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CAPITULO 110

—Disculpe, ¿podría repetirlo? —Candy estaba mirando a su ginecóloga con los ojos muy abiertos.

Era la tercera semana de septiembre y acababa de someterse a sus exámenes ginecológicos. Se suponía que era un trámite para descartar posibles problemas de infertilidad. Pero los comentarios de la doctora indicaban que el examen no había tenido nada de rutinario.

—Quiero que te hagas una ecografía. Mi secretaria se pondrá en contacto con el centro radiológico del hospital Mount Auburn para concertar la cita. Que te la hagan inmediatamente. Lo apuntaré en la petición —añadió, escribiendo rápidamente en el historial médico de Candy.

Ella sintió que se le encogía el estómago.

—Entonces, ¿es serio?

—Potencialmente serio. —La ginecóloga dejó de escribir y la miró a los ojos—. Ha sido una suerte que vinieras a visitarte ahora. He encontrado algo en uno de tus ovarios. Quiero saber de qué se trata. Ve a hacerte la ecografía. El radiólogo te hará un informe y a partir de ahí veremos lo que hay que hacer.

—¿Cáncer? —Candy casi no se atrevía a pronunciar la palabra.

—Es una posibilidad. O también podría ser un quiste benigno. Pronto lo sabremos. —La doctora Rubio siguió escribiendo—. No te saltes la ecografía. Es importante que sepamos de qué se trata cuanto antes.

Candy permaneció inmóvil. Sólo podía pensar en Pauna.

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—Cariño, estoy en pleno seminario. ¿Puedo llamarte cuando acabe? —preguntó Albert en voz baja cuando cogió la llamada.

—Oh, lo siento. Me había olvidado. Nos vemos en casa.

Candy estaba aturdida, tratando de no llorar. Al otro lado de la línea oyó pasos y una puerta que se cerraba.

—He salido al pasillo. ¿Qué pasa?

—Voy de camino hacia casa. Nos veremos allí. Por favor, pide disculpas a tus alumnos de mi parte.

Colgó antes de echarse a llorar. La voz de Albert, tan paciente y cariñosa, le hizo perder el control de sus emociones.

Acababa de esconder la cara entre las manos cuando el teléfono volvió a sonar. No tuvo que mirar la pantalla para saber quién llamaba.

—Ho… ¿Hola?

—¿Qué ha pasado?

—Te lo contaré a la hora de la cena —respondió ella entre sollozos.

—No, vas a contármelo ahora o cancelaré el seminario e iré a buscarte. Me estás preocupando.

—La doctora ha encontrado algo durante el examen.

Albert permaneció en silencio unos momentos. Luego inspiró hondo.

—¿Qué es lo que ha encontrado?

—Todavía no lo sabe. Tengo que hacerme una ecografía en el hospital Mount Auburn lo antes posible.

—¿Estás bien?

—Sí. —Candy mintió lo mejor que pudo.

—¿Dónde estás?

—Volviendo a casa dando un paseo.

—Quédate donde estás. Voy a buscarte.

—Pero tendrás que anular el seminario.

—No podría concentrarme sabiendo que estás sola y llorando. Quédate donde estás. Te llamo en un minuto.

—Estoy bien. Sólo es la impresión.

—No estás bien. Dame un minuto.

—Ya casi estoy en casa. Nos vemos allí.

Cortó la llamada.

Maldiciendo entre dientes, Albert abrió la puerta del aula y canceló la clase.

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Mientras esperaban a que llegara el día de la ecografía, Albert recibió una llamada de su urólogo. Al parecer, su producción de esperma era normal. El profesor Ardley era gloriosamente fértil.

(Entre paréntesis, debe destacarse que él nunca dudó de su fertilidad).

Sin embargo, el alivio quedó apagado por la intranquilidad que sentía por Candy. Aunque exteriormente trataba de poner buena cara para no preocuparla, por dentro estaba muy asustado.

Candy era joven y estaba sana. Claro que Pauna también era joven y sana antes de ponerse enferma. Tenía cáncer de mama y habían tardado un tiempo en diagnosticárselo.

Albert era un hombre fuerte y tan viril que no solía sentirse nunca impotente. Pero contemplar a su amada esposa dar vueltas por las noches en la cama lo hacía sentir indefenso. Ella era luz, vida, amor y bondad. Y era posible que estuviera muy enferma.

Cerró los ojos y rezó.

—¿Cariño? —La voz de Candy le llegó en la oscuridad.

—¿Sí?

—Quiero que me prometas una cosa.

Él se volvió de lado para verla mejor.

—Lo que quieras.

—Prométeme que, si me pasa algo, te cuidarás.

—No digas esas cosas —contestó de forma más brusca de lo que habría querido.

—Lo digo en serio, cariño. Ya sea pronto o cuando sea una ancianita arrugada de pelo gris, quiero que me prometas que seguirás en la senda que has iniciado. Que serás un buen hombre, que vivirás una buena vida y que tratarás de encontrar la felicidad.

Albert sintió que las emociones se le agolpaban en la garganta, impidiéndole respirar.

—No encontraré la felicidad si no estás conmigo.

—Encontraste la paz sin mí —susurró ella—. Encontraste la paz en Asís. Podrías vivir sin mí. Ambos sabemos que podrías.

Él le apoyó una mano en el vientre y le acarició la piel desnuda.

—¿Cómo puede nadie vivir sin corazón?

Ella le cubrió la mano con la suya.

—William lo hace.

—William no es más que un caparazón hueco; una sombra de lo que fue.

—Quiero que me lo prometas. Creo que has exagerado tanto al ponerme en un pedestal, que si me pasara algo temo lo que pudieras hacer…

—Siempre tendré que luchar contra las adicciones, Candy, pero no creo que vuelva jamás a mi vida anterior. —Con un hilo de voz, añadió—: Si lo hiciera, estaría realmente solo.

—Te prometo que, desde donde esté, haré todo lo que pueda por ayudarte. —Su voz era un susurro desesperado.

—Estoy convencido de que lo harías. Si tú fueras san Francisco y yo Guido da Montefeltro, vendrías en busca de mi alma, ¿verdad?

—Te lo juro, aunque no creo que tu alma esté en peligro.

Albert le acarició la mejilla con el pulgar.

—Ya basta de esta conversación tan dramática. Si necesitas que te lo prometa para quedarte tranquila, te lo prometo. Pero no te atrevas a dejarme solo.

Candy asintió, relajándose.

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El día de la ecografía, Albert canceló sus clases para acompañarla.

—Lo siento, señor, pero no está permitido que entre.

Albert se irguió cuan alto era. Una mueca distorsionaba sus hermosos rasgos.

—¿Disculpe? —le preguntó a la técnica, mucho más bajita que él.

La mujer señaló un cartel colgado en la pared.

—Sólo puede pasar el paciente. La familia debe esperar fuera.

Albert puso los brazos en jarras, con lo que la chaqueta se le abrió amenazadoramente.

—Es mi esposa. No pienso dejarla sola.

—La ecografía media no suele durar más de treinta minutos. En seguida estará con ella. —La técnica le hizo un gesto a Candy con la cabeza—. Señora Ardley, ¿me acompaña?

Albert la agarró del brazo, deteniéndola.

—Iremos a otro hospital.

Ella cambió el peso de pie varias veces. Prácticamente estaba bailando.

—Me han hecho beber cinco vasos de agua. Me muero de ganas de hacer pipí. No me hagas volver a pasar por esto.

—No pienso dejarte sola —insistió él, con los ojos azules llameando.

—No podemos alargarlo más, Albert.

El tono de voz de su mujer pareció sacarlo de un trance. Parpadeó varias veces.

—¿Y si hay algún problema?

La técnica se aclaró la garganta y volvió a señalar el cartel.

—No estoy autorizada a comunicar el resultado de la prueba. Sólo el radiólogo puede escribir el informe. Y él se lo envía directamente a su médico.

Albert soltó unas cuantas maldiciones variadas y lanzó una mirada tan agresiva hacia la mujer que ésta sintió como si la empujaran contra la pared.

—Todo irá bien, cariño, pero si no quieres que me explote la vejiga aquí mismo, tienes que dejarme entrar —dijo Candy cruzando las piernas.

Albert la miró mientras desaparecía tras la puerta, sintiéndose furioso e impotente al mismo tiempo.

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Dos días más tarde, Candy fue a la consulta de la doctora Rubio para conocer el resultado de la ecografía. Su marido la acompañó.

—Fibromas —anunció la doctora triunfalmente—. He leído el informe y he visto la ecografía. Estoy de acuerdo con el diagnóstico.

—¿Qué son fibromas? —preguntó ella, dándole la mano a Albert.

—Son tumores benignos que crecen dentro o fuera del útero. Son muy comunes. Según el informe, tienes dos.

—¿Dos? —preguntó Candy, asustada—. Pensaba que sólo era uno.

—Yo encontré uno durante el examen ginecológico. Al estar en la parte externa del útero, pensé que estaba en el ovario. Pero hay otro más pequeño más abajo, en la parte frontal del útero—explicó la doctora Rubio, haciendo un dibujo de las partes íntimas de Canfy mientras Albert trataba de no desmayarse.

(Debe tenerse en cuenta que su amplio conocimiento en temas uterinos venía dado por experiencia práctica, no visual).

—El grande tiene unos cinco centímetros. El pequeño unos tres—aclaró, señalando el dibujo con el bolígrafo.

Candy se mareó un poco y apartó la vista.

—¿Hará falta operar? —preguntó Albert, ignorando el dibujo y clavando la mirada en los ojos de la doctora.

—No necesariamente. —La mujer se volvió hacia la paciente—. Si no molestan, solemos dejarlos. Te recetaré píldoras anticonceptivas. Las hormonas de la píldora frenan el crecimiento de los fibromas.

—¿Y los fibromas afectarán a la fertilidad?

La doctora Rubio releyó la historia clínica.

—Ah, sí, veo que queréis tener familia más adelante.

»Los iremos controlando. Al estar situados en la parte externa del útero, no creo que afecten. Sin embargo, si te quedaras embarazada habría que vigilarlos de cerca. Los fibromas suelen crecer durante el embarazo porque los niveles hormonales se disparan. Pueden ocupar parte del útero y forzar un parto prematuro. Pero ya nos ocuparíamos de eso llegado el momento.

»De momento, esto son buenas noticias. Me gustaría que volvieras dentro de seis meses para hacer una nueva ecografía de control. Ahora te doy una receta para la píldora y dentro de seis meses hablamos.

Candy y Albert intercambiaron una mirada antes de darle las gracias.

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Esa noche, Albert estaba despierto en la cama, mirando el techo.

Una inexplicable sensación de terror se había apoderado de él.

Con cuidado de no despertar a Candy, se levantó y fue al estudio. Encendió la luz, cerró la puerta y se dirigió al escritorio.

Minutos después estaba buscando «fibromas» en Google. Eligió una página que parecía seria y empezó a ver imágenes de fibromas extraídos mediante cirugía.

En ese momento se desmayó.

CONTINUARA

Pobre mi rubio, que maravilloso marido tiene ella, suerte que no era algo mas grave, ahora les copio lo que decia el principe inmortal, parecia algo mas grave:

El Príncipe permaneció donde estaba y cerró los ojos, respirando con profundidad una vez más. Cuando la señora Ardley pasó por delante de él, algo desagradable —y decididamente maligno— le alcanzó la nariz.

Abrió los ojos al darse cuenta de pronto de que la señora Ardley estaba enferma.

Su amabilidad y su caridad casi lograban enmascarar el desagradable olor interno, pero allí estaba, acechando en las profundidades como una serpiente.

El Príncipe y los de su especie eran expertos en detectar los defectos y las enfermedades de los seres humanos. Tal vez fuera una característica innata o producto de la adaptación. Pero, fuera cual fuese su origen, esa característica les permitía distinguir entre fuentes de alimento deseables o poco recomendables.

Y, gracias a esa habilidad, determinó que a la señora Ardley le faltaba hierro. De eso estaba seguro. No obstante, había otra cosa; algo grave, que no había notado antes, y que la convertía en un sujeto repugnante. Sin embargo, sus virtudes eran muy reales. Le sorprendió darse cuenta de que no se trataba de la esposa consentida que había creído que era.

Los ojos del Príncipe siguieron a la pareja hasta el extremo opuesto del pasillo, donde los Ardley, muy juntos, susurraban frenéticamente.

Con una última mirada de indecisión hacia la preciosa cara de la señora Ardley, se volvió y se dirigió a la salida.