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CAPITULO 109
Cuando el puente del Día del Trabajo llegó a su fin, Candy y Albert volvieron a Cambridge para el inicio del año académico. Él iba a dar un curso y un seminario para alumnos de doctorado en la Universidad de Boston, mientras Candy seguiría con su formación en Harvard.
La segunda semana de septiembre, Albert fue a la consulta de un reputado urólogo. No quiso que su mujer lo acompañara, ya que la visita coincidía con una de sus clases, así que fue solo.
Cuando volvió a casa a la hora de la cena, ella lo asaltó:
—¿Y bien?
—Buenas noches a ti también. —Albert le rozó los labios en un beso y la miró curioso—. Todavía me cuesta acostumbrarme a verte con gafas —dijo, tocándole la montura de carey.
Ella se las tocó, algo avergonzada, y luego se las quitó.
—Sólo las necesito para leer. O eso es lo que dijo el oculista.
—Pareces una bibliotecaria sexy. De hecho, creo que deberíamos llevarlas al estudio y usarlas para una nueva sesión de sexo de escritorio.
Ella se echó a reír.
—No vas a distraerme hablando de sexo, profesor Ardley.
Quiero que me cuentes todo lo que te ha dicho el médico.
La sonrisa de Albert perdió brillo.
—¿Y si te prometo orgasmos múltiples? —susurró, agarrándole la muñeca y llevándosela a la boca. La besó y le dio un mordisquito.
Candy tragó saliva con dificultad.
—Suena… muy bien. Pero sigo queriendo que me cuentes qué te ha dicho el médico.
Él avanzó, haciéndola retroceder hacia la mesa de la cocina.
—¿Y si te prometo sexo en la mesa de la cocina como nunca lo has experimentado antes?
Arrinconándola contra la mesa, le separó las piernas para colocarse entre ellas.
Candy le acarició la mejilla.
—Te diré que me estás asustando, porque estás tratando de distraerme con sexo para no contarme lo que ha pasado en el médico. Por favor, dímelo.
Albert se apartó de ella y se dejó caer pesadamente en la silla más cercana.
—¿Has preparado algo? ¿O Rebecca?
—Rebecca ha dejado una lasaña —respondió Candy, acercándose a la nevera para sacar una CocaCola. La sirvió en un vaso con hielo y se la ofreció—. Espero que tengas hambre.
—El médico no está seguro de que vaya a funcionar. —Albert dejó el vaso en la mesa bruscamente.
—Oh, cariño. —Candy se sentó delante de él y le apoyó la mano en el antebrazo.
—Cree que si la operación no funciona, podríamos recurrir a la inseminación artificial, pero tendrían que analizarme el esperma para ver si aún es viable. Cuando tenga los resultados decidiremos si merece la pena programar la operación o no. Me harán la prueba la semana que viene.
—¿Y?
—Aunque llevemos a cabo la intervención, las posibilidades de éxito son muy pocas. —Albert se aclaró la garganta—. Me operaron hace diez años, por lo que la posibilidad de embarazo se reduce a un treinta por ciento. Mientras he podido generar anticuerpos, tejido fibroso y un bloqueo secundario.
—No pensaba que fuera a ser tan complicado.
Él se frotó los ojos con las manos.
—Es mucho más complicado de lo que imaginaba. Pero le agradezco al médico que haya sido tan detallado en sus explicaciones. ¡Ah!, y me ha prohibido fumar.
—Eso es bueno. Y si te sometes a la operación, ¿cuándo sabremos si ha tenido éxito?
—Dice que depende. Puede tardar de unos tres meses a un año—titubeó antes de añadir—: O nunca.
Candy se sentó en su regazo y lo abrazó.
—Lo siento, Albert. Ojalá hubiera ido contigo.
—Tal vez no estabas físicamente, pero te sentía a mi lado. —Le dirigió una sonrisa triste.
—Si la producción de esperma no se ha visto afectada, podríamos probar la inseminación artificial. Si queremos, recogen esperma antes de la operación y lo congelan. —Jugueteó con el pelo de ella—. El médico ha sugerido que tú también te hagas una revisión, para descartar algún posible problema de fertilidad por tu parte.
Candy hizo una mueca.
Él la miró ladeando la cabeza.
—¿Ves algún inconveniente?
—No. No me gustan esas revisiones, pero entiendo que sería necesario. Además, ya me toca ir.
—Lo peor de todo es que el médico ha dicho que tendríamos que pasar tres semanas de abstinencia después de la operación. Me ha advertido que no podría eyacular durante al menos tres semanas.
Candy abrió los ojos como platos.
—¿Tres semanas? Scheisse.
—Exacto. ¿Sigues queriendo que lo hagamos?
—No me gusta la idea del celibato obligado durante tres semanas.—Se estremeció sólo de pensarlo—. Pero he pasado mucho más tiempo célibe antes.
—Cierto. —Albert sonrió travieso—. Será una nueva experiencia para los dos: celibato marital. ¿Quién se iba a imaginar que existía algo tan horrible?
—Yo desde luego, no. Excepto, ya sabes, una vez al mes.
—Por cierto, vamos a tener que organizarnos para que las tres semanas coincidan con tu período, porque, si no, serán cuatro semanas.
—Piensas en todo, Profesor.
Los ojos de Albert parecieron oscurecerse.
—Tengo mis necesidades.
Candy presionó el pecho contra el suyo, juntando sus labios hasta que se rozaron.
—Igual que yo, Profesor. Y estoy segura de que podremos ocuparnos de algunas de esas necesidades sin poner en peligro tus partes afectadas.
—¿Partes afectadas?
—Me ocuparé de ti y de todas tus partes. Vas a necesitar una enfermera.
Albert le deslizó las manos por la espalda hasta detenerse en sus nalgas.
—Me gusta cómo suena eso. Enfermera, bibliotecaria, estudiante, profesora… Tus talentos no tienen fin.
—No. De hecho, tengo otra identidad secreta.
—¿Ah, sí?
Ella le acercó los labios al oído.
—También soy Jane Foster .
—Voy a tener que ir a buscar el trage de Thor a la tintorería, porque el martillo siempre lo llevo conmigo.
—¡Feliz Navidad, Candy! —se dijo a sí misma.
—Lo será —susurró él, dirigiéndole una mirada ardiente—. Entonces, para que quede todo claro, iremos a hacer las visitas que hagan falta y seguiremos adelante con el proceso. ¿Sí?
—Sí.
—Y no empezaremos a intentar tener un hijo hasta que acabes el doctorado. Todo esto son trámites… preliminares.
Candy sonrió y lo besó en los labios. Luego decidieron que la cena podía esperar y celebraron sus decisiones con una ronda de sexo en la mesa de la cocina. Albert simuló ser Thor que volvía a casa después de una dura jornada luchando contra el crimen.
(Debe quedar constancia de que el sexo en la mesa de la cocina entre superhéroes todavía es mejor que el sexo en la mesa de la cocina entre personas normales y corrientes).
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Más tarde, Candy y Albert estaban sentados en el suelo del dormitorio, revisando las cajas de Sharon. Encontraron álbumes de fotos con fotografías de Candy cuando era un bebé y más mayorcita. Encontraron también juguetes y la pulsera que le habían puesto a Candy en el hospital cuando nació.
La sorprendió que su madre hubiera guardado todos esos recuerdos. Pero todavía se sorprendió más al encontrar una foto de sus padres el día de su boda, junto a varias otras de cuando eran novios. Había incluso algunas fotos familiares de antes del divorcio.
En otra caja encontraron bisutería, pañuelos de cuello y fotos de Sharon con distintos hombres. Candy dejó esas fotos en el montón de tirar casi sin mirarlas. Por lo que Albert sabía del comportamiento de la mujer cuando estaba con esos hombres, no le extrañó que Candy quisiera destruir esos recuerdos.
—Candy, ahora tienes tu propia casa. Tienes una nueva vida.—Le acarició los nudillos con un dedo.
—Lo sé —replicó ella con una sonrisa no muy convencida.
Buscó el anillo de compromiso de su madre y el de boda, pero no los encontró. Supuso que ésta los habría empeñado. No recordaba habérselos visto puestos en los últimos años.
Si había esperado encontrar algún tipo de respuesta, la realidad la decepcionó una vez más. Nada en aquellas cajas ofrecía información sobre por qué la adorada niñita se había convertido en una presencia molesta en la casa. Nada explicaba por qué el alcohol y el sexo se habían vuelto más importantes que una persona que era carne de su carne y sangre de su sangre.
—¿Cariño? —La voz de Albert interrumpió sus pensamientos.
—Una vida entera. Tres cajas. Qué desperdicio.
Él le acarició la espalda para consolarla.
—¿Por qué no me quería? —A Candy se le quebró la voz.
Albert sintió que se le rompía el corazón. Se sentó detrás de ella y la abrazó con fuerza.
—Ojalá tuviera la respuesta, pero sólo puedo decirte que te entiendo, Candy. Te entiendo.
—Me cuesta tanto creer que pudiera quererme alguna vez…
—Conservó las fotografías. Es evidente que, cuando naciste, te quería mucho. Se ve en su cara. Y durante los primeros años te siguió queriendo.
—Pero luego decidió que quería más al alcohol.
—Eso no era amor. Era una adicción.
—No es que no sienta compasión por ella, Albert, pero es que no me entra en la cabeza que alguien ponga el alcohol y los hombres por delante de su hija.
Albert le apretó la mano.
—Porque no es correcto. No debería ser así. Pero las adicciones son algo terrible. Por desgracia, sé de lo que hablo. Es una suerte que no puedas imaginártelo; eso significa que no has pasado por ello. Estoy seguro de que tu madre quiso dejarlo en alguna ocasión.
—Sí, fue a rehabilitación varias veces.
—Sin la ayuda de Dios, yo habría acabado como ella —susurró Albert. Al ver que Candy permanecía en silencio, siguió hablando—: Es culpa mía. Insistí en que debíamos buscar información sobre nuestros padres y mira…
—No eres tú quien me hizo daño. Supongo que fui una idiota al pensar que encontraría alguna respuesta en estas cajas. Si mi padre no las tiene, ¿cómo iba a encontrarlas yo en un montón de trastos viejos?
—Tus juguetes no son trastos viejos. Enmarcaremos las fotos y colocaremos los juguetes en una estantería. Algún día, cuando tengamos una niña, podrás enseñarle lo guapa que era su madre de pequeña.
Candy escondió la cara en el hombro de Albert.
—Gracias.
Tras abrazarla con fuerza, la ayudó a guardar las cosas en las cajas.
CONTINUARA
