.
CAPITULO 112
OCTUBRE DE 2011
CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS
—Scheisse —exclamó Candy
—Exacto.
—No me puedo creer que contrataras a mi tío Jack.
—Es bueno en lo suyo. Ya me había sacado de algún lío antes.
Candy abrió mucho los ojos al recordar algo.
—¿Por eso estabais discutiendo en casa de mi padre?
—Estaba enfadado conmigo por no habértelo contado.
—Nunca me ha comentado nada.
—Es hombre de pocas palabras.
—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó Candy, con una mirada de reproche.
—Mis actos estaban justificados, pero eso no los convierte en legales. No quería que supieras nada por si Neall o Natalie decidían ir a la policía. O a los federales.
»Antes de la boda te dije que había investigado un poco y que no creía que fueran a volver a molestarte.
—No me imaginé que los hubieras amenazado.
—¿Tan mal te parece? —susurró él.
Al mirarlo a los ojos, Candy vio decepción en ellos, aunque se esforzara por disimularla.
—Te dije que había cosas del pasado que no te había contado y me dijiste que lo aceptabas, Candy.
—Pero mi padre estaba tan enfadado contigo… ¿No te habría gustado que supiera que me habías estado protegiendo todo ese tiempo?
—Cuanta menos gente estuviera al corriente, mejor. Y dudo que saberlo le hubiera hecho cambiar de opinión sobre mí.
—Así que, mientras estábamos separados, tú te preocupabas de que estuviera a salvo. —Candy parpadeó para retener las lágrimas—. Gracias.
Él la abrazó con fuerza.
—De nada. Te gustará saber que cuando recuperé las fotos y los vídeos, los destruí sin mirarlos. Ya no existen.
Los hombros de Candy se relajaron, pero en seguida se volvió a tensar.
—Pero el tío Jack las vio.
—Procuró ver lo menos posible.
—Probablemente Neall y Natalie tengan copias.
—Jack dijo que lo recuperó todo. Además, guardó material sobre ellos por si tenía que volver a motivarlos en el futuro.
—¿Cómo está tan seguro de que lo recuperó todo?
—Eso no tiene importancia. Lo importante es que ya no tienes que preocuparte por ellos. No volverán a molestarte.
Candy lo abrazó y lloró aliviada sobre su hombro.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
OCTUBRE DE 2011
DURHAM, CAROLINA DEL NORTE
—¿Qué estás haciendo? —April entró en la cocina descalza y cubierta sólo por la camisa de su novio.
Él estaba cocinando huevos con beicon en una sartén.
—Preparo el desayuno. —Con una sonrisa, Neall se volvió hacia ella y le dio un rápido beso en los labios—. ¿Cómo has dormido?
—Bien. —April estiró los brazos por encima de la cabeza y se echó a reír—. Duermo mejor contigo que sola.
—Yo también —admitió él, más para sí mismo que para que lo oyera.
April sacó el zumo de naranja de la nevera y sirvió un vaso para cada uno.
—Duermo mejor contigo, pero me siento culpable.
—¿Culpable? —Neall se volvió hacia ella, espátula en mano—. ¿Por qué?
April bajó la cabeza, mirando fijamente el zumo de naranja.
—Porque dormimos juntos pero no estamos casados.
Neall se quedó pasmado.
El concepto de la castidad le resultaba tan remoto como la Luna. Lo había conocido anteriormente con Candy, pero le había parecido algo estúpido y molesto, algo que debía destruir mediante la seducción o la manipulación.
Sin embargo, lo que sentía con April era muy distinto. No estaba seguro, pero podría tratarse de remordimiento.
Era una experiencia nueva para él.
—El sexo no es malo.
—Es curioso que digas eso. —Ella tamborileó en el vaso—. Tú me has enseñado que el sexo es algo muy, muy bueno. Me encanta. Y me encanta estar contigo.
—Entonces, ¿qué problema hay?
—Me enseñaron que tenía que esperar hasta el matrimonio y no lo he hecho.
Neall se volvió hacia el fogón sin saber qué decir. Siguió cocinando unos segundos, pero luego apagó el fuego y retiró la sartén.
Se limpió las manos en la parte trasera de los bóxers mientras se acercaba a ella.
—Te dijeron que tenías que esperar, porque tus padres no querían que algún capullo se aprovechara de ti.
—Neall—lo reprendió ella—. No digas palabrotas.
—Lo siento. Tus padres querían protegerte.
—No son sólo mis padres. En la Iglesia dicen lo mismo.
—Bueno, estoy seguro de que también tratan de protegerte y me parece bien, pero nuestra situación es distinta.
April levantó la cabeza.
—¿Lo es?
—Sí. —Neall la abrazó.
—¿Por qué? —sonaba cautelosa—. No lo entiendo.
—No estoy contigo para pasar el rato. Disfruto mucho del sexo contigo, pero también disfruto de tu compañía. Cuando estamos juntos puedo bajar la guardia. No tengo que ser el hijo del senador Talbot. Puedo ser yo mismo porque tú me aceptas como soy.
—Yo siento lo mismo. —April se acurrucó contra su pecho—. Pero cuando te marchas me siento mal.
—Es porque nos queremos.
—Ojalá pudiéramos quedarnos así para siempre —susurró ella, abrazándolo con fuerza por la cintura.
—Ojalá. —Neall se sorprendió al darse cuenta de que lo deseaba de verdad.
En el poco tiempo que hacía que se conocían, había llegado a quererla mucho. Su relación era muy cómoda y satisfactoria. No se imaginaba que pudiera acabar.
—Te quiero, Neall.
A él se le hizo un nudo en la garganta. No era idiota. Sabía lo que era April: una joven hermosa, amable e increíble. No una persona hastiada y cínica como él, ni una trepadora social como Natalie. Pero tampoco era como Candy, esa mojigata que siempre estaba asustada. Candy lo había hecho sentir como si fuera un animal, indigno de tocarla.
April probablemente se había despertado esa mañana, había decidido que lo amaba y se lo había dicho. Sin darle más vueltas, sin jueguecitos, sin aspiraciones políticas detrás.
Casi sin darse cuenta, Neall respondió:
—Yo también te quiero.
April lo abrazó con todas sus fuerzas y empezó a dar saltitos.
—¡Es genial! —gritó—. ¡Soy tan feliz!
—Yo también. —Sonrió al ver su cara tan alegre y su exuberancia juvenil y la besó.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS
A finales de octubre llegó por fin la fecha que Albert había estado esperando. Llevaba semanas fantaseando con lo que iba a hacer con Candy en cuanto terminara su período de celibato forzoso. Lo había planificado todo meticulosamente.
La tarde antes de la fecha, ella lo llamó. El teléfono sonó dos veces antes de que Albert respondiera.
—Hola, preciosa.
Candy se ruborizó. Nunca dejaba de maravillarla el poder que tenía de acelerarle el corazón con un par de palabras.
—Hola, guapo. ¿Dónde estás?
—Comprando un par de cosas. ¿Y tú?
—En casa.
Él hizo una pausa y Candy oyó la puerta del coche cerrándose.
—Has llegado pronto. No te esperaba hasta las seis.
—La profesora Marinelli ha cancelado la clase porque tiene laringitis. Creo que me voy a dar un baño. Luego me echaré un rato hasta que llegues. Me he levantado muy temprano esta mañana.
El sonido del Range Rover al ponerse en marcha llegó hasta los oídos de Candy.
—Muy bien. No tardaré. Nos vemos en casa.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
A Candy le pareció que Albert disimulaba la risa antes de colgar.
No sabía qué le habría hecho gracia.
Dio una vuelta por la cocina, preguntándose por qué Rebecca no habría preparado nada para cenar.
Sorprendida, subió la escalera. Si molestarse en colgar la ropa, la dejó tirada en el suelo del dormitorio antes de meterse en la ducha. El agua caliente la animaría. Había sido un día agotador.
Cuando estaba acabando de ducharse, oyó que se abría la puerta.
—¡Eh, hola!
Albert estaba ante ella, desnudo y sonriente. La saludó con un beso.
—¿Tú también necesitabas una ducha? —preguntó, tratando de no devorarlo con la vista y fallando estrepitosamente en el intento.
—No. Sólo quería estar donde tú estás.
Ella le devolvió el beso.
—Gracias.
Con una mano, Candy le recorrió el pecho y fue bajando hasta llegar a la uve que quedaba enmarcada por sus caderas. Luego cerró el grifo y se escurrió el agua del pelo.
Albert cogió una toalla y se la ofreció.
En ese momento, ella se dio cuenta de que él tenía los ojos brillantes de excitación y una sonrisa cada vez más amplia.
—¿Qué?
—¿Has olvidado qué día es hoy? —Albert le deslizó un dedo por el brazo.
—No, pero nuestro día especial es mañana.
—Vamos a empezar a celebrarlo antes.
—¿Crees que es prudente?
—Me importa un bledo. Ya he esperado bastante. No se le puede pedir tanta paciencia a un hombre.
—¿Ah, no? —Candy ladeó la cabeza.
—Así que prepárate para una sesión de placer, cariño.
Ella se secó tan rápidamente como pudo antes de enrollarse la toalla en la cabeza.
Albert le mostró un bote de vidrio para que leyera la etiqueta.
—Pintura corporal de chocolate. —Candy levantó la vista—. ¿Ahora?
—Ahora. —Le hizo cosquillas con una pequeña brocha en la nariz—. Dijiste que te gustó nuestro experimento de pintura corporal en Selinsgrove. He pensado que podíamos repetir.
—Pero pensaba que querrías hacer otras cosas. Te has estado ocupando de mí durante estas semanas. Yo casi no he podido hacer nada por ti.
—Yo disfruto con los preliminares tanto como tú —susurró Albert, entornando los ojos—. Además, tengo planes para los dos.
—¡Guau! —Candy soltó el aire de golpe.
—Había pensado probarlo en el dormitorio, pero puede ser un poco… complicado.
Se acuclilló delante de ella hasta que los ojos le quedaron a la altura del ombligo y abrió el bote. Hundió la brocha en el chocolate, empapándola generosamente.
—¿Empezamos? —preguntó, guiñándole un ojo.
Ella asintió, con los párpados entornados.
Lentamente, Albert le dibujó un corazón alrededor del ombligo.
La sensación del chocolate y la suave brocha sobre la piel le hicieron cosquillas. A pesar de que se movió, inquieta, él siguió a su ritmo, sin apresurarse.
—Así. Perfecto. —Dejó el bote a un lado y se lamió los labios.
—Ahora viene la parte divertida. ¿Lista?
—Sí —contestó ella con voz aguda.
Cuando la lengua de Albert entró en contacto con su piel, tuvo que sujetarse al toallero con manos temblorosas. Con decisión, él formó remolinos con la lengua, atravesando el chocolate e introduciéndose en su ombligo.
Al darse cuenta de que le fallaban las piernas, la sujetó por las nalgas.
—Sabe mejor de lo que esperaba —comentó él entre mordisquitos—. Supongo que es porque me gusta tu sabor.
La lengua de Albert se abrió camino hasta su cadera, que besó con la boca abierta.
—Creo que necesitamos un poco más de chocolate. ¿Qué opinas?
—Sí, por favor —respondió Candy, asintiendo con fervor—. Definitivamente, más chocolate.
Albert volvió a coger el bote y la brocha.
—Pues agárrate fuerte, cariño, porque pienso ser muy meticuloso.
Echándose hacia adelante, ella le sujetó la barbilla.
—Yo también.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
A medida que noviembre iba avanzando, Rob y Diane recibieron varios informes positivos sobre la salud de su hijo. Habría que operarlo, pero crecía con normalidad y Diane estaba bien.
Candy recibió las noticias sobre la salud de su hermano con alivio y un prudente optimismo.
No le había contado a su familia lo de sus fibromas ni la reversión de la vasectomía de Albert. No tenía sentido, ya que no sabían que él se la había hecho años atrás. Y no quería que nadie se preocupara por la salud de ella, sobre todo teniendo en cuenta que la doctora Rubio afirmaba que los fibromas eran muy comunes y, al menos de momento, nada serio.
Albert y Candy se ayudaban el uno al otro a llevar sus cargas de salud, hablando de ello sólo con Rebecca. Sin embargo, la carga del doctorado Candy la llevaba sola.
(O eso le parecía).
Una noche de noviembre, Albert se despertó sobresaltado. Se espabiló de golpe y aguzó el oído porque le parecía que oía algo.
En la distancia, distinguió el llanto de una mujer.
Alargó la mano hacia Candy en la oscuridad, pero no estaba.
Sin molestarse en encender la luz ni en coger la bata, se puso en pie de un salto y salió de la habitación desnudo.
Una rendija de luz salía de debajo de la puerta del estudio.
Se dirigió hacia allí rápidamente, mientras el llanto arreciaba.
Dentro encontró a Csndy con la cabeza apoyada en el escritorio. Los hombros le temblaban, tenía las gafas encima del portátil y un gran montón de libros esparcidos por la mesa y el suelo.
—Cariño —le apoyó la mano en la cabeza—, ¿qué te pasa?
—No puedo hacerlo.
—¿No puedes hacer qué? —Albert se agachó a su lado.
—No puedo seguir el ritmo de las clases. Voy retrasada en todas las lecturas. Tendría que estar escribiendo trabajos, pero no lo he hecho porque estaba leyendo. Y tendría que estar haciendo las revisiones de la conferencia, pero no he tenido tiempo. Y estoy tan cansada… —La voz se le quebró.
Él le dirigió una mirada de comprensión.
—Ven a la cama.
—¡No puedo! —gritó ella, levantando los brazos—. Tengo que quedarme y acabar de leer. Y mañana iré a la biblioteca para avanzar en los trabajos. Las revisiones de la conferencia las haré, pero no sé cuándo.
—Esta noche no vas a hacer nada más. Por mucho que te quedes despierta, estás demasiado cansada para concentrarte. Ven a la cama ahora y mañana te levantas temprano. Durante el desayuno hablaremos sobre las lecturas. Quizá pueda darte mi opinión. No sería trampa, sería como consultar las CliffNotes —dijo él, con un gesto tranquilizador.
Ella negó con la cabeza. Ni las CliffNotes ni el Rincón del Vago podían ayudarla. Tenía que hacerlo por su cuenta.
—Candice, son las dos de la mañana. Ven a la cama. —El tono de Albert se había vuelto autoritario.
—Tengo que leer.
—Si duermes ahora, luego te echaré una mano. Te acompañaré a la biblioteca y te ayudaré a buscar información. Eso te haría ganar tiempo.
—¿De verdad harías eso? —Candy se sonó la nariz.
Él frunció el cejo.
—Por supuesto. Llevo todo el semestre ofreciéndome a ayudarte. Eres tú la que no me dejas.
—Ya tienes bastante con tu trabajo. Y con la operación y todo lo demás. —Candy bostezó y se frotó los ojos.
—Si no te cuidas, vas a acabar enferma. Venga. —Agarrándola por el codo, la ayudó a levantarse antes de cerrar el portátil con firmeza.
La siguió por el pasillo.
—Estoy tan cansada… —admitió ella, sorbiendo por la nariz al apoyar la cabeza en la almohada.
Estaba demasiado cansada hasta para dormir.
—Sólo tienes que pedírmelo. Haría cualquier cosa por ti. Ya lo sabes —le dijo Albert.
—Se supone que tengo que hacerlo sola.
—Tonterías. —La abrazó por la cintura—. El programa de estudios es extenuante. Seguro que los demás aprovechan toda la ayuda que pueden conseguir.
—A ti no te ayudó nadie.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? Precisamente por eso acabé recurriendo a la coca. Además, tenía a Kar… tenía a alguien que se ocupaba de mí.
Albert suspiró y bajó el tono de voz.
—Tú me cuidaste cuando volví a casa del hospital. Probablemente por eso te has retrasado en las lecturas. Déjame ayudarte hasta que te pongas al día. Pero lo más importante ahora es que duermas un rato. Mañana hablamos.
Candy estaba demasiado cansada para discutir. Poco después, su respiración profunda le dijo a Albert que se había dormido.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
Ese sábado, Candy y Albert tenían previsto pasarlo en la biblioteca, buscando información para los trabajos de ella. Para demostrarle lo agradecida que estaba, le preparó tortitas mientras él leía el Boston Globe sentado a la mesa de la cocina, vestido sólo con los pantalones del pijama.
Vertió la masa en la plancha caliente antes de decirle:
—Hay algo que me ronda por la cabeza.
—¿De qué se trata?
—No puedo evitar preguntarme qué decía la nota que me dejaste en el apartamento de Toronto.
Albert bajó el periódico.
—¿Qué nota?
—La que no sobrevivió a mi berrinche.
—Ah, esa nota.
Candy puso los ojos en blanco.
Él dobló el periódico y lo dejó a un lado.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Por supuesto.
—Pero la rompiste.
Ella hizo una mueca.
—Pensaba que me habías perdonado.
—Te perdoné. —Albert sonrió—. Era una simple nota. Me disculpaba por haber sido un asno.
—Fue un detalle por tu parte. ¿Qué decía exactamente?
—Te llamaba mi Beatriz y te decía que te había esperado toda la vida, aunque estaba convencido de que eras una alucinación. Te decía también que ahora que te había encontrado, lucharía hasta que fueras mía.
Candy sonrió mientras le daba la vuelta a las tortitas.
—Y tal vez añadí un poema.
Ella se volvió a mirarlo.
—¿Tal vez?
—El soneto número veintinueve de Shakespeare. ¿Lo conoces?
A veces en desgracia ante el oro y los hombres,
lloro mi soledad y mi triste abandono
y turbo el sordo cielo con mi estéril lamento,
y viéndome a mí mismo, maldigo mi destino.
Envidio al semejante más rico de esperanzas
y sus bellas facciones y sus buenos amigos.
envidio a éste el talento y al otro su poder
y con lo que más gozo no me siento contento.
Ante estos pensamientos yo mismo me desprecio.
Felizmente, te evoco y entonces mi natura,
como la alondra al alba, cantando toma altura
para entonar sus himnos a las puertas del Cielo.
Me da sólo evocarte, dulce amor, tal riqueza,
que entonces ya no cambio mi estado por un Reino.
Candy se llevó la mano al corazón.
—Es precioso, Slbert. Gracias.
—Lo que es precioso es no tener que contentarme con recuerdos.
Te tengo a mi lado.
Candy apagó el fuego y retiró la parrilla bruscamente.
—¿Qué haces? —preguntó él, sorprendido.
Candy lanzó la espátula sobre la encimera.
—Vamos a inaugurar el sexo de revelación de contenido de nota rota. Llevo toda la vida queriendo probarlo. —Agarrándolo de la mano, hizo que se levantara de la mesa y tiró de él en dirección al salón—. Vamos.
Él plantó los pies firmemente en el suelo.
—¿Qué clase de sexo es ése?
—Ya lo verás. —Con una descarada mirada, echó a correr hacia la escalera, con Albert pisándole los talones.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
Tras un largo día de investigación en la biblioteca, Albert y Candy regresaron a casa. Hacía rato que había anochecido. Mientras ella encargaba una pizza por teléfono, él revisó el correo.
Le llamó la atención un sobre color azul con su nombre escrito en una letra angulosa que no le resultaba familiar. El remitente era de Nueva York.
Intrigado, lo abrió y leyó la carta:
Querido Albert: (si puedo llamarte así)
Recientemente se ha puesto en contacto conmigo Michael Wasserstein, el abogado de la familia, diciéndome que has estado haciendo preguntas sobre nuestro padre, William Davies. Me dijo que querías saber más cosas sobre la historia de la familia.
Me llamo Rosmary Davies Schultz y soy tu hermanastra. Tenemos una hermana menor, Audrey.
Siempre quise tener un hermano. Te lo digo porque lamenté mucho la actitud de mi madre y de mi hermana respecto al testamento. Yo no tuve nada que ver en su decisión de impugnarlo. Quise escribirte entonces para contártelo, pero mi madre estaba pasando un mal momento y pensé que no lo entendería. Me equivoqué al no hacerlo.
Mi madre murió la pasada primavera y desde entonces he pensado a menudo en ti. Quería ponerme en contacto contigo, pero tenía dudas. Ha sido providencial que dieras señales de vida cuando lo has hecho.
Michael me ha dicho que vives en Massachusetts, que eres profesor universitario y que te has casado hace poco. Me preguntaba si a tu esposa y a ti os apetecería venir a Nueva York para conocernos a mi marido Jonathan y a mí. Nos encantaría invitaros a cenar. Eso nos daría la oportunidad de conocernos mejor. Dudo que Audrey se ponga en contacto contigo por razones que prefiero contarte en persona. Pero estoy deseando conocerte y contarte todo lo que sé de la historia de la familia.
En el sobre encontrarás mi tarjeta de visita. Te he anotado el teléfono y el correo electrónico. Aunque en la tarjeta veas que soy psiquiatra, no te alarmes. No suelo practicar con la familia.
Además, soy especialista en psiquiatría infantil. Así que, aunque aún eres muy joven, eres demasiado mayor para ser mi paciente.
Espero tus noticias y espero que podamos conocernos pronto. No dudes en llamarme o escribirme.
Tu hermana,
Roxy.
Albert se sentó en una silla y se quedó inmóvil, mirando fijamente la carta.
:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚
Después de cenar, Candy releyó la carta de Rosmary Davies Schultz.
—¿Qué piensas? —preguntó, doblándola cuidadosamente y volviendo a meterla en el sobre.
—No lo sé. No me fío.
—Parece agradable. Y divertida. ¿Por qué no te fías?
—Trataron de desheredarme. Podrían estar tramando algo.
—Tramando ¿qué? El dinero se repartió hace años.
Albert se cruzó de brazos.
—Tal vez quieran información.
—Cariño, eres tú el que quieres información. Llevas meses buscando la oportunidad de saber más sobre tu familia, especialmente sobre los antecedentes médicos de tus padres. Y ahora se te presenta esta oportunidad. Pensaba que te alegrarías.—Se sentó a su lado—. ¿Cuándo podríamos ir?
Él se tensó un poco.
—Cuanto antes me lo quite de encima, mejor.
—Iremos a Selinsgrove por Navidad. Antes si Diane se pone de parto.
Albert se volvió hacia ella.
—Estás muy ocupada ahora mismo. Te prometí que te ayudaría a ponerte al día y pienso cumplir mi promesa.
Candy le dedicó una sonrisa ladeada.
—Me temo que ahora viene un pero.
—¿Te molestaría que me ocupara de esto antes de Navidad? Creo que podría ir cuando acaben las clases, la segunda semana de diciembre. Podría pedirle a un estudiante de doctorado que se ocupara de los exámenes.
Ella resiguió la superficie de la mesa con la uña.
—Esa semana tengo que entregar la conferencia para que la publiquen y acabar los trabajos del trimestre. Me iría muy mal acompañarte.
—Creo que esto es algo que debería hacer solo.
Candy se estaba examinando las uñas como si fueran fascinantes.
—No sabes lo que vas a encontrarte. ¿Y si me necesitas?
Albert le sonrió dulcemente.
—Siempre te necesito, Candy, pero creo que la primera vez que me reúna con Rosmary deberíamos estar a solas. Si me entero de algo desagradable, ya lo asumiré.
—Si es lo que quieres… ¿Seguro que no preferirías ir pasadas las Navidades?
—No. No creo que sea buena idea retrasarlo. Podría cambiar de opinión. Y cuanto antes conozca mis antecedentes familiares, mejor. —Le dirigió una intensa mirada—. No te pediría que hicieras nada que perjudicara tus estudios.
—De acuerdo —dijo ella sin entusiasmo.
—Podemos pedirle a Rebecca que se quede a dormir aquí mientras estoy fuera, para que no te quedes sola. No me ausentaré mucho tiempo. Dos o tres días como máximo. Concertaré una entrevista con el abogado que se ocupó de la herencia de mi padre y aprovecharé para quedar con Rosmary ese mismo día o al siguiente.
Albert le cogió la mano y le resiguió la línea de la vida con el pulgar.
—No me sale llamarla mi hermana.
—Sigo pensando que debería ir contigo.
—Acabas de admitir que no tienes tiempo. Tienes mucho trabajo. Y sé que cuando estoy cerca te distraigo —bromeó él, con una sonrisa provocativa.
—Eso es verdad. Me distraes mucho.
—Bien. —Cogiéndola en brazos, se dirigió hacia la escalera—. Prepárate. Voy a distraerte a fondo.
Ella le apoyó las manos en los bíceps.
—Suéltame.
—Te soltaré cuando lleguemos a la cama.
—Tengo algo que decirte y me temo que no te va a gustar.
Albert se tensó.
—Entonces dilo rápido y acabemos de una vez.
Candy se removió hasta que él la dejó sobre un escalón.
—Ese viaje a Nueva York te va a reabrir muchas heridas. Te traerá recuerdos. Por supuesto, te ayudaré en todo lo que pueda, pero creo que hay un tema del que deberíamos hablar: el perdón.
—¿Pretendes que perdone a mis padres? ¿Estás de broma?
—El perdón te libera. No lo digo por ellos. Me refiero a ti.
Él se apartó un poco.
—No puedo perdonarlos. No se lo merecen.
—¿Y quién se lo merece, Albert? ¿Tú? ¿Yo?
—Tú, desde luego.
—Aparte de Dios, la única persona que puede perdonarme es aquel a quien le he hecho daño. Tenemos el poder de perdonar. Podemos usar ese poder para bien, o para aferrarnos a viejas injusticias que nunca curarán. —Le cogió la mano—. No digo que se lo merezcan. Y no te pido que olvides ni que finjas que no ocurrió nada. Sólo te pido que lo pienses.
—Ya lo he pensado. La respuesta es no.
—¿Cómo puedes pedirle a Karen que te perdone si tú no estás dispuesto a perdonar a tus padres?
Albert soltó el aire bruscamente, como si le hubiera dado una bofetada.
—No.
—Sólo piénsalo, mi amor. Piensa en lo que significó para ti reconciliarte con Maia. Imagínate lo que supondría para tu padre saber que lo has perdonado.
Sin responder, Albert tiró de ella para llevarla a la habitación.
CONTINUARA
