hemos terminado. —Albert trataba de disimular una sonrisa, pero los ojos azules le brillaban como piedras preciosas.

—¿Ah, no? —Ella miró a su alrededor, confusa.

Cogiéndola de la mano, Albert la llevó a la planta de arriba, a la sala Botticelli.

Al entrar allí, Candy se quedó inmóvil, como cada vez que veía aquel lugar. Poder contemplar a la vez El nacimiento de Venus y La primavera siempre la dejaba sin aliento.

En aquella sala, Albert había dado su conferencia durante su primera visita juntos a Florencia. Había hablado de matrimonio y de familia, cosas que en aquel momento a ella le habían parecido etéreas como un sueño.

Mientras contemplaba La primavera, se sintió feliz. Había algo en aquel cuadro que la reconfortaba. Y nunca era lo mismo una reproducción que el original.

Si cerraba los ojos, sentía el silencio del museo, sólo roto por el eco de pasos lejanos. Si se concentraba, podía oír en su mente la voz de Albert hablando sobre los cuatro tipos de amor: el amor sexual, la amistad, el amor familiar y el amor que se sacrifica.

De repente, abrió los ojos y se sintió atraída por la imagen de Mercurio, en la parte izquierda del cuadro. Lo había visto mil veces, pero en ese momento, la figura la inquietó. Había algo en su apariencia, algo en su rostro que le resultaba extrañamente familiar…

—Desde la última vez que estuvimos aquí, han hecho una nueva adquisición. —La voz de Albert la sacó de sus pensamientos.

—¿Dónde está?

Él la sujetó por el codo y la guió hacia una gran foto en blanco y negro que colgaba en la pared de enfrente de El nacimiento de Venus.

Ella se cubrió la boca con la mano.

—¿Qué hace eso ahí?

Albert la empujó hasta que pudo leer la placa que había debajo.

Era una foto de Candy de perfil, con los ojos cerrados y la larga melena levantada por unas manos masculinas. Estaba sonriendo.

La había hecho Albert en Toronto, la primera vez que ella accedió a posar para él. En la placa leyó lo siguiente:

«Deh, bella donna, che a' raggi d'amore

ti scaldi, s'i' vo' credere a' sembianti

che soglion esser testimon del core,

vegnati in voglia di trarreti avanti»,

diss'io a lei, «verso questa rivera,

tanto ch'io possa intender che tu canti.

Tu mi fai rimembrar dove e qual era

Proserpina nel tempo che perdette

la madre lei, ed ella primavera».

Dante, Purgatorio 28.045-051

«Ah, hermosa dama, iluminada por

rayos de amor. Si tu apariencia fuera

una señal de la belleza de tu corazón,

te pediría que te acercaras

a la orilla de este río —le dije—,

para poder oír tu canto.

Me recuerdas cómo Proserpina era

cuando su madre la perdió

y se convirtió en primavera».

—Son las palabras que pronuncia Dante cuando ve a Beatriz por primera vez en el Purgatorio. —Albert le rozó el rostro con los dedos y le dirigió una mirada cargada de sentimientos—. Yo sentí lo mismo. Cuando te vi en Cambridge después de tantos meses, recordé esos versos. Al verte allí, de pie, en la calle, recordé todo lo que había perdido. Esperaba que me vieras y te acercaras a mí.

Albert la atrajo hacia su pecho mientras los ojos de Candy se llenaban de lágrimas.

—No llores, mi dulce niña. Eres mi Beatriz, mi hojita pegajosa y mi bella esposa.

»Siento haberme portado como un cabrón contigo. Quería disculparme y demostrarte lo importante que eres para mí. Eres mi obra de arte.

Candy levantó la vista y lo miró a los ojos.

Él le secó las lágrimas con los pulgares antes de besarle la frente.

—Eres mi Perséfone. Eres la doncella y yo soy el monstruo.

—No hablemos más de monstruos. —Candy le pasó la mano por el esmoquin, preocupada por si había manchado la lana del traje con las lágrimas o el maquillaje.

Albert la abrazó con fuerza y la besó hasta dejarla sin aliento.

Cuando la soltó, ella se echó a reír.

—Ya veo que estás disfrutando con la exposición, señora Ardley.

—Mucho, pero me gustaría que retiraran la foto —añadió, poniéndose seria—. Aprecio el gesto, pero no quiero estar expuesta a la vista de todo el mundo.

—No lo estás.

Candy echó un vistazo a la foto y volvió a mirar a Albert.

—Todo el mundo la verá.

—Vitali quería hacernos un regalo, pero no acepté nada. Luego se me ocurrió esto como un obsequio para ti. Él accedió a colgar tu foto aquí durante un rato. —Señalando a su alrededor, añadió—: Vitali es un viejo romántico y estuvo encantado de hacer algo especial para nosotros. Accedió a colgar la foto durante exactamente una hora, que es el tiempo que tenemos esta sala para nosotros solos.

Los ojos de Candy se abrieron como platos.

—¿Tenemos la sala Botticelli para nosotros solos?

Alberr le dirigió una mirada traviesa y le susurró al oído:

—No sólo eso. También el pasillo.

—¿Me tomas el pelo?

—No. Nadie puede subir a esta planta hasta dentro de cuarenta y cinco minutos —respondió Albert, consultando la hora en su Rolex—, que es cuando tendremos que bajar para la recepción y la cena.

Con un movimiento brusco, Candy le agarró las solapas con las dos manos y tiró de él para darle un beso largo y apasionado en los labios.

—Parece que te gusta la sorpresa —comentó, cuando ella finalmente lo soltó.

—Vamos. —Candy lo agarró de la mano y lo llevó hacia la puerta.

—¿Adónde?

—Sexo de reconciliación, sexo museístico, sexo de pasillo… Me da igual la etiqueta que le pongas, pero aprovechemos esta oportunidad.

Riendo, Albert se encontró siguiendo a una Candy muy decidida, que se dirigía hacia el pasillo tan de prisa como le permitían los tacones.

—Me sorprendes, señora Ardley.

—¿Por qué? —preguntó ella, levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido de los tacones.

—Se supone que eres tímida. Se supone que eres la seducida, no la seductora.

La joven se volvió a mirarlo con los ojos brillantes.

—Quiero un orgasmo contra una pared florentina, Profesor. Un orgasmo de esos de infarto, que te dejan sin respiración. Acabas de decirme que disponemos de algo que nunca creí que pudiéramos tener: privacidad en un espacio público. ¡Que le den a la timidez!

Albert se echó a reír a carcajadas, tirando la cabeza hacia atrás.

Luego la guió hasta un rincón oscuro del pasillo, entre dos estatuas de mármol situadas sobre pedestales.

—Esta vez no pararé —susurró él, levantándole el vestido a la altura de los muslos.

—Bien.

—No hay aire acondicionado en esta zona, así que las cosas pueden ponerse un poco calientes. —Le acarició el muslo con el dorso de la mano.

—No esperaba menos, Profesor.

Candy le rodeó el cuello con los brazos y tiró de él.

Albert la levantó mientras ella le rodeaba la cintura con las piernas y la apoyó contra los cristales del pasillo.

Ella se estremeció cuando notó el frescor de los cristales en la espalda.

—Y ahora, dime. ¿Quién es guapo?

—Tú. Sólo tú. —Candy le capturó la boca justo cuando él gruñó.

Lo besó con determinación, trazándole el contorno de los labios. Cuando Albert abrió la boca, la lengua de ella se deslizó en su interior con ganas.

Se besaron como si llevaran años separados, ansiosos.

Él le recorrió el muslo arriba y abajo con la mano antes de levantarle la falda del vestido. El tafetán suspiró, mostrando su aprobación.

Presionando contra ella, subió los dedos por su muslo hasta llegar a su cadera. Una vez allí, se apartó un poco para mirarla a la cara.

—¿Dónde están las bragas?

—Me gusta mi cuerpo cuando está con el tuyo, ¿te acuerdas? Las bragas siempre molestan.

Albert volvió a gruñir y el sonido resonó a lo largo del pasillo.

—Has ido así toda la tarde.

Candy le guiñó el ojo.

—No me extraña que aquel hombre te mirara.

—Deja de hablar de otros hombres —lo reprendió ella, tirando de la pajarita.

Albert cerró los ojos y se inclinó hacia ella para besarla una vez más, acariciándole la lengua con la suya.

Candy cambió de postura y los finos tacones de aguja se le engancharon en la chaqueta del esmoquin. Tiró de la pajarita hasta deshacerla, la dejó caer al suelo y le desabrochó la camisa tan de prisa como pudo. Le recorrió el cuello y el pecho con los labios antes de deslizar una mano hacia la cinturilla de los pantalones.

Pero Albert no quería ir tan rápido. Le cogió la mano y volvió a ponérsela en el hombro antes de empezar a acariciarla entre las piernas con delicadeza.

La reacción de Candy había sido mejor de lo que esperaba y casi no podía contener la felicidad que sentía.

Ella se movía y se retorcía, gimiéndole al oído.

—No me hagas esperar —le rogó, tirando de él en vano.

Albert rebuscó en los bolsillos.

—Menos mal que he traído esto —dijo, mostrándole un paquete pequeño, cuadrado y brillante.

Ella se lo quedó mirando.

—¿Cómo es que lo llevabas?

Él se echó a reír.

—Pensé que estarías incómoda toda la noche si no lo usábamos.

Candy parpadeó.

—¿Lo tenías todo planeado?

—Por supuesto —respondió Albert, apretándole las nalgas con descaro.

Ella trató de arrebatarle el preservativo, pero él se lo impidió.

—Permítame, señora Ardley.

Lo sostuvo con los dientes mientras se desabrochaba los pantalones. Luego, rompió el envoltorio y se lo colocó rápidamente.

Se movió adelante y atrás varias veces, provocándola, antes de deslizarse en su interior, llenándola por completo. Con un suspiro de placer, ella se contrajo a su alrededor.

No dijeron ni una palabra. No las necesitaban. Albert conocía el cuerpo de su esposa tan bien como si fuera el suyo y los dos se movían y respondían a los movimientos del otro cada vez más de prisa.

Por el pasillo resonaban gemidos apagados y gruñidos de satisfacción, que aumentaron de intensidad hasta que un grupo de estatuas casi se taparon los oídos. Mientras se movían al unísono, la espalda de Candy hacía temblar la ventana que tenía detrás.

—Estoy llegando —dijo, aunque la última palabra quedó interrumpida por el orgasmo que se apoderó de ella.

Albert aceleró el ritmo de las embestidas hasta que también se perdió en el éxtasis. Candy se aferró a él como si se estuviera muriendo, abrazándolo con fuerza y con la cara enterrada en su cuello.

Permanecieron inmóviles unos momentos.

Él soltó el aire en una exhalación larga y relajada.

—¿Todo bien? —preguntó, besándole la mejilla.

—Fantástico.

Permanecieron abrazados en silencio mientras el corazón se les calmaba y recuperaban el aliento. Albert la dejó en el suelo con delicadeza y le bajó el vestido. Poniéndole las manos en la cintura, apretó cariñosamente.

—¿Puedes andar? —le preguntó, mirando los caros zapatos con preocupación.

—Sí, aunque tal vez me tambalee un poco.

—Entonces, permíteme. —La tomó en brazos y la llevó al baño más cercano para lavarse.

—¿Es muy distinto cuando te pones uno de ésos? —preguntó Candy, señalando al condón que Albert acababa de tirar a la basura.

—Es un poco frustrante, porque no te noto tanto como quisiera—respondió él, lavándose las manos—. Durante casi toda la vida, no he conocido otra cosa. Pero ahora que sé lo que se siente estando en tu interior sin él, es casi una tortura.

—Lo siento.

Albert se secó las manos y se inclinó sobre ella para darle un beso en la coronilla.

—No lo sientas. No soy tan egoísta. No estaría cómodo sabiendo que tú pasas la noche preocupada, sólo para que yo pueda disfrutar más del sexo.

Candy frunció el cejo.

Él juntó sus frentes.

—El sexo contigo siempre es magnífico, porque es más que sexo. Me temo que vas a tener que arreglarte un poco el pelo y el maquillaje. O todo el mundo sabrá que acabamos de practicar sexo museístico. —Albert parecía muy satisfecho de sí mismo.

Ella alzó una ceja.

—¿Tú ya estás listo para volver a la fiesta, Profesor?

—Por supuesto —respondió él, abrochándose un botón del esmoquin—. A mí no me importa que la gente sepa que he disfrutado del sexo museístico con mi esposa.

—Pues mejor, porque todos se darán cuenta, te lo aseguro.

—¿Por qué?

—Porque te olvidas de algo. —Candy le ofreció la pajarita deshecha con un dedo.

Albert se llevó la mano al cuello, sorprendido, antes de abrocharse los botones.

—Seductora —murmuró, quitándole la pajarita de la mano.

Candy se arregló el pelo frente al espejo.

—Entonces, en una escala del uno a lo trascendente, ¿qué nota le pondrías a este polvo?

—Ha sido de los que hacen que tiemble la tierra y que te descuides la pajarita.

—Pues no lo olvides. —Candy se volvió hacia el espejo para pintarse de nuevo los labios.

CONTINUARA

Hola, en este capitulo aparece este extraño ingles, que acecha a los rubios, en eslecial a Albert, resulta que este personaje es el protagonista de otra saga, el es inmortal, el principe del inframundo, es un personaje muy interezante y sexy.

La signosis del libro dice:

La inauguración de una exposición sobre una serie de ilustraciones de la Divina Comedia en la galería de los Uffizi de Florencia expone al profesor Albert Ardley y a su amada esposa Candice a las iras de un misterioso enemigo.

Cuando unos años atrás Albert adquirió los valiosos grabados, no sabía que habían sido robadas un siglo antes al gobernante del inframundo del principado de Florencia.

Ahora, el ser más peligroso de la ciudad ha decidido recuperar su tesoro y vengarse de los Ardley. Pero, antes de hacerlo, descubre algo inquietante que afecta a Candice…

Queria publicar los pensamientos de este personaje cuando los Ardley estan en lo suyo con su calentura, el principe estaba viendo todo, pero haria spoiler porque el descubre algo sobre Candy.

Un abracito.

Aby.