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CAPITULO 111

Albert no tuvo que esperar mucho. La primera semana de octubre se sometió a la reversión de la vasectomía. Esta vez fue Candy la que se saltó las clases para acompañarlo al hospital.

La mañana de la operación se despertó oyendo las notas de Fever, cantada por Peggy Lee. No era el tipo de música que Albert solía escuchar por las mañanas, pero la elección sonaba prometedora.

Se puso la bata y se acercó al baño.

Él estaba delante del espejo, afeitándose. Tenía el pelo húmedo de la ducha y las puntas se le empezaban a rizar. Estaba desnudo de cintura para arriba. Una toalla de color azul oscuro le colgaba de las caderas. Un gran deseo de recorrer el músculo en forma de uve que le empezaba bajo el ombligo se apoderó de Candy.

Como de costumbre, Albert había usado una brocha clásica para extenderse la espuma de afeitar sobre la cara. Sus ojos, del color del cielo, se clavaban en el espejo tras el cristal de las gafas. Se llevó la navaja a la cara y empezó.

—¿Espiando desde la puerta, señora Ardley? —le preguntó sin mirarla.

—He oído la música y he venido a ver qué era lo que te estaba causando fiebre.

Él se detuvo y le dirigió una mirada abrasadora.

—Creo que ya sabes la respuesta.

—Sé lo que me eleva la temperatura a mí. No hay nada más sexy que ver al hombre que amas afeitándose.

Él aclaró el jabón de la navaja.

—Me alegra oír eso, ya que tengo que hacerlo cada día —replicó, con los ojos brillantes—. A menos que te hayas aficionado a mi barba. Me parece recordar que la disfrutaste bastante anoche.

Bajó la vista hacia los muslos de Candy.

Ella se ruborizó al recordar la noche anterior… tumbada de espaldas, con la incipiente barba de Albert entre las piernas…

Él agitó una mano delante de sus ojos.

—Un penique por tus pensamientos.

—Perdona, ¿decías?

Albert se echó a reír.

—Te he preguntado que cómo estás esta mañana.

—Ah, bien, muy bien. ¿Y tú? ¿Estás nervioso?

—No mucho, pero me alegro de que me acompañes. Tengo que estar en el hospital a las diez, lo que nos deja un montón de tiempo para actividades extracurriculares. En seguida acabo de afeitarme. Ve pensando en algo que me ayude a superar las próximas tres semanas.

Siguió con el ritual del afeitado, moviendo la navaja hábilmente.

—Se me está ocurriendo algo. —Candy se acercó y empezó a besarlo en la espalda.

—Creo que deberíamos esperar a que acabara de afeitarme. Me estás distrayendo.

—¿Ah, sí?

Ella insistió. Esta vez, mientras lo besaba le acarició los hombros, sintiendo cómo se tensaban.

—No puedo contenerme, Profesor. Me gusta tocarte.

Le resiguió la línea de los bíceps y bajó hasta los antebrazos, admirando los músculos y tendones que encontraba por el camino. Con los labios recorrió los montículos y valles de su columna vertebral hasta llegar a los hoyuelos que parecían guiñarle el ojo desde el borde de la toalla.

Él apoyó la mano con fuerza en el mármol del lavabo.

—No puedo afeitarme si me tocas.

—En ese caso… podría afeitarte yo.

—¿Ah, sí?

Cruzaron una ardiente mirada.

—A ti te gusta darme de comer. Tal vez descubra que a mí me gusta afeitarte.

—Estás muy provocadora esta mañana.

—Tal vez yo también necesite un recuerdo atrevido que me ayude a superar estas tres semanas de celibato matrimonial.

Dejando la navaja sobre el mármol, Albert la llamó con el dedo.

Candy se colocó delante de él, en el lugar que él le señaló. Con un ágil movimiento, la levantó y la sentó sobre el mármol.

Le separó las rodillas, apartando la bata, y se colocó entre sus piernas.

—¿Tan temprano y ya sin bragas? —preguntó, bajando la vista.

—No me ha dado tiempo de ponérmelas.

—Soy un tipo con suerte. —Albert sonrió mientras jugueteaba con el cinturón de la bata—. Y por suerte para los dos, todavía no te ha venido la regla.

Candy lo detuvo, apoyando las manos sobre la de él.

—¿Me enseñas a afeitarte?

—Afeitarse está sobrevalorado.

—Me gustaría hacerlo.

Él suspiró teatralmente, como si estuviera poniendo a prueba su paciencia, antes de volver a coger la navaja.

—Afeita en el sentido en que crece el pelo, pero sin apretar. La navaja está muy afilada.

Dando un paso atrás, le mostró la técnica mirándose en el espejo. Satisfecho con la demostración, aclaró la navaja antes de colocarla en la mano de Candy.

Ella lo miró y luego miró el filo de la navaja que brillaba bajo la luz halógena.

—¿Pánico escénico, señora Ardley?

—Tengo miedo de hacerte sangrar.

Él la miró.

—Pues ya sabes cómo me sentí yo la primera vez.

Candy notó que se le aceleraba el corazón. Él había estado muy ansioso ese día, pero al mismo tiempo había sido muy delicado con ella.

Albert le dio un beso en la muñeca y le mordisqueó suavemente la piel.

—Irás con cuidado.

Separando la bata de seda, hizo que se deslizara por los hombros de Candy. Luego le apoyó una mano entre los pechos, sintiendo el latido de su corazón.

Ella alzó una ceja.

—¿Quieres que te afeite medio desnuda?

—No. —Albert se le acercó—. Quiero que me afeites como Dios te trajo al mundo, completamente desnuda —le aclaró con un susurro ronco.

Se tomó su tiempo para deshacer el nudo del cinturón de la bata. Parecía que estuviera desenvolviendo un regalo. Cuando acabó, volvió a colocarse entre sus rodillas.

—No hay nada más sexy que ver a la mujer que amas afeitándote… mientras disfrutas de su cuerpo.

Candy se estremeció al notar el aire corriendo sobre su piel acalorada. Le apoyó la mano en el hombro para estabilizarse.

Cuando él asintió, empezó.

El filo de la navaja se deslizó con facilidad, sin necesidad de hacer presión. Durante el proceso, los ojos de Albert permanecieron clavados en los de ella.

Bajó las manos hasta la cintura de Candy y empezó a acariciarle los huesos de las caderas con los pulgares.

—No creo que sea buena idea. Podría cortarte.

—Puede ser un buen ejercicio de autocontrol para los dos.

Trazó un camino con los dedos, subiendo hasta llegar a sus pechos. Una vez allí, se los rodeó suavemente. Cuando ella gimió, volvió a deslizar las manos hasta su cintura.

—Me gusta sentir tu piel bajo mis dedos.

Candy le devolvió la mirada.

—A mí también.

Tras tragar saliva con dificultad, Candy volvió a su tarea, tratando de ignorar las sensaciones que le despertaban los dedos de su marido sobre las costillas y entre los pechos. Cuando él empezó a juguetear con sus sensibles pezones, se detuvo.

—Supongo que esto quiere decir que confías en mí —dijo ella, con las manos temblorosas.

Albert le pasó los pulgares sobre los prominentes pezones.

—Confío en ti, Candy. Más que en nadie en el mundo.

Con su mirada, intensa pero cargada de ternura, comunicaba mucho más que con sus palabras.

—Cuando te veo, tengo que tocarte. No puedo reprimirme.

Le apoyó las manos en los pechos, pero no se los apretó con fuerza, porque sabía que iba a tener la regla pronto y los tenía sensibles.

Cuidadosamente, Candy lo afeitó por donde él no lo había hecho, mientras Albert la acariciaba, excitándola. La respiración se le aceleró.

Él bajó las manos y las apoyó en los muslos de ella por encima de las rodillas, donde su piel seguía más sensible de la cuenta por las atenciones que le había dedicado la noche anterior. Muy lentamente, fue ascendiendo.

Poco después, Candy dio el afeitado por concluido y se echó hacia atrás para contemplar el resultado.

—Creo que ya hemos acabado.

Él le dio un rápido beso.

—Gracias.

—No hay de qué. —Candy dejó la navaja y se echó hacia atrás, apoyándose en las manos.

—Pero no creo que hayamos acabado. —Con los ojos brillantes,

Albert se acercó al vértice entre sus piernas y le acarició los rizos con los pulgares.

Ella se pasó la lengua por el labio inferior.

—Pues quítate la toalla, Profesor.

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La operación de Albert fue totalmente rutinaria, sin nada que destacar. Lo que fue remarcable fue la cara de preocupación del cirujano cuando salió a hablar con Candy a la sala de espera.

—Señora Ardley —la saludó, sentándose a su lado en una silla vacía.

Ella cerró el portátil.

—¿Cómo está?

—La operación ha ido bien. No ha sido fácil, pero todo estaba dentro de lo esperable. Hemos recogido parte del esperma y lo hemos congelado siguiendo las instrucciones de su marido.

—Albert dijo que tenía usted un porcentaje de éxito muy alto—comentó Candy esperanzada.

—Así es. Algunos de mis pacientes han engendrado un hijo sólo tres meses después de la intervención. Pero cada caso es diferente. —Volvió a ponerse serio—. Su esposo ha sufrido una reacción a la anestesia.

—¿Una reacción? —El corazón de Candy se aceleró—. Pero ¿está bien?

—Se pondrá bien, pero ha estado vomitando. Lleva una sonda intravenosa y me gustaría que se quedara a pasar la noche. Ahora está en recuperación. Dentro de un rato lo llevarán a una habitación. La avisarán para que pueda ir a hacerle compañía.

El cirujano la miró con preocupación.

—Este tipo de reacciones a la anestesia general no son raras. Lo mantendremos en observación esta noche y probablemente mañana podamos dejar que se vaya.

Tras darle unas palmaditas en la mano, desapareció por unas puertas batientes.

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—¿Albert? —susurró Candy para calmarlo. Había estado gimiendo y moviéndose en sueños en la cama del hospital.

Inclinándose sobre él, le cogió la mano—. Cariño, ya ha pasado todo. Te pondrás bien.

Él abrió los ojos bruscamente.

Candy le apartó el pelo de la frente.

—Hola, mi niño.

Él cerró los ojos.

—Así me siento, como un niño pequeño. O mejor dicho, me siento como si estuviera en el infierno. Estoy mareado.

—¿Vas a vomitar?

Él negó con la cabeza.

—Estoy cansado.

—Entonces duerme, cariño. Yo estoy a tu lado.

—Niño bueno —murmuró antes de dormirse otra vez.

Candy le dio un beso en la frente.

«Amo a este hombre de todo corazón. Daría la vida por él. Lo daría todo por él».

Era raro ver a Albert tan vulnerable. Casi nunca se ponía enfermo. Y cuando estaba despierto, su sola presencia desprendía una energía que llenaba cualquier estancia.

Pero ahora su personalidad estaba apagada. Estaba callado, débil, indefenso.

Recordó la vez que se había ocupado de él cuando lo encontró borracho en Toronto. Lo había ayudado a llegar a su piso y, una vez allí, le había vomitado encima.

(Encima de ella y del jersey de cachemira verde botella).

Recordó que lo había llevado hasta la ducha y lo había ayudado a limpiarse. Pasándose las manos por el pelo, pensó en cómo sería cuidar de un bebé. En esos momentos, parecía algo muy remoto, casi inalcanzable.

Al volver a mirar el hermoso rostro de su marido, se dio cuenta de que algo en su interior estaba cambiando. Algo había empezado a cambiar.

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—¿Cómo está? —preguntó Rebecca, preocupada, cuando Candy entró en la cocina la tarde siguiente.

Dejó la bandeja encima de la encimera antes de contestar:

—Está durmiendo. Decía que tenía molestias, pero no quería tomarse las pastillas. He tenido que amenazarlo.

Rebecca se echó a reír.

—Qué milagro. ¿Cómo lo has conseguido?

Candy dejó los platos sucios en el fregadero.

—Le he recordado que cuanto más tarde en recuperarse, más tendremos que esperar para practicar sexo. Me ha quitado el bote de pastillas de la mano. No creo que volvamos a tener problemas para que se tome la medicación.

Rebecca sacudió la cabeza, disimulando una sonrisa.

—Estoy preparando sopa de pollo y panecillos caseros para cenar. ¿Qué te parece? —La mujer se acercó a la cocina, donde un pollo entero estaba hirviendo a fuego lento en una gran olla.

—Me parece genial, gracias.

—¿Quieres que me quede a pasar el fin de semana?

—No, estaremos bien solos. —Candy miró a Rebecca con interés—. ¿Te quedarías?

La mujer volvió a tapar la olla.

—Por supuesto. Puedo quedarme siempre que me necesitéis, excepto durante las vacaciones. Incluso en vacaciones, si lo sé con tiempo, puedo arreglármelas. Sé que sonará idiota, pero ya os considero parte de la familia.

Candy se apoyó en la encimera.

—No es idiota. Nosotros pensamos lo mismo. La vida es mucho más fácil cuando estás en casa. La ropa sucia desaparece y aparece milagrosamente limpia en su sitio. La nevera y el congelador siempre están llenos y todo está inmaculado. Yo no sería capaz de hacer lo que tú haces.

—Estoy segura de que sí podrías. Lo que no podrías sería estudiar al mismo tiempo. Hay que elegir, una cosa u otra. —Momentos después, preguntó—: ¿Vendrá la familia de visita?

Candy se secó las manos en el delantal y se dirigió a la isla central de la cocina. Había un iPad apoyado en un soporte, como si fuera un libro de cocina. Abrió la aplicación Calendario y buscó los compromisos de los Ardley.

—No, entre mi ecografía y la intervención de Albert decidimos que sería mejor que vinieran después de Navidad. Al fin y al cabo, nos veremos en casa en Acción de Gracias. —Hizo una mueca de disculpa—. Lo siento, pensaba que te lo había comentado.

Rebecca hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—Ningún problema. Ahora lo cambio en la agenda.

—No pensaba que Albert fuera a estar tan débil después de la operación —comentó Candy—. Insiste en que quiere ir a trabajar mañana, pero no lo veo claro. Aún le duele mucho.

—Los hombres son unos pacientes horribles. No se toman la medicación, no hacen lo que les mandan y nunca admiten que están enfermos. Me recuerdan a los gatos.

La chica soltó una risita.

—Lo tendré en cuenta.

—De hecho, es más fácil darle una pastilla a un gato que a un hombre. Aunque, por otro lado, los hombres no arañan.

Candy se echó a reír a carcajadas.

—Menos mal que está arriba. Se enfadaría si se enterara de que lo estamos comparando con un gato.

Rebecca le guiñó un ojo.

—Miau.

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Una semana después de la operación, Albert volvía a ser el de siempre. Aunque estaba malhumorado y gruñón por la falta de sexo.

(Hay quien diría que, para Albert, estar malhumorado y gruñón era estar como siempre).

Candy lo soportaba a su manera: con buen humor que rayaba en la santidad. Claro que el hecho de que estuviera recibiendo una dosis regular de orgasmos, cortesía de su esposo, podría tener algo que ver con su estado de ánimo.

—Ha llegado carta de Katherine. —Albert señaló con la cabeza hacia la mesa de la cocina, donde estaba la pila del correo del día.

Candy cogió el pequeño sobre blanco enviado por la profesora Katherine Picton desde el All Souls College, en Oxford.

—Sigue en Inglaterra. Pensaba que estaría ya de vuelta en Toronto.

Albert acercó una silla y empezó a revisar el resto del correo, esperando que no hubiera más sorpresas.

—Su contrato era por un año. Abre la carta a ver qué dice.

Tras ponerse las gafas, Candy abrió el sobre y empezó a leer:

Queridos Albert y Candice:

Espero que al recibo de esta carta estéis bien.

En Oxford me han tratado estupendamente y estoy satisfecha con la investigación que he podido realizar. Recuerdo con cariño los días que pasamos juntos durante el simposio y espero que podamos volver a vernos pronto.

Tal vez os hayáis enterado ya de que Greg Matthews me ha invitado a dar una serie de conferencias en Harvard a finales de enero. Según parece, también ha invitado a Jeremy Martin a dar una charla.

Espero veros a los dos durante mi estancia. También confío en que me libréis de los horribles gustos culinarios de Greg.

Vuestra siempre,

Katherine

—¿Qué cuenta? —Albert miró a su esposa por encima de las gafas.

—Dice que vendrá a Harvard en enero. No sabía nada. ¿Tú sí?

—No, nada oficial. ¿Qué más dice?

Candy le pasó la carta.

Albert la leyó rápidamente y frunció el cejo.

—Jeremy.

—Sí.

Dejó la carta sobre la mesa.

—No me apetece nada encontrarme con él. Sigue enfadado conmigo por haber dimitido.

—¿No podéis arreglar las cosas?

—No lo sé. Fuimos buenos amigos, pero ya no es así. Ya veremos.—Albert le apartó el pelo de la cara y se lo echó por detrás del hombro—. No te preocupes por eso. Lo importante es que veremos a Katherine y que vendrá a cenar a casa. No le gustan los restaurantes que Greg elige.

Candy se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa de la cocina antes de sentarse en el regazo de Albert.

—Sigo sin poder imaginarme a Katherine teniendo una aventura con una vieja momia de Oxford.

Albert se echó a reír.

—Yo tampoco. Pero el viejo Hut tenía fama de guapo en su época. He visto fotografías.

—Pero no lo entiendo. Ella tenía que saber que lo que hacían no estaba bien. No sólo iba a perjudicar su carrera; es que él estaba casado.

Albert le dio un golpecito en la punta de la nariz.

—Creo que estaba enamorada.

—Eso no arregla nada.

—Lo que hicimos nosotros tampoco estuvo bien, ¿ya lo has olvidado? —le preguntó él, bajando la voz.

—Tienes razón —admitió Candy, echándole los brazos al cuello—. Supongo que es fácil criticar a los demás y olvidarse de los propios defectos.

—Si sentía sólo una décima parte del amor que yo siento por ti, entiendo que siguiera los dictados de su corazón, aunque se apartara del camino correcto.

»Sin embargo, ahora que estoy casado, me pongo en el lugar de la señora Hutton. Si alguien tratara de apartarte de mí… —maldijo en voz baja.

—Te quiero más ahora que antes de casarnos —dijo Candy, pensativa—. El matrimonio es muy extraño. No acabo de entenderlo, pero siento que nuestras vidas y nuestros corazones se van uniendo cada vez más.

—El matrimonio es un sacramento —afirmó Albert, solemne—. Uno muy agradable, aunque estos días no podamos santificarlo con sexo.

—Las tres semanas ya casi han pasado.

—Será mejor que avises a tus profesores de que no irás a clase ese día —le susurró al oído.

Ella se estremeció.

—¿No iré?

—¿Crees que te dejaré salir de casa después de haber pasado tres semanas sin ti? —Le mordisqueó la oreja—. Tendrás suerte si te dejo levantarte de la cama.

—Me gusta cómo suena. —Candy le apoyó la cabeza en el hombro—. Sé que has estado haciendo averiguaciones sobre tu familia entre visita y visita al médico. ¿Has descubierto algo?

—Como te dije, le pedí a Carson que se encargara. Me dijo que buscaría el informe del forense sobre mi madre y toda la información médica que pudiera conseguir sobre mi padre y mis abuelos. De momento no se ha puesto en contacto conmigo.

—Nadie va a darle ese tipo de información a un abogado.

—Es posible que no —convino Albert, serio—, pero hay detectives privados que pueden ser muy convincentes. Tienen sus métodos.

—¿A qué te refieres?

—Me imagino que este tipo de información tiene un precio. Y cuando el dinero no es suficiente, hay otros sistemas para animar a la gente a hablar.

—Albert, ¿alguna vez has hecho algo así? ¿Has comprado información?

—Sí —respondió él rápidamente, sin parpadear.

—¿Te has arrepentido?

—No, en absoluto.

—¿Por qué?

—Porque lo hice por ti.

Ella se apartó para mirarlo de frente.

—No lo entiendo. ¿Qué clase de información compraste?

Él suspiró.

—Es una larga historia. Será mejor que nos pongamos cómodos.

Candy prefirió quedarse donde estaba, en su regazo.

—Reconozco que no tenía intención de contártelo, pero durante los últimos meses algo me decía que no debería ocultarte nada.

—¿Qué es lo que me has estado ocultando?

—Cómo me aseguré de que Daniel y Natalie no volvieran a molestarte.

Ella abrió mucho los ojos, mientras Albert empezaba a contarle la historia.

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ABRIL DE 2010

SELINSGROVE, PENSILVANIA

El teléfono móvil de Albert empezó a sonar. Alargó la mano para cogerlo y ver quién era. Candy lo había llamado varias veces desde que la dejó en Toronto. Aunque se torturaba escuchando los mensajes que le dejaba en el buzón de voz, no podía arriesgarse a hablar con ella.

«El uno de julio. Si puedo aguantar hasta el uno de julio, estará a salvo».

La pantalla indicaba que era un número oculto. Albert se imaginó en seguida de quién se trataba.

—Jack —dijo con voz ronca.

—Chica localizada. Novio encontrado. Tenemos que quedar.

Albert se frotó los ojos.

—¿No puedes encargarte tú solo? Para eso te pago.

Jack maldijo.

—No me fío de ti. Rob dice que le has roto el corazón a mi sobrina. Debería estar dándote una paliza en vez de trabajando para ti.

—No lo haces por mí —le espetó Albert—. Lo haces por ella. Esa chica trató de chantajearla. Y él le dio un jodido mordisco y estuvo a punto de violarla. ¿Y resulta que el malo soy yo?

—Restaurante Melrose Diner, Filadelfia del Sur. Mañana a las nueve de la mañana —dijo Jack y colgó.

—Joder.

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Jack White era investigador privado. Al menos ésa era la ocupación que figuraba en sus declaraciones de impuestos. Era un ex marine que trabajaba en la investigación privada y colaboraba con diversas fuerzas de seguridad.

O, para decirlo de otra manera, ayudaba a los ricos a librarse de todo tipo de amenazas, entre ellas el chantaje.

Jack era el hermano menor de Robert White. Éste acudió a él cuando su amigo William Clark se vio en la necesidad de pagar una deuda de droga que había contraído su hijo. Jack y sus contactos se encargaron de entregar el dinero de William —el dinero que había obtenido hipotecando la casa familiar de Selinsgrove— y convencieron a los traficantes de que se olvidaran del nombre de Albert Ardley.

Jack podía ser muy convincente.

Por eso, cuando Albert necesitó a alguien que se ocupara de alejar a cierta pareja de Candy, no dudó en contactar con él. Localizarlo no fue fácil, pero tras unas cuantas llamadas telefónicas lo logró.

A pesar de las negativas iniciales de Jack, cuando vio las fotos de lo que el hijo del senador le había hecho a su sobrina, accedió a encargarse del asunto. Siguió a Daniel y a la pelirroja a la que éste se tiraba en su viaje desde Filadelfia a Washington D. C. Poco después, había logrado reunir un dosier lo suficientemente grueso como para mostrárselo a Ardley. Jack consideraba que era lo bastante incriminatorio como para que su sobrina no tuviera que volver a preocuparse del niño rico y la pelirroja.

Cuando se reuniera con Ardley, le haría algunas sugerencias sobre cómo usar esa información para obtener los mejores resultados. Esperaba poder disponer de unos cuantos minutos a solas con el niño rico. Alguien tenía que darle una lección a ese hijo de puta.

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Jack deslizó un sobre sobre la mesa en dirección a Albert.

—Es para compensar y neutralizar lo que ellos tienen. Hemos mantenido una conversación y les he contado lo que pasará si no nos entregan el material sobre Candy. El senador Talbot pretende llegar a la Casa Blanca. Seguirán nuestras instrucciones. Fin de la historia.

—¿Qué es esto? —preguntó Albert, mirando un montón de fotografías en blanco y negro en las que se veía al hijo del senador en algún tipo de práctica sexual. En algunas estaba acompañado de dos mujeres.

Todas las fotos le resultaron repulsivas.

—Chicas de buena familia, mocosas hijas de políticos y una estudiante en prácticas de la oficina del senador. —Jack señaló la cara de una joven.

Albert hizo una mueca de repugnancia.

—Es muy joven. ¿Universitaria?

—No ha acabado el instituto.

—¿Es menor?

Los dos hombres intercambiaron una mirada.

—Diecisiete.

—¡Joder! —exclamó Albert—. Ese tipo es un depredador. ¿Está implicado el senador?

—Sabe que su hijo es un peligro. Tiene a gente vigilándolo.

—¿Y no han hecho nada para detenerlo?

—En mi radar no ha aparecido nada. No entiendo cómo lo dejan tan suelto. Le dio alcohol y drogas a una chica de diecisiete años y luego se acostó con ella. Está todo en las imágenes.

—¡Qué hijo de puta! —Albert volvió a guardar las fotos en el sobre y se las dio.

—Te devuelvo el dinero. No quiero cobrar por esto.

Jack se guardó las fotos en un bolsillo interior de la cazadora y sacó un sobre más pequeño.

Albert lo rechazó con un gesto de la mano.

Jack se lo dejó al lado de la taza de café.

—Mi sobrina ya no es de tu incumbencia.

Enfadado, Albert le dirigió una mirada.

—Siempre será de mi incumbencia.

Jack entornó los ojos.

—Conozco a los tipos como tú. Se gastan una fortuna en polvos blancos que se meten por la nariz. Maldición, si casi lograste que os mataran a ti y a tu padre. —Negó con la cabeza—. Me alegro mucho de que ya no estés con mi sobrina.

—Pues coge el dinero —insistió Albert, respirando hondo y luchando para resistirse a la tentación de golpear la cabeza de Jack contra la mesa.

—Rob debería haberse ocupado de esto. Según yo lo veo, no ha cumplido con su obligación.

—No sé de qué te extrañas. No es la primera vez que no lo hace. Y si te preocupas tanto por tu sobrina, ¿por qué coño no la rescataste de su madre? Podrías haberle ahorrado la cicatriz que tiene en la cabeza.

Jack se ruborizó.

—¿Te contó eso?

—Por supuesto.

—Joder.

—No espero que lo entiendas —dijo Albert con una mirada glacial—, pero por razones que no puedo contar, no podemos estar juntos. Sin embargo, entraría en el infierno a buscarla si fuera necesario. Y que me maten si pienso permitir que un hijo de puta la humille, por muy senador que sea su padre.

»¿No quieres el dinero de un cocainómano que le ha roto el corazón a tu sobrina? Vale. Pero haz tu trabajo y hazlo bien, o encontraré a otro que te sustituya. —Metiéndose el dinero en el bolsillo, empezó a levantarse.

Jack alargó una mano para detenerlo.

—Te llamaré cuando esté hecho.

—Bien. Y esto queda entre nosotros.

El otro hombre lo miró sorprendido.

—¿No quieres que ella se entere?

Albert se tensó.

—Lo único que importa es su seguridad. Sin chantajes, sin represalias. Que desaparezcan de su vida para siempre. Que duerma tranquila por las noches.

Los dos cruzaron una larga mirada. Sin despedirse, Albert salió del local.

CONTINUARA