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CAPITULO 103
—Me encantan las inauguraciones —susurró Candy, mientras se reunían con el resto de invitados.
—Nunca dejas de sorprenderme —murmuró Albert, con la mano en la parte baja de su espalda, sin llegar a tocarla.
—Podría decir lo mismo. Creo que he dejado la marca de mi cuerpo en aquella ventana.
Él se echó a reír y le dio una palmadita en el trasero.
Alguien a su espalda se aclaró la garganta.
Al volverse, se encontraron al dottore Vitali a escasa distancia.
—Siento la interrupción, pero ¿me ayudarías a convencer a un posible donante? —le preguntó a Albert, con mirada esperanzada.
Éste se volvió hacia Candy.
—Vitali me ha preguntado antes si podría ayudarlo a convencer a algunos invitados para que se desprendan de unos cuantos cuadros. Pero puedo ir con él más tarde si quieres.
—No, ve.
—¿Estás segura?
—Ve y convence a quien sea de que done sus cuadros. Estaré dando una vuelta por aquí.
Albert se despidió de ella con un beso en la mejilla y acompañó a su amigo hasta un grupito de hombres y mujeres elegantemente vestidos, que estaban cerca de la entrada.
Candy volvió sobre sus pasos, mirando la exposición tranquilamente. Estaba contemplando una de las ilustraciones más coloridas de Dante y Virgilio en el Infierno, cuando una voz aduladora dijo a su espalda:
—Buenas tardes.
Al volverse se encontró cara a cara con el profesor Pacciani. Miró a un lado y a otro y comprobó, aliviada, que no estaban solos en la sala. Varias parejas admiraban las ilustraciones no muy lejos de ellos.
Él alzó las manos.
—No tengo intención de molestarla. Sólo le pido un minuto.
Candy lo miró a los ojos.
—Mi marido volverá en seguida.
—Mi esposa volverá en seguida. Así que será mejor que hable rápido. —Pacciani sonrió ampliamente—. Siento lo que pasó en Oxford. Pero si lo recuerda bien, no fui yo quien se comportó mal.
Dio un paso hacia ella y Candy dio uno hacia atrás.
—Lo recuerdo, pero tengo que marcharme. —Trató de rodearlo, pero él se echó a un lado para cerrarle el paso.
—Un momento, por favor. La profesora Picton se molestó mucho con el comportamiento de mi acompañante. Igual que yo.
Candy lo miró con incredulidad.
—Le dije a Eliza que se mantuviera a distancia. Pero, como siempre, no me hizo caso.
—Se lo agradezco, profesor. Si me disculpa…
Él volvió a cerrarle el paso, acercándose demasiado.
Candy se vio obligada a retroceder.
—Tal vez usted podría comentárselo a la profesora Picton. He solicitado una plaza en la Universidad de Columbia en Nueva York. Una antigua alumna de Katherine es la catedrática de ese departamento. No quisiera que un… malentendido se interpusiera entre ese puesto y yo.
—No creo que Katherine se meta en los procesos de selección de otras universidades.
—Lo consideraría un favor. Al fin y al cabo, yo ya le he hecho un favor a usted.
Ella lo miró fijamente.
—¿Qué favor me ha hecho?
—Evité que mi amiga se acostara con su marido.
Candy sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué? —preguntó en voz demasiado alta, haciendo que los otros invitados se volvieran a mirarlos.
Candy se ruborizó.
—Estoy seguro de que querrá darme las gracias —insistió él, acercándose un poco más.
—¿Me toma el pelo?
—Su esposo iba a reunirse con Eliza en su hotel. Yo la convencí de que me dedicara sus atenciones a mí en vez de a Ardley. Considérelo un favor personal.
—¿Cómo se atreve? —exclamó ella con los dientes apretados, inclinándose hacia él tan bruscamente que Pacciani dio un paso atrás, sobresaltado—. ¿Cómo se atreve a venir a un santuario de la belleza a decirme cosas tan feas?
La cara de él mostró la confusión que sintió ante la transformación de la amable gatita en furiosa leona. Levantó las manos en señal de rendición.
—No quería herirla.
—Oh, sí, claro que quería —replicó Candy, levantando la voz—. Es lo único que quieren usted y su amiga. No me importa lo que ella le dijera ni qué planes tuviera. Usted no ha impedido que mi marido hiciera nada, ¿lo entiende?
Pacciani frunció el cejo al darse cuenta de que todos los ojos estaban clavados en ellos y de que todos podían oír lo que decía Candy.
Su expresión pasó de confusa a condescendiente.
—Todos los hombres necesitan… ¿cómo lo diría?… distraerse un poco. ¿No creerá que vamos a pasarnos toda la vida con la misma mujer? No es suficiente —dijo, encogiéndose de hombros, como si estuviera exponiendo una obviedad.
—Las mujeres no somos como los productos de un buffet libre. Y mi esposo no comparte su misoginia —replicó ella, levantando la barbilla con gesto desafiante—. No pienso decirle nada a la profesora Picton, aparte de que se me ha acercado a contarme mentiras. Váyase de una vez y déjeme en paz.
Al ver que no se movía, Candy señaló la puerta con el dedo.
—Largo de aquí. —Su voz se oyó claramente en toda la sala.
(Tal vez no era la manera más educada de echar a un invitado de un acto elegante).
Candy ignoró las miradas de incredulidad y de crítica y siguió fulminando con los ojos a Pacciani, cuya cara se había transformado en una máscara de furia.
Fue a abalanzarse sobre ella, pero fue detenido justo a tiempo por una mujer que le agarró el brazo con fuerza.
—Te estaba buscando —le dijo la señora Pacciani a su marido, no sin antes haber dirigido una mirada hostil a Candy.
Él maldijo en italiano, tratando de liberarse de su mano.
—Vámonos —ordenó la mujer, tirando de su brazo—. Hay gente importante con la que tenemos que hablar.
Con una amenazadora mirada de despedida, Pacciani se volvió y siguió a su esposa hacia el pasillo.
Candy los vio marcharse aliviada. Pero al mismo tiempo muy enfadada.
(Lo que estropeó el brillo que el sexo había dejado en sus mejillas).
—¿Cariño?
Albert entró en la sala sonriendo y caminando con paso seguro. Como siempre, todas las miradas se volvieron hacia él mientras cruzaba la gran habitación.
Cuando se reunió con su esposa, unas cuantas parejas cuchichearon a su espalda.
La sonrisa desapareció de la cara de él.
—¿Qué ha pasado?
Candy frunció los labios, tratando de contener el enfado.
—El profesor Pacciani me ha arrinconado.
—Hijo de puta. ¿Estás bien? —Le apoyó la mano en el hombro.
—Se ha disculpado por el comportamiento de Eliza en Oxford. He perdido los nervios y he montado una escena.
—¿Ah, sí? —preguntó él, apretándole el hombro con una sonrisa pícara—. Cuéntame más.
Candy empezó a temblar, señal de que la adrenalina se retiraba.
—Lo he llamado misógino y le he dicho que se marchara, señalándolo con el dedo. —Repitió el gesto, mirándose el dedo como si no acabara de creérselo.
—Bien hecho. —Albert se llevó su dedo a los labios y se lo besó.
Ella negó con la cabeza.
—No, no he hecho bien. Ha sido muy bochornoso. Todo el mundo me ha oído.
—No creo que nadie te culpe. Probablemente las invitadas lo desprecien porque es un baboso y los invitados lo odien por haberse acostado con sus esposas.
—Quería que le dijera a Katherine que se había ocupado de Eliza. Por lo visto, va detrás de una plaza en Columbia y Katherine es amiga de la catedrática.
Albert resopló.
—No la conseguirá. Katherine fue la tutora de la tesis de Lucia Barini. También es amiga mía. No se dejará embaucar por ese tipo. Tal vez Pacciani quiera la plaza de Nueva York para estar más cerca de Eliza.
—Me pregunto qué le parecerá eso a su esposa. —Parecía disgustada—. También me ha dicho que impidió que te acostaras con ella.
—¿Con quién? —preguntó él con brusquedad.
—Con Eliza. Dijo que habías quedado con ella en su hotel, pero que él la distrajo. Por eso he perdido los papeles. Me temo que los otros invitados se han enterado de todo. —Miró nerviosamente a su alrededor.
Maldiciendo, Albert buscó a Pacciani con la mirada, pero no lo vio.
—Tengo algo que contarte. —Le dio la mano y la guió hacia un rincón discreto y miró por encima del hombro de ella para asegurarse de que nadie los escuchaba. Bajando la voz, siguió hablando—: Eliza me hizo proposiciones justo antes de tu conferencia. Debería habértelo contado inmediatamente, pero no quería que te pusieras nerviosa teniendo que hablar en público. Y después de la conferencia estabas tan contenta que no quise estropear el momento.
Candy le dirigió una mirada cargada de reproche.
—¿Y más tarde?
—No quise preocuparte.
—Por eso tampoco me contaste la conversación con Archie.
Albert apretó la mandíbula y asintió, bajando la cabeza.
—Lo siento.
Ella le soltó la mano.
—Debiste contármelo.
—Perdóname.
—No soy tan frágil. Puedo encajar las malas noticias.
—Pero no deberías tener que hacerlo.
Candy alzó los ojos hacia el cielo, lo que le permitió examinar el techo de la galería.
—Albert, hasta que pasemos a la otra vida nos iremos encontrando con noticias desagradables. Forma parte de la condición humana. Cuando me ocultas información, creas una barrera entre nosotros. —Señaló a su alrededor—. Una cuña que otros pueden aprovechar para ampliar la distancia que nos separa.
Él asintió, muy tenso.
—Creo que tengo derecho a saber quién le tira los tejos a mi marido. Y en qué momento —añadió, alzando una ceja.
Candy lo contempló en silencio, observando la expresión de sus ojos y la tensión con que apretaba la boca. Se lo veía muy infeliz, pero también tenía un aspecto protector, y eso era algo que no quería que desapareciera del todo.
—¿Me contarás las cosas de ahora en adelante? —preguntó, con suavidad.
—Sí. —Albert era sincero, pero ambos sabían que seguía teniendo secretos. Al menos por el momento.
—Bien —dijo ella alegremente—. Te perdono. Pero ya que el buen humor que me ha dejado mi estreno completo en sexo museístico se ha echado a perder, vas a tener que hacer algo para resarcirme.
Albert hizo una reverencia sin quitarle los ojos de encima.
—Tus deseos son órdenes.
—Me alegro. —Inclinándose hacia adelante, Candy lo agarró por la pajarita de seda—. Porque lo que deseo es placer. Y lo quiero ahora.
Echándole el pelo por detrás de los hombros, él le susurró al oído:
—En ese caso, acompáñame.
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AGOSTO DE 2011
CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS
Cuando Candy y Albert volvieron a casa la última semana de agosto, se encontraron una plétora de correo por abrir. Él miró por encima a los sobres que Rebecca había dejado ordenados sobre el escritorio y decidió deshacer la maleta antes.
Candy se quedó en el estudio. Echó un vistazo a la puerta y se levantó silenciosamente para cerrarla.
Sabía que estaba a punto de violar la confianza de Albert, pero se dijo que sus acciones estaban justificadas por el silencio de él y su negativa a contarle qué le pasaba.
En el escritorio había un cajón que él nunca abría. Hasta entonces, ella tampoco se había atrevido nunca a abrirlo.
Un día, él la encontró a punto de hacerlo mientras buscaba papel para la impresora y lo cerró diciéndole que allí guardaba recuerdos que no le gustaba recordar. Luego la distrajo sentándola sobre su regazo en la butaca de terciopelo rojo y haciéndole el amor.
Desde aquel día, Candy no había vuelto a abrir el cajón. Pero en ese momento, frustrada y preocupada, se sentó a la mesa dispuesta a buscar por su cuenta las respuestas que su marido se negaba a darle. Había pensado que le contaría lo que le preocupaba en Florencia, pero no lo hizo.
Sinceramente, estaba asustada, y no sabía cómo actuar.
Si él no estaba dispuesto a hablar, tal vez sus recuerdos lo harían.
Las ilustraciones de Botticelli, que habían pasado mucho tiempo guardadas en una caja de madera en ese mismo cajón, ya no estaban allí. Estaban en un lugar mucho más adecuado como era la Galería de los Uffizi. Con cuidado, Candy cogió el primer objeto y lo sostuvo en la mano.
Era el reloj de bolsillo de su abuelo. En Toronto se lo había visto llevar a Albert alguna vez, pero desde que estaban en Cambridge no lo había sacado del cajón. Era un reloj de oro con una larga cadena que acababa en un llavero en forma de pez. Abriéndolo con cuidado, leyó la inscripción:
Para Albert,
mi amado esposo.
Te quiere, Jean.
Candy volvió a cerrarlo y lo dejó encima de la mesa.
El siguiente objeto que encontró fue una vieja locomotora de latón que había conocido días mejores. Se lo imaginó de pequeño, aferrándose a la locomotora y exigiendo que se la llevaran cuando se marcharon de Nueva York. Se le encogió el estómago.
Dejó el tren sobre la mesa y volvió a concentrarse en el cajón. Vio una caja de madera y la abrió. Dentro encontró un collar de grandes perlas de los Mares del Sur y un anillo de brillantes. Candy lo examinó buscando una inscripción, pero no había ninguna. Encontró también dos pulseras de plata y otro collar, todo de Tiffany's.
Las joyas tenían que ser de la madre de Albert, pero se preguntó de dónde las habría sacado. Él le había hablado varias veces de la precariedad en la que habían vivido su madre y él. ¿Cómo podía ser que alguien tan pobre tuviera esas joyas? ¿Por qué no las había vendido cuando el dinero empezó a escasear?
Candy negó con la cabeza. La infancia de Albert había sido trágica, pero, sin duda, la vida de su madre también.
Cerró la caja y se centró en las fotografías que encontró dentro de varios sobres. Les echó un vistazo rápido. Había fotos de él y de su madre. También unas cuantas de un hombre solo y una mujer sola. Debían de ser los padres de Albert, pero, curiosamente, en ninguna foto estaban juntos.
La madre tenía el pelo rubio como el de su hijo, pero a diferencia de éste, tenía los ojos también oscuros, que destacaban sobre su piel pálida. Era de rasgos delicados y muy hermosa.
El padre de Albert tenía el pelo gris y penetrantes ojos color cielo. Era un hombre maduro, pero seguía siendo atractivo, aunque tenía un aire duro e implacable que a Candy no le gustó. En las fotografías casi nunca sonreía.
En la parte trasera del cajón, debajo de un viejo osito de peluche, encontró un diario personal. En la guarda delantera había escrito:
Propiedad de Suzanne Elizabeth Ardley.
Candy abrió una página al azar y leyó:
Estoy embarazada.
William quiere que aborte.
Me ha dado dinero y me ha dicho que concertará cita con el médico. Dice que si le hago este favor, buscará la manera de que estemos juntos.
Pero no me veo capaz de hacerlo.
Candy cerró el diario de golpe y lo guardó apresuradamente al fondo del cajón. Albert podría entrar en cualquier momento y se enfadaría mucho si descubría lo que había hecho.
Ella ya se arrepentía. Tenía las palabras de Suzanne Ardley grabadas en la mente. Si Albert leyera aquel diario, odiaría aún más a su padre.
Dejó el peluche donde lo había encontrado, junto con las fotos y la caja de las joyas. Estaba a punto de guardar la locomotora cuando se fijó en la carta que estaba encima de la pila del correo que había llegado en su ausencia.
No reconoció la caligrafía, pero no hacía falta. El nombre y la dirección de Karen estaban claramente escritos en una esquina del sobre. No sabía cómo lo había hecho, pero el caso era que ella había descubierto la nueva dirección de Albert y le había enviado una carta.
A su casa. La casa que compartía con su esposa.
El primer impulso de Candy fue tirar la carta al fuego. Pero ya había empezado a ocultarle cosas a su marido, como que había leído el diario personal de su madre a escondidas. No quería que la lista de secretos siguiera creciendo.
Sosteniendo el sobre a distancia, lo llevó a la habitación y se lo dio.
—Gracias, ya me ocuparé del correo más tarde. —Iba a tirar la carta sobre la cama, pero Candy lo impidió.
—Mira el remitente.
Albert miró la carta y maldijo.
—¿Por qué me escribe? Ni siquiera Carson, mi abogado, recibe ya noticias de ella.
Candy permaneció mirándolo en silencio.
Él abrió el sobre, esperando encontrar una larga carta manuscrita. Para su sorpresa, el sobre sólo contenía una tarjeta.
Leyó rápidamente el contenido.
—Es una invitación de boda. —Al volver la tarjeta, encontró unas líneas manuscritas:
Albert,
No te preocupes. No se me ocurriría invitarte a mi boda.
Sólo quería comunicarte que voy a casarme.
Después de todos estos años, finalmente voy a convertirme en esposa y madre de dos niñas maravillosas.
Ahora los dos somos felices. Las cosas por fin han acabado bien.
Besos y abrazos,
K.
Albert le alargó la participación de boda a Candy para que la leyera.
—Se casa —afirmó ésta.
—Sí.
—¿Cómo te sientes? —Candy escudriñó su cara.
Él volvió a meter la tarjeta en el sobre y se golpeó la palma de la mano con ella.
—Creo que Karen lo ha expresado perfectamente. Los dos somos felices. Ha encontrado la familia que buscaba. —La miró a los ojos—. Y debe agradecértelo a ti.
—¿A mí?
—Fuiste tú la que me convenció de que lo mejor para ella sería alejarse. Que nunca sería feliz si seguía dependiendo de mí. Tenías razón.
Incómoda, Candy cambió el peso de pie, consciente de que acababa de fisgar entre sus posesiones personales hacía un momento.
—También tenías razón sobre Maria —admitió con tristeza.
Ella lo abrazó.
—Preferiría no tener razón en lo de Maria, pero, a veces, amar a alguien significa dejarlo marchar.
—Yo nunca te dejaré marchar. Me enfrentaré a cualquiera que trate de apartarte de mí —dijo Albert con fiereza.
Candy lo besó en los labios.
—Pues recuérdalo mientras tratas de poner en orden tus ideas. Sea lo que sea lo que te preocupe, estoy aquí. Y no voy a irme a ninguna parte.
Con un beso de despedida, salió de la habitación.
Mirando la invitación, Albert regresó al pasado.
CONTINUARA
