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CAPITULO 115

Pasaba de la medianoche cuando Albert entró por fin en la habitación del hotel. Estaba agotado y harto de todo. Tenía el pelo alborotado y la corbata torcida.

Sin molestarse en encender la luz, tiró el abrigo sobre una silla y se desprendió de las botas.

(Debe mencionarse que las botas eran lo más, aunque las llevara puestas con un traje).

Mientras se estaba quitando la corbata, se encendió la lamparita de una de las mesillas de noche.

—¡Qué demoni…!

—¿Cariño? —lo interrumpió una voz femenina.

Albert se empapó de la visión de Candy desnuda en la cama, con el pelo revuelto. Tenía los ojos soñolientos, los labios rojos entreabiertos y la voz deliciosamente ronca.

Parecía una gatita sexy.

—¡Sorpresa! —dijo, saludándolo con la mano.

Con una exclamación ahogada, Albert corrió hacia ella. Se le acercó a cuatro patas por encima de la cama y le sujetó la cara para poder besarla. Fue un beso largo y apasionado, en el que sus lenguas se entrelazaron y acariciaron hasta que ambos estuvieron sin aliento.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, apartándole el pelo de la cara cariñosamente.

—Te he traído el cargador del iPhone. —Le señaló el objeto olvidado que le había dejado sobre la mesilla de noche.

Los largos dedos de él le acariciaron la nuca.

—¿Has volado hasta Nueva York para traerme el cargador?

—No sólo eso. También te he traído el accesorio que se enchufa a la pared. Por si quieres cargarlo con el enchufe.

Albert le besó la punta de la nariz.

—Lo he echado mucho de menos. Gracias.

—¿Has echado de menos el cargador?

—No sabes cuánto. Me sentía muy solo sin él. —Le dirigió una sonrisa irónica.

—Estaba preocupada por ti. No había manera de coincidir al teléfono.

La expresión de Albert cambió. Se notaba que estaba agotado.

—Necesitamos un sistema de comunicación más eficiente.

—¿Señales de humo?

—A estas alturas, aceptaría hasta palomas mensajeras.

Candy le señaló las fresas y las trufas que había sobre la mesa. Las que quedaban, porque ya se había comido algunas.

—Las he pedido al servicio de habitaciones, pero me temo que he empezado sin ti. No pensaba que fueras a volver tan tarde.

Albert se sentó con la espalda apoyada en el cabecero. Tiró de ella hasta que quedó sentada en su regazo y la tapó con las mantas para que no cogiera frío.

—Si hubiera sabido que me estabas esperando, habría vuelto hace horas. He ido a Staten Island y luego a Brooklyn, a ver nuestro antiguo piso.

—¿Qué impresión te ha dado?

—Todo es más pequeño de como lo recordaba: el barrio, el edificio… —Juntó la cabeza con la de ella—. Me alegro de que estés aquí. Me arrepentí de haber venido solo en cuanto salí de casa.

Candy aspiró hondo, empapándose de su aroma. Olía a Aramis, a café y a algo que podría ser jabón. Pero no olía a tabaco.

—Eres una auténtica agente secreto, Candy. No tenía ni idea de que ibas a venir.

—Te he dejado recado en recepción. Cuando he llegado, el conserje ha hecho que uno de los botones me acompañara hasta aquí. —Miró a su alrededor—. Es una habitación preciosa.

Él hizo una mueca.

—Si hubiera sabido que venías habría reservado una suite.

—Esta habitación es mucho más bonita de lo que me imaginaba. Y tiene una vista espectacular de Central Park.

Albert la acercó más a él.

—Bueno, y ahora que te tengo aquí, ¿qué voy a hacer contigo?

—Vas a besarme. Luego te quitarás el traje y me demostrarás lo mucho que has echado de menos el cargador.

—Y el accesorio para la pared. —Albert le guiñó un ojo.

—Y el accesorio.

—Espero que hayas echado un sueñecito en el avión —añadió él y sonrió antes de devorarle la boca.

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Albert seguía dentro de ella. Tenían los cuerpos unidos. Candy le acariciaba la espalda perezosamente mientras él aguantaba el peso en los brazos para no aplastarla.

—Eres mi familia —dijo Albert, acariciándole la curva de la mejilla con el pulgar.

Candy lo miró a los ojos.

Él siguió hablando en roncos susurros.

—Tanto buscar, tanta ansiedad, cuando todo lo que necesitaba estaba a mi lado.

—Querido. —Le apoyó la mano en la mejilla.

—Siento haberme dejado atrapar por mis paranoias y haberte cerrado las puertas.

—Cariño, tenías que averiguar más cosas sobre tu familia. Forma parte del proceso de curación.

—Sólo te necesitaba a ti.

Ella lo desarmó con una sonrisa radiante y lo miró como si le hubiera regalado el mundo en una bandeja de plata.

—Yo también te necesito, Albert. He estado muy triste mientras estabas fuera. Aunque Rebecca se ha quedado a dormir, la casa estaba vacía. Y dormir sola es una mierda.

Albert se echó a reír y el cuerpo de Candy respondió a sus movimientos.

—Recuérdame esta conversación la próxima vez que quiera irme de viaje solo.

—Un hombre siempre debe cumplir con su deber. Pero debe llevarse a su esposa con él. —Candy se apartó con delicadeza el pelo de la frente.

—Nunca discuto con una mujer desnuda.

La expresión de ella se ensombreció.

Albert le acarició la mejilla, entornando los ojos.

—¿Estás triste? ¿Es culpa mía?

—No, me he acordado de algo que Pauna solía decir.

—¿Qué era?

—Que el matrimonio es un misterio. Que dos personas se van entretejiendo hasta convertirse en una sola. Cuando estamos separados, siento como si me faltara un trozo. —Se movió bajo el cuerpo de él—. Me alegro de que tú también lo sientas.

—Ya lo sentía antes de casarnos, pero es verdad que ahora es distinto. El dolor es más intenso.

—Antes no entendía por qué decían que el matrimonio es algo que está por encima del amor. Pero aunque no logro explicarlo, es verdad.

—Yo tampoco puedo explicarlo. Tal vez por eso Pauna lo llamaba un misterio. —Bajó la mirada hacia sus cuerpos unidos—. Supongo que debería soltarte un rato.

—Me gusta que estemos así. Son arrumacos poscoitales mientras sigues dentro de mí.

—Sí, supongo que ésa sería la descripción técnica. Si esperamos un poco más, podremos volver a empezar.

Candy apretó los músculos a su alrededor y su miembro saltó como respuesta.

—Si no recuerdo mal, Profesor, tu tiempo de recuperación es mínimo.

—Gracias a Dios —murmuró Albert, empezando a moverse en su interior.

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Debe señalarse que, en general, los Ardley dormían mejor juntos que separados. Esa noche no fue la excepción.

(Cuando dejaron de hacer el amor el tiempo suficiente para poder dormir un rato, claro).

A la mañana siguiente, Albert se despertó y vio que Candy seguía dormida, con la cabeza sobre el torso de él. La observó sin moverse, resistiéndose a la tentación de levantarle la barbilla para poder besarla.

En vez de eso, recorrió con los dedos la piel de sus hombros y su espalda.

Se había quitado un gran peso de encima. No había conseguido todas las respuestas que quería, pero a cambio había recibido algo mejor: su hermana y su abuelo. El profesor Spiegel era noble y erudito; famoso por su perspicacia y su caridad. Era alguien a quien deseaba conocer más en profundidad. Y un antepasado cuya sangre se sentiría orgulloso de pasarle a sus hijos.

La idea era reconfortante.

Rosmary había plantado una semilla de duda en su mente. Tal vez su padre no había sido el monstruo que él recordaba. Los recuerdos de Albert estaban tan mezclados con sueños que le costaba mucho distinguirlos. Sin embargo, había cosas que no dejaban lugar a dudas.

«¿Qué clase de hombre abandona a la madre de su hijo y reniega de éste?»

Se le hizo un nudo en la garganta cuando su mente le devolvió como respuesta una imagen de él mismo.

—¿Viste a tu abuela? —le preguntó Candy medio dormida.

—De lejos. Salió de su casa y se metió en un coche. La acompañaba un hombre, supongo que algún tío mío. Bueno, deduje que era mi abuela. Era su dirección.

—¿No les dijiste nada?

—No. —Albert le acarició la espalda hasta llegar a los hoyuelos que tenía encima del trasero. Era una de las partes favoritas de su cuerpo.

(Se planteó plantar una bandera allí en un acto de colonialismo corporal).

—¿Por qué no? —Candy no lo entendía.

—No son mi familia. Mientras estaba allí, me di cuenta de que para ellos era un extraño. No hubo ningún tipo de conexión. Nada.—Suspiró—. Al menos, cuando conocí a mi hermana, reconocí sus ojos.

Ella lo miró sin comprender.

—Tenemos los mismos ojos, los ojos de mi padre.

—¿No querías hablar con tu abuela para conocer los antecedentes médicos familiares?

—Carson tuvo acceso al informe de la autopsia de mi madre. También logró su historial médico usando métodos de dudosa legalidad.

—¿Y?

—En su familia había antecedentes de ataques al corazón y tensión arterial alta, pero nada especialmente preocupante.

Candy se relajó ostensiblemente.

—Eso son buenas noticias, ¿no?

—Sí —respondió él con sorprendente indiferencia.

—Y por el lado de tu padre, ¿qué encontraste?

—Rosmary me contó que había antecedentes de enfermedades coronarias.

—Entonces, ¿ya no quieres hablar con tu abuela ni con ningún otro pariente?

—Tengo el diario de mi madre y las anécdotas de Rosmary. Es suficiente.

—¿Rosmary conoció a tu madre? —Candy se sentó en la cama.

—Sí, la vio a menudo cuando trabajaba para mi padre. Y recuerda que sus padres discutieron varias veces, presumiblemente por mi madre y por mí.

»Me gustaría presentarte a Rosmary. Su esposo y ella me han invitado a cenar esta noche. Y el viernes hemos de ir a visitar a la tía Elroy, en Queens.

—Me encantaría conocer a tu hermana, pero tendrás que llevarme de compras. Rebecca hizo la maleta, así que llevo un maletín lleno de lencería y un solo vestido.

Albert la miró con los ojos brillantes.

—Está claro que no te conoce demasiado.

—¿Por qué dices eso?

Él se inclinó hacia adelante, acariciándole la oreja con los labios.

—Porque duermes desnuda —susurró.

Candy se estremeció y empezó a juguetear con el escaso vello que cubría el pecho de él.

—¿Has acabado de leer el diario de tu madre?

—Sí.

—¿Y?

—Lo que cabía esperar. Con el tiempo se fue dando cuenta de que nunca podría tener una vida con mi padre. Se fue desanimando cada vez más hasta que al final dejó de escribir.

Candy le apoyó la mano en el tatuaje, presionándoselo ligeramente.

—¿Te alegras de haber venido a Nueva York?

—Sí, por Rosmary. Ah, y tengo buenas noticias. El profesor Benjamin Spiegel de Columbia era mi abuelo.

—¿Benjamin Spiegel? —murmuró Candy—. No reconozco el nombre. ¿Era especialista en Dante?

—No, se especializó en Romanticismo. Leí algún trabajo suyo en la facultad.

—Katherine Picton desprecia a los autores del Romanticismo. Una vez me acusó de dar una versión romántica de Dante.

Albert se echó a reír.

—No todo el mundo aprecia el Romanticismo, pero el profesor Spiegel sí. Sus libros fueron referentes durante décadas. Publicó sobre todo en alemán, pero también tiene algún artículo en inglés.

—¿Y era tu abuelo?

—Sí —respondió él con orgullo—. Rosmary me contó que en Columbia era muy respetado y querido por sus obras de caridad y su importante papel al frente de la comunidad judía.

Candy alzó mucho las cejas.

—¿Y por qué no sabías nada de él?

—Mi padre y él no se entendían, por lo que se cambió de nombre, le dio la espalda al judaísmo y no volvió a hablar con su familia. Pero Rosmary estaba al corriente, por supuesto. Ha mantenido contacto con nuestros primos.

—¿Conoció a vuestro abuelo?

—Desgraciadamente, murió antes de que ella naciera.

—Supongo que ya sabemos de dónde procede tu afición por la literatura. Y tu interés por el sexo kosher.

Él se echó a reír.

—Mi interés por el sexo kosher viene de otras cosas, pero tal vez haya alguna relación. —En un tono más serio, añadió—: Enterarme de la identidad de mi abuelo ha sido lo mejor del viaje.

La expresión de Candy se ensombreció también.

—¿Y tus hermanas?

—Audrey no quiere saber nada de mí. Y Rosmary es maravillosa, pero su visión de mi padre y la mía son tan diferentes que es como si habláramos de dos personas distintas. —Albert hizo una mueca—. Ya no sé qué creer. ¿Era mi padre el hombre maravilloso que ella recuerda o el monstruo que pegó a mi madre?

—Tal vez fuera las dos cosas.

—Imposible.

—Aunque en una ocasión pegara a tu madre, es posible que la relación con su esposa e hijas fuera muy distinta.

—Eso no me sirve de consuelo.

—Lo siento.

Albert enterró la cara en su pelo.

—¿Por qué no nos quería?

A Candy se le encogió el estómago.

—Creo que os quería, pero también quería a su otra familia. Ése era el problema. Quería tenerlo todo y no pudo. Fue un fracaso suyo, no tuyo —dijo con énfasis, antes de besarlo—. Cuéntame más cosas de tu hermana. Hay muchas novedades que todavía no me has contado.

—Te lo contaré todo, pero ¿podemos dejarlo para luego? Hay algo kosher que me gustaría hacer antes.

Albert rodó hasta quedar tumbado de espaldas, tirando de ella para que se pusiera encima.

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Después de tomarse el desayuno que les subieron a la habitación, Candy volvió a la cama, tapándose con la sábana.

—Quedémonos aquí todo el día haciendo el amor.

Albert se sentó a sus pies con los ojos brillantes.

—Ésa es mi Candy. Pero ¿no tienes que acabar un trabajo?

—Preferiría acabar contigo —respondió, invitándolo a acercarse con un dedo.

Albert estaba a punto de arrancarle la sábana, cuando el iPhone empezó a sonar.

Le echó un vistazo y miró a Candy.

—¿Quién es?

—Tu tío Jack —respondió él de mala gana.

—¿Por qué te llama a ti? —Ella se levantó sin soltar la sábana—. ¿Le habrá pasado algo malo a mi padre? ¿O al bebé?

—Espero que no. —Albert desenchufó el cargador y se llevó el teléfono a la oreja.

—¿Hola?

—Ardley, estoy en una oficina de FedEx en Washington D. C.

—Jack, como siempre, directo al grano.

—¿Y?

—Tengo un lápiz de memoria que contiene vídeos y fotos, algunas de ellas de mi sobrina. Y no son precisamente para todos los públicos.

Albert se sentó en el borde de la cama.

—Me dijiste que lo habías recuperado todo —refunfuñó.

—Eso creía. La chica debía de tener copias escondidas en algún sitio. Quería enviárselas a Andrew Sampson de The Washington Post.

—Pues ocúpate de que no lleguen. Es problema tuyo.

—Lo sé. Sólo llamaba para discutir la jugada.

Albert miró a Candy

—¿Qué pasa? —preguntó ella en voz baja.

Él levantó un dedo, indicándole que esperara.

—¿Qué sugieres?

—La chica está enfadada con su novio porque la ha dejado para casarse con otra. Quiere ponerlos en un compromiso, a él y a su padre. Yo digo que la ayudemos. Copiaré en un nuevo lápiz de memoria todo el material donde salgan ella y su novio y lo enviaré.

—¿No es arriesgado?

—Los perjudica a ellos y mi sobrina queda al margen.

Albert volvió a mirar a Candy. Tenía las cejas muy juntas y se le estaba empezando a formar una arruga entre ellas.

—Tu sobrina está aquí. Deja que lo hable con ella y te vuelvo a llamar.

—No tengo mucho tiempo.

—No voy a tomar esta decisión en su lugar. —Albert colgó y tiró el teléfono sobre la cama.

Se frotó la cara con las manos.

Candy se acercó a él.

—¿Qué pasa? ¿Por qué te llama mi tío?

—Al parecer, Natalie tenía un lápiz de memoria guardado en algún lado, con fotos y vídeos. Ha tratado de enviarlo a The Washington Post por FedEx.

—¿Qué? —gritó Candy—. Saldrá en Internet. Saldrá en los periódicos. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!

Enterró la cara entre las manos y empezó a balancearse adelante y atrás.

Él le sujetó un hombro para tranquilizarla.

—No tan de prisa. Jack ha interceptado el envío. Quiere saber qué debe hacer con el dispositivo.

Candy dejó caer los brazos.

—Que lo destruya. Y que busque todas las copias y las destruya también.

—¿Estás segura? Puede borrar las fotos en las que sales tú y enviar el resto. Se lo han ganado.

Candy se tapó con la sábana hasta la barbilla.

—No me interesa la venganza.

Los ojos de Albert brillaron de furia.

—¿Por qué demonios no?

—Porque lo he superado. Ya casi nunca pienso en ellos y quiero seguir así. No quiero ver cómo sus vidas se desmoronan sabiendo que es culpa mía.

—No sería culpa tuya. Ellos serían los únicos responsables.

—Yo soy responsable de mis actos —replicó ella con decisión—. No entiendo por qué Natalie hace esto ahora.

—Neall va a casarse con otra.

Candy abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Supongo que Natalie piensa que su prometida lo dejará cuando vea las fotos.

Se había quedado muy sorprendida.

—Por fin la ha dejado. Empezaba a pensar que seguiría con ella a escondidas, pero supongo que su padre le ha dado un ultimátum.

—No me sorprendería. El año que viene hay elecciones.

—Y ahora tendrán una boda. —Candy negó con la cabeza—. Nada como un escaparate matrimonial para que la campaña tome un aire más amable. Ojalá Natalie se olvidara de mí de una vez por todas.

—De momento estás metida en esto. —Albert apretó los labios—. Me imagino que Jack querrá volver a registrar el piso de Natalie. ¿Qué quieres que haga con el lápiz de memoria? —repitió.

—Dile que lo destruya todo.

Él resopló frustrado, pasándose las manos por el pelo.

—No se merecen tu misericordia.

—Su prometida se la merece, sea quien sea. No quiero humillarla.

—Si está con él es que es tonta.

Candy hizo una mueca de dolor.

—Yo también fui tonta una vez —dijo en voz tan baja que a Albert le costó oírla.

—No eras tonta; te manipuló. Vamos, ¿de verdad no quieres que sufran un poco?

—No, así no.

Él se puso de pie, con los brazos en jarras.

—Pues yo sí. Piensa en lo que él te hizo. Y en lo que te hizo ella. Te hicieron sufrir durante años. Casi te destrozaron.

—Pero no lo hicieron —repuso ella con un hilo de voz.

Albert se dirigió a la ventana y descorrió la cortina. Se quedó contemplando Central Park.

—Le rompí la mandíbula y ni siquiera eso me hizo sentir satisfecho. —Contempló las desnudas ramas de los árboles cubiertas de nieve—. Quería matarlo.

—Actuaste en defensa propia. Si no hubieras venido a rescatarme… —Candy se estremeció al recordar el día en que estuvo a punto de ser violada—. Pero lo que tú me propones no sería defensa propia.

Él la miró por encima del hombro.

—No, sería justicia.

—Ya hablamos una vez sobre cómo la misericordia debía atemperar la justicia. Hablamos del arrepentimiento y el perdón.

—Esto es distinto.

—Tienes razón. Es distinto, porque aunque podría exigir justicia, declino hacerlo. Citando una de mis novelas favoritas: «A Dios respetuosamente devuelvo el billete».

Albert resopló.

—Estás utilizando Dostoievski para tus fines franciscanos.

Su indignación la hizo sonreír.

—Sé que estás enfadado conmigo por no querer castigarlo, pero, cariño, piensa en la madre de Neall. Siempre ha sido amable conmigo. Esto la mataría.

Albert mantuvo la mirada clavada en los árboles.

—Tú misma amenazaste con llevar las fotos a la prensa.

—Francamente, no tenía intención de permitir que se publicaran. Además, era mi última opción. Sólo lo habría hecho si Natalie no me hubiera dejado alternativa.

Él apretó el puño y lo apoyó en el cristal, resistiéndose a la tentación de darle un puñetazo.

No era justo.

No era justo que una criatura tan dulce como Candy hubiera sido desatendida, tanto por su madre como por su padre, dejándola a merced de un novio cruel y manipulador.

No era justo que Suzanne Ardley tuviera que conformarse con las migajas que su amante le arrojaba, mientras inundaba de amor a su familia.

No era justo que Pauna y Maia estuvieran muertas mientras otras personas seguían con vida.

No era justo que Robert y Diane esperaran un bebé con el corazón dañado.

No. El universo no era justo. Y por si eso no fuera lo bastante lamentable, cuando se presentaba una oportunidad de hacer justicia, los franciscanos como Candy ponían la otra mejilla y hablaban de misericordia.

«¡Joder!»

Cerró los ojos.

Ella había puesto la otra mejilla cuando él la había lastimado.

Igual que Pauna.

Igual que Maia.

Con un hondo suspiro, pensó en Asís y en lo que había experimentado en su visita a la cripta. Dios había ido a visitarlo, pero no con justicia. Con misericordia.

—Llama a tu tío.

—Albert yo…

Él abrió los ojos y aflojó el puño, pero no se volvió.

—Llámalo y dile lo que quieres que haga.

Candy se levantó y, enrollándose la sábana alrededor, se acercó a él. Lo abrazó, pegando el pecho a su espalda.

—Sé que quieres protegerme. Quieres hacer justicia y por eso te quiero.

—Ojalá lo hubiera matado cuando tuve ocasión.

—Lo hiciste —susurró ella, con la mejilla pegada a su hombro.

Los músculos de Albert se tensaron.

—¿Qué quieres decir?

—Me amas, eres amable conmigo y me tratas con respeto. Cuanto más tiempo paso contigo, los recuerdos de Neall se difuminan hasta parecer una pesadilla remota. Así que, en cierto modo, lo mataste. Asesinaste su recuerdo. Gracias, Albert.

Éste cerró los ojos mientras una oleada de amor y de algo más que no supo describir se apoderaba de él.

Tras darle un beso en cada hombro, Candy fue a llamar a su tío.

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Aquella noche, Candy y Albert cenaron en el apartamento de Manhattan de Rosmary y Jonathan, con sus dos hijas, Andrea y Meredith.

Candy se sintió acogida por la familia de Albert. Al acabar la velada, estaban charlando como viejos amigos, no como extraños.

Rosmary le regaló a Albert unos gemelos y una vieja gorra de los Brooklyn Dodgers que habían pertenecido a su padre. También varios libros escritos por su abuelo.

Él le contó a su hermana que, efectivamente, la locomotora de la foto era la de su padre, que había grabado las iniciales W. S. de niño, cuando su nombre aún era Wilhelmus Spiegel.

Los Ardley invitaron a los Schultz a visitarlos en Cambridge o en Selinsgrove y hablaron de hacer un viaje juntos a los Hamptons el verano siguiente. Rosmary hizo que Albert le prometiera que asistiría a la próxima reunión de la Fundación Benjamin Spiegel. Estaba deseando presentárselo a sus primos.

Cuando volvieron al Ritz, Candy revisó el correo antes de acostarse. Llevaba puesta la gorra de los Dodgers, ya que a Albert le iba pequeña.

(Hecho que ella se encargó de señalarle, muerta de risa).

—Scheisse —exclamó Candy, observando la pantalla a través de sus gafas de montura de carey.

—Tengo que enseñarte palabrotas en otros idiomas. He oído decir que el parsi tiene algunos insultos particularmente coloridos.—Albert le dirigió una sonrisa irónica, mientras se acercaba a ella con el albornoz del hotel puesto.

—No estoy segura de que el parsi pueda expresar lo que siento al ver esta foto. —Candy le señaló la pantalla.

Albert fue a buscar sus gafas y se las puso. Al mirar la foto escaneada reconoció inmediatamente a Neall Talbot. Era la clásica foto de compromiso matrimonial, en blanco y negro.

Conteniendo el impulso de maldecir, preguntó:

—¿Quién es ella?

—¿Conoces al senador Hudson, de Carolina del Norte? Es su hija. Es una estudiante de último año en Duke.

Intercambiaron una mirada incrédula.

—Su familia es muy conservadora. ¿Cómo ha acabado con un tipo así? —se preguntó Albert con desprecio.

—No tengo ni idea, pero ahora entiendo por qué Natalie está tan disgustada. Neall la ha dejado tirada por la novia perfecta. Mírala, parece Jacqueline Kennedy.

—¿Quién te ha enviado la foto?

—Anny. Salía en el Philadelphia Inquirer.

Candy se volvió hacia la pantalla, mirando con tristeza a la sonriente pareja.

—Me da pena esa chica. No sabe dónde se mete.

—A lo mejor sí lo sabe y no le importa. —Albert le tiró de la visera de la gorra—. Te queda bien, pero no sabía que fueras seguidora de los Dodgers.

Ella sonrió.

—Brooklyn forma parte de tu historia, así que lo siento un poco mío.

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Al día siguiente, Candy acabó el trabajo que le quedaba pendiente, mientras Albert iba a buscar información sobre su abuelo en los archivos de la Universidad de Columbia. Por la tarde fueron con Rosmary y Jonathan a visitar a la tía Elroy a una residencia de Queen's.

Más tarde hicieron algunas compras y luego cenaron en The Russian Tea Room antes de volver al hotel.

En la habitación bañada por la luz de las velas, Candy se movía sobre Albert mientras le acariciaba el pecho.

Él la agarraba por las caderas, animándola a incrementar el ritmo.

—Di mi nombre —susurró.

Candy contuvo el aliento cuando él la penetró con más fuerza, elevando las caderas.

—Albert.

—Nada me enciende tanto como oír tu voz pronunciándolo.

—Albert —repitió ella—. ¡Qué bonito!

Él tiró de ella hasta acariciarle los pechos con los labios.

—Me inspiras.

—Estás muy intenso.

—Por supuesto. Estoy con mi preciosa esposa, disfrutando de sexo fantástico.

—Siento como si estuviéramos solos en el mundo.

—Bien —murmuró Albert, contemplándola moverse arriba y abajo, arriba y abajo.

—Me haces sentir hermosa.

Él respondió lamiéndole el pecho hasta que ella empezó a gruñir.

—Te quiero —dijo Candy.

Mirándola fijamente, Albert la agarró con fuerza, forzándola a ir más de prisa.

—Yo también te quiero.

—Me sentiré muy orgullosa de tener un hijo contigo —logró decir ella, antes de echar la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.

Su cuerpo se estremeció cuando una oleada de placer la inundó.

Albert siguió embistiéndola, sin perderse detalle de su cara mientras alcanzaba el orgasmo. Luego aceleró el ritmo aún más y con una poderosa última embestida, la siguió.

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—Me alegro de que vinieras a Nueva York. —Albert y Candy esperaban cogidos de la mano a que avanzara la cola para facturar el equipaje en el vuelo que los devolvería a Boston—. Siento que no hayamos podido ir a ningún espectáculo, pero al menos hemos hecho un poco de turismo.

—Albert, te has enfrentado a las hordas navideñas para llevarme de compras. No tengo ninguna queja. —Poniéndose de puntillas, le dio un leve beso en los labios—. Nos van a cobrar por el sobrepeso.

—Que lo intenten. Es Navidad, maldita sea.

Candy se echó a reír.

—Así es. No sé por qué me cuesta imaginarte aguantando un espectáculo entero de Broadway.

Él sorbió por la nariz.

—He visto Shakespeare.

—¿El musical?

—Muy graciosa. Y también una representación de Los Miserables.—Mirándola fijamente, añadió—: Tu interpretación de la novela me cambió la vida.

Candy bajó la vista hacia sus nuevas botas de tacón alto Manolo Blahnik que Albert había insistido en comprarle en Barneys.

—Creo que un montón de cosas se unieron y conspiraron para cambiar tu vida. Lo que te pasó en Asís no dependió de mí.

—No. —Albert le levantó la mano y le acarició los nudillos antes de juguetear con el anillo de boda—. Pero no habría llegado allí si tú no me hubieras ayudado antes. Y no me habría llevado la alegría de descubrir a mi abuelo si tú no hubieras aceptado tener un hijo conmigo. Me has dado tanto…

—Patty me dijo que la paternidad tiene un efecto especial sobre los hombres buenos. Me gustaría comprobar qué efecto tiene sobre ti.

Albert pestañeó con fuerza.

—Gracias, Candy. —Le atrapó la sonrisa con los labios y la besó hasta que alguien se aclaró la garganta a su espalda.

Avergonzados, avanzaron en la fila sin soltarse las manos.

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Acababan de pasar el control de seguridad cuando sonó el teléfono de Candy.

—Candy. —La voz ronca de Rob resonó en su oído.

—Papá, ¿va todo bien?

El silencio al otro lado de la línea hizo que la chica se detuviera.

Albert se paró a su lado, con mirada inquisitiva.

Rob se aclaró la garganta.

—Estoy en el Hospital Infantil, en Filadelfia.

—Oh, no. ¿Diane y el bebé están bien?

—Diane se despertó en mitad de la noche. No se encontraba bien, así que vinimos aquí directamente. —Hizo una pausa—. La tienen conectada a un montón de monitores y parece que tanto ella como el niño están bien. Está de parto.

—Es pronto —susurró Candy.

—Así es —replicó Rob, tenso—. Los médicos no sabrán cómo está realmente hasta después de que nazca. Dicen que hay muchas cosas que no se ven en una ecografía. Es posible que tengan que operarlo inmediatamente.

—¿Es seguro que tenga que pasar por el quirófano?

—Sí. La operación está prevista para tres días después del parto, pero supongo que dependiendo de lo que encuentren pueden tener que hacer una intervención de emergencia.

—Estamos en el aeropuerto JFK —le comunicó ella mirando a Albert—. Íbamos de vuelta a Boston. ¿Quieres que vayamos a Filadelfia?

—Sí —respondió Rob sin dudarlo—. Si podéis. El parto puede ser largo, pero me ayudaría mucho teneros aquí. Los próximos días van a ser muy duros y no sé si podré… —Empezó a toser.

—Ahora mismo voy, ¿vale? Cambiaré el billete e iré directamente al hospital. Te llamaré cuando llegue para que me digas dónde estás.

—Vale —dijo Rob, aliviado—. ¿Candy?

—¿Sí, papá?

—Gracias. Hasta pronto.

—Hasta luego, papá. Dale un beso a Diane.

Candy colgó y miró a su esposo, que tenía una expresión muy seria.

—Supongo que debería haberte consultado antes de ofrecerme a ir a Filadelfia —se excusó, mordiéndose la mejilla por dentro.

—Era una emergencia. Tenemos que ir.

—¿Tenemos? —Lo miró esperanzada.

—Ese bebé será mi cuñado. Y no pienso dejarte ir sola.—Rodeándole la cintura con el brazo, la guió entre la multitud.

CONTINUARA