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CAPITULO 116

—Candy.

Rob le sacudió el hombro suavemente, tratando de despertarla.

Estaba sentada en la sala de espera de la unidad de partos especiales. Albert estaba de pie, con un café en la mano. Un café muy malo.

(Por suerte, habría reprimido el impulso de ir a hablar con la dirección del hospital y quejarse de la calidad de los productos de sus máquinas expendedoras).

La chica abrió los ojos, pero en seguida volvió a entornarlos, porque le molestaba la luz del techo.

Su padre se acuclilló delante de ella.

—El bebé está aquí.

—¿Está bien?

—Han tenido que operarlo inmediatamente, pero se está recuperando y Diane está con él. —Se sacó el móvil del bolsillo y se lo ofreció—. Es un niño muy guapo.

Candy desplazó el dedo por la pantalla y vio varias fotos de Diane, con aspecto cansado pero exultante, y un niño con la piel color café con leche y el pelo negro y rizado.

—Es precioso, papá. Me alegro mucho por ti. —Le devolvió el teléfono.

Rob se quedó unos instantes mirando la última foto y acariciando suavemente la cabecita del niño.

—Robert Lamar White. Tres kilos y medio. Nacido hoy, once de diciembre.

—No sabía que fueras a ponerle tu nombre.

—Un chico debe llevar el nombre de su padre —sentenció Rob, emocionado—. Pero bueno, Diane quiere llamarlo Roby. De momento.

—Pues Roby será. —Candy se volvió hacia Albert, que miraba el café con el cejo fruncido.

—Volved al hotel, chicos —dijo Rob entonces—. Os llamaré si hay alguna novedad, pero hoy no os dejarán verlo. Lo tienen en observación. Tendrán que hacerle una nueva intervención dentro de unos días.

—De acuerdo, papá. —Candy le dio un abrazo—. Felicidades.

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—¿Cómo está el bebé? —preguntó Anny inclinándose sobre la mesa del comedor de la antigua casa de sus padres.

Faltaban dos noches para Navidad. Candy acababa de reunirse con la familia de Albert tras hablar con su padre por teléfono.

—Está bien. Supongo que en su caso es normal que tenga que quedarse un mes en el hospital. Le darán el alta en enero.

—Debe de ser duro para Diane y tu padre.

—Lo es, pero al menos están cerca de él. Papá iba a pedir una excedencia de Susquehanna, pero le han dado la baja por paternidad. Pagada. —Candy sonrió—. No se puede negar que su jefe lo cuida.

—¿Y la factura del hospital? —inquirió Anny, bajando la voz.

—Un ángel de la guarda se ocupará de lo que no cubra el seguro.—La mirada de Candy se dirigió un momento hacia su esposo antes de volver a su amiga.

—Algunos ángeles de la guarda son puñeteramente dulces.

—¿Qué andáis cuchicheando por aquí? —Albert se unió a la conversación.

Candy sonrió.

—Hablamos de mi hermanito. Me muero de ganas de comprarle su primera gorra de los Red Sox.

Albert hizo una mueca.

—Tu padre la quemará. Él es hincha de los Phillies.

—No la quemará porque será un regalo mío. Soy la hermana mayor.

—Las hermanas son importantes —le dijo Anny a Albert solemnemente—. Tenlo en cuenta cuando vayas a comprarme un regalo de Navidad.

—Intentaré estar a la altura —contestó él y, echando la silla hacia atrás, se levantó y alzó el vaso de agua.

Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo, incluido Quinn, que se quedó mirando a su tío desde la trona.

—Tenemos muchas cosas por las que dar gracias. —Albert buscó a Candy con la mirada. Luego fue mirando a cada uno de los asistentes: sus hermanos, las parejas de éstos y finalmente su padre, sentado a la cabecera de la mesa—. Durante cenas como ésta, mamá solía obligarnos a decir por qué dábamos gracias. Yendo al grano, diré que doy las gracias por mi preciosa esposa, mi nuevo empleo y por mi nuevo cuñado, Robert.

Los adultos alzaron sus copas de vino y brindaron a la salud del recién nacido.

—Sé que todos oísteis mi discurso en la boda de Anny y Aaron—añadió, con voz emocionada—, pero me gustaría repetir una parte.

Todo el mundo asintió.

Al ver que temblaba ligeramente, Candy le dio la mano y se sintió reconfortada al notar que él se la apretaba.

—Esta noche estaría incompleta si no tuviésemos un recuerdo para nuestra madre, Pauna.

»Pauna era hermosa y estaba llena de gracia. Era una esposa amantísima y una madre devota. Su capacidad para el bien y la compasión no tenían límites. Era generosa, amable y misericordiosa.

»Me abrió las puertas de su casa. Cuando me quedé sin madre, ella estuvo allí, aunque sé que fui un joven difícil. Me enseñó lo que es amar a alguien incondicionalmente. Sin ella y sin papá, probablemente estaría muerto.

Hizo una pausa, durante la cual miró a Candy y a William.

—Recientemente he tenido la oportunidad de averiguar más cosas sobre mis padres biológicos, entre ellas la herencia judía por vía de mi abuelo paterno. Cuando elegí leer un fragmento de la Biblia hebrea en la boda de Anny y Aaron, no conocía mis orígenes. Ahora, ese texto adquiere aún más significado. Como dije entonces, me parece que refleja a la perfección el amor de Pauna por su familia.

Soltando la mano de Candy, sacó un trozo de papel del bolsillo y empezó a leer:

Una mujer virtuosa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas.

En ella confía el corazón de su marido, y no será sin provecho.

Le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida.

Al ver la sorpresa y el amor en los ojos de Candy, el mundo se detuvo durante un instante.

Se busca lana y lino y lo trabaja con manos diligentes.

Es como nave de mercader que de lejos trae su provisión.

Se levanta cuando aún es de noche, da de comer a sus domésticos y órdenes a su servidumbre.

Hace cálculos sobre un campo y lo compra; con el fruto de sus manos planta una viña.

Se ciñe con fuerza sus lomos y vigoriza sus brazos.

Siente que va bien su trabajo, no se apaga por la noche su lámpara.

Echa mano a la rueca, sus palmas toman el huso.

Alarga su palma al desvalido, y tiende sus manos al pobre.

No teme por su casa a la nieve, pues todos los suyos tienen vestido doble.

Para sí se hace mantos, y su vestido es de lino y púrpura.

Su marido es considerado en las puertas, cuando se sienta con los ancianos del país.

Hace túnicas de lino y las vende, entrega al comerciante ceñidores.

Se viste de fuerza y dignidad, y se ríe del día de mañana.

Abre su boca con sabiduría, lección de amor hay en su lengua.

Está atenta a la marcha de su casa, y no come pan de ociosidad.

Se levantan sus hijos y la llaman dichosa; su marido, y hace su elogio:

«¡Muchas mujeres hicieron proezas, pero tú las superas a todas!».

—Os pido a todos un brindis en memoria de nuestra madre, Pauna.

Cuando acabaron de beber, no había ni un solo ojo seco en la sala.

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DICIEMBRE DE 2011

CERCA DE ESSEX JUNCTION, VERMONT

Dos noches antes de Navidad, Archie estaba trabajando en el establo, sumido en sus pensamientos.

(Entre paréntesis, debe mencionarse que también estaba sumido en otra cosa. Algo orgánico).

—Hola.

Su hermana Heather había entrado en el establo en silencio y lo estaba mirando con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Hola tú —la saludó él, mirándola por encima del hombro—. ¿Qué haces?

—Chris tenía que ocuparse de uno de los caballos de los Anderson. Creen que tiene cólico, así que estará fuera toda la noche. Le he pedido que me dejara aquí. ¿Cómo estás?

—Bien.

—Pues no lo parece. —Le clavó la mirada en la espalda hasta que él se la devolvió.

—Es que estoy un poco preocupado por las entrevistas. He concertado citas con representantes de seis facultades distintas en la convención de la Asociación de Idiomas Modernos, en enero. Es mucha presión.

—Ya. —Heather miró a su hermano con escepticismo.

—Una de las entrevistas es para trabajar en la Universidad de St. Mike. Si me contrataran, podría seguir ayudando a papá los fines de semana.

—Eso sería fantástico. Le pediré a san Miguel que interceda por ti para que consigas el trabajo.

Ladeando la cabeza, Heather escuchó la música que sonaba una y otra vez. Era una versión de In the Sun. Cada vez que acababa, volvía a empezar.

—Si tienes buenas perspectivas de trabajo, ¿por qué estás escuchando eso? Me dan ganas de cortarme las venas… y acabo de llegar.

Él la fulminó con la mirada y se alejó.

Heather lo siguió.

—Me encontré con Ali el otro día en Hannaford's.

—Ajá.

—¿Por qué no la invitas a salir?

—Salimos de vez en cuando.

—Me refiero a una cita, no a veros como amigos.

—Rompimos —dijo él con una mueca—. Hace un par de años.

—Chris quiere que vayamos a hacer snowboard en Año Nuevo. Alquilará un apartamento para que no tengamos que subir y bajar cada día. Invita a Ali y venid con nosotros.

—No es buena idea.

Alargando el brazo, Heather detuvo a su hermano, que estaba a punto de alejarse una vez más.

—Sí es buena idea. Invítala.

—No podemos dejar a mamá aquí sola.

—Por eso mismo contrataste a alguien, Virgilio —replicó ella con una sonrisa descarada.

—Yo no soy Virgilio. Soy Dante —murmuró.

—¿Qué?

—Nada. —Se volvió.

—Vamos a ver, grandullón. Tienes que relajarte. Te estás obsesionando con tus problemas. De tanto darles vueltas, se están infectando y van a empezar a supurar. —Con una sonrisa traviesa, empezó a hacerle cosquillas, repitiendo—: Supurar, supurar, supurar.

Archie le dio un golpecito en las manos para que parara.

—¿Si digo que sí me dejarás en paz de una vez?

—Por supuesto.

—Bien. Pues lárgate.

—Bien —repitió ella, imitando su tono de voz—. Voy a preparar café. Cuando vengas, espero que la llames.

Cuando Heather desapareció del establo, Archie se quedó quieto un momento, preguntándose qué acababa de aceptar.

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27 DE DICIEMBRE DE 2011

SELINSGROVE, PENSILVANIA

William, sus hijos y las parejas de éstos estaban sentados a la mesa del comedor, disfrutando del café y el postre. Anny los estaba poniendo al día sobre el tratamiento de fertilidad.

—Sí, he empezado a tomar hormonas. Pero no me afectan tanto como la píldora. Cuando la tomaba, estaba muy sensible todo el rato.

Aaron alzó las cejas a su espalda y todos se echaron a reír al ver su expresión incrédula. Todos menos Anny y Candy.

Albert se fijó en que ésta había entornado los ojos. Luego clavó la vista en la mesa con tanta intensidad que a él no le habría extrañado ver que la madera empezaba a cambiar de color y a echar humo.

De repente, Candy echó la silla hacia atrás bruscamente y salió corriendo. Albert levantó la silla y, disculpándose, subió los escalones de dos en dos tras ella.

Al llegar a su habitación, la encontró rebuscando desesperada en el cajón de la mesilla de noche. Sacó el cajón del todo y volcó el contenido encima de la cama.

—¡Maldita sea! —exclamó.

—¿Qué pasa? —Albert trató de agarrarla, pero se quedó con la mano en el aire cuando ella pasó por su lado a toda prisa.

La siguió hasta el baño, donde había empezado a vaciar el neceser sobre el lavabo. Mientras iba apartando las cosas, su expresión era cada vez más disgustada.

—Candy, ¿qué pasa?

—No las encuentro.

—¿Qué es lo que no encuentras?

Ella no pareció haberlo oído. Albert la agarró del brazo con fuerza.

—Candy, ¿qué buscas?

—Las píldoras anticonceptivas.

Por un momento, él estuvo a punto de dejarse contagiar por su pánico, pero fue sólo un instante.

—Seguro que están por aquí. ¿Cuándo las viste por última vez?

Ella parpadeó y apartó la vista.

—En Cambridge —susurró.

Albert abrió mucho los ojos.

—¿Ni en Nueva York ni aquí?

—Antes de que te fueras a Nueva York tenía la regla, ¿te acuerdas? Tenía que haber empezado una caja nueva el miércoles siguiente.

—¿Y lo hiciste?

Ella negó con la cabeza.

—El miércoles fue el día que fui a verte. Tenía tanta prisa por llegar al aeropuerto que me las olvidé. Y luego, en Nueva York…

—Cariño. —Albert trató de acariciarle la mejilla, pero ella apartó la cara y se la cubrió con ambas manos.

—No me puedo creer que me haya saltado un mes entero de la píldora sin darme cuenta. ¡Soy idiota!

—No eres idiota. —Tirándole de la muñeca, le abrió los brazos y la abrazó—. Tenías prisa por reunirte conmigo en Nueva York. Y luego la llamada de tu padre nos distrajo. Has tenido muchas cosas en la cabeza.

—Menos mal que todavía no te has recuperado del todo de la operación.

Una sombra oscureció el rostro de Albert, pero pasó en seguida, como una nube errante en un día de verano.

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—Por eso necesito una caja de repuesto hasta que pueda ir a mi farmacia en Boston —le aclaró Candy a la farmacéutica a la mañana siguiente.

La mujer asintió.

—No hay problema. Llamaré a tu farmacia. Será un momento. Siéntate.

—Gracias.

Candy se reunió con Albert en la zona de espera de la pequeña farmacia de Selinsgrove.

—¿Todo bien? —preguntó él, mirándola con preocupación.

—Sí. —Ella respiró hondo, aliviada—. No tardaremos mucho.

Albert se sacó el iPhone del bolsillo y apretó algunas teclas.

—¿Qué haces? —Candy se inclinó hacia él.

—Mientras tú hablabas con la farmacéutica, he revisado los mensajes. Me han llamado de la consulta del urólogo.

—¿Tienes que devolverles la llamada?

—Si no te importa…

—No me importa. ¿Por qué te llamarán en mitad de las fiestas?

—No lo sé. Tenían que haberme llamado hace dos semanas con los resultados de las últimas pruebas. Supongo que no habrá habido cambios —respondió él, mustio.

—El médico dijo que podías tardar hasta un año en recuperarte. No te preocupes. —Candy le cogió la mano y se la apretó.

Albert asintió y le besó el dorso de la mano antes de salir a la calle para hacer la llamada.

Cuando acabó de hablar, a Candy ya le habían dado las píldoras, las había pagado y se había tomado la primera.

Él se plantó ante ella, con las piernas separadas y con la vista clavada en la bolsa de la farmacia.

Al levantar la cabeza, Candy se encontró con la mirada preocupada de su marido.

—¿Qué pasa?

—Vamos a casa.

Cuando ella se levantó de la silla, él le apoyó la mano en la espalda para guiarla hacia el coche.

—¿Va todo bien?

—En el coche hablamos.

Sin discutir, Candy caminó a su lado en silencio hasta llegar al Jeep que Albert tenía en Selinsgrove para cuando iban de visita.

—Me estás asustando —susurró.

—Tranquila. —Le abrió la puerta y esperó a que se aposentara para cerrarla.

Tras subir él también al coche, dejó el iPhone en el salpicadero y se volvió hacia ella.

Candy se dio cuenta de que estaba luchando para encontrar las palabras adecuadas.

—¿Son malas noticias?

—No lo creo.

—Entonces, ¿qué pasa?

Albert le cogió la mano, y le resiguió el contorno de los nudillos con el pulgar. Se detuvo al llegar al anillo de boda.

—Mírame.

Ella lo miró a los ojos con el corazón desbocado.

—No quiero que te asustes, ¿de acuerdo?

—Albert, estoy aterrorizada. Suéltalo de una vez.

Él apretó los labios.

—Me llamaban para darme los resultados de las últimas pruebas. Tenían que haberme llamado hace dos semanas, pero… encontraron una anomalía.

—¿Una anomalía?

—Los resultados eran positivos —dijo muy lentamente, sin apartar los ojos de los de ella, mientras esperaba a que procesara lo que acababa de oír.

Candy parpadeó. Varias veces.

—Entonces, ¿eres…?

—Sí.

—Pero eso es imposible. Todavía no hace ni tres meses de la operación.

—Lo sé. Repitieron las pruebas y el resultado fue el mismo. Al parecer, al médico le gustaría poder usar mi caso para un artículo.

La sonrisa orgullosa de Albert desapareció de golpe al ver la cara de Candy.

—Aunque sea fértil, no tiene importancia. Llevas tomando la píldora desde septiembre. Haría falta más de un mes para que tu cuerpo recupere la normalidad, ¿no?

—No lo sé. Te advierten que si te saltas un par de pastillas debes usar otro método anticonceptivo por precaución. Y yo me he saltado una caja entera. —Candy se cubrió la boca con la mano.

Albert le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia él.

—Ya que estamos aquí iré a comprar un test de embarazo. Así saldremos de dudas.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Ahora?

—¿Prefieres esperar?

—Esto no puede estar pasando. —Candy escondió la cara entre las manos.

Él hizo una mueca.

—¿Tan terrible sería? —murmuró, acariciándose la barbilla.

Al ver que ella no respondía, le dio un toquecito en el hombro.

—En seguida vuelvo.

Candy apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos, pidiendo a todas las deidades con nombre y sin nombre que acudieran en su ayuda.

CONTINUARA

No me gusta esta mujer.. : (